| En
el principio era el sueño; el Cosmos y el Corazón Humano
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David Molineaux
PRÓLOGO
La península Labrador, en
el nororiente de Canadá, es una de las zonas más heladas
e inhóspitas del planeta. En sus desoladas estepas subárticas
vive un grupo de cazadores indígenas que se llaman los Naskapi,
vecinos de los Esquimales.
Su existencia es durísima.
Habitan en carpas de pieles de caribú y subsisten de la caza
del caribú y el oso. Viven en pequeños clanes dispersos;
su estructura tribal es rudimentaria y no tienen una religión
organizada. Desde la llegada de los europeos a ese territorio, su
población ha disminuido en forma drástica; se estima
que en la actualidad sobreviven sólo unos centenares de estos
tenaces aborígenes.
Para subsistir en estas condiciones,
los Naskapi han desarrollado una fuerte vivencia espiritual basada
casi exclusivamente en los sueños.
Creen que cada persona tiene un
centro o punto focal que lo orienta. Se le llama Mi Amigo, Huella,
Sombra o, simplemente, el "Gran Yo". El "Gran Yo"
nace junto con el cazador y habita en su corazón. Le habla
por medio de sueños. Se complace cuando la persona fuma,
toca tambor, y pinta o dibuja los sueños.
El Naskapi considera que los sueños
son esenciales para su supervivencia. Su obligación principal
en la vida es escucharlos atentamente y hacerle caso a sus instrucciones.
Si evita toda mentira y ama y respeta a sus semejantes y a los animales,
sus sueños mejorarán y entrará en una conexión
cada vez más profunda con el Gran Yo. De lo contrario, está
en peligro de que se le alejen los sueños -y por ende su
fuente más importante de orientación en la vida.
Un hecho central en la vida del
Naskapi es el Gran Sueño. Podría soñar, por
ejemplo, que se junta con sus amigos ausentes, reconoce puntos claves
del terreno y sale al encuentro de los caribúes en sus rutas
migratorias.
Al despertar, el que ha tenido el
sueño se pone a cantar y a tocar el tambor para completar
el sueño y ponerlo en conocimiento de los demás. Está
convencido de que así, el sueño se irradiará
también entre los espíritus de los animales de la
tundra. Los Naskapi componen cantos sobre la base de los Grandes
Sueños y éstos son repetidos durante un tiempo por
todo el clan.
Tienen la costumbre de inducirse
los sueños en una ruca herméticamente cerrada en la
cual se introducen piedras calientes. El grupo permanece varios
días dentro de la ruca entre sudores, fiebres y sueños.
Luego de vivenciar intensamente los sueños de la cacería,
su éxito está asegurado; la captura física
de la presa se vuelve casi una formalidad.
A los Naskapi les cuesta creer que
los visitantes de origen europeo no tienen Grandes Sueños:
la idea de vivir sin esta fuente esencial de orientación
les parece inconcebible, irrisoria.
El mundo moderno no cree en el Gran
Yo. Su guía en la vida individual y colectiva es, sobre todo,
la razón pensante. Confía plenamente en su capacidad
de decidir su propia suerte y, por medio de tecnologías cada
vez más sofisticadas, ir aumentando su control y dominación
sobre el mundo natural.
En estas páginas plantearé
que tal manera de entendernos a nosotros mismos y entender nuestra
relación con el mundo que nos rodea nos ha empobrecido de
forma intolerable. Incluso se ha vuelto una amenaza para nuestra
supervivencia. Nos está dejando tan vulnerables como un clan
Naskapi abandonado por sus sueños en la tundra boreal.
En los capítulos que siguen
daremos una mirada a la cosmovisión moderna, sus orígenes,
y algunas de las patologías culturales y sociales que ésta
ha generado. Intentaremos explorar elementos de una nueva cosmovisión
que emerge, y sus implicancias para la conducción de nuestras
vidas individuales y nuestro camino colectivo hacia el futuro.
Al comienzo quiero reconocer mi
deuda con dos grandes visionarios contemporáneos: el historiador
de las culturas Thomas Berry y el físico matemático
Brian Swimme. Más que cualquier otra cosa, ha sido el trabajo
de estos dos pensadores que inspiró las reflexiones e investigaciones
que dieron origen a este libro.
De igual forma quiero agradecer
la ayuda generosa de dos grandes amigos, Cecilia Pizarro y Sergio
Lucero, quienes revisaron el texto e hicieron sugerencias y correcciones
que son de valor inestimable.
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