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Colección Educación, Filosofía y Mediación |
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El
Pensamiento y la Vida
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César Ojeda Figueroa
CAPÍTULO V
LA PSIQUIATRÍA EN LA ENCRUCIJADA
PRIMERA ETAPA
Para narrar la historia de la psiquiatría contemporánea
es necesario tener en consideración que ningún acontecer
deja registros adecuados y menos suficientes, y que la lectura de
esos registros suele decir más del lector que de la historia.
Tal vez la historia no es sino la manera en que lo ya ocurrido toma
posesión de nuestra biografía y nos constituye, y
en este caso, la forma en que los hechos del pasado y de la tradición
psiquiátrica han inundado con sus ecos mi propia historia
como especialista. Esa narración histórica nos hace
ser parte de una tradición, pero en medio de la cual surgen
disidencias, cambios y renovaciones. Por lo mismo, el relato histórico
es también un relato biográfico, redivivo en cada
biografía y fuente de sentido para el narrador. La psiquiatría
contemporánea se ha estructurado para mí en tres etapas,
dos pasadas y la tercera iniciándose hace muy pocos años,
etapas que son las que brevemente deseo expresar en estas líneas.
La primera se inicia en el paso del siglo XIX al XX, momento en
el que la psiquiatría se desprende de la neurología
y de la medicina interna. Este desprendimiento fue radical y lleno
de inspiración. Radical, porque reveló la insuficiencia
de la medicina decimonónica para dar cuenta del padecer psíquico
humano, el que emergía en un cuerpo misterioso y esquivo,
cuerpo que en su aparente solidez parecía estar allí
a la mano para ser alcanzado. Sin embargo, el cuerpo de lo vivo
y sus avatares -como la materia toda-, es huidizo, mucho más
de lo que su consistencia pareciera prometer. Así, cada vez
que intentamos penetrar en sus intersticios, las certezas del conocimiento
tienden a alejarse como el horizonte lo hace para el navegante afanado
en la búsqueda del fin del mundo. Pero además, ese
desprendimiento de la medicina interna y de la neurología
estuvo pleno de inspiración, porque desarrolló dos
formas seminales de comprender lo psíquico, cuyos frutos
y consecuencias distan mucho de estar agotadas: me refiero a la
teoría y la praxis psicoanalítica y a la fenomenología
en sus distintas ramificaciones. La primera surgida desde su capote,
y la segunda tomada en arriendo a la filosofía. Lo notable
es que ambos desarrollos estuvieron sostenidos por el más
obvio y definitorio de los hechos humanos: la conciencia.
Efectivamente el psicoanálisis se hundió por debajo
de la conciencia y la fenomenología se arrojó más
allá de ella: como psiquismo inconsciente el primero y como
trascendencia la segunda. En este sentido, ambos procesos rompieron
enérgicamente con la epistemología de la claridad
y la distinción que caracterizó la tendencia metodológica
predominante en el pensamiento moderno, y se afincaron, respectivamente,
en dos notables intuiciones que están en el centro del pensamiento
contemporáneo: la sospecha y la apariencia. La sospecha psicoanalítica
es poner en entredicho la autoexplicación que emerge en un
primer plano en la conciencia y el comportamiento, y conjeturar
acerca de una teoría de la complejidad mental, complejidad
de la que somos parte y que nos gobierna, pero que no tiene todos
sus ingredientes a la vista y que, por lo mismo, no podemos comprender
basados en las habilidades del sentido común. Por su parte,
la fenomenología, es un acto contra natura, pues quiebra
con este mismo sentido común, sentido que nos hace vivir,
como en la conocida caverna platónica, en medio de sombras
proyectadas que creemos son las cosas reales del mundo en el que
habitamos, incluidos nosotros mismos. Las cosas del mundo y nuestro
existir en ellas, para la fenomenología se nos muestran como
“aparición”, paro al mismo tiempo, como “enigma”.
En condiciones habituales, las cosas y los otros seres con que nos
encontramos en nuestro andar por la vida, toman la forma de un mundo
familiar y con ello, obvio y cotidiano. Por eso, nos cuesta ponerlo
en entredicho y enfrentar el sorprendente y agobiante misterio que
encierra el simple hecho de que tanto las cosas, como nosotros,
seamos como somos y estemos donde estamos.
En la psiquiatría del siglo XIX, la idea de encontrar un
“cuerpo-lesión”, había intensificado la
búsqueda de anomalías cerebrales que explicaran los
trastornos del comportamiento, y, ante esta inocencia algo impertinente,
el cerebro respondía con silencio. Es este silencio el que
impulsa al psicoanálisis y a la fenomenología a reconocer
que la “mente” en el hombre está esencialmente
anclada al significado y al misterio, al sorprendente y estremecedor
hecho de existir en medio de un universo inexplicable. Es en este
significado atisbado donde el conocimiento habita, y es allí
donde la psique humana, es decir, el principio de vida humana, encuentra
su lugar natural.
El surgimiento del psicoanálisis y de la fenomenología
era la creación de una tentativa tentadora -como diría
Nietzsche- de comprender la facticidad, es decir, de comprender
la significación encorporizada que es el ser humano. Pero,
al mismo tiempo, era una declaración de incompetencia relativa:
para el psicoanálisis y para la fenomenología, la
materia corporal les era inalcanzable fuera del gesto y del sentido,
es decir, el cuerpo material (Körper) se ponía en evidencia,
pero lo hacía mediante una metamorfosis: no ya como mera
cosa, sino como acto y comportamiento, y por lo mismo como cuerpo
vivido e intencionalidad motriz (Leib). Al menos así lo parecía.
Casi sesenta años duró esta comunión de la
psiquiatría con la búsqueda del significado. Pero,
a partir de la década de los sesenta, el cuerpo y la materia
reaparecieron en ella sobre la base de una revolución de
grandes consecuencias: el descubrimiento de los primeros psicofármacos.
SEGUNDA ETAPA
Esta es la segunda etapa de nuestra historia. Es la etapa del intento
por recuperar la claridad y la distinción como método
de conocimiento, y por lo tanto de reencontrar la certeza. La psiquiatría
hasta mediados del siglo XX, prácticamente no poseía
tratamientos biológicos eficaces. Esto cambió radicalmente
a partir de la década de los cincuenta de ese siglo, con
el descubrimiento de los fármacos antipsicóticos,
los primeros antidepresivos, los tranquilizantes bezodiacepínicos,
y luego los estabilizadores del ánimo, como el carbonato
de litio. Naturalmente, estos descubrimientos fueron seguidos de
un gran optimismo respecto de los factores neurobiológicos
involucrados en enfermedades como la esquizofrenia, la depresión,
el trastorno bipolar y los cuadros de ansiedad, es decir, los trastornos
más importantes de la psiquiatría. En torno a estos
resultados se estructuraron organizaciones internacionales poderosas
destinadas a superar el caos nosológico anterior y a generar
un lenguaje psiquiátrico universal. Este lenguaje dejaba
traslucir la idea de haber re-encontrado, con mejores instrumentos
y conceptos, el camino perdido de la recta medicina de la mente.
Pero además, la sensación colectiva de bienestar profesional
parecía señalar que se estaba en el camino correcto,
es decir, en el camino del alfabeto neurobiológico adecuado
para nuestra sintaxis clínica y terapéutica. Lo que
se denominó “psiquiatría biológica”
fue el rostro más característico de lo dicho, y campeó
sin contrapeso por varias décadas. Esto significó
en la práctica -y con muchas excepciones- estandarizar no
sólo el lenguaje y las indicaciones farmacológicas
en los cuadros clínicos de la psiquiatría, sino también,
poner de lado el significado vincular, interaccional e histórico
del comportamiento humano, “normal” o “desviado”,
y como derivación coherente, el abandono de los tratamientos
psicoterapéuticos, estimándolos especulativos, poco
claros, largos, de eficacia dudosa y en definitiva inadecuados para
“enfermedades” que –según se creía-
tenían su origen fundamentalmente en una disfunción
patológica cerebral. Entonces, los psiquiatras empezaron
a actuar siguiendo un dudoso “ideal médico”:
hacían un diagnóstico y extendían una receta.
Sin embargo, durante la década de los 80, rompiendo con las
cuentas alegres, cuadros clínicos como las depresiones, que
eran considerados paradigmáticos del éxito de la terapéutica
farmacológica, empezaban a mostrar pacientes resistentes
a los antidepresivos en porcentajes cercanos al 30%. Esto contrastaba
con el optimismo algo desmesurado con que los psiquiatras veíamos
nuestro instrumental terapéutico en estos cuadros. Muy poco
después, la década de los noventa traería una
nueva sorpresa.
El problema, curiosamente, se presentó ahora desde la ribera
opuesta. Ya no se trataba sólo de una falta de respuesta
en aquellos cuadros clínicos que fueron llamados resistentes,
sino de la mejoría clínica consistente de muchos pacientes
al placebo. Sumados ambos polos, es decir, la resistencia terapéutica
y la respuesta al placebo, se ganaba la elección en primera
vuelta, es decir, se alcanzaba una clara mayoría. Esto fue,
por decir lo menos, aperplejante, pues introducía una duda
más que razonable en las explicaciones y modelos biológicos
lineales de los trastornos psiquiátricos, muchos de ellos
basados en la acción cerebral específica de estos
fármacos, especialmente en el campo de las depresiones y
de la angustia. Si el efecto terapéutico de los antidepresivos
era sólo levemente superior al del placebo, y un número
importante de pacientes simplemente no respondía al tratamiento,
se hacía evidente que todo postulado teórico simple,
derivado de la bioquímica de los fármacos antidepresivos,
era irracional. El misterio irrumpía así de nuevo
en la psiquiatría con alguna espectacularidad.
¿Qué estaba ocurriendo? Si estábamos haciendo
bien las cosas ¿por qué nuestros resultados empezaban
a morderse la cola? Cuatro fenómenos vinieron entonces a
poner un poco de luz en esta oscuridad emergente. El primero fue
–aunque a contrapelo- la convicción de que era necesario
tomar en serio el efecto placebo. No podíamos seguir aferrados
a la arrogancia que nos hacía creer que lo que llamábamos
“sugestión”, es decir la influencia que un ser
humano puede tener sobre otro, era un asunto irrelevante. El segundo,
fue una avalancha de publicaciones, de buena factura metodológica,
que mostraba el efecto consistente de diversas formas de psicoterapia
en los más variados trastornos psiquiátricos. El tercero,
la constatación de que el resultado de los tratamientos farmacológicos
asociados a psicoterapia, casi sin excepción, mostraba mejores
resultados que la administración independiente de cada uno
de estos procedimientos. Y, el cuarto, la aparición de señales
-imposibles de ignorar- de que a la sombra se estaba gestando una
revolución epistemológica que nos tocaba en el centro
de nuestra actividad como psiquiatras.
TERCERA ETAPA
A partir de los someramente expresado, empieza la tercera etapa
de esta narración. A nuestro entender, consiste en una crisis
y en una encrucijada, es decir, en un momento en el que diversos
caminos se cruzan en un punto y forman una zona de colisión,
pero que al mismo tiempo, generan un nudo epistemológico
nuevo. Tal vez sin un propósito expreso, y con enormes resistencias
de muchos de sus actores, las distintas disciplinas que se ocupan
del comportamiento humano individual, social y cultural, incluidos
los cuadros clínicos a cargo de la psiquiatría, han
empezado a encontrar una base de con-formidad entre ellas y también
con las disciplinas conocidas como ciencias naturales. Esto ha ocurrido
en el momento en el que la psicología y la sociología
empezaron a aprender el lenguaje de la biología, y la biología
a aprender el lenguaje de la física, y, cerrando el círculo,
la física a aprender el lenguaje de la psicología,
sin por eso tener que romper con la consistencia de sus propios
campos. Esta alfabetización epistemológica empezó
a permitir que la psicología se releyera a sí misma
desde la biología, que la biología se releyera a sí
misma desde el fenómeno termodinámico y atómico,
y que la física, se releyera a sí misma desde el fenómeno
de la cognición.
Antecedentes de esta encrucijada hay muchos. Sólo como ejemplo,
debemos señalar que la “conciencia” y la “mente”
son hoy temas claramente interdisciplinarios, y tal vez de mayor
presencia en la física y en la biología, que en la
psicología y la psiquiatría. Mirando la historia del
pensamiento, lo que está ocurriendo parece ser una consecuencia
necesaria de los hechos que lo antecedieron. Al despuntar el siglo
XX la física se empinó sobre el concepto de “punto
de vista”, es decir, de un “sujeto epistémico”
que conoce a partir de una perspectiva, pero que al mismo tiempo
deja su huella digital troquelada en lo conocido. De allí
que la relatividad, el constructivismo y la incertidumbre acerca
de un mundo “en sí”, se hicieran carne en la
ciencia, a pesar de que la filosofía lo venía planteando
hacía ya muchos siglos. Sin punto de vista no hay epistemología
posible. Y, ¿qué es y de dónde surge el punto
de vista? Digámoslo con cierto énfasis: el punto de
vista es una propiedad exclusiva de los sistemas vivos. Esta constatación
fue tributaria del descubrimiento de la célula como la unidad
viva mínima, definida por lo que los griegos llamaban to
autos, es decir, la “mismidad”. La célula es
autónoma porque es “misma”, es autolítica
porque es “misma” y es autopoiética, porque es
“misma”. Pero, esta mismidad es referencial: es identidad
referida a lo “otro” que esa identidad y que toma la
forma de “mundo”, en el que aparecen, de manera fundamental,
otros seres vivos. No hay nada parecido a “una” célula.
O muchas o ninguna. Es decir, las unidades vivas son vinculares,
y estos vínculos toman la forma de enlaces termodinámicos,
genómicos e informacionales.
El descubrimiento de las unidades vivas permitió dar los
primeros pasos en la construcción de la aritmética
que articula a los seres vivos en las redes bióticas de las
somos parte. Pero eso era imposible sin acudir a la física:
efectivamente, la constatación de que las unidades vivas
son estructuras disipativas, es decir, que “disipan”
gradientes energéticas, al igual que los tornados y las reacciones
autocatalíticas, reintegró al ser humano a la biosfera
y reintegró a la biosfera a la termodinámica universal.
Esta Nouvelle Alliance, al decir de Prigogine, entre vida y universo
hizo retornar al ser humano del exilio en el que se encontraba debido
a su afán de desconocer su obvia pertenencia a la cadena
de la vida que hace 3.500 millones de años se despliega sobre
el planeta tierra.
No creo exagerar si digo que la psiquiatría se encuentra
en el centro de esta encrucijada. Las ciencias sociales, la psicología
y la cultura, podían de alguna manera sostenerse sin hurgar
seriamente en la biología. Por su parte, la física
y la biología misma, podían permanecer atrincheradas
en sus laboratorios y desinteresadas respecto del comportamiento
humano. Tal inocencia para la psiquiatría era imposible,
debido a su historia: la psiquiatría es una especialidad
médica dedicada al comportamiento, y como tal, la biología
es parte de sus antecedentes, pues el Bios constituye el sustrato
innegable de tal comportamiento. Por lo mismo, la encrucijada se
instaló en ella con gran fuerza remarcando la crisis que
subyacía: efectivamente, el cerebro enfermo puesto a la luz
por la psiquiatría biológica en la segunda mitad del
siglo XX, empezó a esfumarse junto con la idea de una causa
lineal y patológica de gran parte de los trastornos mentales.
Cada vez con mayor claridad se hacía evidente que la neurobiología
psiquiátrica no pasaba del nivel de hipótesis aisladas
en distintos cuadros clínicos, pero que no había logrado
generar una teoría del comportamiento ni estaba cerca hacerlo.
El concepto de que los fenómenos psicopatológicos
requerían como causa una alteración patológica
del funcionamiento cerebral, y en el que inadvertidamente se hacían
sinónimos “enfermedad” y “desadaptación”,
era poco sensible a tres hechos centrales: los vínculos primarios,
la evolución y la genómica, y como consecuencia, a
una apropiada noción de la temporalidad biológica.
Los seres humanos tenemos una historia que se remonta hasta los
primeros seres vivos, lo que implica, como señalamos, situarse
en la perspectiva de miles de millones de años. Cuando decimos
historia, estamos refiriéndonos a redes de comportamiento
ejercidas, ejecutadas y encarnadas en los seres vivos a través
del tiempo evolutivo.
Como parte de la evolución de la vida ha variado el cerebro
de los primates, y con ello el comportamiento. El cerebro, considerado
evolutivamente, es estructura y organización, pero también
y al unísono, comportamiento, comportamiento que en definitiva,
es su fenotipo: el cerebro es el comportamiento, del mismo modo
en que el tubo digestivo es la alimentación, y los músculos
esqueléticos la locomoción. Esto significa que las
estructuras del comportamiento presentan una acumulación
evolutiva de diseño, y por lo mismo, constituyen adaptaciones
seleccionadas a través de largos períodos de tiempo.
Sin embargo, las cosas no se detienen en este punto. El afinamiento
de la estructura cerebral no es sólo materia de patrones
evolutivos genéticos y de factores biológicos epigenéticos.
Se requiere además lo que se conoce como “experiencia”,
es decir, la interacción del ser vivo con “lo otro”
que él, interacción que, entre las múltiples
contingencias ambientales, se produce –en nuestro caso- de
manera fundamental con otros seres humanos. De allí la importancia
de las experiencias iniciales de apego, des-apego y no-apego, para
la comprensión general del comportamiento, para la teoría
de los fenómenos psicopatológicos y para las explicaciones
del modo de acción de la psicoterapia.
Tomando en consideración la temporalidad biológica
se ha llegado a la conclusión de que nuestro cerebro de hombres
contemporáneos, y por lo tanto nuestras estructuras comportamentales,
no está adaptado para la vida como la conocemos hoy, sino
para la que se desarrollaba en el Pleistoceno (parte del período
Cuaternario), es decir, cuando éramos una cultura de cazadores-recolectores.
Los casi tres mil años de “desarrollo” de la
cultura humana, constituyen apenas el 0.05 % de los siete millones
de años en los que la vida de los homínidos ha evolucionado,
y de los cuales nuestro cerebro-conducta, es un producto. Esta constatación
puso de manifiesto, de nuevo, que el sentido común no sólo
no basta para explicar el universo, sino que tampoco es útil
para explicar la temporalidad biológica. Un destacado ejemplo
de lo dicho es lo que se conoce como “salto genómico”
(genome lag). Se refiere a las adaptaciones que dejan de serlo por
un cambio brusco del ambiente. Por ejemplo, la tercera dentición
no es una enfermedad, sino una adaptación para la recuperación
de la masticación después de haber perdido una parte
importante de las piezas dentarias de la segunda dentición,
cosa que ocurría regularmente en la edad de piedra antes
de los 18 años de vida. El punto es que hoy, en centros urbanos,
tales muelas deforman la arcada y deben ser intervenidas quirúrgicamente,
debido a que –por efectos de las acciones preventivas- las
piezas de la segunda dentición permanecen mayor tiempo.
¿Cómo no repensar entonces los conjuntos clínicos
como las reacciones de ansiedad, los trastornos de la conducta alimentaria,
las depresiones, el trastorno obsesivo-compulsivo, la esquizofrenia,
y muchos otros, a la luz de esta visión?¿Qué
problema adaptativo podían resolver algunos de estos conjuntos
comportamentales en el tiempo evolutivo en el que éramos
cazadores recolectores?
Por su parte, hace ya mucho rato que no basta concebir la presencia
“genética” en los cuadros clínicos de
la psiquiatría, como una simple “transmisión
hereditaria”. La genómica nos ha salido al camino y
es imposible ignorarla. Si hubiésemos de definirla en dos
palabras, diríamos que se trata del estudio de las funciones
e interacciones de la totalidad de los genes que forman el genoma
de una especie. Esta dinámica es muy importante, porque introduce
movilidad allí donde se pensaba en una relación lineal
entre genes y fenotipo. Por ejemplo, la creencia ingenua de que
descubrir un gen relacionado a una enfermedad es lo mismo que conocer
su patogénesis. De manera muy diferente, el genoma dista
mucho de ser una plantilla de imprenta, pues está formado
por entidades cuya interacción determina la dinámica
de “expresión”, “supresión”
y “ritmicidad” de los genes. Estos factores génicos
no responden a un concepto de genética simple, ni menos a
una visión lineal causal en sentido estricto. Las constancias
comportamentales, sean consideradas normales o patológicas,
no vienen predeterminadas en el genoma, sino que requieren la participación
de muchas dimensiones al unísono: por una parte la historia
filogenética de la especie, y por otra, la historia ontogenética
del individuo, es decir, las contingencias y vulnerabilidades ambientales,
vinculares y del neurodesarrollo que conforman la biografía
de cada persona desde la concepción. Pero además,
es necesario considerar la constelación de factores epigenéticos
destinados a generar diversidad entre los individuos de una especie
(muchas veces guiados por un principio de azar) . Nos gusta considerar
al genoma como un sistema cognitivo, capaz de “comportarse”,
de “tener memoria” y de “aprender”, y así
capaz de ser un actor estratégico en las contingencias evolucionarias
a través de diferentes mecanismos que producen variación
genética . Estos mecanismos implican que no todas las mutaciones
ocurren al azar o accidentalmente, sino que nuestro genoma –y
el de otras formas de vida- ha desarrollado estrategias para crear
diferentes tipos de mutaciones en su ADN, así como estrategias
para re-usar y adaptar partes útiles de él y hacerlas
piezas “intercambiables”, lo que implica una anticipación
de posibles eventos basada en los eventos ya ocurridos, y por lo
mismo, haciendo patente la temporalidad biológica. Ejemplos
notables de esta situación son las mutaciones específicas
que pueden ser producidas en nuestro sistema inmune. En definitiva,
el genoma se expresa de manera compleja a lo largo del desarrollo
de los individuos, y lo hace mediante los procesos de aprendizaje,
vinculación e interacción con el “mundo”
del que tales individuos son parte, y que a la vez configuran .
Algunos párrafos finales para terminar nuestra argumentación.
Nadie es consciente de la enorme cantidad de funciones bioquímicas
que el hígado efectúa permanentemente, y así
también ocurre con la función renal, cardíaca
o pulmonar, como con el metabolismo de cada una de nuestras células.
Ninguna persona percibe su vesícula biliar hasta que le duele.
Por lo mismo, afirmar que lo que percibimos de nuestros órganos,
es todo lo que ellos hacen, es imposible. Pues bien, a fines del
siglo XIX, el psicoanálisis arrojó en el mundo la
convicción de que la significación y el comportamiento
humanos no son una propiedad exclusiva de la conciencia, es decir,
que el cerebro opera de manera similar al resto de los órganos.
Es ampliamente conocida la cantidad de violencia que esto provocó
en los sectores más conservadores de la cultura, la religión
y la ciencia, parecida a la que hubieron de soportar Galileo y Darwin.
Hubo que esperar un siglo, para comprender lo obvio: que nuestro
comportamiento tiene su fundamento en operaciones biológicas
a las que no tenemos un acceso directo. Por ejemplo, las palabras
que usamos y su significado, no están jamás como totalidad
en la conciencia, y sin embargo aparecen y se recortan sobre los
haberes totales de la lengua cuando es necesario. ¿Dónde
está la palabra “terremoto” antes del temblor?
¿Cuándo aprendimos esa palabra y su significado? ¿Cómo
podemos tenerla de manera implícita? ¿Cómo
tenemos la habilidad de decirla? Pero además, ¿por
qué me inunda el miedo si jamás he sufrido el menor
rasguño en los innumerables movimientos telúricos
que he sufrido en mi existencia? ¿Cómo lo aprendí?¿De
dónde surge mi deseo de ser abrazado y cobijado? ¿De
dónde mi impulso a proteger y abrazar a mis hijos? ¿Es
la palabra muerte la que mueve todo eso? ¿Es la experiencia
de la muerte que nunca he tenido? ¿O la he tenido? ¿Cómo
puedo saber lo que no sé, o tener experiencia de lo jamás
experimentado?
Las teorías evolucionarias tienen respuestas a estas preguntas,
pero también las tiene el psicoanálisis, la tradición
conductual congnitiva y, en alguna medida, las teorías sistémicas.
Pero, esas respuestas no son las que yo me doy a mí mismo.
Yo no digo que la palabra terremoto la encontré ya hecha
al venir al mundo y la aprendí de los labios de mi madre
junto con la emoción que desde su cerebro derecho modeló
mi cerebro derecho. Tampoco digo que mi circuito límbico
está filogenéticamente preparado para aprender temor
frente ciertas claves del “mundo” y no a otras. Y menos,
que mis neuronas aprenden, al ser estimuladas, mediante un mecanismo
de liberación génica que produce las proteínas
necesarias para generar nuevas sinapsis. Es decir, que aprendo cambiando
la estructura de mi cerebro.
Lo que digo, simplemente, es que los terremotos son peligrosos y
que, concordantemente, quiero proteger a mis hijos porque los amo.
Esa narración de sentido común me satisface. Vivo
pleno de narraciones de este tipo, pues creo en mi libertad y en
mi autonomía, y no me doy cuenta que, quien así habla,
es sólo una parte de mí, y específicamente
mi cerebro izquierdo, capaz de contar buenas fábulas a pedido
de las circunstancias. Pero, quiero ser bien entendido: esta narrativa
no es un ruido en el sistema, ni un fleco en el poncho, ni un epifenómeno
irrelevante. Es tal vez la más notable adaptación
evolutiva de nuestro cerebro de hombres contemporáneos, de
la cual surge la cultura toda, incluyendo la religión y las
ciencias.
Como se aprecia, si bien la biología del significado maneja
nuestra experiencia de modo inconsciente, nosotros vivimos nuestras
fábulas con entera naturalidad. Paul Valéry -nos dice
Felix Schwartzmann- que hace casi un siglo consideró una
“fábula” la idea de Universo, “acaso hoy
preguntaría: ¿se intenta conocer la conciencia para
conocer una fábula?” La encrucijada epistemológica
que hoy nos sacude, nos ha despertado de la inocencia paradisíaca
en la que vivíamos. Confieso que en mi vida cotidiana me
cuesta mucho pensar que amo a mis hijas simplemente por un asunto
de fitness, es decir, de asegurar la permanencia de mis genes en
la población humana; del mismo modo me cuesta aceptar que
alguna vez pude estar en lucha frontal con mi padre por el amor
de mi madre. O, imaginar que la vida nos usa de manera implacable
para disipar las gradientes energéticas del sol (la exergía).
Tal vez este sea el problema más complejo del desarrollo
de la biología en sus implicancias para la psiquiatría,
pero también para la física y para todas las ciencias:
nos ha mostrado la entrada a un mundo prohibido, a los secretos
que gobiernan la vida, y con ello que gobiernan el punto de vista
y el conocimiento. Por alguna razón, seguramente no distante
de lo que estamos señalando, tal misterio y tales secretos
fueron pensados en los albores de la cultura occidental como el
fruto prohibido, aquel del árbol del conocimiento. Habiendo
comido de él, fuimos arrojados del paraíso y nos vimos
obligados a hacernos cargo de nosotros mismos. Usando un bello concepto
de Heidegger, podríamos decir que estamos arrojados en la
existencia, teniendo que hacernos cargo de nosotros mismos, aunque,
nosotros mismos, no seamos el fundamento de nuestra existencia.
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