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Colección Educación, Filosofía y Mediación

   

Arturo Fontaine

El Mercurio, domingo 26 de diciembre de 2004 | ARTES Y LETRAS

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Gato con botas

Hay un momento preciso en virtud del cual el "Gato con botas" se hace inolvidable. Ocurre cuando ha llegado al castillo del ogro anticipándose a la carroza en la que vienen el rey, la princesa y el Marqués de Carabás. El gato ha oído hablar de los poderes del ogro y se lo dice. El ogro no tiene inconveniente en transformarse en león. El gato se escabulle aterrorizado. Recobrada su forma humana, el gato le cuenta que le han asegurado -aunque "yo no llego a creerlo"- que también puede transformarse en un ratón.

"-Os confieso que eso me parece imposible.

"-¿Imposible? -respondió el Ogro-. Ya veréis.

Y mientras pronunciaba estas palabras, se trasformó en un ratón que se puso a correr por el suelo. El gato, apenas lo vio, se lanzó sobre él y se lo comió".

Ese es el toque genial de Perrault. Un niño se da cuenta de inmediato. Ve a ese súbito ratón que corre por el suelo y al gato que se le abalanza. Se ha devorado, en verdad, al ogro. Así lo muestra Angélica Edwards en "Cuentos de Grimm y Perrault" (Editorial Cuatro Vientos). Trae seis cuentos clásicos en un castellano ejemplar y una sección de "estudio y conversación", con las opiniones de un grupo de niños. Claro que las preguntas de Angélica Edwards son tan astutas como las del gato: van guiando imperceptiblemente a los jóvenes lectores que tienen el privilegio de leer con ella en el colegio San Esteban.

Les pregunta por qué el ogro hace lo que le dice el Gato. Un alumno: "Porque quiere demostrar". Pregunta: "¿Qué quiere demostrar?". Uno responde: "que es más fuerte". Ella sugiere que al ogro "le encantaba que lo halagaran". Un niño irrumpe: "el ogro pensó que lo estaba desafiando (el gato, claro)". Después añade que se convirtió en ratón "para que lo admiraran." La conversación deriva al gato, a su sorprendente capacidad para descubrir cómo son el rey, el Ogro, los campesinos.

Tras cada prueba internacional cunde el desánimo. Nuestra educación básica no mejora, los índices de comprensión lectora siguen bajísimos. Se buscan culpables: los profesores, por ejemplo, o la falta de jornada escolar completa. Solución: construir edificios para aumentar la jornada. Claro, nada cambia salvo el dinero devorado como el ogro.

La mayoría de los profesores hace las cosas lo mejor que puede. Tal vez tengamos los profesores que nos merecemos. La afición a leer de un país no depende sólo de los profesores ni de la jornada escolar y sus edificios sino de la sociedad entera y, en primer lugar, de los padres. El interés por la lectura se contagia en la casa. La aptitud para contar y disfrutar un cuento se aprende imitando a padres y abuelos, tíos y tías, amigos y amigas y -ojo- aunque sean analfabetos. Los cuentos recogidos por los hermanos Grimm son, por cierto, obra de autores analfabetos. También la Ilíada.

Lo que mata el gusto por la lectura es la pedantería disfrazada de erudición. Lo que aburre es la falta de naturalidad. No se comenta como lo hace sobre una película, un grupo de amigos a la salida del cine. El "análisis" se lleva a cabo a la manera de una disección tediosa que busca reconocer el sentido de terminachos y conceptos prescindibles, y que sin duda ignoraban los autores del "Gato con botas" y "La bella durmiente".

El libro de Angélica Edwards muestra cómo una persona de verdad culta e inteligente simplemente conversa sobre el "Gato con botas". Es la mejor escuela literaria. No de otra manera se debe comentar "El Quijote" o el "Ulises" de Joyce. Un pequeño gran libro que debiera estar en todas las casas, en todas las escuelas.

 

   
    Editorial Cuatro Vientos
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