LANZAMIENTO CAFÉ CONTADO
28ª Feria Internacional del Libro de Santiago
14/11/2008
por Alejandra Flores Velasco
En primer lugar, quiero dar las gracias a la editorial,
y en especial a Alexandra, por invitarme a participar del lanzamiento
de su primer libro de poemas.
Con la flamante autora nos conocemos hace unos 16 años,
cuando fuimos compañeras de colegio o algo así.
Siempre me llamó la atención su enorme sensibilidad,
el gusto por el arte, especialmente la música y la danza...
y este Café Contado es un vivo testimonio de ello.
Cuando le propuse que se integrara al taller literario de Cecilia
Beuchat (que también me albergó a mí por
un tiempo), no me cupo duda de que más temprano que tarde
esto iba a dar frutos... Y aquí estamos, nada más
y nada menos que en la Feria del Libro.
Quisiera partir mi reflexión con una premisa dedicada:
para publicar hay que ser muy valiente.
Valiente porque, primero, hay que atreverse a ponerle palabras
a la experiencia, y no es fácil. Cuando la experiencia
es feliz, y todos hemos tenido de esas, nombrar las cosas no cuesta
nada. Pero cuando no es así, cuando vivimos experiencias
oscuras, cuesta mucho llamar por su nombre a lo feo, lo confuso,
lo deshonesto o lo mortífero. Nos cuesta hablar sin diminutivos
y adjetivos blanditos, especialmente a las mujeres.
Pero eso no es todo: luego hay quienes se atreven, en segundo
lugar, a publicar esas palabras sin disfraz, exponiéndose
al pudor que daría gritar a todo pulmón los defectos
y encarar la propia sombra.
El acto de publicar es como sacarse un abrigo pesado, pero regalón...
y dejar que te vean.
Pero uno no publica para que te vean, uno publica para desprenderse
de algo... una idea, una emoción o una experiencia que
te tiene trabada. Para bien o para mal, al publicar se suelta
un nudo, se libera una tensión que de tanto sostenerla
ya era parte de uno.
Al publicar, el autor realiza el último movimiento controlado
en su viaje de ficción y suelta el freno de mano definitivamente,
dejando que las palabras tomen su curso. Es entonces cuando la
obra —cual Frankenstein— cobra vida propia y deja
de pertenecerte. Pierdes todo derecho a réplica y las explicaciones
sobran.
El lanzamiento de un libro es un acto literal. El autor “lo
lanza” al infinito con todas sus fuerzas, esperando que
llegue muy lejos. Lo alejas de ti con la convicción de
que sobrevivirá y que seguirá creciendo sin la sobreprotección
del autor. Lo lanzas lejos de ti, en un acto de desapego esperanzado.
Por esta razón, el lanzamiento de un libro es un rito...
algo así como un bautizo, donde la autora es la madre.
Una madre orgullosa y a menudo adolorida por el parto, que presenta
a su hijo —la obra— y lo ofrece a manos de un poder
superior. En este caso, de la diosa Literatura, como creadora
omnipotente de realidades paralelas, incomprensibles y atemporales.
Los invitados —ustedes—, amigos y familiares, son
los testigos, que por cariño, respeto o compromiso con
esta madre participan del rito al bendecir esta obra con su presencia.
Yo —honrada por el gesto de Alexandra— vendría
a ser como la madrina, porque al ser amiga de la autora y al haber
publicado un librillo similar hace un tiempo, tal vez sea una
inexperta candidata a “amadrinar” tu libro si tú
no pudieras.
Y en esta fiesta de lanzamiento, tú, Pancho —y aunque
no te guste la analogía—, vendrías siendo
como el cura (¡gracias a Dios esto es metáfora, pura
ficción!). Porque como editor maniobras como intermediario
entre esta confesión mortal (el libro) y el mundo infinito
de la Literatura.
Chanda, amiga querida o querida amiga, te felicito por tu valentía.
Te deseo suerte y te animo —como madrina— a que te
desprendas de este abrigo viejo y lo dejes salir caminando solo
por esa puerta. Ahora te toca vestirte con ropa nueva, y quién
sabe, sorprendernos en el futuro con otra obra y otro bautizo.
Que así sea, AMÉN.
Muchas gracias.
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LANZAMIENTO CAFÉ CONTADO
28ª Feria Internacional del Libro de Santiago
14/11/2008
Por Fernanda Weinstein Perelman
Cuentan que en tiempos de los griegos, cuando el lenguaje se encontraba
en su aurora, existía una plena confianza en la palabra:
nombrar era hacer aparecer el objeto aludido, como dijera alguna
vez Octavio Paz.
Poco a poco, la transparencia original se va tornando opaca; se
va recubriendo, como una moneda, con la tosca pátina del
uso. He ahí que la palabra se vacía de contenido.
He ahí que los seres humanos, privados del instrumento
de comunicación que les es propio y exclusivo, se van quedando
cada día más solos; encerrados en los exiguos confines
de su yo. En este sentido, la labor de los poetas ha sido, históricamente,
pulir las monedas ya gastadas; devolverlas a la circulación
provistas de un nuevo brillo.
Sin embargo, incluso la poesía, o mejor dicho la versificación,
corre el peligro de volverse estéril, cayendo en la trampa
de la pura forma, de las estructuras sobredeterminadas que nada
ocultan tras de sí. Es entonces cuando aparecen, además
de los revolucionarios rupturistas, poetas que hacen caso omiso
de las formas, abandonándose a una especie de vitalidad
infantil. Artistas ingenuos se los ha llamado, recibiendo elogios
de muchos desencantados academicistas.
Volviendo a los griegos, salvos del influjo destructor del tiempo,
han llegado hasta nosotros algunos fragmentos —botellas
al mar— de diatribas y recriminaciones; protestas de poetas
hombres y mujeres en contra de sus amadas traicioneras. Si bien
ciertos historiadores y filólogos —de este tiempo
y de otro— han logrado identificar de quiénes se
trataba, a las protagonistas reales, históricas de los
poemas, nosotros intuimos que no es eso lo importante: no era
la intención de aquellos difamarlas, sino exorcizarse de
ese amor infame.
Como dijera milenios después nuestra Violeta: “Maldigo
el vocablo amor con toda su porquería, cuánto será
mi dolor”.
Hoy, una mujer retoma este mismo gesto de fuerza ingenua y de
escarnio. Haciendo caso omiso de las estructuras métricas,
de las imágenes elaboradas, del esteticismo romántico,
clásico o barroco, vierte su vivencia de agravio en un
testimonio versificado; asemejando esa confianza primigenia en
que sus palabras podrán transmitir su sentimiento a los
lectores. Testimonio en un registro más emocional que anecdótico,
muestra además esa raigambre con la naturaleza —corpórea,
somestésica, matérica— que tradicionalmente
se ha atribuido a las mujeres.
Entre la ironía y el patetismo, entre la rabia y el dolor,
las palabras de Alexandra Cusacovich podrían ser, probablemente,
las de cualquiera de nosotras, vilipendiando a su ex una tarde
cualquiera, frente a un café cortado.