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Colección Ecología, Cosmovisión y Economía Crítica

   

Jaque a los Economistas
Por qué los expertos nunca resolverán nuestros problemas
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Robert Lekachman

P R O L O G O

La presente versión de este libro de Lekachman traducida al castellano, fue publicada durante el período autoritario, y fue conocida y prologada por el autor poco antes de su lamentable fallecimiento ocurrido en 1988. Durante ese período, las escuelas de economía fueron transformadas en centros de adoctrinamiento del fundamentalismo monetarista, con absoluta prohibición de considerar otros enfoques teóricos, especialmente si involucraban discrepancias o críticas a dichos dogmas, despotismo iletrado que inercialmente sigue vigente en la mayor parte de los centros académicos chilenos. En dicho contexto, esa primera edición constituye una clara expresión de un profundo compromiso con el saber, superior a las posibles y variadas represalias frecuentes en esa época y que, por lo tanto, ganó el respeto y la gratitud del público lector, muy en especial de quienes pudieron acceder a través suyo a una visión científica distinta de la "teoría" impuesta.

Lekachman escribe en lenguaje sencillo y estilo ameno, de fácil acceso y compresión para los interesados. Examina sucesivamente la precaria realidad contemporánea con especial atención en la cesantía y la pobreza; el reclutamiento y robotización de los economistas, su vinculación con las multinacionales y sus prejuicios antisindicales; la posición ética y los aportes teóricos de cuatro destacados economistas -Adam Smith, Karl Marx, Thorstein Veblen y John Maynard Keynes- que contrastan con la superficialidad y dogmatismo de la "teoría" oficial, y finaliza con una meditación acerca de la necesidad de rescatar la economía en cuanto ciencia social desde la mera técnica de maximización de utilidades a que la ha degradado la "teoría" oficial.

La "teoría" oficial tiene sus orígenes en los neoclásicos a fines del siglo XIX, entre cuyos exponentes destacan William Stanley Jevons (1835-1882), modesto funcionario inglés, con Teoría de la Economía Política (1871); Léon Walras (1834-1910), ingeniero francés, con Elementos de Economía Política Pura (1877) y Estudios de Economía Social (1896); y Carl Menger (1840-1921), funcionario austríaco, con Principios de Economía (1870). El contexto de la época corresponde a la consolidación del capitalismo y de las organizaciones políticas y sindicales que cuestionaban el sistema en Gran Bretaña, Alemania, Francia y Estados Unidos, basando sus posiciones en la teoría del valor formulada por David Ricardo y Karl Marx.

Los neoclásicos reaccionaron ante esos avances. Jevons, por ejemplo, declaró: "Hay que lograr una alternativa a la teoría de Ricardo...", una alternativa que demuestre que "el salario es el efecto del valor del producto y no su causa". Este punto de partida se convirtió en la tónica de la posición neoclásica y es la lógica que está presente en toda su "teoría". De esta forma, establecieron todas las premisas o "supuestos" requeridos para poder llegar a sus conclusiones predefinidas y todas las características de la realidad que no coincidían con sus preceptos fueron -y lo son hasta hoy día- calificadas de "distorsiones".

En la prosecución de su objetivo, eliminaron las relaciones sociales de producción y distribución, focalizando su análisis en la esfera del intercambio, al igual como lo habían hecho los mercantilistas. La involución es considerable, puesto que el abandono de estas relaciones sociales, inherentes a toda ciencia social, elimina también la historia e intenta reducir la economía a una mera técnica de maximización de beneficios. Su análisis se centra en un individuo aislado enfrentando cosas para consumir o para producir, sin vínculos con ningún otro ser humano, y su ejemplo más socorrido es Robinson Crusoe sin la compañía de Viernes. Puesto que suponen a todos los individuos en igualdad de condiciones y conocimiento de sus opciones ante determinadas situaciones establecidas, la sumatoria mecanicista de ellos constituye su sociedad atomística.

En el intento de dar rango científico a su enfoque, Jevons encontró la clave en las matemáticas: "Parece perfectamente claro que si la economía ha de ser una ciencia, debe ser una ciencia matemática... mi teoría de la economía... es de carácter puramente matemático. No sé cuándo tendremos un sistema estadístico perfecto, pero la necesidad de él es el único obstáculo insuperable en el proceso de hacer de la Economía Política una ciencia exacta".

Siguiendo dicha orientación, el enfoque neoclásico se perfeccionó desde el punto de vista de las técnicas de análisis con Alfred Marshall (1842-1924), que publicó Principios de Economía (1890); Vilfredo Pareto (1848-1923), que publicó Cursos de Economía Política (1897) y Manual de Economía Política (1906); y en Viena con Eugen Böhm-Bawerk (1851-1914), que publicó Capital e Interés (1889); y Friedrich von Wieser (1851-1926), que publicó Valor Natural (1889). Estos últimos autores se esforzaron especialmente en disminuir la influencia intelectual de Karl Marx y de la escuela histórica alemana.

Las ilustraciones de la argumentación consisten en alambicadas fórmulas y gráficos que terminan siendo convertidos en conceptos, mientras que éstos son subordinados a aquellas. Se trata de una mera estática comparativa que implica el traslado de un punto de equilibrio a otro -ajuste automático- sin considerar las fuerzas y efectos concomitantes. Las explicaciones en el aula semejan clases de geometría con refinados gráficos, en los que las intersecciones de diversas curvas unifican en un solo punto los pretendidos óptimos de todo y para todos.

Al respecto, Joan Robinson señala que uno de los motivos de la desvinculación de los neoclásicos con la realidad radica en el dominio del concepto de equilibrio en su teoría, ya que si una hipótesis es enmarcada en términos de la posición de equilibrio que se alcanzará cuando todas las partes involucradas tengan predicciones correctas carece de sentido probarla, puesto que se sabe a priori que no serán correctas. Considera que el predominio del equilibrio fue justificado atendiendo a que les resultaba excesivamente complicado poner en un solo modelo los movimientos del todo y de la interacción detallada de las partes a través del tiempo. La autora agrega que por razones intelectuales debían elegir entre un modelo dinámico simple y uno estático elaborado y que no fue accidental que eligiesen el estático, porque las mitigantes armonías de los equilibrios apoyaban la ideología del laissez faire y porque la argumentación mantenía a todos los demás demasiado ocupados como para dejarles algún tiempo para pensamientos peligrosos.

El instrumental desarrollado en el contexto formal descrito y con los propósitos expresados por Jevons, se concretó en las "teorías" del consumidor y del productor que en conjunto conformaron la llamada microeconomía. Esta nueva "teoría" fue ganando influencia hasta alcanzar un rango equiparable a la economía, obligando a rebautizar ésta como macroeconomía. Cabe reiterar que la suma mecanicista de las unidades productivas y consumidoras configura la sociedad atomística de los neoclásicos y su macroeconomía -centrada en la esfera del intercambio- ignora la suerte de las variables macroeconómicas originarias, llamadas recursos naturales y recursos humanos en la jerga vigente. Para ellos, la racionalidad económica consiste en que el ente económico está preocupado de maximizar su utilidad como consumidor y su beneficio como productor y debe estar constantemente cuantificando su provecho individual, sin consideración de los demás y sin cabida para forma alguna de altruismo.

Joan Robinson formula duras críticas a los neoclásicos por el irrealismo de sus premisas, sus errores metodológicos y fallas empíricas, destacando que la utilidad es un concepto metafísico de circularidad impregnable, puesto que según ellos es la cualidad de las mercancías lo que hace que los individuos quieran comprarlas y es el hecho de que los individuos quieran comprarlas lo que demuestra que tienen utilidad y que la prosecución de beneficio -en condiciones de competencia perfecta- lleva a los productores a igualar los costos marginales con los precios para obtener el máximo de satisfacción posible de los recursos disponibles, todo lo cual constituye una ideología para terminar con las ideologías y, puesto que se ha eliminado el problema ético, sólo es necesario que cada individuo actúe egoístamente para que todos alcancen lo mejor.

La autora agrega que el método mediante el cual el elemento igualdad fue esterilizado en dicha doctrina radicó básicamente en deslizarse desde la utilidad al producto físico como el objeto a ser maximizado y que relacionada con esta concepción estuvo la justificación de la desigualdad sobre la base de que sólo los ricos ahorran y que, en consecuencia, la desigualdad es necesaria para la acumulación de capital. Esta desigualdad fue defendida asegurando que el aumento del producto total a compartir es mejor, porque aún su más pequeña proporción sería mayor que lo que permitiría un sistema igualitario. Mediante este argumento, se abandonó la posición de los clásicos, que reconocieron a la explotación como la fuente de la riqueza nacional y el capital dejó de ser primariamente un adelanto de los salarios, hecho inevitable porque el trabajador carece de propiedad y no puede mantenerse a sí mismo hasta que aparecen los frutos de su trabajo. Finalmente, la identificación del capital con el tiempo de espera genera el producto extra posibilitado por un mayor período de gestación y una vez que se considera que el capital es productivo, el capitalista tiene derecho a su proporción y -puesto que sólo el rico ahorra- la desigualdad queda justificada.

Totalmente opuesta fue la posición de Adam Smith (1723-1790), en quien se amparan los monetaristas mediante la cita de extractos descontextualizados. Nacido en Kirkcaldy, Escocia, vivió en las condiciones económicas de la víspera de la revolución industrial y se conmovía con la opulencia de las clases ociosas mientras la pobreza, la crueldad y el peligro reinaban en el resto de la sociedad. Fue un filósofo profundamente comprometido con la ética, quien luego de sus estudios en Oxford ejerció sucesivamente las cátedras de Lógica y de Filosofía Moral en Glasgow entre 1751 y 1764. En ese período publicó su primera obra, Teoría de los Sentimientos Morales (1759), una investigación sobre el origen de la aprobación y desaprobación éticas que fue muy bien acogida en toda Europa, en la que examinó los valores éticos de la vida y la compatibilidad entre los sentimientos de amor propio y de fuerte simpatía e interés por los demás. Empezó a escribir La Riqueza de las Naciones (1776) en la década de 1760 en Francia, donde mantuvo vínculos regulares con los fisiócratas. En esta obra, que es básicamente un ataque a los principios y prácticas del mercantilismo y monarcas de turno, dirige sus críticas más mordaces en contra de los fabricantes y comerciantes, y expresa sus simpatías por los trabajadores, prodigando elogios a la agricultura y no a la industria. Su compromiso ético puede apreciarse en la siguiente cita:

"El consumo es el único fin y propósito de toda producción; y el interés del producto debe tenerse en cuenta sólo en la medida en que sea necesario para favorecer al consumidor... Pero en el sistema mercantil, el interés del consumidor se sacrifica de forma casi constante al interés del productor y parece considerarse la producción y no el consumo el fin último y el objeto de toda la industria y el comercio".
Adam Smith.

La tradición analítica de Marshall fue desarrollada, entre otros, por su discípulo Arthur Cecil Pigou (1877-1959) en Cambridge y por Frank H. Knight (1885-1972), fundador de una versión aún más conservadora en la Universidad de Chicago. Las conclusiones de la política del laissez faire que la mayoría dedujo de la obra de Marshall, tuvieron fuerte influencia en el pensamiento económico durante las primeras tres décadas del siglo XX, período a partir del cual se debilitaron y debieron enfrentar tanto el desmentido de la realidad económica a sus postulados como la obra de Keynes.

John Maynard Keynes (1886-1946) proviene de un hogar culto y comprometido con el bienestar de la sociedad. Su madre, Florence Ada Brown, con dotes de escritora, fue alcaldesa de Cambridge hasta 1932 y entre sus numerosas actividades destacan la creación de una Bolsa de Trabajo para Jóvenes, organismo que luego fue absorbido por el municipio y finalmente incluido en el plan nacional; su acción en la Colonia de la Aldea de Papworth, que revolucionó la vida de quienes padecían tuberculosis crónica; la obtención de pensiones para ancianos que vivían en estrechez; y su activa participación en la reforma para entregar ayuda económica gubernamental a las familias que habían sido arrojadas al asilo a causa del paro forzoso. Su padre, John Neville Keynes, fue catedrático en la Universidad de Cambridge, publicó Lógica Formal (1886) y El Campo y Método de la Economía Política (1891). John Maynard Keynes estuvo siempre involucrado en la actividad artística, tuvo predilección por el teatro, la poesía, pintura y ballet, y se casó con la celebrada bailarina rusa Lydia Lopokova. Integró el círculo de intelectuales y artistas de Bloomsbury, cuyos miembros celebraban sus sarcasmos contra lo grande y pomposo y compartían sincera y cordialmente sus alegatos por la justicia. Para Keynes, el supremo enemigo era el uso del poder, por motivos triviales, irrelevantes o indignos, para frustrar una oportunidad de mejorar la suerte de la humanidad.

Al momento de su muerte, era el principal economista dentro y fuera del Reino Unido. En Las Consecuencias Económicas de la Paz (1919), que le valió fama internacional, polemizó vigorosamente sobre los pagos de indemnización e hizo un riguroso análisis del fracaso del que llamó "episodio del capitalismo del laissez faire". Conmovido con la crisis que comenzó a fines de la década de 1920, demostró en la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero (1936) que el desempleo era característico de las economías bajo el laissez faire y que, en consecuencia, para alcanzar el pleno empleo era necesaria la acción gubernamental para estimular la demanda, especialmente por medio de las políticas monetaria y fiscal. En situaciones de crisis, la política monetaria es impotente y bajar la tasa de interés carece de efectos en la inversión porque hay acumulación de existencias y, en consecuencia, debe recuperarse directamente la demanda mediante una política fiscal expansiva y redistributiva, incluyendo el déficit fiscal cuando sea necesario. Hasta fines de la década de 1970, éste fue el enfoque predominante de las políticas gubernamentales.

En el transcurso de ese período, los neoclásicos fortificaron su arsenal de dogmas y centraron sus esfuerzos en el estudio de la esfera monetaria, resucitando la versión prericardiana del dinero, expresada en la teoría cuantitativa que Irving Fisher había formulado a principios de la década de 1920, hecho que les ganó el calificativo de monetaristas.

La teoría cuantitativa se basa en una ecuación muy simple: MV = PT

en la que M es la cantidad de dinero, V la velocidad promedio de su circulación, T el número de transacciones físicas hechas y P el precio al que éstas se realizan. Esta ecuación es una simple identidad o tautología, ya que los términos están definidos de tal manera que necesariamente un lado debe ser igual al otro. Como ocurre en la argumentación de los neoclásicos, los monetaristas, sus actuales acólitos, establecen premisas o "supuestos" irreales para legitimar sus dogmas. En este caso se establece que lo único que varía en la ecuación es la cantidad de dinero, de modo que su variación afecta al ingreso nacional, puesto que TP corresponde a éste. Es decir, el aumento de la cantidad de dinero es la única fuente inflacionaria y ni siquiera se reconoce el crédito, representado en V en la ecuación, como causa trascendente. Mediante este raciocinio, los monetaristas afirman que la inflación es un fenómeno exclusivamente monetario y que, por lo tanto, la única variable que el gobierno debe controlar es la cantidad de dinero, a través de la política monetaria sobre la tasa de interés en lo que se refiere a la actividad nacional y sobre el tipo de cambio en relación al intercambio con el exterior. La promoción y defensa de la "libertad económica" se hace bajo las etiquetas de libre mercado en relación a la economía nacional y de libre comercio en lo referente a su relación con el exterior, eufemismos éstos que encubren el ausentismo gubernamental ideal para dejar la actividad económica a merced de las transnacionales, las que planifican exhaustivamente el éxito de sus intereses, sin mayor interferencia ni control.

Algunas de las abundantes y fundamentadas críticas a los dogmas monetaristas pueden ilustrarse con el juicio de Joan Robinson:

"Dos son las principales críticas a los hábitos de razonar que produce. Primero, conduce a discutir cambios en los precios sin hacer la vital distinción entre un cambio debido a una modificación en el lado de la demanda, tal como el alza en los precios que acompaña a un aumento de la inversión o a una disminución durante la prosperidad, y el cambio en los precios resultante de una modificación en el lado de la oferta, tal como un aumento en los precios producido por un alza en los salarios monetarios. Segundo, conduce a atribuir una especie de influencia directa a los cambios en la cantidad de dinero, de tal modo que algunos autores parecen sugerir que los billetes tienen pies y que corren a los almacenes y suben los precios apenas son impresos".

Menos cabida aún tiene en el monetarismo la consideración de la estructura productiva de los países subdesarrollados y el intercambio que realizan con el exterior, como causa de inflación. Precisamente al analizar las inflaciones de América Latina, Kaldor rechaza vigorosamente la explicación de Friedman, por constituir el déficit fiscal un síntoma y no la causa de la inflación, enfatizando el hecho de que la causa básica de la inflación latinoamericana, tal como lo plantean muchos economistas latinoamericanos, es "estructural" y no "monetaria".

Milton Friedman, considerado el padre del monetarismo contemporáneo y uno de sus más destacados exponentes, siempre contrapone el objetivo de pleno empleo a la inflación y explica la aparición de esta última como un resultado inevitable del compromiso de los gobiernos de lograr el pleno empleo mediante la expansión del gasto público.

Según Friedman, el objetivo gubernamental de lograr el pleno empleo constituye una reacción a la Gran Depresión, que produjo más miedo al desempleo que a la inflación en la gente. Además, pretende que ha sido políticamente beneficioso para los gobiernos involucrarse en una actividad expansiva ante el menor signo de surgimiento de una recesión y que finalmente esta actividad expansiva ha originado un crecimiento más rápido en la cantidad de dinero y en el gasto público, habiéndose combinado ambos para terminar las recesiones al costo de acelerar la inflación. Afirma que las políticas estatales de bienestar social fallaron reiteradamente en alcanzar los resultados que se esperaban de ellas y que la estagflación emergió en el mundo en la medida en que las políticas inflacionarias conducían al estancamiento económico.

Para los monetaristas, la inflación es la fuente principal de desequilibrios en cualquier economía y, por lo tanto, toda la política económica debe enfocarse en su contra, en tanto que el empleo no constituye un objetivo importante. La esfera real de la economía y la estructura social no tienen rol alguno ni responsabilidad en el surgimiento y desarrollo de la inflación, ya que para ellos ésta constituye exclusivamente un fenómeno monetario.

"La inflación es una enfermedad, una enfermedad peligrosa y a veces fatal, una enfermedad que si no se controla a tiempo puede destruir una sociedad... La inflación es un fenómeno de imprimir papel... El gobierno y sólo el gobierno es responsable de cualquier rápido aumento de la cantidad de dinero... No interesa por qué aumenta la cantidad de dinero... La inflación aparece cuando la cantidad de dinero crece notoriamente más rápido que el producto, y mientras más rápido es el aumento de la cantidad de dinero por unidad de producto, mayor es la tasa de inflación. Probablemente no hay otra proposición tan bien establecida en economía".

Los monetaristas condenan las leyes de derecho al trabajo que requieren afiliación a un sindicato o asociación profesional como condición de empleo porque, según ellos, interfieren la libertad del contrato de empleo. Argumentan que existiendo competencia entre empleadores y empleados, no hay razón para que los empleadores no tengan libertad para ofrecer las condiciones que quieran a sus empleados. Enfatizan que las diferencias entre prácticas de empleo leales y derecho al trabajo constituyen la presencia de un monopolio en la forma de organizaciones sindicales y afirman que el monopolio sindical es un argumento para eliminar el poder monopólico y llevar a cabo una acción más efectiva y amplia en el campo laboral.

También critican el establecimiento de un salario mínimo, indicando que difícilmente habrán empleadores que contraten a ese mínimo a todos los que anteriormente estaban empleados con salarios inferiores, ya que obviamente no es compatible con el interés de los empleadores hacerlo así, concluyendo que el efecto del salario mínimo es hacer el desempleo más alto de lo que sería sin él.

Friedman considera que el conjunto más importante de medidas que debe ser eliminado es el que califica de "fardo engañosamente caratulado 'previsión social'". Proclama que la previsión social implica una invasión a gran escala en las vidas personales de una amplia fracción de la nación, sin justificación alguna. Señala que en el decenio de 1930, trabajo era sinónimo de sindicato y que se promulgó una extensa legislación en favor del trabajo y de relaciones laborales justas. Sin embargo, afirma, en el decenio de 1950, sindicato laboral era casi una palabra sucia y ya no más sinónimo de trabajo, porque se promulgaron medidas de previsión social que transformaron la recepción de la asistencia en un derecho para eliminar la necesidad directa de ayuda y asistencia, y ahora millones reciben beneficios de seguridad social; la nómina de ayuda crece, la suma gastada en asistencia directa sube y esto contribuye al desempleo.

Muchos economistas han criticado el antisindicalismo de los monetaristas, entre ellos, los estructuralistas latinoamericanos. La escuela estructuralista, desarrollada en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) a fines de la década de 1940, partió criticando la teoría de la división internacional del trabajo, basada en el principio de las ventajas comparativas. El hecho principal sostenido por esta escuela de pensamiento fue el persistente deterioro de los términos de intercambio, que respondía a los intereses de los grandes centros y de los estratos altos de los países latinoamericanos y explicó la inflación hace décadas a través de las características estructurales de las economías subdesarrolladas y el secular deterioro de los términos de intercambio.

Después de la promoción del modelo monetarista en estos países, Prebisch destacó que:

"Sorprende que ahora se pretenda volver a ella y retroceder en el desarrollo. Asimismo, el juego de intereses explica la adhesión ferviente de ciertos grupos sociales de nuestros países a la doctrina de Milton Friedman, por cuanto ella repudia la acción perturbadora de los movimientos sindicales. Más aún, en nombre de la libertad del mercado se abren las puertas a las empresas transnacionales, que no suelen ser precisamente la expresión más genuina de la libre competencia. Explícase así que la propagación del neoclasicismo cuente en estos momentos con la ayuda impresionante de la televisión que difunde desde los Estados Unidos en el ancho suelo de América Latina, y de una manera muy hábil y penetrante, ciertas ideologías cuya propagación no suele estar inspirada en un genuino propósito de exaltación científica".

El estructuralismo latinoamericano discrepó del poder arbitrario que Friedman atribuye a los sindicatos:

"Tendría razón si estas leyes, en un régimen de competencia, difundieran el fruto de la creciente productividad. Pero... no es así: este fruto se retiene en la forma de excedente y, para compartirlo, la fuerza de trabajo acude a su poder sindical y político. Se trata pues de una pugna de poderes".

Según el estructuralismo latinoamericano, cuando el gasto del gobierno es excesivo, los impuestos tienden a transformarse en inflacionarios. La presión para que el sistema marche hacia una crisis es triple: el intento genuino de la fuerza de trabajo de mejorar su situación, sus esfuerzos para recuperarse de los impuestos y las cargas que erosionan sus ingresos, y la presión de los estratos sociales altos que ejercen un consumo privilegiado. La crisis se alcanza precisamente cuando esta triple presión impide el crecimiento continuado de la acumulación. En consecuencia, la inflación ocurre porque el excedente disminuye, y no sólo se debilita la rentabilidad de las empresas, sino que también sufre la acumulación de capital. La tasa de absorción de mano de obra decrece y sobreviene el desempleo y una contracción de la actividad económica.

"No es extraño, entonces, que algunos adeptos de este pensamiento discurran ahora acerca de la conveniencia de mantener siempre un nivel mínimo de desempleo, a manera de espada de Damocles, a fin de contener el alza de los salarios durante la reactivación de la economía".

En este contexto, parece oportuno recordar el nivel de conciencia de la responsabilidad intelectual y ética que tuvo el estructuralismo latinoamericano -hoy día sólo con algunos heroicos sobrevivientes- en la siguiente cita:

"La periferia había emprendido, hace treinta años, un esfuerzo tenaz y difícil de emancipación intelectual. Estaba aprendiendo a poner en tela de juicio las teorías elaboradas en los centros que no condecían con los intereses fundamentales del desarrollo periférico. El retorno de las teorías convencionales en los últimos años estuvo tratando de contrarrestar ese esfuerzo de autonomía en el pensamiento del desarrollo. ...Se impone proseguir ahora ese esfuerzo de emancipación intelectual. Hay que avanzar ahora por campos más amplios e incorporando el examen de la estructura de la sociedad sin la cual la teoría del desarrollo, así como la praxis, seguirán extraviándose irremisiblemente".

Después de esta reseña, sólo resta felicitar a los editores por la iniciativa de publicar la segunda edición en castellano de Jaque a los Economistas. Es un aporte decisivo tanto al rescate de la economía en cuanto ciencia social cuyo conocimiento debe beneficiar a la humanidad de acuerdo a los visionarios de Lekachman como a los mensajes del propio Lekachman y Prebisch, por su contribución a superar la condición de economía abierta y cultura encerrada que sigue vigente en Chile y otros países latinoamericanos.

 

Angélica Gimpel Smith
Santiago, primavera de 1999

 

   
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