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Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica |
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Historia
de la Conciencia; De la Paradoja
al Complejo de Autoridad Sagrada
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Morris Berman
Volúmen III trilogía
sobre la Evolución de la Conciencia Humana
(junto con El Reencantamiento
del Mundo y Cuerpo y Espíritu
)
El Mercurio, domingo 12 de diciembre de 2004
ENSAYO. El libro que Chatwin no llegó a
escribir:
La alternativa nómade
Juan Manuel Vial
"Al hacernos sedentarios habíamos cambiado desde una
experiencia directa de la vida a una búsqueda de sustitutos",
concluye Morris Berman en su libro "Historia de la Conciencia".
Inspirado en la obra de Chatwin, Morris Berman sostiene en "Historia
de la conciencia" que la religión, la autoridad y el
Estado nos han hecho enormemente infelices, sobre todo si consideramos
la vida idílica que llevaban nuestros ancestros nómades.
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JUAN MANUEL VIAL
A Bruce Chatwin se le reconoce hasta hoy en día como el
último escritor viajero de categoría. No obstante,
el tipo detestaba que sus libros fueran considerados libros de viajes.
Y, claro, tenía razón al ofenderse con esa denominación,
precisamente porque él encarnó -como pocos occidentales
durante el siglo veinte- a un nómade de tomo y lomo, quien,
antes de escribir, ya pensaba, conspiraba y se movía como
nómade. Hoy en día es frecuente oír que "En
la Patagonia" fue la mejor obra que escribió Chatwin.
Pero si estamos dispuestos a conceder un poco, esto no sería
del todo exacto: la mejor obra de Chatwin, lamentablemente, no alcanzó
a ser publicada, dado que el autor murió a los 49 años
de edad. Sin embargo, fue tanto lo que cacareó a lo largo
de su vida acerca de ésta, que es como si la hubiese escrito.
En una carta que envió a un amigo -Chatwin tenía 29
años- es evidente que todos los elementos necesarios ya estaban
perfectamente estructurados en su mente: "No puedo proveer
una historia de los nómades. Tomaría años escribirla.
La pregunta que trataré de responder es: ¿por qué
el hombre vaga en vez de quedarse quieto? Ya he propuesto un título:
'La alternativa nómade'. Pero, obviamente, no lo usaremos.
Es un título demasiado racional para un tema que apela a
instintos irracionales".
Más adelante, en la misma correspondencia, Chatwin detallaba
cada uno de los nueve capítulos que tendría el libro,
capítulos que, por supuesto, ya tenían nombre. El
último de ellos incluso llegó a ser desarrollado completamente.
En él, Chatwin citaba a Diógenes el cínico,
quien decía que, al principio, los hombres se encerraron
en las ciudades para escapar a la furia de los que quedaron afuera.
Atrapados dentro de sus murallas, estos mismos humanos se dedicaron
a cometer cuanta tropelía les fue posible en contra de sus
semejantes, como si ése hubiese sido el único objetivo
que los llevó a vivir juntos.
Esta apreciación de Diógenes venía a ser,
en opinión de Chatwin, una manifestación temprana
del agobio que experimentaba el hombre civilizado con la civilización.
Y así fue cómo el inglés errante llegó
a explicar que cuando el hombre ha deseado abandonar la civilización,
lo ha hecho para alcanzar una vida más simple, una existencia
en armonía con la naturaleza, liberada de posesiones, lejana
a las malditas imposiciones de la tecnología -y aquí
viene lo más dulce e interesante-, "una vida libre de
pecado, promiscua, anárquica y a veces vegetariana".
Chatwin estaba convencido de que el hombre fue hecho para moverse
incesantemente de un lado a otro. En "Los trazos de la canción"
cita un curiosísimo experimento llevado a cabo en una clínica
londinense -se trataba de una máquina que mecía guaguas
a diferentes velocidades: a mayor ritmo las criaturas dejaban de
chillar-, y es muy probable que de ahí proviniera la inspiración
de una de las más conocidas máximas chatwinianas,
esa que sostiene que el cuerpo humano está diseñado
para una extensa caminata diaria. Bruce Chatwin, en este aspecto,
fue muy consecuente: detestaba los aviones y, en la medida de lo
posible, casi siempre llegó a sus objetivos montado sobre
un par de bototos polvorientos."Historia de la conciencia"
(Editorial Cuatro Vientos, Santiago, 2004), del historiador de la
cultura y crítico social estadounidense Morris Berman, es
un libro que le debe mucho a Bruce Chatwin: Berman leyó "Los
trazos de la canción" -la experiencia australiana de
Bruce Chatwin más un agregado monumental: las sabrosas notas
de sus libretas-, y gracias a esa lectura tenemos ante nosotros
esta obra provocadora y ejemplar: "Chatwin creía que
la vida sedentaria generaba una multitud de ilusiones, entre ellas
la religión, que eran dañinas para la raza humana
y que estuvieron ausentes casi totalmente en los cazadores-recolectores
y en las sociedades nómades. La implicancia era que al hacernos
sedentarios habíamos cambiado desde una experiencia directa
de la vida a una búsqueda de substitutos, y que, al mismo
tiempo, se había perdido cierta flexibilidad mental. A mí
esto me sonaba a verdad", concluye Berman.
Una de las principales intenciones de "Historia de la conciencia"
es transmitir al lector que, tanto en las sociedades de cazadores-recolectores
como de nómades, no existían relaciones de jerarquía.
El poder del no poder
Por medio de la convincente y variopinta evidencia proporcionada
por Morris Berman, es factible creer que hubo una época,
no tan lejana, en que el hombre efectivamente vivió en igualdad
absoluta. Es lo que el antropólogo anarquista Pierre Clastres
llama "el poder del no poder", aparente paradoja que se
explica de la siguiente manera: en los grupos de nómades
y recolectores la labor del jefe es meramente decorativa. Contra
cualquier rasgo autoritario por parte del líder, siempre
triunfará el hecho de que él no puede obligar a nadie
a hacer nada. Según Clastres, "esta situación
es completamente deliberada: al tener un jefe que carece de poder
coercitivo, la tribu desplaza el poder desde el centro a la periferia.
El poder existe, pero nadie puede encontrarlo. Estas tribus intuyen
que el permitir que el poder sea investido en una persona oculta
un riesgo mortal para el grupo y es un desafío para la cultura
misma. En otras palabras, teniendo un jefe cuyo poder es efectivamente
nulo, el grupo revela su rechazo radical de la autoridad".
Y esta anarquía -que nunca mejor que en este caso podemos
tildar de benigna- viene a ser una de las virtudes de las que hablaba
Chatwin.
El puente
Entre los mejores epígrafes contenidos en "Historia
de la conciencia" -y los hay muy buenos- está uno de
Ralph Waldo Emerson, el poeta y filósofo estadounidense muerto
en 1882. La frase es la siguiente: "Las personas quieren establecerse;
sólo en la medida en que no lo consiguen hay esperanza para
ellas". En lenguaje más metafórico, las palabras
de Emerson quedan espléndidamente reflejadas en este espectacular
proverbio indio, el cual era un favorito de Chatwin: "La vida
es un puente. Crúzalo, pero no construyas una casa sobre
él".
En 1845, un discípulo de Emerson llamado Henry David Thoreau
-el más original de los filósofos estadounidenses
del siglo XIX- consiguió probar, en carne propia, cosas realmente
sorprendentes, como que el hombre no necesitaba vivir en ciudades,
ni requería trabajar más de seis semanas al año
para cumplir con todos los gastos del vivir. También escribió
un ensayo llamado "Acerca de la desobediencia civil",
donde exaltaba los derechos del individuo por sobre cualquier noción
de Estado.
Vivir en igualdad
Según Morris Berman, la nociva aparición del Estado
fue clave a la hora de cimentar la desigualdad entre los hombres:
"En el examen de las causas de la aparición de la desigualdad
social, al parecer la agricultura no es tan culpable como hasta
ahora habíamos imaginado. Las distinciones de prestigio y
también la riqueza se arraigaron en ciertas sociedades cazadoras-recolectoras
mucho antes de que la agricultura entrara en escena. El quiebre,
entonces, ocurrió dentro de la sociedad cazadora-recolectora
misma, y con el tiempo se convirtió en la norma. Las personas
como nosotros empezaron con las sociedades de bandas, en las cuales
el tamaño típico era de más o menos veinticinco
a treinta personas, el liderazgo se daba en un contexto específico,
la guerra (en oposición a la agresión o al homicidio
impulsivo) era inexistente, y el ritual dependía de la ocasión.
Las evidencias arqueológicas sugieren que antes del año
diez mil antes de Cristo la mayor parte de la población mundial
tenía esta forma de organización.
"El segundo nivel de desarrollo -continúa Berman- fue
el del grupo local, cuando apareció el acopio y algún
grado de sedentarismo. Habitualmente este ordenamiento tiene un
cabecilla, quien a menudo sirve para redistribuir el excedente,
y cuando los cabecillas empiezan a competir por este rol obtenemos
al Gran Hombre, a la figura carismática. A estas alturas
la población de la aldea se ha elevado a cerca de trescientas
u ochocientas personas, tiene estructura de clan, las fuentes de
alimentos son domésticas y las ceremonias han cobrado importancia.
Dado el crecimiento de la población, las jefaturas evolucionan
gradualmente y adquieren una nueva magnitud. El tamaño puede
ir desde mil a cien mil personas, y aparecen los centros ceremoniales,
jerarquías y estratificación, acceso desigual a los
medios de producción y liderazgo hereditario. La pauta evolutiva
es propulsada por el crecimiento demográfico y la expansión
de la agricultura. En este momento, a raíz del aumento de
la población, emerge el Estado". Un poco más
adelante, Berman termina con una sentencia monumental: "Desde
que dejamos las sociedades de bandas, el Estado es un sistema de
control elitista y de acceso diferenciado a los recursos".
La pregunta que ahora cae de cajón es si realmente existe
una base biológica que sustente la igualdad entre los humanos,
o ¿no será que Morris Berman y otros alucinados se
empeñan en probar, inútilmente, que el hombre no siempre
fue miserable, cuando casi todos sabemos que somos poco más
que un atado de mezquinas pasiones? Berman cita un caso crucial
que involucra a nuestros primos, los chimpancés, y esto es
muy relevante, ya que todo aquello que no logramos conocer -a través
de la arqueología o de la antropología-, todo aquello
que no logramos saber acerca de nuestros ancestros sigue estando
representado, como en una ventana abierta a nuestra realidad paleolítica,
por estos y otros simios.
El asunto ocurrió en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania,
lugar habitado por grupos de chimpancés que llevaban un estilo
de vida bastante similar al de los cazadores-recolectores humanos:
no tenían un líder permanente, vivían de manera
nómade y comían alimentos silvestres. Los chimpancés
aludidos no mostraban ningún rasgo de agresividad entre ellos
y, de cuando en cuando, se unían libremente, sin llegar a
formar comunidades separadas. Todo este orden idílico cambió
dramáticamente cuando en 1965 a alguien se le ocurrió
una bendita estupidez: había que alimentar a los monos con
plátanos administrados por manos humanas. "Esto generó
una competencia directa de los chimpancés de Gombe por aquel
alimento limitado. Los simios debían esperar en grupo a que
se les entregara el alimento, lo cual introdujo un elemento de incertidumbre
temporal, irregularidad y apiñamientos. El resultado fue
que la agresión se impuso y los chimpancés comenzaron
a matarse entre ellos. Rápidamente se desarrolló una
sociedad jerarquizada, con gran énfasis en la territorialidad.
Alrededor de 1972 se observaron bandas de monos que patrullaban
las periferias de sus territorios, atacando brutalmente a los merodeadores
extraños al grupo. El año anterior, un grupo de chimpancés
había dejado el área de Gombe, migrando hacia el sur.
Este grupo se llamó Kahama, mientras que los que se quedaron
fueron denominados Kasekala. Entre 1971 y 1976 los machos Kasekala
buscaron y mataron a todos los miembros del grupo Kahama".
Entre los dardos más certeros de "Historia de la conciencia"
está el de ubicar a la religión -o a cualquier idea
mágico mística- en su justo contexto: todas las creencias,
todos los credos, han sido inventados para otorgar trascendencia
e inmortalidad al hombre, mientras que para el nómade no
existían ni el obnubilamiento misticioide ni el fanatismo
religioso. Ellos sabían, mejor que nadie, que cuando uno
muere todo acaba. Por eso jamás perdían el tiempo
enterrando cadáveres. Según Bruce Chatwin, la religión
es una respuesta a la angustia. El movimiento físico, al
eliminar la ansiedad de muchas maneras, también elimina la
necesidad de religión. Al respecto, Morris Berman no se queda
en la premisa marxista o freudiana - que tan añeja nos resulta
ya- de que la religión es el opio del pueblo, sino que profundiza
y mejora el parámetro chatwiniano: "En condiciones de
movimiento, autonomía y equidad subyace en el hombre una
percepción de mundo que es a la vez natural y admirable,
una percepción desprovista de magia y dogma, pero dotada,
en vez, de belleza y simplicidad". Para adornar esta convincente
idea, Morris Berman cita en su libro las insuperables palabras sobre
el tema de la historiadora Claire Parnet: "Los nómades
siempre están en el medio. La estepa siempre crece desde
el medio, está entre los grandes bosques y los grandes imperios.
La estepa, el pasto y los nómades son lo mismo. Los nómades
no tienen pasado ni futuro, sólo tienen lo que está
en vías de ser, la mujer que está siendo, el animal
que está siendo, el caballo que está siendo: su extraordinario
arte animalista. Los nómades no tienen historia, sólo
tienen geografía".
El oneroso mito
En "Historia de la conciencia", Morris Berman se permite
una crítica intachable a los tres grandes mitólogos
del siglo veinte: Carl Gustav Jung, Mircea Eliade y Joseph Campbell.
Después de leerla surge la sospecha de que el mito, en vez
de liberarnos, nos ha encasquetado la mente con nociones distractivas,
precisamente porque son ideas trascendentes, narcotizantes y difíciles
de cargar, cuando lo verdaderamente encomiable consistiría
en avanzar ligero pero decididos, como relataba Bruce Chatwin que
hacían las tribus nómades de Asia: "Cada primavera
retornan a los pastizales de verano. Las mujeres lucen vestidos
hechos de flores frescas, con lo cual verdaderamente se ponen encima
la primavera. El grupo avanza al ritmo de sus monturas, y marca
el tiempo con el insistente tintineo de la campana del camello.
No miran ni a la derecha ni a la izquierda. Sus ojos están
fijos en el camino adelante, sobre el horizonte. La migración
de primavera es un ritual que satisface todas sus necesidades espirituales,
y los nómades son notoriamente irreligiosos. La senda montaña
arriba es la senda de su salvación".
FICHA
Morris Berman
"Historia de la Conciencia". Editorial
Cuatro Vientos, Santiago, 2004.
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