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Colección Espiritualidad
y conciencia

   

La Profundidad Natural en el Hombre
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Helena (Lola) Hoffman

Prólogo

Wilson van Dusen evidentemente ha aprendido a reconocer y manifestar en su propia vida la Gran Vida, que está siempre presente y activa. Su idea fundamental es la de señalar al hombre su propia meta vital y enseñarle a alcanzarla. Entre las líneas de su libro se trasluce una mente honesta, observadora, exenta de todo fanatismo. El libro es una sincera y penetrante reflexión sobre experiencias transformadoras, escrito por una personalidad capaz de conducir el alma humana: parece conocer el verdadero destino espiritual del hombre y estar consciente de que es de mayor importancia, en este momento crucial de la evolución, insistir en la búsqueda de verdades universales. Adivinamos que la vida interior del autor ha crecido paralelamente con la de sus pacientes. Vemos que ha cuidado esta vida con cautela y circunspección.

El autor clasifica y ordena las áreas psíquicas estudiadas por él, desde las experiencias externas, conscientes y más comunes hasta las vivencias más profundas. En el curso de esta investigación, observa que los diferentes niveles muestran una tendencia sorprendentemente consistente. La psiquis genera constantemente una gran cantidad de sensaciones, imágenes, emociones e ideas semiconscientes. Este aparente caos muestra ciertas regularidades en las operaciones psíquicas. Con esta observación se nos abre la posibilidad de dar un sentido a nuestro yo, que con frecuencia experimentamos como incomprensible y confuso. Sólo lo regular y natural que se encuentra en el alma constituye el firme fundamento de nuestra experiencia.

La tendencia más profunda de la psiquis es la autorrepresentación. La vida interior manda un sinnúmero de indicios y claves acerca de nuestra propia naturaleza. Las tendencias naturales de la mente representan el elemento que trasciende la autodirección consciente del individuo. El "más allá" entra en nuestra vida, nos conmueve y nos moviliza. Las persistentes tendencias naturales dan forma a nuestra experiencia, transformando a veces totalmente nuestra vida.

El autor parte de la observación fenomenológica de las experiencias más comunes. Nos da simples sugerencias que nos capacitan para escuchar y comprender al prójimo (pp. 26-27), interpretar adecuadamente las expresiones faciales (p. 27), observar la manera de vestirse (p. 30), los movimientos del cuerpo y los gestos (p. 32), la cualidad de la voz (p. 38).

Cuando existe cierta capacidad de introspección se abre algo similar a un nuevo "órgano interior". Ahora bien, ¿qué es este elemento central, despierto, consciente, sabio, del ser humano?

En el curso de la exposición de sus ideas, el autor se refiere a este "órgano" con diferentes términos, como, por ejemplo, "vida interior", "el centro", "el otro lado", etc., hasta decidirse al final a llamarlo "El Otro Yo".

El autor da sugerencias que permiten entrenar la autorreflexión, enriquecer y extraer valor del material para integrarlo al propio Yo. Un área importante de la autorreflexión es el registro de emociones, ansiedades, sueños, fantasías, y por supuesto, también el entrenamiento de la capacidad de interpretar sus sentidos. Estimulado por la lectura de Le Journal Métaphysique, de Gabriel Marcel, recomienda escribir una especie de diario.

Muy útiles son los ejemplos de cierta técnica de autoanálisis: expone los resultados de su autorreflexión con ejemplar honestidad y humor. Así, por ejemplo, una simple experiencia de alerta sensorial dirigida a sentir su propio rostro lleva a la introspección resumida en pp. 61-62.

Recomienda sobre todo una percepción relajada que permite que surja la emoción, la que inmediatamente se retrata a sí misma en forma de una imagen. Cuando se aprende a asociar alrededor de estas imágenes, es posible interpretar el mensaje que traen.

En el estado habitual de vigilia no es fácil obtener una concentración sobre determinados pensamientos o imágenes. En cambio, un estado hipnoídeo (estado entre sueño y vigilia) facilita rendimientos extraordinarios. Así, por ejemplo, en el estado de total relajación muscular y mental, el sujeto puede inducir en sí mismo un desdoblamiento de modo que cierta instancia de su mente controla el resto, como si actuara un hipnotizador y un sujeto en el ámbito de la propia mente. Podemos decir que el Otro Yo se autorrepresenta con gran facilidad en el estado entre sueño y vigilia (el autor lo llama "estado hipnagógico").

La afirmación del autor de que existen sólo muy pocos exploradores que hayan dado cuenta de sus observaciones en esta área (p. 101) parece tener, hasta donde yo sé, cierta validez sólo para los psicólogos y psiquiatras de Estados Unidos. En cambio, en Europa, sobre todo en Alemania, Francia y los países escandinavos, se han desarrollado técnicas cuya meta es el aumento y la profundización de las vivencias interiores. Desde el principio de este siglo se sabe que los grados superficiales hipnóticos (el estado "hipnoídeo") representan una excelente base para la obtención de resultados terapéuticos (Oscar Vogt). Me refiero también a la técnica de la Hipnosis Fraccionada de Ernst Kretschmer y al Entrenamiento Autógeno (la Autorrelajación Concentrativa) de I.H. Schultz, técnicas que se cuentan hoy día entre las más efectivas, siendo aceptadas oficialmente y enseñadas en muchas universidades europeas.

En el estado hipnoídeo se producen sobre todo vivencias ópticas (colores e imágenes), como también acústicas (sonidos y voces), observaciones que coinciden con las de Van Dusen. El hombre concentrado, hundido en sí, muestra notable indiferencia para todo lo que sucede en el exterior; en cambio, las vivencias relacionadas con las sensaciones corporales y la vida interior se hacen más ricas, plásticas y pintorescas. El sujeto relajado es capaz de eliminar, por una parte, grandes áreas de sensaciones; y por otra, orientar su atención con énfasis muy particular hacia un determinado acontecimiento psíquico o físico.

En la bibliografía sobre el Entrenamiento Autógeno se encuentran numerosos relatos de personas que lograron conseguir mayor receptibilidad y comprensión para los demás, mejor percepción de valores humanos y artísticos, con el consiguiente incremento de la creatividad propia. Sobre todo se consigue un tono emocional más espontáneo y mejor autocomprensión.

Este procedimiento es capaz de revolucionar profundamente la mente. A medida que progresa la visualización de las vivencias interiores, aumentan considerablemente la riqueza, plenitud y vitalidad de las imágenes.

También Van Dusen observa que en el estado entre sueño y vigilia la parte consciente de la persona es capaz de alternar con sus propios procesos interiores y observarlos atentamente. Se produce un fenómeno semejante a una conversación con un desconocido que piensa y habla en forma simbólica, quizás algo juguetona. El autor da numerosos ejemplos de su propia experiencia y de observaciones obtenidas en pacientes. Cuando se explora suficientemente esta área, empieza a transformarse la vida diaria. Es particularmente importante aprender el idioma que habla el Otro Yo. El autor describe sueños propios cuyo contenido logra integrar a su conciencia. Da una serie de sugerencias que facilitan entender el mensaje onírico. Así relata, por ejemplo (p. 126), un sueño que le permitió emprender con decisión y valor el trabajo de escribir el presente libro, tarea que había vacilado emprender antes de la experiencia onírica.

El capítulo sobre psicosis es especialmente interesante: el autor se basa en el trabajo realizado por él durante dieciséis años, como psicólogo clínico jefe, en un hospital mental. Para estudiar mejor al hombre psicótico, Van Dusen ingirió en una oportunidad una considerable dosis de LSD y pasó un día entero en la sala de los pacientes más graves. Bajo la influencia de la droga pudo relajarse y ser como uno de ellos sin perder la capacidad de observación tanto de sí mismo como de los pacientes. Se sentía a sí mismo y a cada uno de los asilados totalmente perdidos, cada uno en su laberinto interior, sin poder tomar contacto unos con otros. A base de sus observaciones, saca conclusiones que se refieren sobre todo al tratamiento del hombre psicótico (p. 149).

La experiencia recogida en el hospital mental lo pone también en condiciones de sugerir una nueva teoría acerca de las alucinaciones.

El escuchar y comprender adecuadamente a otras personas es un comienzo del proceso que lleva al descenso en la propia profundidad. El ser como uno de sus semejantes contribuye a entenderse mejor a sí mismo y tiende a disminuir los límites entre el propio yo y los demás.

En la introspección mística predomina la sensación de estar unido a todo y a todos. Esta experiencia es lo opuesto a lo que experimenta el hombre psicótico: como hemos visto, éste no se une a los demás; su relación con el interior, y por ende también con el exterior, está confusa. No se puede tratar la psicosis reordenando simplemente lo interior. Es más fácil hacerlo desde afuera con una adecuada laborterapia que le devuelve al enfermo la sensación de ser un elemento útil.

El Otro Yo existe en una especie de relación polar con el ego. Mientras más limitadas las manifestaciones del ego, tanto más intensos los efectos del Otro Yo, el que lleva constantemente al individuo a conocer su propia naturaleza. También parece conocer mejor las sutilezas del idioma.

En el momento en que la mente se aleja de sus actividades superficiales y observa sus tendencias internas, se da cuenta que está representando a su propia naturaleza. Mientras más se eliminen los contenidos pertenecientes al ego, tanto más intensa se hará la representación. Se tiene la impresión de que el proceso interno insiste en ser interpretado, ya que constantemente comenta aspectos relacionados con la vida íntima del soñador.

El motivo más profundo que ha tenido Van Dusen para la publicación del libro está resumido en sus palabras: "Veo este libro como parte de un movimiento cada vez mayor en que psicoterapeutas y otros expertos comparten sus conocimientos de modo que los legos puedan estructurar sus propios descubrimientos y vivencias sin tener que recurrir a la amistad comprada a los terapeutas".

La autorrepresentación parece ser parte de un proceso natural que se extiende más allá del ser humano. El Otro Yo se encuentra fuera de los límites comúnmente trazados para el individuo (tiempo y espacio), hecho que induce al autor a prestar su atención también a ciertos fenómenos extrasensoriales.

El hombre que ha logrado crear orden en el ámbito de su interioridad es capaz de dar expresión verbal a la esencia de sus experiencias íntimas. El intelecto ordena las imágenes que penetran a través de los sentidos en el interior, donde adquieren vida y actúan poniéndose al servicio del Yo.

El individuo moderno se ha extrovertido gracias a sus múltiples actividades y su pensamiento lógico-discursivo, de manera que toda su existencia transcurre en un plano periférico. Mientras más le niega a un poder superior el derecho de admisión, tanto más caótica se torna su vida: muy rara vez conoce su propio destino; vive de una manera espasmódica, petrificada, paralizada.

Todos hemos vivenciado lo limitado y frustrante de la concepción de un mundo espiritual abstracto. Sin embargo, esta frustración hace nacer la experiencia de un sentido más profundo. Hoy, más que nunca, el hombre ha perdido la fe en un orden establecido: experimenta cada vez con mayor insistencia la poderosa protesta de un sentido más profundo que exige una transformación, un replanteamiento del problema del Ser. Cada día de nuevo el hombre siente que es ciudadano de dos mundos: por una parte, vive en la pseudorrealidad del orden establecido, "comprensible", cuyo centro es el ego; y por otra, siente que participa del orden y de la unidad del Ser, que lo llama sin cesar al camino de la transformación. Esta renovación principia ya en la vida corriente cuando el ego logra abrirse paso hacia el Ser. El hombre encuentra el camino hacia su destino sólo en la medida en que lo acompaña la capacidad de escuchar la voz del Ser y la facultad de admitirlo como un poder transformador.

Este libro, que pone tanto énfasis en la formación del sentido interior, nos hace evidente que tenemos la alternativa entre Vida y Muerte. Todo lo que se ha hecho transparente al Ser se encuentra ya más allá del umbral de la muerte, ya está formando parte de la transformación. Van Dusen insiste que esta experiencia no pertenece necesariamente sólo al ámbito de las vivencias de los místicos, sino que puede hacerse realidad para todo ser humano. Así, por ejemplo, la hora que el hombre llena con una buena y profunda relación con su prójimo es un lapso de tiempo arrebatado a lo perecedero.

Este hecho nos hace pensar que las penas y angustias que acarrea el desarrollo de la conciencia no deben considerarse necesariamente como neuróticas. El sufrimiento se debe sobre todo al hecho de que el ser humano tiene considerables dificultades para encontrar el centro de su Ser.

El autor está plenamente consciente de que los progresos del siglo XX nos han precipitado en la necesidad de inventar nuevas formas de vida. Tanto la concepción como la realización de estas formas dependerán de nuestra capacidad de ser flexibles y cooperadores. Mientras más realicemos las potencialidades del crecimiento individual, tanto mayor será la probabilidad de sobrevivir en este mundo lleno de peligros.

Cuando los elementos inconscientes se integran a la conciencia, se suavizan los sufrimientos físicos y psíquicos. El hombre se transforma en Personalidad capaz de moverse libre y seguro en la vida.

Van Dusen nos muestra que el hombre moderno, aunque ha perdido en gran medida la facultad de un pensamiento simbólico, es perfectamente capaz de recuperarlo: existen métodos de entrenamiento para un pensamiento dirigido y piloteado por el Otro Yo.

Es gratificante descubrir que el autor tiene plena confianza en los procesos autocurativos de nuestra alma desvitalizada. Sugiere que es posible una revivificación en nuestro interior de un receptor de los mensajes que nos llegan desde la esfera espiritual. Por supuesto que este receptor requiere de un cuidado muy especial, para lo cual el autor propone varios caminos.

Wilson van Dusen sabe tomar en serio la experiencia sobrenatural y la revelación que le llega al hombre en forma natural. También sabe buscar y descubrir espíritus afines que deseen, como él, entender el fenómeno humano a partir del Ser. Tiene la debida reverencia para la experiencia espiritual de un genial filósofo como era Swedenborg (1688-1772), experiencias que el autor evidentemente considera como el coronamiento de toda vida humana. Casi todos los capítulos del libro comienzan con una cita de una de las obras de este pensador místico. El Apéndice del libro es una corta reseña de la vida de Swedenborg. También la lectura de una intensa experiencia transformadora relatada por Gabriel Marcel en su Journal Métaphysique ha representado una importante vivencia para Van Dusen. El encuentro con estas dos almas afines le hizo comprender que los campos de la filosofía y psicología son prácticamente inseparables.

La lectura del libro nos da plena confianza en la posibilidad de un encuentro con un Poder, el que, al llamar, exigir y prometer, siempre se vivencia como un poder personal.

Para trascender del mundo de los objetos a la vivencia subjetiva, existe en cada uno de nosotros un mecanismo psíquico. Este dispositivo es el símbolo. En el símbolo, uno se reconoce a sí mismo, identificándose con él. Al vivenciarlo, un contenido trascendental se hace inteligible y asimilable. Subjetivamente, se experimenta una ampliación de la conciencia: el objeto se funde con el sujeto.

El comienzo del Capítulo 4: "Ha de ser terrible ser el centro alerta, consciente y sabio de una persona y contemplar cómo ésta es atrapada por las garras de las circunstancias", nos muestra, aunque en forma humorística, el grado de identificación que tiene el autor con el símbolo de su Otro Yo. Wilson van Dusen vive y se reconoce en este símbolo.

Al llamar la atención sobre la capacidad de cada uno de nosotros de vivenciar y conocer el mundo interior, el libro nos da una contestación adecuada a la problemática existencial de nuestros días. No se trata de alcanzar una concepción intelectual de una nueva Verdad, sino de emprender el camino de la experiencia interior, vivencia ésta acaso totalmente desconcertante, inconcebible e irracional. La visualización de los contenidos internos procede de un espacio arcaico de nuestra conciencia, espacio al cual la lógica y la crítica no tienen acceso. El descenso a las profundidades es un camino sembrado de espinas. Hay que disponer de una considerable dosis de heroísmo para emprenderlo.

Helena Jacoby de Hoffmann

Santiago, 1977

   
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