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Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica |
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Jaque
a los Economistas
Por qué los expertos nunca resolverán nuestros
problemas
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Robert Lekachman
P R O L O G O
La presente versión de este
libro de Lekachman traducida al castellano, fue publicada durante
el período autoritario, y fue conocida y prologada por el
autor poco antes de su lamentable fallecimiento ocurrido en 1988.
Durante ese período, las escuelas de economía fueron
transformadas en centros de adoctrinamiento del fundamentalismo
monetarista, con absoluta prohibición de considerar otros
enfoques teóricos, especialmente si involucraban discrepancias
o críticas a dichos dogmas, despotismo iletrado que inercialmente
sigue vigente en la mayor parte de los centros académicos
chilenos. En dicho contexto, esa primera edición constituye
una clara expresión de un profundo compromiso con el saber,
superior a las posibles y variadas represalias frecuentes en esa
época y que, por lo tanto, ganó el respeto y la gratitud
del público lector, muy en especial de quienes pudieron acceder
a través suyo a una visión científica distinta
de la "teoría" impuesta.
Lekachman escribe en lenguaje sencillo
y estilo ameno, de fácil acceso y compresión para
los interesados. Examina sucesivamente la precaria realidad contemporánea
con especial atención en la cesantía y la pobreza;
el reclutamiento y robotización de los economistas, su vinculación
con las multinacionales y sus prejuicios antisindicales; la posición
ética y los aportes teóricos de cuatro destacados
economistas -Adam Smith, Karl Marx, Thorstein Veblen y John Maynard
Keynes- que contrastan con la superficialidad y dogmatismo de la
"teoría" oficial, y finaliza con una meditación
acerca de la necesidad de rescatar la economía en cuanto
ciencia social desde la mera técnica de maximización
de utilidades a que la ha degradado la "teoría"
oficial.
La "teoría" oficial
tiene sus orígenes en los neoclásicos a fines del
siglo XIX, entre cuyos exponentes destacan William Stanley Jevons
(1835-1882), modesto funcionario inglés, con Teoría
de la Economía Política (1871); Léon Walras
(1834-1910), ingeniero francés, con Elementos de Economía
Política Pura (1877) y Estudios de Economía Social
(1896); y Carl Menger (1840-1921), funcionario austríaco,
con Principios de Economía (1870). El contexto de la época
corresponde a la consolidación del capitalismo y de las organizaciones
políticas y sindicales que cuestionaban el sistema en Gran
Bretaña, Alemania, Francia y Estados Unidos, basando sus
posiciones en la teoría del valor formulada por David Ricardo
y Karl Marx.
Los neoclásicos reaccionaron
ante esos avances. Jevons, por ejemplo, declaró: "Hay
que lograr una alternativa a la teoría de Ricardo...",
una alternativa que demuestre que "el salario es el efecto
del valor del producto y no su causa". Este punto de partida
se convirtió en la tónica de la posición neoclásica
y es la lógica que está presente en toda su "teoría".
De esta forma, establecieron todas las premisas o "supuestos"
requeridos para poder llegar a sus conclusiones predefinidas y todas
las características de la realidad que no coincidían
con sus preceptos fueron -y lo son hasta hoy día- calificadas
de "distorsiones".
En la prosecución de su objetivo,
eliminaron las relaciones sociales de producción y distribución,
focalizando su análisis en la esfera del intercambio, al
igual como lo habían hecho los mercantilistas. La involución
es considerable, puesto que el abandono de estas relaciones sociales,
inherentes a toda ciencia social, elimina también la historia
e intenta reducir la economía a una mera técnica de
maximización de beneficios. Su análisis se centra
en un individuo aislado enfrentando cosas para consumir o para producir,
sin vínculos con ningún otro ser humano, y su ejemplo
más socorrido es Robinson Crusoe sin la compañía
de Viernes. Puesto que suponen a todos los individuos en igualdad
de condiciones y conocimiento de sus opciones ante determinadas
situaciones establecidas, la sumatoria mecanicista de ellos constituye
su sociedad atomística.
En el intento de dar rango científico
a su enfoque, Jevons encontró la clave en las matemáticas:
"Parece perfectamente claro que si la economía ha de
ser una ciencia, debe ser una ciencia matemática... mi teoría
de la economía... es de carácter puramente matemático.
No sé cuándo tendremos un sistema estadístico
perfecto, pero la necesidad de él es el único obstáculo
insuperable en el proceso de hacer de la Economía Política
una ciencia exacta".
Siguiendo dicha orientación,
el enfoque neoclásico se perfeccionó desde el punto
de vista de las técnicas de análisis con Alfred Marshall
(1842-1924), que publicó Principios de Economía (1890);
Vilfredo Pareto (1848-1923), que publicó Cursos de Economía
Política (1897) y Manual de Economía Política
(1906); y en Viena con Eugen Böhm-Bawerk (1851-1914), que publicó
Capital e Interés (1889); y Friedrich von Wieser (1851-1926),
que publicó Valor Natural (1889). Estos últimos autores
se esforzaron especialmente en disminuir la influencia intelectual
de Karl Marx y de la escuela histórica alemana.
Las ilustraciones de la argumentación
consisten en alambicadas fórmulas y gráficos que terminan
siendo convertidos en conceptos, mientras que éstos son subordinados
a aquellas. Se trata de una mera estática comparativa que
implica el traslado de un punto de equilibrio a otro -ajuste automático-
sin considerar las fuerzas y efectos concomitantes. Las explicaciones
en el aula semejan clases de geometría con refinados gráficos,
en los que las intersecciones de diversas curvas unifican en un
solo punto los pretendidos óptimos de todo y para todos.
Al respecto, Joan Robinson señala
que uno de los motivos de la desvinculación de los neoclásicos
con la realidad radica en el dominio del concepto de equilibrio
en su teoría, ya que si una hipótesis es enmarcada
en términos de la posición de equilibrio que se alcanzará
cuando todas las partes involucradas tengan predicciones correctas
carece de sentido probarla, puesto que se sabe a priori que no serán
correctas. Considera que el predominio del equilibrio fue justificado
atendiendo a que les resultaba excesivamente complicado poner en
un solo modelo los movimientos del todo y de la interacción
detallada de las partes a través del tiempo. La autora agrega
que por razones intelectuales debían elegir entre un modelo
dinámico simple y uno estático elaborado y que no
fue accidental que eligiesen el estático, porque las mitigantes
armonías de los equilibrios apoyaban la ideología
del laissez faire y porque la argumentación mantenía
a todos los demás demasiado ocupados como para dejarles algún
tiempo para pensamientos peligrosos.
El instrumental desarrollado en
el contexto formal descrito y con los propósitos expresados
por Jevons, se concretó en las "teorías"
del consumidor y del productor que en conjunto conformaron la llamada
microeconomía. Esta nueva "teoría" fue ganando
influencia hasta alcanzar un rango equiparable a la economía,
obligando a rebautizar ésta como macroeconomía. Cabe
reiterar que la suma mecanicista de las unidades productivas y consumidoras
configura la sociedad atomística de los neoclásicos
y su macroeconomía -centrada en la esfera del intercambio-
ignora la suerte de las variables macroeconómicas originarias,
llamadas recursos naturales y recursos humanos en la jerga vigente.
Para ellos, la racionalidad económica consiste en que el
ente económico está preocupado de maximizar su utilidad
como consumidor y su beneficio como productor y debe estar constantemente
cuantificando su provecho individual, sin consideración de
los demás y sin cabida para forma alguna de altruismo.
Joan Robinson formula duras críticas
a los neoclásicos por el irrealismo de sus premisas, sus
errores metodológicos y fallas empíricas, destacando
que la utilidad es un concepto metafísico de circularidad
impregnable, puesto que según ellos es la cualidad de las
mercancías lo que hace que los individuos quieran comprarlas
y es el hecho de que los individuos quieran comprarlas lo que demuestra
que tienen utilidad y que la prosecución de beneficio -en
condiciones de competencia perfecta- lleva a los productores a igualar
los costos marginales con los precios para obtener el máximo
de satisfacción posible de los recursos disponibles, todo
lo cual constituye una ideología para terminar con las ideologías
y, puesto que se ha eliminado el problema ético, sólo
es necesario que cada individuo actúe egoístamente
para que todos alcancen lo mejor.
La autora agrega que el método
mediante el cual el elemento igualdad fue esterilizado en dicha
doctrina radicó básicamente en deslizarse desde la
utilidad al producto físico como el objeto a ser maximizado
y que relacionada con esta concepción estuvo la justificación
de la desigualdad sobre la base de que sólo los ricos ahorran
y que, en consecuencia, la desigualdad es necesaria para la acumulación
de capital. Esta desigualdad fue defendida asegurando que el aumento
del producto total a compartir es mejor, porque aún su más
pequeña proporción sería mayor que lo que permitiría
un sistema igualitario. Mediante este argumento, se abandonó
la posición de los clásicos, que reconocieron a la
explotación como la fuente de la riqueza nacional y el capital
dejó de ser primariamente un adelanto de los salarios, hecho
inevitable porque el trabajador carece de propiedad y no puede mantenerse
a sí mismo hasta que aparecen los frutos de su trabajo. Finalmente,
la identificación del capital con el tiempo de espera genera
el producto extra posibilitado por un mayor período de gestación
y una vez que se considera que el capital es productivo, el capitalista
tiene derecho a su proporción y -puesto que sólo el
rico ahorra- la desigualdad queda justificada.
Totalmente opuesta fue la posición
de Adam Smith (1723-1790), en quien se amparan los monetaristas
mediante la cita de extractos descontextualizados. Nacido en Kirkcaldy,
Escocia, vivió en las condiciones económicas de la
víspera de la revolución industrial y se conmovía
con la opulencia de las clases ociosas mientras la pobreza, la crueldad
y el peligro reinaban en el resto de la sociedad. Fue un filósofo
profundamente comprometido con la ética, quien luego de sus
estudios en Oxford ejerció sucesivamente las cátedras
de Lógica y de Filosofía Moral en Glasgow entre 1751
y 1764. En ese período publicó su primera obra, Teoría
de los Sentimientos Morales (1759), una investigación sobre
el origen de la aprobación y desaprobación éticas
que fue muy bien acogida en toda Europa, en la que examinó
los valores éticos de la vida y la compatibilidad entre los
sentimientos de amor propio y de fuerte simpatía e interés
por los demás. Empezó a escribir La Riqueza de las
Naciones (1776) en la década de 1760 en Francia, donde mantuvo
vínculos regulares con los fisiócratas. En esta obra,
que es básicamente un ataque a los principios y prácticas
del mercantilismo y monarcas de turno, dirige sus críticas
más mordaces en contra de los fabricantes y comerciantes,
y expresa sus simpatías por los trabajadores, prodigando
elogios a la agricultura y no a la industria. Su compromiso ético
puede apreciarse en la siguiente cita:
"El consumo es el único
fin y propósito de toda producción; y el interés
del producto debe tenerse en cuenta sólo en la medida en
que sea necesario para favorecer al consumidor... Pero en el sistema
mercantil, el interés del consumidor se sacrifica de forma
casi constante al interés del productor y parece considerarse
la producción y no el consumo el fin último y el objeto
de toda la industria y el comercio".
Adam Smith.
La tradición analítica
de Marshall fue desarrollada, entre otros, por su discípulo
Arthur Cecil Pigou (1877-1959) en Cambridge y por Frank H. Knight
(1885-1972), fundador de una versión aún más
conservadora en la Universidad de Chicago. Las conclusiones de la
política del laissez faire que la mayoría dedujo de
la obra de Marshall, tuvieron fuerte influencia en el pensamiento
económico durante las primeras tres décadas del siglo
XX, período a partir del cual se debilitaron y debieron enfrentar
tanto el desmentido de la realidad económica a sus postulados
como la obra de Keynes.
John Maynard Keynes (1886-1946)
proviene de un hogar culto y comprometido con el bienestar de la
sociedad. Su madre, Florence Ada Brown, con dotes de escritora,
fue alcaldesa de Cambridge hasta 1932 y entre sus numerosas actividades
destacan la creación de una Bolsa de Trabajo para Jóvenes,
organismo que luego fue absorbido por el municipio y finalmente
incluido en el plan nacional; su acción en la Colonia de
la Aldea de Papworth, que revolucionó la vida de quienes
padecían tuberculosis crónica; la obtención
de pensiones para ancianos que vivían en estrechez; y su
activa participación en la reforma para entregar ayuda económica
gubernamental a las familias que habían sido arrojadas al
asilo a causa del paro forzoso. Su padre, John Neville Keynes, fue
catedrático en la Universidad de Cambridge, publicó
Lógica Formal (1886) y El Campo y Método de la Economía
Política (1891). John Maynard Keynes estuvo siempre involucrado
en la actividad artística, tuvo predilección por el
teatro, la poesía, pintura y ballet, y se casó con
la celebrada bailarina rusa Lydia Lopokova. Integró el círculo
de intelectuales y artistas de Bloomsbury, cuyos miembros celebraban
sus sarcasmos contra lo grande y pomposo y compartían sincera
y cordialmente sus alegatos por la justicia. Para Keynes, el supremo
enemigo era el uso del poder, por motivos triviales, irrelevantes
o indignos, para frustrar una oportunidad de mejorar la suerte de
la humanidad.
Al momento de su muerte, era el
principal economista dentro y fuera del Reino Unido. En Las Consecuencias
Económicas de la Paz (1919), que le valió fama internacional,
polemizó vigorosamente sobre los pagos de indemnización
e hizo un riguroso análisis del fracaso del que llamó
"episodio del capitalismo del laissez faire". Conmovido
con la crisis que comenzó a fines de la década de
1920, demostró en la Teoría General del Empleo, el
Interés y el Dinero (1936) que el desempleo era característico
de las economías bajo el laissez faire y que, en consecuencia,
para alcanzar el pleno empleo era necesaria la acción gubernamental
para estimular la demanda, especialmente por medio de las políticas
monetaria y fiscal. En situaciones de crisis, la política
monetaria es impotente y bajar la tasa de interés carece
de efectos en la inversión porque hay acumulación
de existencias y, en consecuencia, debe recuperarse directamente
la demanda mediante una política fiscal expansiva y redistributiva,
incluyendo el déficit fiscal cuando sea necesario. Hasta
fines de la década de 1970, éste fue el enfoque predominante
de las políticas gubernamentales.
En el transcurso de ese período,
los neoclásicos fortificaron su arsenal de dogmas y centraron
sus esfuerzos en el estudio de la esfera monetaria, resucitando
la versión prericardiana del dinero, expresada en la teoría
cuantitativa que Irving Fisher había formulado a principios
de la década de 1920, hecho que les ganó el calificativo
de monetaristas.
La teoría cuantitativa se
basa en una ecuación muy simple: MV = PT
en la que M es la cantidad de dinero,
V la velocidad promedio de su circulación, T el número
de transacciones físicas hechas y P el precio al que éstas
se realizan. Esta ecuación es una simple identidad o tautología,
ya que los términos están definidos de tal manera
que necesariamente un lado debe ser igual al otro. Como ocurre en
la argumentación de los neoclásicos, los monetaristas,
sus actuales acólitos, establecen premisas o "supuestos"
irreales para legitimar sus dogmas. En este caso se establece que
lo único que varía en la ecuación es la cantidad
de dinero, de modo que su variación afecta al ingreso nacional,
puesto que TP corresponde a éste. Es decir, el aumento de
la cantidad de dinero es la única fuente inflacionaria y
ni siquiera se reconoce el crédito, representado en V en
la ecuación, como causa trascendente. Mediante este raciocinio,
los monetaristas afirman que la inflación es un fenómeno
exclusivamente monetario y que, por lo tanto, la única variable
que el gobierno debe controlar es la cantidad de dinero, a través
de la política monetaria sobre la tasa de interés
en lo que se refiere a la actividad nacional y sobre el tipo de
cambio en relación al intercambio con el exterior. La promoción
y defensa de la "libertad económica" se hace bajo
las etiquetas de libre mercado en relación a la economía
nacional y de libre comercio en lo referente a su relación
con el exterior, eufemismos éstos que encubren el ausentismo
gubernamental ideal para dejar la actividad económica a merced
de las transnacionales, las que planifican exhaustivamente el éxito
de sus intereses, sin mayor interferencia ni control.
Algunas de las abundantes y fundamentadas
críticas a los dogmas monetaristas pueden ilustrarse con
el juicio de Joan Robinson:
"Dos son las principales críticas
a los hábitos de razonar que produce. Primero, conduce a
discutir cambios en los precios sin hacer la vital distinción
entre un cambio debido a una modificación en el lado de la
demanda, tal como el alza en los precios que acompaña a un
aumento de la inversión o a una disminución durante
la prosperidad, y el cambio en los precios resultante de una modificación
en el lado de la oferta, tal como un aumento en los precios producido
por un alza en los salarios monetarios. Segundo, conduce a atribuir
una especie de influencia directa a los cambios en la cantidad de
dinero, de tal modo que algunos autores parecen sugerir que los
billetes tienen pies y que corren a los almacenes y suben los precios
apenas son impresos".
Menos cabida aún tiene en
el monetarismo la consideración de la estructura productiva
de los países subdesarrollados y el intercambio que realizan
con el exterior, como causa de inflación. Precisamente al
analizar las inflaciones de América Latina, Kaldor rechaza
vigorosamente la explicación de Friedman, por constituir
el déficit fiscal un síntoma y no la causa de la inflación,
enfatizando el hecho de que la causa básica de la inflación
latinoamericana, tal como lo plantean muchos economistas latinoamericanos,
es "estructural" y no "monetaria".
Milton Friedman, considerado el
padre del monetarismo contemporáneo y uno de sus más
destacados exponentes, siempre contrapone el objetivo de pleno empleo
a la inflación y explica la aparición de esta última
como un resultado inevitable del compromiso de los gobiernos de
lograr el pleno empleo mediante la expansión del gasto público.
Según Friedman, el objetivo
gubernamental de lograr el pleno empleo constituye una reacción
a la Gran Depresión, que produjo más miedo al desempleo
que a la inflación en la gente. Además, pretende que
ha sido políticamente beneficioso para los gobiernos involucrarse
en una actividad expansiva ante el menor signo de surgimiento de
una recesión y que finalmente esta actividad expansiva ha
originado un crecimiento más rápido en la cantidad
de dinero y en el gasto público, habiéndose combinado
ambos para terminar las recesiones al costo de acelerar la inflación.
Afirma que las políticas estatales de bienestar social fallaron
reiteradamente en alcanzar los resultados que se esperaban de ellas
y que la estagflación emergió en el mundo en la medida
en que las políticas inflacionarias conducían al estancamiento
económico.
Para los monetaristas, la inflación
es la fuente principal de desequilibrios en cualquier economía
y, por lo tanto, toda la política económica debe enfocarse
en su contra, en tanto que el empleo no constituye un objetivo importante.
La esfera real de la economía y la estructura social no tienen
rol alguno ni responsabilidad en el surgimiento y desarrollo de
la inflación, ya que para ellos ésta constituye exclusivamente
un fenómeno monetario.
"La inflación es una
enfermedad, una enfermedad peligrosa y a veces fatal, una enfermedad
que si no se controla a tiempo puede destruir una sociedad... La
inflación es un fenómeno de imprimir papel... El gobierno
y sólo el gobierno es responsable de cualquier rápido
aumento de la cantidad de dinero... No interesa por qué aumenta
la cantidad de dinero... La inflación aparece cuando la cantidad
de dinero crece notoriamente más rápido que el producto,
y mientras más rápido es el aumento de la cantidad
de dinero por unidad de producto, mayor es la tasa de inflación.
Probablemente no hay otra proposición tan bien establecida
en economía".
Los monetaristas condenan las leyes
de derecho al trabajo que requieren afiliación a un sindicato
o asociación profesional como condición de empleo
porque, según ellos, interfieren la libertad del contrato
de empleo. Argumentan que existiendo competencia entre empleadores
y empleados, no hay razón para que los empleadores no tengan
libertad para ofrecer las condiciones que quieran a sus empleados.
Enfatizan que las diferencias entre prácticas de empleo leales
y derecho al trabajo constituyen la presencia de un monopolio en
la forma de organizaciones sindicales y afirman que el monopolio
sindical es un argumento para eliminar el poder monopólico
y llevar a cabo una acción más efectiva y amplia en
el campo laboral.
También critican el establecimiento
de un salario mínimo, indicando que difícilmente habrán
empleadores que contraten a ese mínimo a todos los que anteriormente
estaban empleados con salarios inferiores, ya que obviamente no
es compatible con el interés de los empleadores hacerlo así,
concluyendo que el efecto del salario mínimo es hacer el
desempleo más alto de lo que sería sin él.
Friedman considera que el conjunto
más importante de medidas que debe ser eliminado es el que
califica de "fardo engañosamente caratulado 'previsión
social'". Proclama que la previsión social implica una
invasión a gran escala en las vidas personales de una amplia
fracción de la nación, sin justificación alguna.
Señala que en el decenio de 1930, trabajo era sinónimo
de sindicato y que se promulgó una extensa legislación
en favor del trabajo y de relaciones laborales justas. Sin embargo,
afirma, en el decenio de 1950, sindicato laboral era casi una palabra
sucia y ya no más sinónimo de trabajo, porque se promulgaron
medidas de previsión social que transformaron la recepción
de la asistencia en un derecho para eliminar la necesidad directa
de ayuda y asistencia, y ahora millones reciben beneficios de seguridad
social; la nómina de ayuda crece, la suma gastada en asistencia
directa sube y esto contribuye al desempleo.
Muchos economistas han criticado
el antisindicalismo de los monetaristas, entre ellos, los estructuralistas
latinoamericanos. La escuela estructuralista, desarrollada en la
Comisión Económica para América Latina (CEPAL)
a fines de la década de 1940, partió criticando la
teoría de la división internacional del trabajo, basada
en el principio de las ventajas comparativas. El hecho principal
sostenido por esta escuela de pensamiento fue el persistente deterioro
de los términos de intercambio, que respondía a los
intereses de los grandes centros y de los estratos altos de los
países latinoamericanos y explicó la inflación
hace décadas a través de las características
estructurales de las economías subdesarrolladas y el secular
deterioro de los términos de intercambio.
Después de la promoción
del modelo monetarista en estos países, Prebisch destacó
que:
"Sorprende que ahora se pretenda
volver a ella y retroceder en el desarrollo. Asimismo, el juego
de intereses explica la adhesión ferviente de ciertos grupos
sociales de nuestros países a la doctrina de Milton Friedman,
por cuanto ella repudia la acción perturbadora de los movimientos
sindicales. Más aún, en nombre de la libertad del
mercado se abren las puertas a las empresas transnacionales, que
no suelen ser precisamente la expresión más genuina
de la libre competencia. Explícase así que la propagación
del neoclasicismo cuente en estos momentos con la ayuda impresionante
de la televisión que difunde desde los Estados Unidos en
el ancho suelo de América Latina, y de una manera muy hábil
y penetrante, ciertas ideologías cuya propagación
no suele estar inspirada en un genuino propósito de exaltación
científica".
El estructuralismo latinoamericano
discrepó del poder arbitrario que Friedman atribuye a los
sindicatos:
"Tendría razón
si estas leyes, en un régimen de competencia, difundieran
el fruto de la creciente productividad. Pero... no es así:
este fruto se retiene en la forma de excedente y, para compartirlo,
la fuerza de trabajo acude a su poder sindical y político.
Se trata pues de una pugna de poderes".
Según el estructuralismo
latinoamericano, cuando el gasto del gobierno es excesivo, los impuestos
tienden a transformarse en inflacionarios. La presión para
que el sistema marche hacia una crisis es triple: el intento genuino
de la fuerza de trabajo de mejorar su situación, sus esfuerzos
para recuperarse de los impuestos y las cargas que erosionan sus
ingresos, y la presión de los estratos sociales altos que
ejercen un consumo privilegiado. La crisis se alcanza precisamente
cuando esta triple presión impide el crecimiento continuado
de la acumulación. En consecuencia, la inflación ocurre
porque el excedente disminuye, y no sólo se debilita la rentabilidad
de las empresas, sino que también sufre la acumulación
de capital. La tasa de absorción de mano de obra decrece
y sobreviene el desempleo y una contracción de la actividad
económica.
"No es extraño, entonces,
que algunos adeptos de este pensamiento discurran ahora acerca de
la conveniencia de mantener siempre un nivel mínimo de desempleo,
a manera de espada de Damocles, a fin de contener el alza de los
salarios durante la reactivación de la economía".
En este contexto, parece oportuno
recordar el nivel de conciencia de la responsabilidad intelectual
y ética que tuvo el estructuralismo latinoamericano -hoy
día sólo con algunos heroicos sobrevivientes- en la
siguiente cita:
"La periferia había
emprendido, hace treinta años, un esfuerzo tenaz y difícil
de emancipación intelectual. Estaba aprendiendo a poner en
tela de juicio las teorías elaboradas en los centros que
no condecían con los intereses fundamentales del desarrollo
periférico. El retorno de las teorías convencionales
en los últimos años estuvo tratando de contrarrestar
ese esfuerzo de autonomía en el pensamiento del desarrollo.
...Se impone proseguir ahora ese esfuerzo de emancipación
intelectual. Hay que avanzar ahora por campos más amplios
e incorporando el examen de la estructura de la sociedad sin la
cual la teoría del desarrollo, así como la praxis,
seguirán extraviándose irremisiblemente".
Después de esta reseña,
sólo resta felicitar a los editores por la iniciativa de
publicar la segunda edición en castellano de Jaque a los
Economistas. Es un aporte decisivo tanto al rescate de la economía
en cuanto ciencia social cuyo conocimiento debe beneficiar a la
humanidad de acuerdo a los visionarios de Lekachman como a los mensajes
del propio Lekachman y Prebisch, por su contribución a superar
la condición de economía abierta y cultura encerrada
que sigue vigente en Chile y otros países latinoamericanos.
Angélica Gimpel Smith
Santiago, primavera de 1999
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