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Colección Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica

   

Curriculum Vitae
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Héctor Orrego M.

P R E F A C I O

Curriculum Vitae de Héctor Orrego Matte es un libro muy especial, inusitado. No contiene el curriculum vitae acostumbrado, cronológico, del autor. Se extiende, en cambio, amplia y profundamente sobre el pensamiento, los sentimientos y las reflexiones que a través de la vida han construido la personalidad y el ser de Héctor Orrego.

Es algo así como una conversación con el lector sobre la existencia, el universo, la sociedad, la ciencia, la medicina, el arte, el humanismo, el individuo, las pasiones humanas, la ecología, en el marco de las vivencias y la experiencia personales, desde la infancia a la plena madurez.

Orrego nace biológicamente hace unas siete décadas y desde entonces ha seguido naciendo muchas veces. Sus primeros años ocurren en un ambiente privilegiado de comodidad material y relaciones de una ilustre familia: su padre, don Héctor Orrego Puelma, distinguido profesor de la Facultad de Medicina, su madre, señora Marta Matte Larraín, persona encantadora, inteligente y cultísima, sus hermanos Andrés y Marta. Héctor acepta su condición social con indiferencia hasta la pubertad en que, impresionado por las inequidades de la sociedad chilena de la época, comienza a trazar su propio camino y construir sus propios valores. Desea ser médico e ingresa a la Universidad Católica; los últimos años de la carrera los cursa en la Universidad de Chile, como ocurría en aquella época. Durante sus estudios descubre su pasión por la investigación y, al graduarse, opta por la dedicación exclusiva a las labores académicas, las que desarrolla en ambas universidades. No ejerce nunca la medicina privada. En 1954 es nombrado Profesor de Fisiopatología de la Universidad Católica y en 1964 obtiene el grado académico de Profesor de Medicina de la Universidad de Chile.

Lector infatigable, desarrolla, paralelamente, una intensa dedicación al conocimiento de otras ciencias naturales, a las ciencias sociales, a la literatura, el teatro, el cine, las artes plásticas y la filosofía, e inicia su afición como fotógrafo.

Un matrimonio feliz con Manena, mujer sabia de admirable sensibilidad, le permite formar con sus hijos Felipe, Elena, Josefa y Pedro, una familia que le ha significado un apoyo espiritual importantísimo en su vida y muy especialmente en los períodos de adversidad.

Tuve la suerte de conocer a Héctor y Manena en su juventud y hemos compartido desde entonces una gran amistad que comprende igualmente a Patricia, mi esposa, y también a nuestros hijos. Los veranos en Isla Negra, en el ambiente relajado de las vacaciones o los fines de semana, durante el resto del año, eran un entorno ideal para largas conversaciones estimuladas por la compañía de comunes amigos que muchas veces inspiraron nuestras inquietudes. No puedo dejar de recordar con nostalgia a Alfonso Leng, Pablo Neruda, José Santos González Vera, George Elliot, Nemesio Antúnez, Mauricio Amster, Hernán del Solar, a la señora Marta y a mi padre, por nombrar sólo algunos de los que ya no están. El conocimiento personal que tengo de Héctor me ha impulsado a aceptar la distinción de prologar este libro tan particular.

Hemos recorrido juntos un buen trozo de la historia de nuestro país. Asistimos al gran desarrollo de la Universidad de Chile bajo la señera dirección de ilustres maestros como Juvenal Hernández, Gómez Millas y Eugenio González, a la expansión de las actividades culturales de la Universidad y de las diversas Facultades hasta la crisis universitaria de 1968, que dio lugar a la Reforma Universitaria de tan diferente repercusión en las múltiples Escuelas, Departamentos e Institutos.

El Profesor Héctor Orrego Matte me acompaña durante los años de mi decanato de la Facultad de Medicina como Vice-Decano desde 1968 a 1972, y, junto a un grupo de distinguidos académicos de la Facultad, entre los que se cuentan los Profesores Hugo Behm, Moisés Brodski, Humberto Maturana, Pedro Castillo, Roberto Douglas, Samuel Middleton, Ronald Nagel y cientos de académicos, estudiantes y funcionarios, participa con singular y generosa dedicación en la tarea de llevar a cabo la más grande reforma de la Facultad ocurrida después de 1945, cuando otro grupo de académicos había emprendido la modernización de la misma bajo la dirección de los Profesores Hernán Alessandri, Rodolfo Armas Cruz, Alejandro Garretón, Eduardo Cruz Coke y otros.

En el plano social, la Reforma de la Facultad de 1968 significó dar respuesta a la necesidad de adecuar la formación de profesionales de la salud en cantidad y calidad, para resolver el déficit de estos profesionales, existente en el país desde siempre.

El advenimiento del Gobierno de la Unidad Popular y el personal interés del Presidente, Dr. Salvador Allende, permitió abrir el acceso de los trabajadores a la Facultad y contribuir a superar la discriminación económica que se los impedía, mediante la creación de las carreras vespertinas de Medicina, Enfermería y otras.

Se vive en el país por esos años una profunda mística y la esperanza de poder construir una sociedad más justa y solidaria. Orrego se convierte en inspiración y modelo para la juventud universitaria. La vida cotidiana está colmada de ideales sin otro beneficio que la satisfacción espiritual de estar participando en un movimiento revolucionario sin precedente en el desarrollo cívico del país.

Cuando nos detenemos a pensar que actualmente todo esto es considerado parte de la Utopía y que, sin embargo, fue posible, no podemos dejar de tener esperanza que alguna vez en el futuro, no muy lejano, una nueva Utopía comience sin los errores que entonces se cometió. Tal vez para ello valdría más el consenso que para los fines que se ha puesto en práctica: un consenso para objetivos generosos que nos comprometan a dar lo mejor de nosotros en aras del bien común y no la debilidad del consenso en defensa de los pequeños intereses personales y la codicia.

Sucede entonces el drama y después la tragedia de Chile: la incomprensión de algunos defendiendo modelos alternativos, la desconfianza y el recelo de otros, los intereses creados defendidos a muerte por los más poderosos y su asociación con los poderosos del extranjero, que desemboca en el golpe militar del 11 de Septiembre de 1973.

Chile se tiñe de rojo, pero no de las banderas populares sino de sangre de asesinados, desaparecidos, torturados y "prisioneros de guerra" de la lucha contra el "enemigo interno", que éramos nosotros. El Estadio Nacional, antes lleno de jóvenes deportistas, es ahora un campo de concentración ocupado por universitarios prisioneros, profesores y alumnos, sospechosos para el nuevo régimen de dictadura militar. Son miles los docentes y funcionarios exonerados y los estudiantes expulsados de las universidades. La Rectoría de la Universidad de Chile es ejercida por militares y las Facultades son dirigidas por Decanos designados o aceptables para la dictadura, que cumplen sus órdenes.

El Profesor Orrego, Jefe del Departamento de Gastroenterología del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, es destituido por las nuevas autoridades. En contraste con esta actitud, la Universidad Católica le mantiene su cargo y le da un honorable respaldo.

Héctor Orrego, que, como muchos otros, no tenía nada que ganar en esta lucha, sino seguir viviendo de acuerdo a sus principios, sufre detención, vejámenes y finalmente el exilio, y como secuela, hasta hoy, la diáspora de sus hijos y nietos.

Parte al exilio sin destino preciso, sin contactos de ninguna especie y, como muchos de nosotros, con veinte kilos en la maleta y una tonelada en el alma. Quedan atrás el mar de Isla Negra y la cordillera nevada. Piensa seriamente que tendrá que subsistir como fotógrafo.

Su amigo Jaime Talesnik le sugiere llegar a Canadá. Pero Orrego no llega sólo con su máquina fotográfica, le ha precedido su fama internacional como investigador en gastroenterología y al cabo de unos años la Universidad de Toronto le ha distinguido con los títulos de Profesor en Medicina, Fisiología y Farmacología.

La vida en Canadá con Manena, los hijos y Luca, su compañero perro, se desarrolla armónicamente. Orrego viaja mucho, asiste a congresos, seminarios, da conferencias y cursos; acumula distinciones y premios. Nos reencontramos en Inglaterra, donde cumplo mi parte en esta historia de Chile que traspasó las fronteras. Me acompañan al comienzo en el exilio, en el Reino Unido, eminentes personalidades de nuestras universidades como Edgardo Enríquez, ex-Rector de la Universidad de Concepción, Fernando Castillo Velasco, ex-Rector de la Universidad Católica, Alvaro Bunster, ex-Secretario General de la Universidad de Chile y muchos otros distinguidos académicos, tan necesarios en Chile y que la dictadura ha considerado prescindibles. Nuestra conversación continúa esta vez frente al Canal de la Mancha, en las costas de Hastings. Orrego ha vivido mucho y no en vano. Todas las experiencias algo le agregan, pero ninguna tanto como el exilio. Ahora está particularmente interesado en la filosofía oriental. Prepara el retorno a Chile.

Todo esto se refleja en su libro.

Podría decirse que el libro es una larga y amena charla con un pensador de nuestro tiempo, que expresa, magistralmente, en su espontaneidad, la visión de un cientíco que ha visto derrumbarse la solidez determinista de la ciencia para dar paso a la incertidumbre del postmodernismo en todo sentido. Los cambios imprevisibles en la sociedad. El alza y la caída de las Utopías. El abandono de las ideologías. La verdadera magnitud de la existencia humana. La idea de Dios. Héctor incorpora en esta conversación todos los temas que han tenido significación importante en su formación personal.

En un pasaje se refiere a la concepción atómica de la materia desde los filósofos de la Grecia Clásica, Leucipo, Demócrito, Epicuro, hasta las ideas modernas de Lord Rutherford, Bohr y Heisenberg, para terminar citando una bellísima página del libro de Lucrecio, La Naturaleza de las Cosas, que une poéticamente ambas concepciones.

Los temas más complejos de ciencia son introducidos en un lenguaje sencillo, al estilo de los libros de Prigorgine, Hawkins o Capra para el público culto en general, que permite seguirlos sin dificultad.

Resultan así inteligibles para cualquier lector interesado los conceptos del Big Bang y la formación de las galaxias, a partir de un punto invisible, de una pequeñez que sobrepasa la imaginación y que sin embargo contiene todo el material del Universo, que sufre una explosión tan colosal que aún hoy 15 mil millones de años después toda la enorme masa del Universo sigue expandiéndose por fuerza del impulso original.

Como una historia de amor apasionado entre la materia, es la magnífica descripción que hace del fin de una estrella gigante y la aparición de las supernovas, aquel relámpago de esplendor del que emerge una nebulosa brillante que rodea a la estrella de neutrones, que se desprende al espacio y que contiene simbólicamente todos los elementos que componen los organismos vivos, "toda nuestra materia es polvo de estrellas". Nuestros componentes fueron alguna vez parte de la explosión inconcebible. Esta idea nos trae a conciencia nuestra pertenencia al todo de la creación, pensamiento tan pocas veces presente en nuestra vida cotidiana.

¿Por qué escribe Héctor Orrego de todo esto que no es su campo y lo explica como maestro? Porque esta concepción de la existencia, que nos quiere hacer comprender y tener presente, ha sido parte esencial de su curriculum vitae. No se puede conocer a Héctor Orrego sin saberlo. Allí está Orrego, como Zurita entre el Desierto de Atacama, el agua y las piedras, Matta en el Cosmos, Neruda en la Humanidad o Martin Luther King en la Esperanza.

Aborda las condiciones teóricamente exigidas para la iniciación de la vida en el planeta y la inmensa improbabilidad que todos estos factores concurrieran por azar en un momento determinado para hacerla posible, y luego de fascinantes divagaciones concluye: "Para mí, a pesar de haber vivido ya muchos años trabajando en ciencia y de haberme movido continuamente entre científicos, el mundo sigue siendo, tal como lo era para los hombres primitivos, un increíble, insondable y grandioso milagro". Le han precedido en similar pensamiento algunos de los más notables científicos de nuestro tiempo, en particular los físicos, Einstein, Pauli, Schrödinger, Heisenberg y muchos otros. Héctor se siente en buena compañía entonces para declarar: "mi instinto me dice que lo prudente es dejar esta parte del Universo así, sin tratar de entender más".

Pero pronto se adentra en nuevos problemas y nuevos misterios o, tal vez, en nuevos aspectos del misterio de la existencia que, a través del pensamiento, le han ido dando forma y sentido a su propia existencia.

Así conduce al lector a considerar la teoría de la evolución, la maravillosa diversidad de las especies, los conceptos de Bergson y Teilhard de Chardin, y el fantástico número posible de genomios que hace imposible en la naturaleza que un individuo aparezca en una reproduccion idéntica, salvo los gemelos univitelinos.

Como médico y biólogo no pierde nunca su capacidad de asombro frente a la organización y funcionamiento de los organismo vivos, los instintos y el aprendizaje de los animales. Me recuerda, por ejemplo, la escena habitual a la entrada de las casas en pleno centro de Londres de las botellas de leche con sus tapas metálicas picoteadas por los pájaros que han aprendido a beberse la leche; clara evidencia de inteligencia de estas aves frente a situaciones nuevas de la vida moderna.

Orrego ha sido siempre un gran observador del reino animal. Le complace y colma de admiración, por ejemplo, la contemplación de una abeja. Alguna vez le escuché una disertación bellísima sobre esta observación. Su comunicación con su perro Luca, por largos años, fue más que humana o perruna. Era como si Luca también hubiese sido un ser excepcional de su especie. Al momento de escribir estas líneas, desgraciadamente, Luca acaba de morir, dejando sumido en el dolor a su fiel compañero.

En forma recurrente destaca Orrego que nuestro curriculum vitae es inseparable de lo que nos rodea, que somos parte integrante de ese todo y revela cómo le deslumbra y maravilla ese "plan gigantesco". Nos adentramos así a conocer tal vez el pensamiento más profundo de Héctor Orrego cuando escribe: "Creo que no hay que perder nunca la perspectiva de lo que somos respecto al todo. La correcta perspectiva es necesaria para mantener la modestia y la tranquilidad de alma que da el no sentirse solo. Saberse parte de algo que aunque no comprendamos, intuimos que es inmenso, armónico, perfecto. Incluso tal vez seamos parte de Dios como pensaba Plotino, meister Eckhart y muchos otros, o de Brahma como nos dicen los Upanishads, o de Manitu, o de la Pacha Mama o de otros, que en esencia son lo mismo".

El libro contiene a continuación interesantísimos comentarios sobre las filosofías y religiones orientales que tanto influecian el pensamiento actual del autor. Son particularmente atractivas las similitudes señaladas entre ellas que revelan un gran conocimiento de las mismas.

La consideración que hace de estas religiones, así como del cristianismo y la filosofía occidental, le lleva a destacar las analogías entre ellas al reconocer en la condición humana, en cualquier latitud, la comunión que surge de pensamientos, sentimientos, aspiraciones y propósitos, por encima de las ideologías, para superar el egoísmo, el individualismo y la exaltación del ego que dan lugar al sufrimiento. Así, el budismo llega a rechazar cultivar o embellecer el alma o cualquier deseo de glorificación personal que considere al individuo separado del todo. El taoísmo comparte esta noción aunque difiere algo al incorporar el concepto de Dios en el fluir de la vida que envuelve toda la existencia. No obstante, ambas doctrinas plantean la necesidad de liberación de las percepciones restrictivas que nos imponen los sentidos, las costumbres, las tradiciones y la cultura.

Es notable la semejanza sobre la concepción del Universo que se da entre estas religiones y las ideas de los físicos modernos. Todo esto lo describe Orrego con claridad ejemplar y orientadora. La superación del materialismo mecanicista por los hallazgos de la física, que la convierten en una ciencia holística. El fascinante viaje en el que conduce al lector por la biología del cuerpo humano, primero a las profundidades de las estructuras hasta donde desaparece la biología y se produce el encuentro con la física elemental, a nivel de las ondas de energía, donde se disipan las diferencias materiales entre las cosas y después a la hondura del tiempo de nuestra existencia en que la temporalidad de nuestra vida biológica aparece como un proceso dinámico, parte de un flujo constante de materiales que permite la renovación de los tejidos hasta nuestra muerte biológica y luego el otro camino que mantiene nuestra integración al universo. Apasionante proceso que con retraso empuja a los biólogos a abandonar el esquema reduccionista de la ciencia que los físicos ya han dejado de lado.

No es sin sentido del humor que Héctor nos introduce a considerar problemas fundamentales de la filosofía derivados de nuestro conocimiento de la biología cuando se pregunta: "¿Cuándo es que los materiales que tengo que incorporar del medio externo como alimento y oxígeno comienzan a ser YO?" Y concluye: "No son claros los límites de nuestras personas. La verdad es que no hay límites porque somos parte de un continuum".

Más adelante en la lectura, es un deleite encontrar sucintamente presentados en un par de páginas los datos de la evolución del Homo Sapiens, desde su aparición en la tierra, a través de 5 u 8 millones de años, hasta el nacimiento de las primeras civilizaciones y más tarde los fenómenos que dan lugar a la Grecia Clásica y al Renacimiento.

Dentro de este contexto aborda el desarrollo histórico de las sociedades y la situación de las personas en ellas inmersas, la barbarie incomprensible de las guerras y la futilidad de las ambiciones humanas, el afán de prestigio y poder y el consumismo de nuestros días, el ámbito en que se desenvuelven nuestros móviles cotidianos, las ambiciones, las esperanzas, los fracasos, las glorias, los dramas, el odio y el amor, con sus determinantes psicológicas y sus implicaciones éticas.

Surge así, naturalmente, una gran inquietud sobre las condiciones que impone en la sociedad actual el liberalismo extremo, al romper los diques de contención del individualismo más egoísta y cruel, dando lugar al llamado capitalismo salvaje en las sociedades organizadas, fundamentalmente, desde el punto de vista económico y, en particular, de la economía de mercado. Ello ha cobrado legitimidad, aparentemente aceptada por consenso, en el sofisma de un saludable pragmatismo. Los mismos sectores que aplauden este "fin de la historia" se quejan del derrumbe moral que ocurre en las instituciones sociales y religiosas, en la familia y en los pueblos, en que se ha creado un vacío peligroso por la falta de sentido de pertenencia y por la carencia de un mínimo sentimiento de solidaridad con el prójimo. Estas contradicciones, creadas en nombre de la libertad, comienzan a preocupar a diversos sectores, que auguran el surgimiento de nuevos planteamientos morales para la sociedad, algunos de los cuales, sin duda, envuelven el peligro de la reaparición de ideologías totalitarias. Resulta por tanto evidente la urgencia de comenzar a construir un gran consenso, que dentro de la más amplia libertad individual, comprenda, plenamente, los derechos humanos y el respeto a la ecología: la efectiva igualdad entre hombres y mujeres, la eliminación de la pobreza, la equidad solidaria en el acceso a la salud, la educación, la cultura y la previsión de las personas, y el respeto a los animales y a la naturaleza, que haga más que un mero discurso el desarrollo sustentable en el planeta.

Curriculum Vitae aborda, en extensión, múltiples tópicos fundamentales como la segunda ley de la termodinámica, la teoría de la relatividad, la física cuántica, la teoría del caos, y, en otro orden, el significado de los sueños, la teoría del conocimiento, la limitación del lenguaje, etc., que inducirán a la reflexión sobre los mismos. El estilo del texto, espontáneo, sincero, íntimo, estimulará, tal vez, a los lectores a elaborar su propio curriculum a la manera del autor y terminaremos agradeciéndole habernos permitido compartir esta experiencia vital tan importante. Ha sido éste, al menos, el sentimiento que me ha acompañado a través de su lectura, frente al incansable movimiento de las olas, un poco más al norte de Isla Negra donde, hace muchos años, comencé a conocer a Héctor Orrego Matte.

Alfredo Jadresic Vargas
Tunquén, Abril de 1994.

 

   
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