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Colección Educación, Filosofía y Mediación

   

El Pensamiento y la Vida
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César Ojeda Figueroa

CAPÍTULO V

LA PSIQUIATRÍA EN LA ENCRUCIJADA


PRIMERA ETAPA

Para narrar la historia de la psiquiatría contemporánea es necesario tener en consideración que ningún acontecer deja registros adecuados y menos suficientes, y que la lectura de esos registros suele decir más del lector que de la historia. Tal vez la historia no es sino la manera en que lo ya ocurrido toma posesión de nuestra biografía y nos constituye, y en este caso, la forma en que los hechos del pasado y de la tradición psiquiátrica han inundado con sus ecos mi propia historia como especialista. Esa narración histórica nos hace ser parte de una tradición, pero en medio de la cual surgen disidencias, cambios y renovaciones. Por lo mismo, el relato histórico es también un relato biográfico, redivivo en cada biografía y fuente de sentido para el narrador. La psiquiatría contemporánea se ha estructurado para mí en tres etapas, dos pasadas y la tercera iniciándose hace muy pocos años, etapas que son las que brevemente deseo expresar en estas líneas. La primera se inicia en el paso del siglo XIX al XX, momento en el que la psiquiatría se desprende de la neurología y de la medicina interna. Este desprendimiento fue radical y lleno de inspiración. Radical, porque reveló la insuficiencia de la medicina decimonónica para dar cuenta del padecer psíquico humano, el que emergía en un cuerpo misterioso y esquivo, cuerpo que en su aparente solidez parecía estar allí a la mano para ser alcanzado. Sin embargo, el cuerpo de lo vivo y sus avatares -como la materia toda-, es huidizo, mucho más de lo que su consistencia pareciera prometer. Así, cada vez que intentamos penetrar en sus intersticios, las certezas del conocimiento tienden a alejarse como el horizonte lo hace para el navegante afanado en la búsqueda del fin del mundo. Pero además, ese desprendimiento de la medicina interna y de la neurología estuvo pleno de inspiración, porque desarrolló dos formas seminales de comprender lo psíquico, cuyos frutos y consecuencias distan mucho de estar agotadas: me refiero a la teoría y la praxis psicoanalítica y a la fenomenología en sus distintas ramificaciones. La primera surgida desde su capote, y la segunda tomada en arriendo a la filosofía. Lo notable es que ambos desarrollos estuvieron sostenidos por el más obvio y definitorio de los hechos humanos: la conciencia.

Efectivamente el psicoanálisis se hundió por debajo de la conciencia y la fenomenología se arrojó más allá de ella: como psiquismo inconsciente el primero y como trascendencia la segunda. En este sentido, ambos procesos rompieron enérgicamente con la epistemología de la claridad y la distinción que caracterizó la tendencia metodológica predominante en el pensamiento moderno, y se afincaron, respectivamente, en dos notables intuiciones que están en el centro del pensamiento contemporáneo: la sospecha y la apariencia. La sospecha psicoanalítica es poner en entredicho la autoexplicación que emerge en un primer plano en la conciencia y el comportamiento, y conjeturar acerca de una teoría de la complejidad mental, complejidad de la que somos parte y que nos gobierna, pero que no tiene todos sus ingredientes a la vista y que, por lo mismo, no podemos comprender basados en las habilidades del sentido común. Por su parte, la fenomenología, es un acto contra natura, pues quiebra con este mismo sentido común, sentido que nos hace vivir, como en la conocida caverna platónica, en medio de sombras proyectadas que creemos son las cosas reales del mundo en el que habitamos, incluidos nosotros mismos. Las cosas del mundo y nuestro existir en ellas, para la fenomenología se nos muestran como “aparición”, paro al mismo tiempo, como “enigma”. En condiciones habituales, las cosas y los otros seres con que nos encontramos en nuestro andar por la vida, toman la forma de un mundo familiar y con ello, obvio y cotidiano. Por eso, nos cuesta ponerlo en entredicho y enfrentar el sorprendente y agobiante misterio que encierra el simple hecho de que tanto las cosas, como nosotros, seamos como somos y estemos donde estamos.

En la psiquiatría del siglo XIX, la idea de encontrar un “cuerpo-lesión”, había intensificado la búsqueda de anomalías cerebrales que explicaran los trastornos del comportamiento, y, ante esta inocencia algo impertinente, el cerebro respondía con silencio. Es este silencio el que impulsa al psicoanálisis y a la fenomenología a reconocer que la “mente” en el hombre está esencialmente anclada al significado y al misterio, al sorprendente y estremecedor hecho de existir en medio de un universo inexplicable. Es en este significado atisbado donde el conocimiento habita, y es allí donde la psique humana, es decir, el principio de vida humana, encuentra su lugar natural.

El surgimiento del psicoanálisis y de la fenomenología era la creación de una tentativa tentadora -como diría Nietzsche- de comprender la facticidad, es decir, de comprender la significación encorporizada que es el ser humano. Pero, al mismo tiempo, era una declaración de incompetencia relativa: para el psicoanálisis y para la fenomenología, la materia corporal les era inalcanzable fuera del gesto y del sentido, es decir, el cuerpo material (Körper) se ponía en evidencia, pero lo hacía mediante una metamorfosis: no ya como mera cosa, sino como acto y comportamiento, y por lo mismo como cuerpo vivido e intencionalidad motriz (Leib). Al menos así lo parecía. Casi sesenta años duró esta comunión de la psiquiatría con la búsqueda del significado. Pero, a partir de la década de los sesenta, el cuerpo y la materia reaparecieron en ella sobre la base de una revolución de grandes consecuencias: el descubrimiento de los primeros psicofármacos.


SEGUNDA ETAPA

Esta es la segunda etapa de nuestra historia. Es la etapa del intento por recuperar la claridad y la distinción como método de conocimiento, y por lo tanto de reencontrar la certeza. La psiquiatría hasta mediados del siglo XX, prácticamente no poseía tratamientos biológicos eficaces. Esto cambió radicalmente a partir de la década de los cincuenta de ese siglo, con el descubrimiento de los fármacos antipsicóticos, los primeros antidepresivos, los tranquilizantes bezodiacepínicos, y luego los estabilizadores del ánimo, como el carbonato de litio. Naturalmente, estos descubrimientos fueron seguidos de un gran optimismo respecto de los factores neurobiológicos involucrados en enfermedades como la esquizofrenia, la depresión, el trastorno bipolar y los cuadros de ansiedad, es decir, los trastornos más importantes de la psiquiatría. En torno a estos resultados se estructuraron organizaciones internacionales poderosas destinadas a superar el caos nosológico anterior y a generar un lenguaje psiquiátrico universal. Este lenguaje dejaba traslucir la idea de haber re-encontrado, con mejores instrumentos y conceptos, el camino perdido de la recta medicina de la mente. Pero además, la sensación colectiva de bienestar profesional parecía señalar que se estaba en el camino correcto, es decir, en el camino del alfabeto neurobiológico adecuado para nuestra sintaxis clínica y terapéutica. Lo que se denominó “psiquiatría biológica” fue el rostro más característico de lo dicho, y campeó sin contrapeso por varias décadas. Esto significó en la práctica -y con muchas excepciones- estandarizar no sólo el lenguaje y las indicaciones farmacológicas en los cuadros clínicos de la psiquiatría, sino también, poner de lado el significado vincular, interaccional e histórico del comportamiento humano, “normal” o “desviado”, y como derivación coherente, el abandono de los tratamientos psicoterapéuticos, estimándolos especulativos, poco claros, largos, de eficacia dudosa y en definitiva inadecuados para “enfermedades” que –según se creía- tenían su origen fundamentalmente en una disfunción patológica cerebral. Entonces, los psiquiatras empezaron a actuar siguiendo un dudoso “ideal médico”: hacían un diagnóstico y extendían una receta.

Sin embargo, durante la década de los 80, rompiendo con las cuentas alegres, cuadros clínicos como las depresiones, que eran considerados paradigmáticos del éxito de la terapéutica farmacológica, empezaban a mostrar pacientes resistentes a los antidepresivos en porcentajes cercanos al 30%. Esto contrastaba con el optimismo algo desmesurado con que los psiquiatras veíamos nuestro instrumental terapéutico en estos cuadros. Muy poco después, la década de los noventa traería una nueva sorpresa.

El problema, curiosamente, se presentó ahora desde la ribera opuesta. Ya no se trataba sólo de una falta de respuesta en aquellos cuadros clínicos que fueron llamados resistentes, sino de la mejoría clínica consistente de muchos pacientes al placebo. Sumados ambos polos, es decir, la resistencia terapéutica y la respuesta al placebo, se ganaba la elección en primera vuelta, es decir, se alcanzaba una clara mayoría. Esto fue, por decir lo menos, aperplejante, pues introducía una duda más que razonable en las explicaciones y modelos biológicos lineales de los trastornos psiquiátricos, muchos de ellos basados en la acción cerebral específica de estos fármacos, especialmente en el campo de las depresiones y de la angustia. Si el efecto terapéutico de los antidepresivos era sólo levemente superior al del placebo, y un número importante de pacientes simplemente no respondía al tratamiento, se hacía evidente que todo postulado teórico simple, derivado de la bioquímica de los fármacos antidepresivos, era irracional. El misterio irrumpía así de nuevo en la psiquiatría con alguna espectacularidad.

¿Qué estaba ocurriendo? Si estábamos haciendo bien las cosas ¿por qué nuestros resultados empezaban a morderse la cola? Cuatro fenómenos vinieron entonces a poner un poco de luz en esta oscuridad emergente. El primero fue –aunque a contrapelo- la convicción de que era necesario tomar en serio el efecto placebo. No podíamos seguir aferrados a la arrogancia que nos hacía creer que lo que llamábamos “sugestión”, es decir la influencia que un ser humano puede tener sobre otro, era un asunto irrelevante. El segundo, fue una avalancha de publicaciones, de buena factura metodológica, que mostraba el efecto consistente de diversas formas de psicoterapia en los más variados trastornos psiquiátricos. El tercero, la constatación de que el resultado de los tratamientos farmacológicos asociados a psicoterapia, casi sin excepción, mostraba mejores resultados que la administración independiente de cada uno de estos procedimientos. Y, el cuarto, la aparición de señales -imposibles de ignorar- de que a la sombra se estaba gestando una revolución epistemológica que nos tocaba en el centro de nuestra actividad como psiquiatras.

TERCERA ETAPA

A partir de los someramente expresado, empieza la tercera etapa de esta narración. A nuestro entender, consiste en una crisis y en una encrucijada, es decir, en un momento en el que diversos caminos se cruzan en un punto y forman una zona de colisión, pero que al mismo tiempo, generan un nudo epistemológico nuevo. Tal vez sin un propósito expreso, y con enormes resistencias de muchos de sus actores, las distintas disciplinas que se ocupan del comportamiento humano individual, social y cultural, incluidos los cuadros clínicos a cargo de la psiquiatría, han empezado a encontrar una base de con-formidad entre ellas y también con las disciplinas conocidas como ciencias naturales. Esto ha ocurrido en el momento en el que la psicología y la sociología empezaron a aprender el lenguaje de la biología, y la biología a aprender el lenguaje de la física, y, cerrando el círculo, la física a aprender el lenguaje de la psicología, sin por eso tener que romper con la consistencia de sus propios campos. Esta alfabetización epistemológica empezó a permitir que la psicología se releyera a sí misma desde la biología, que la biología se releyera a sí misma desde el fenómeno termodinámico y atómico, y que la física, se releyera a sí misma desde el fenómeno de la cognición.

Antecedentes de esta encrucijada hay muchos. Sólo como ejemplo, debemos señalar que la “conciencia” y la “mente” son hoy temas claramente interdisciplinarios, y tal vez de mayor presencia en la física y en la biología, que en la psicología y la psiquiatría. Mirando la historia del pensamiento, lo que está ocurriendo parece ser una consecuencia necesaria de los hechos que lo antecedieron. Al despuntar el siglo XX la física se empinó sobre el concepto de “punto de vista”, es decir, de un “sujeto epistémico” que conoce a partir de una perspectiva, pero que al mismo tiempo deja su huella digital troquelada en lo conocido. De allí que la relatividad, el constructivismo y la incertidumbre acerca de un mundo “en sí”, se hicieran carne en la ciencia, a pesar de que la filosofía lo venía planteando hacía ya muchos siglos. Sin punto de vista no hay epistemología posible. Y, ¿qué es y de dónde surge el punto de vista? Digámoslo con cierto énfasis: el punto de vista es una propiedad exclusiva de los sistemas vivos. Esta constatación fue tributaria del descubrimiento de la célula como la unidad viva mínima, definida por lo que los griegos llamaban to autos, es decir, la “mismidad”. La célula es autónoma porque es “misma”, es autolítica porque es “misma” y es autopoiética, porque es “misma”. Pero, esta mismidad es referencial: es identidad referida a lo “otro” que esa identidad y que toma la forma de “mundo”, en el que aparecen, de manera fundamental, otros seres vivos. No hay nada parecido a “una” célula. O muchas o ninguna. Es decir, las unidades vivas son vinculares, y estos vínculos toman la forma de enlaces termodinámicos, genómicos e informacionales.

El descubrimiento de las unidades vivas permitió dar los primeros pasos en la construcción de la aritmética que articula a los seres vivos en las redes bióticas de las somos parte. Pero eso era imposible sin acudir a la física: efectivamente, la constatación de que las unidades vivas son estructuras disipativas, es decir, que “disipan” gradientes energéticas, al igual que los tornados y las reacciones autocatalíticas, reintegró al ser humano a la biosfera y reintegró a la biosfera a la termodinámica universal. Esta Nouvelle Alliance, al decir de Prigogine, entre vida y universo hizo retornar al ser humano del exilio en el que se encontraba debido a su afán de desconocer su obvia pertenencia a la cadena de la vida que hace 3.500 millones de años se despliega sobre el planeta tierra.

No creo exagerar si digo que la psiquiatría se encuentra en el centro de esta encrucijada. Las ciencias sociales, la psicología y la cultura, podían de alguna manera sostenerse sin hurgar seriamente en la biología. Por su parte, la física y la biología misma, podían permanecer atrincheradas en sus laboratorios y desinteresadas respecto del comportamiento humano. Tal inocencia para la psiquiatría era imposible, debido a su historia: la psiquiatría es una especialidad médica dedicada al comportamiento, y como tal, la biología es parte de sus antecedentes, pues el Bios constituye el sustrato innegable de tal comportamiento. Por lo mismo, la encrucijada se instaló en ella con gran fuerza remarcando la crisis que subyacía: efectivamente, el cerebro enfermo puesto a la luz por la psiquiatría biológica en la segunda mitad del siglo XX, empezó a esfumarse junto con la idea de una causa lineal y patológica de gran parte de los trastornos mentales. Cada vez con mayor claridad se hacía evidente que la neurobiología psiquiátrica no pasaba del nivel de hipótesis aisladas en distintos cuadros clínicos, pero que no había logrado generar una teoría del comportamiento ni estaba cerca hacerlo. El concepto de que los fenómenos psicopatológicos requerían como causa una alteración patológica del funcionamiento cerebral, y en el que inadvertidamente se hacían sinónimos “enfermedad” y “desadaptación”, era poco sensible a tres hechos centrales: los vínculos primarios, la evolución y la genómica, y como consecuencia, a una apropiada noción de la temporalidad biológica. Los seres humanos tenemos una historia que se remonta hasta los primeros seres vivos, lo que implica, como señalamos, situarse en la perspectiva de miles de millones de años. Cuando decimos historia, estamos refiriéndonos a redes de comportamiento ejercidas, ejecutadas y encarnadas en los seres vivos a través del tiempo evolutivo.

Como parte de la evolución de la vida ha variado el cerebro de los primates, y con ello el comportamiento. El cerebro, considerado evolutivamente, es estructura y organización, pero también y al unísono, comportamiento, comportamiento que en definitiva, es su fenotipo: el cerebro es el comportamiento, del mismo modo en que el tubo digestivo es la alimentación, y los músculos esqueléticos la locomoción. Esto significa que las estructuras del comportamiento presentan una acumulación evolutiva de diseño, y por lo mismo, constituyen adaptaciones seleccionadas a través de largos períodos de tiempo. Sin embargo, las cosas no se detienen en este punto. El afinamiento de la estructura cerebral no es sólo materia de patrones evolutivos genéticos y de factores biológicos epigenéticos. Se requiere además lo que se conoce como “experiencia”, es decir, la interacción del ser vivo con “lo otro” que él, interacción que, entre las múltiples contingencias ambientales, se produce –en nuestro caso- de manera fundamental con otros seres humanos. De allí la importancia de las experiencias iniciales de apego, des-apego y no-apego, para la comprensión general del comportamiento, para la teoría de los fenómenos psicopatológicos y para las explicaciones del modo de acción de la psicoterapia.

Tomando en consideración la temporalidad biológica se ha llegado a la conclusión de que nuestro cerebro de hombres contemporáneos, y por lo tanto nuestras estructuras comportamentales, no está adaptado para la vida como la conocemos hoy, sino para la que se desarrollaba en el Pleistoceno (parte del período Cuaternario), es decir, cuando éramos una cultura de cazadores-recolectores. Los casi tres mil años de “desarrollo” de la cultura humana, constituyen apenas el 0.05 % de los siete millones de años en los que la vida de los homínidos ha evolucionado, y de los cuales nuestro cerebro-conducta, es un producto. Esta constatación puso de manifiesto, de nuevo, que el sentido común no sólo no basta para explicar el universo, sino que tampoco es útil para explicar la temporalidad biológica. Un destacado ejemplo de lo dicho es lo que se conoce como “salto genómico” (genome lag). Se refiere a las adaptaciones que dejan de serlo por un cambio brusco del ambiente. Por ejemplo, la tercera dentición no es una enfermedad, sino una adaptación para la recuperación de la masticación después de haber perdido una parte importante de las piezas dentarias de la segunda dentición, cosa que ocurría regularmente en la edad de piedra antes de los 18 años de vida. El punto es que hoy, en centros urbanos, tales muelas deforman la arcada y deben ser intervenidas quirúrgicamente, debido a que –por efectos de las acciones preventivas- las piezas de la segunda dentición permanecen mayor tiempo.

¿Cómo no repensar entonces los conjuntos clínicos como las reacciones de ansiedad, los trastornos de la conducta alimentaria, las depresiones, el trastorno obsesivo-compulsivo, la esquizofrenia, y muchos otros, a la luz de esta visión?¿Qué problema adaptativo podían resolver algunos de estos conjuntos comportamentales en el tiempo evolutivo en el que éramos cazadores recolectores?

Por su parte, hace ya mucho rato que no basta concebir la presencia “genética” en los cuadros clínicos de la psiquiatría, como una simple “transmisión hereditaria”. La genómica nos ha salido al camino y es imposible ignorarla. Si hubiésemos de definirla en dos palabras, diríamos que se trata del estudio de las funciones e interacciones de la totalidad de los genes que forman el genoma de una especie. Esta dinámica es muy importante, porque introduce movilidad allí donde se pensaba en una relación lineal entre genes y fenotipo. Por ejemplo, la creencia ingenua de que descubrir un gen relacionado a una enfermedad es lo mismo que conocer su patogénesis. De manera muy diferente, el genoma dista mucho de ser una plantilla de imprenta, pues está formado por entidades cuya interacción determina la dinámica de “expresión”, “supresión” y “ritmicidad” de los genes. Estos factores génicos no responden a un concepto de genética simple, ni menos a una visión lineal causal en sentido estricto. Las constancias comportamentales, sean consideradas normales o patológicas, no vienen predeterminadas en el genoma, sino que requieren la participación de muchas dimensiones al unísono: por una parte la historia filogenética de la especie, y por otra, la historia ontogenética del individuo, es decir, las contingencias y vulnerabilidades ambientales, vinculares y del neurodesarrollo que conforman la biografía de cada persona desde la concepción. Pero además, es necesario considerar la constelación de factores epigenéticos destinados a generar diversidad entre los individuos de una especie (muchas veces guiados por un principio de azar) . Nos gusta considerar al genoma como un sistema cognitivo, capaz de “comportarse”, de “tener memoria” y de “aprender”, y así capaz de ser un actor estratégico en las contingencias evolucionarias a través de diferentes mecanismos que producen variación genética . Estos mecanismos implican que no todas las mutaciones ocurren al azar o accidentalmente, sino que nuestro genoma –y el de otras formas de vida- ha desarrollado estrategias para crear diferentes tipos de mutaciones en su ADN, así como estrategias para re-usar y adaptar partes útiles de él y hacerlas piezas “intercambiables”, lo que implica una anticipación de posibles eventos basada en los eventos ya ocurridos, y por lo mismo, haciendo patente la temporalidad biológica. Ejemplos notables de esta situación son las mutaciones específicas que pueden ser producidas en nuestro sistema inmune. En definitiva, el genoma se expresa de manera compleja a lo largo del desarrollo de los individuos, y lo hace mediante los procesos de aprendizaje, vinculación e interacción con el “mundo” del que tales individuos son parte, y que a la vez configuran .

Algunos párrafos finales para terminar nuestra argumentación. Nadie es consciente de la enorme cantidad de funciones bioquímicas que el hígado efectúa permanentemente, y así también ocurre con la función renal, cardíaca o pulmonar, como con el metabolismo de cada una de nuestras células. Ninguna persona percibe su vesícula biliar hasta que le duele. Por lo mismo, afirmar que lo que percibimos de nuestros órganos, es todo lo que ellos hacen, es imposible. Pues bien, a fines del siglo XIX, el psicoanálisis arrojó en el mundo la convicción de que la significación y el comportamiento humanos no son una propiedad exclusiva de la conciencia, es decir, que el cerebro opera de manera similar al resto de los órganos. Es ampliamente conocida la cantidad de violencia que esto provocó en los sectores más conservadores de la cultura, la religión y la ciencia, parecida a la que hubieron de soportar Galileo y Darwin. Hubo que esperar un siglo, para comprender lo obvio: que nuestro comportamiento tiene su fundamento en operaciones biológicas a las que no tenemos un acceso directo. Por ejemplo, las palabras que usamos y su significado, no están jamás como totalidad en la conciencia, y sin embargo aparecen y se recortan sobre los haberes totales de la lengua cuando es necesario. ¿Dónde está la palabra “terremoto” antes del temblor? ¿Cuándo aprendimos esa palabra y su significado? ¿Cómo podemos tenerla de manera implícita? ¿Cómo tenemos la habilidad de decirla? Pero además, ¿por qué me inunda el miedo si jamás he sufrido el menor rasguño en los innumerables movimientos telúricos que he sufrido en mi existencia? ¿Cómo lo aprendí?¿De dónde surge mi deseo de ser abrazado y cobijado? ¿De dónde mi impulso a proteger y abrazar a mis hijos? ¿Es la palabra muerte la que mueve todo eso? ¿Es la experiencia de la muerte que nunca he tenido? ¿O la he tenido? ¿Cómo puedo saber lo que no sé, o tener experiencia de lo jamás experimentado?

Las teorías evolucionarias tienen respuestas a estas preguntas, pero también las tiene el psicoanálisis, la tradición conductual congnitiva y, en alguna medida, las teorías sistémicas. Pero, esas respuestas no son las que yo me doy a mí mismo. Yo no digo que la palabra terremoto la encontré ya hecha al venir al mundo y la aprendí de los labios de mi madre junto con la emoción que desde su cerebro derecho modeló mi cerebro derecho. Tampoco digo que mi circuito límbico está filogenéticamente preparado para aprender temor frente ciertas claves del “mundo” y no a otras. Y menos, que mis neuronas aprenden, al ser estimuladas, mediante un mecanismo de liberación génica que produce las proteínas necesarias para generar nuevas sinapsis. Es decir, que aprendo cambiando la estructura de mi cerebro.
Lo que digo, simplemente, es que los terremotos son peligrosos y que, concordantemente, quiero proteger a mis hijos porque los amo.

Esa narración de sentido común me satisface. Vivo pleno de narraciones de este tipo, pues creo en mi libertad y en mi autonomía, y no me doy cuenta que, quien así habla, es sólo una parte de mí, y específicamente mi cerebro izquierdo, capaz de contar buenas fábulas a pedido de las circunstancias. Pero, quiero ser bien entendido: esta narrativa no es un ruido en el sistema, ni un fleco en el poncho, ni un epifenómeno irrelevante. Es tal vez la más notable adaptación evolutiva de nuestro cerebro de hombres contemporáneos, de la cual surge la cultura toda, incluyendo la religión y las ciencias.

Como se aprecia, si bien la biología del significado maneja nuestra experiencia de modo inconsciente, nosotros vivimos nuestras fábulas con entera naturalidad. Paul Valéry -nos dice Felix Schwartzmann- que hace casi un siglo consideró una “fábula” la idea de Universo, “acaso hoy preguntaría: ¿se intenta conocer la conciencia para conocer una fábula?” La encrucijada epistemológica que hoy nos sacude, nos ha despertado de la inocencia paradisíaca en la que vivíamos. Confieso que en mi vida cotidiana me cuesta mucho pensar que amo a mis hijas simplemente por un asunto de fitness, es decir, de asegurar la permanencia de mis genes en la población humana; del mismo modo me cuesta aceptar que alguna vez pude estar en lucha frontal con mi padre por el amor de mi madre. O, imaginar que la vida nos usa de manera implacable para disipar las gradientes energéticas del sol (la exergía). Tal vez este sea el problema más complejo del desarrollo de la biología en sus implicancias para la psiquiatría, pero también para la física y para todas las ciencias: nos ha mostrado la entrada a un mundo prohibido, a los secretos que gobiernan la vida, y con ello que gobiernan el punto de vista y el conocimiento. Por alguna razón, seguramente no distante de lo que estamos señalando, tal misterio y tales secretos fueron pensados en los albores de la cultura occidental como el fruto prohibido, aquel del árbol del conocimiento. Habiendo comido de él, fuimos arrojados del paraíso y nos vimos obligados a hacernos cargo de nosotros mismos. Usando un bello concepto de Heidegger, podríamos decir que estamos arrojados en la existencia, teniendo que hacernos cargo de nosotros mismos, aunque, nosotros mismos, no seamos el fundamento de nuestra existencia.


   
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