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Curriculum
Vitae
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Héctor Orrego M.
Carta - comentario | Marzo 2006
Mi querido amigo:
Me tomó casi un año leer este libro, porque a fuerza
de querer hacerlo en ratos libres y deseando bucearlo sin apuro,
opté por dedicarle mis vacaciones completas, para hilvanar
de la primera palabra a la última con el mismo cordón
(habida cuenta que tu prólogo fue: “Este libro debería
integrar el currículo de los buenos niveles de enseñanza”).
Así anduve “curriculeando” de playa en playa.
Hoy lo terminé. Como no soy palabra calificada, diré
que para mí es un libro mayor. Lástima que si fuera
de lectura obligatoria, lo veríamos degradado como todo aquello
que nos es impuesto. Coincido con Freud en este caso (coincido poco,
cosa que a él le importaría un cuerno), en que “no
hay deseo sin prohibición”. Pasaría a ser como
el aire, la salud, el agua y tantas cosas al alcance de la mano
(como en las propagandas de “¡Sólo Por Hoy!”).
¿Por qué te escribo? Porque no es habitual que uno
tenga línea directa al entorno de quien produce una obra
semejante.
Hay gente que leyó mucho, se le nota y es una buena organizadora
de obras ajenas. También hay gente increíblemente
creativa, que saca a manos llenas diamantes de lo que parece ser
un pozo sin fin. Pero la desconfianza del ojo humano no suele aceptar
como único fundamento: “A mí me parece”
o “Yo creo que...”.
Tu amigo es un elegido (claro, no por nada es tu amigo; y esa flor
va para vos...). Cómo hizo para desposar tanto argumento
ajeno, con tantos pañuelos, palomas y conejos exquisitos
sacados de su galera. No son sólo una genialidad; parece
un misterio tan grande como todo lo que plantea.
Este libro me ha dejado un sabor de vibración, de orden,
de sinfónica tocando a pleno y, sobre todo, de ¿?
Hizo conmigo cuanto quiso. Me hizo bailar con la angustia y el asombro,
el espanto, la desesperanza y la aceptación (no necesariamente
en ese orden).
No voy a contarte qué me pasa a mí con cada pregunta:
tendría que escribir un libro paralelo, grotescamente más
pobre y netamente especulativo, pero con las mismas cuestiones básicas,
más allá de las formas.
Tenía yo 6 ó 7 años cuando taladraba la cabeza
de mi familia con preguntas acerca del infinito. Mis tíos
abuelos me contestaban algo que ya en aquel momento me parecía
una falta de respeto: “Hay un cartel que dice: Acá
se Termina el Mundo”. Un día de esos (me aparece la
imagen del patio de la casa de mi abuela, con la presencia de una
foto digital tomada ayer, acá en la playa), mi mamá
(eterna estudiosa y docente de filosofía) me dijo: “Tinita:
la mente humana no está preparada para captar el concepto
de infinito” (sic). El alivio me dura hasta hoy, ya que circunscribió
el problema a una frontera más abarcable: al límite
de nuestra propia especie.
Decir que me encontré en tantos párrafos, sería
de un candor equivalente a afirmar que Hamlet decía lo mismo
que yo. ¡Qué hombre no ve su imagen en ese espejo,
y multiplicada al infinito!
A Orrego no le falta nada: inteligencia, creatividad, formación,
comprensión, sensibilidad, especulación, humor, poesía...
Orrego SABE, y SABE QUE SABE; aunque por momentos ese costado más
“pedestre” lo haga trastabillar.
¿Por qué te escribo? Porque hacía mucho tiempo
que no encontraba un libro que me comprometiera tanto. Que hiciera
brotar en mí, como lectora, tal remolino de ideas.
Enfrentada a estos planteos, desde hace un tiempo (que no pasa
en vano), cuando cruzo la barrera de los pensamientos más
siniestros, siento surgir lentamente una sensación inexplicable
de alivio, casi de liviandad (claro que si quiero apresarla e intelectualizarla,
se me esfuma). Una especie de “qué bueno, no tengo
que esforzarme ni preocuparme más. Lo que tenga que ser,
será, más allá de mí”: la contracara
de Woody Allen en un filme donde cree tener un tumor en el cerebro
y va de religión en religión buscando cuál
le da más certeza de vida eterna.
Me despido de vos con el recuerdo de un dibujo de un viejo erudito
de largos pelos y barba blanca, rodeado de estanterías repletas
de libros, que le dice a su ayudante: “Mi fiel y querido amigo,
tras una vida dedicada al estudio, mi conclusión podría
resumirse en las mismas dos preguntas que cualquier crío
le dice a su madre en mil circunstancias: ¿para qué
vinimos? y ¿cuándo nos vamos?”.
PD: te mando un abrazote enooormeeeeeeeeeeeeeee y espero noticias
tuyas,
Tina
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