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Colección Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica

   

Cuerpo y Espíritu
La historia oculta de occidente
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Morris Berman

C A P I T U L O  1
La falla básica

Lo que sucede cuando miro en mi [espejo] es que yo, que nada soy aquí, me pongo allí donde soy un hombre y lo proyecto de vuelta sobre su centro. Ahora éste es un caso de especial lucidez de observación propia en general; mi espejo hace para mí lo mismo que hacen mis amigos, sólo que con menos complicaciones... Lo que por doquier ocurre oscuramente, aquí sucede en forma abierta... Entre nosotros, el espejo y yo, completamos un hombre...
D.E. Harding,
The Hierarchy of Heaven and Earth

Todo mi vacío fulguró ante mis ojos.
John Lennon

Algunos de los recuerdos más tempranos de mi niñez se relacionan con reuniones familiares, cuando miembros de la larga parentela se juntaban para alguna fiesta o celebración especial, o cuando algunos familiares venían a casa simplemente con el propósito de estar juntos. De niño, a menudo gozaba con estas reuniones; generalmente había mucha calidez y sensación de seguridad en ellas. Sin embargo, mirando hacia atrás, me llama la atención que mucho de este visiteo se caracterizara por la ausencia de silencio. Como sucede frecuentemente en tales encuentros, la conversación era casi constante. Estoy seguro que había excepciones, pero éstas no resaltan en mi memoria. Como familia nosotros raramente, si es que alguna vez, nos sentamos sólo para "estar" uno con el otro; eso parece no haber sucedido jamás. La regla tácita parecía ser que ese espacio de vacío era incómodo, y que era necesario llenarlo. El silencio -no el de naturaleza hostil, sino más bien el que simplemente expresa presencia- era en apariencia, y creo que inconscientemente, visto como algo amenazador. Era como si algo potencialmente peligroso pudiera surgir si es que la conversación se detenía por más de medio minuto.

Supongo que esta situación es típica en la mayoría de las reuniones, no tan sólo en las de familia. Los encuentros para cenar son el ejemplo más obvio. Es como si el silencio pudiera revelar alguna suerte de espeluznante vacío. Y lo que se está evitando son las preguntas de quiénes somos y qué estamos en realidad haciendo unos con otros. Estas interrogantes viven en nuestros cuerpos, y el silencio las hace aflorar.

Pero, en toda esta discusión de imágenes y percepción, hay un aspecto de reflectación que no debe ser ignorado, y que es el factor del tacto, el que engloba el vínculo libidinal. De todos nuestros sicólogos franceses, Jacques Lacan es quien ha tenido más que decir acerca de esto, ya que ha observado que todo cuanto aprendemos en la infancia acerca de la dinámica Sí Mismo/Otro, ocurre en un contexto afectivo, táctil y emotivo -no se trata sólo de mirarse en otros ojos o en vidrios plateados. De ahí que el término de Lacan para la brecha, la separación Sí Mismo/Otro, sea sevrage, una palabra que significa a la vez "destete" y "separación". Cuando hablamos de relaciones objetales, no nos referimos sólo a cualquier objeto, sino -entre otras cosas- a manos, caras y pechos. El nemo surge en un contexto que tiene una carga erótica, carnal y libidinal. Desde un punto de vista freudiano -y Lacan y Winnicott pueden ciertamente ser colocados en este campo-, esta es la cuestión crucial en el asunto de separación y vínculo. Esta es la razón por la cual Winnicott argüía que el verdadero drama no estaba en el Sí Mismo vs. Otro, sino en el Sí Mismo vs. Madre -tema recientemente vuelto a trabajar, desde una perspectiva feminista, por otra escritora freudiana, Dorothy Dinnerstein (The Mermaid and the Minotaur [La sirena y el minotauro]). Es en este contexto altamente emocional que el infante tiene que resolver el rompecabezas ontológico de la autoidentificación, y es por ello que -pese a Piaget y a la ciencia moderna- cognición y emoción están estrechamente unidas entre sí, tanto para los adultos como para los niños. La pérdida de objeto desencadena no sólo un terror al Vacío, sino un alto contenido de ira, dolor y tristeza, que reflejan la energía del vínculo sexual. De modo que esto esconde más que lo que ven los ojos.

La mayoría de los teóricos de las relaciones objetales no tenían mucho que decir acerca de la sexualidad humana. Balint sostuvo que las relaciones objetales son totalmente independientes de las zonas erógenas, e incluso Winnicott, cuando se enfrentó en su práctica pediátrica con el hecho de que el juego que se lleva a cabo en el espacio de transición es a veces de naturaleza sexual, prefirió ignorarlo. Las relaciones objetales ven la posición básica de la condición humana como de significado y cognición, y la pérdida de objeto (pérdida de Otro) como fundamentalmente, la pérdida de un mundo inteligible. Como tal, las relaciones objetales parecen ser primordiales en la jerarquía de las necesidades humanas, y en el hecho hay muchos elementos que sugieren que esto es verdadero. John Holt, el educador estadounidense, ha argumentado que los niños llegan al mundo con el apremio de entenderlo -lo que podríamos llamar el "impulso cosmológico". El afirma que esta necesidad es biológica, más fuerte aún que la necesidad de alimento. Los niños que están mamando, por ejemplo, se detienen y miran con gran curiosidad si algo interesante (es decir, significativo) sucede en su entorno. Dado que el mamar es, en la teoría sicoanalítica, una actividad libidinal, podemos ya observar que es susceptible de ser usurpada por un hambre más profunda, que es la búsqueda de un mundo comprensible. Consideremos también la pareja que permanece junta año tras año, sin desarrollar actividades sexuales y sin siquiera rozarse o acariciarse ocasionalmente, simplemente porque algo malo es preferible a la nada. La "nada total", como argüiría la escuela de relaciones objetales, es lo peor que se podría pensar en encarar.

Sin embargo, yo no estoy completamente convencido de todo esto, porque en la práctica, sexualidad y ontología tienden a correr juntas desde un punto muy temprano, sobre todo si uno toma la sexualidad en su más amplio sentido que es una relación sensual y erótica con el mundo. Desde el nacimiento, algún grado de contacto físico con otros es un aspecto tan fuerte de nuestro desarrollo ontológico que su ausencia prolongada más tarde en la vida nos hace sentir que sin ello ésta no tiene significado (para mí, una conclusión razonable). Cuando el infante ya está en la etapa del espejo y del proceso de autorreconocimiento, está inmerso en una red libidinal. Creo que es por esta razón que las dos energías, ontológica y erótica, parecen con frecuencia ser tan similares. Ambas tienen fiereza, como también una cualidad de "seducirlo a uno". La persona con un nuevo gurú, un nuevo terapeuta o una nueva filosofía de vida, está visiblemente animada y excitada, y ello tiene a menudo una connotación sexual. El entrecruzamiento entre sexualidad y éxtasis religioso es un fenómeno bien conocido, sea cual sea el contexto en que ocurra. No importa cuán "espiritual" pueda parecer el impulso cosmológico, él está, y quiero enfatizarlo, totalmente insertado en los tejidos del cuerpo; lo que significa que es parte del sí mismo corporal.

Así, es difícil mantener una posición de relaciones objetales "pura". Las criaturas, literalmente, mueren si no son tomadas en brazos; no basta sólo mirarlas con ternura. Los estudios empíricos de Paul Schilder revelaron que la construcción de la imagen corporal es tanto libidinal como social, y que las partes erógenas del cuerpo son percibidas por los sujetos como más cercanas a ellos, en términos de distancia física, que las partes.