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Colección Educación, Filosofía y Mediación |
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Filosofía
Moderna
Una introducción sinóptica
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Roger Scruton
U N L I B R O M
A E S T R O
por Arturo Fontaine Talavera*
El libro Filosofía Moderna:
una introducción sinóptica de Roger Scruton, ha sido
acogido con inusual interés en el mundo de la filosofía
analítica. Se le ha comparado a la introducción a
los problemas filosóficos de Bertrand Russell. "Bien
escrito, confiable y a menudo iluminador. Sus explicaciones son
siempre sensatas y con frecuencia, excelentes... Notable capacidad
para comunicar la esencia específica de un pensador... Admirablemente
docto en la cobertura de los temas"... (The Times Literary
Supplement) Sus seiscientas veinticuatro páginas acaban de
aparecer en castellano editadas en Chile por Editorial Cuatro Vientos.
Su autor es una de las figuras intelectuales más polémicas
y originales de hoy.
Este es un libro maestro. No hay
nada hoy por hoy que pueda comparársele. Aquí está
la filosofía de nuestro tiempo. Sus preguntas, sus temas
y preocupaciones, sus diferentes modalidades, sus promesas y limitaciones,
sus logros y nobles fracasos, sus héroes y enemigos. La perspectiva
es la de un pensador de veras, erudito y a la vez apasionado.
Scruton ha escrito otros libros.
En algunos de ellos, su Estética de la arquitectura (1979)
y su Estética de la música (1998), por ejemplo, ha
planteado teorías propias y puesto en juego una cultura amplia
y honda. En la primera de ellas argumenta en contra del intento
de renunciar a la mirada estética y de sustituirla por un
puro cálculo funcional. Porque implícitamente la apelación
a la función funda una estética. "Lo que pretende
ser ëfuncionalí atrae precisamente porque es algo más
que eso, porque la funcionalidad está expresada en su apariencia".
Ocurre que buena parte de la arquitectura modernista parece funcional
sin serlo.
Para Scruton la perspectiva estética
con respecto a cómo habitamos es irrenunciable. Cualquier
estudiante que arregla su pieza introduce un orden, una intencionalidad
humana que tácitamente, al menos, presupone juicios estéticos.
Lo mismo pasa con la ropa. Lo estético siempre alude a un
estilo de vida. Porque "el ejercicio del gusto y la transformación
imaginativa de la experiencia son de hecho lo mismo".
En la segunda de estas obras, se
pregunta cuándo un sonido se vuelve música. Scruton
sugiere que al oír unos sonidos como música los relacionamos
unos con otros en una suerte de "campo de fuerza" musical.
Entran en juego otros sonidos actuales y posibles que se vinculan
a él. Cuando eso ocurre, ese sonido está siendo oído
como un tono. "El orden que oímos en la música
es... un orden de intención, en el cual una cosa sirve de
razón a otra". La música implica a la imaginación.
"Un tono no sólo hace surgir a su sucesor; crea las
condiciones que hacen del sucesor una respuesta correcta o apropiada
a él". Esas resonancias, órdenes y vinculaciones,
aunque lo presuponen, no pertenecen al mundo de la física
del sonido. Por eso podemos decir "esa música no la
entiendo" o "antes no; pero ahora sí me llega esta
música."
El intento de este pensador de versatilidad
renacentista (ha incursionado también en la novela, la composición
musical, la crítica literaria) es, en el fondo, de índole
humanista. La resistencia a los reduccionismos es una expresión
de confianza en la libertad humana. La forma de hacerlo no es oponerse,
por cierto, a la ciencia sino que mostrar que hay un mundo impenetrable
para ella. El reduccionismo cientificista, la tesis de la primacía
del punto de vista de la ciencia, no es una tesis científica;
es una tesis metafísica. Lo que ese enfoque deja fuera es
el mundo de la intencionalidad, de las razones y motivos, es decir,
de la vida tal como se nos da a los seres humanos. Además,
a menudo se basa en una concepción positivista de lo que
es la ciencia que difícilmente se sostiene al ser confrontada
con las prácticas de la ciencia real.
Sucede, por ejemplo, con la sexualidad.
"Lo que realmente somos desde un punto de vista científico",
escribe Scruton en Filosofía Moderna, "es precisamente
lo que no somos, y si algo lo muestra es el estudio del comportamiento
sexual. El deseo sexual es una respuesta al otro tal como es percibido,
no tal como es descrito anatómicamente." En Sexual Desire
(1986) sostiene que la caricia erótica es un "desvelamiento"
en el sentido de Heidegger. "Intenta llenar la superficie del
cuerpo de la otra persona con la conciencia del interés de
uno -interés no sólo en su cuerpo, sino que en ella
como encarnada, en su cuerpo como una parte integral de la identidad
de su yo". En la experiencia erótica hay una conciencia
de la otra persona como un foco de intenciones. Ella "está
alerta respecto de mí". Por eso el rostro tiene tanta
importancia. "Vemos la mirada de otra persona", dice Scruton,
"como una seña de su libertad". Y en otro sitio
ha escrito: "para nosotros una sonrisa es siempre más
que carne, aunque sea sólo carne."
Esta obras acerca de la arquitectura,
la música y la sexualidad son de extraordinario rigor y originalidad.
Por otro lado, Scruton es autor de numerosos ensayos. En Chile,
en la revista Estudios Públicos, han aparecido varios artículos
suyos: "La dificultad de la semiótica" (1984),
"La arquitectura de lo horizontal" (1984), "La actitud
conservadora" (1991), "La primera persona plural"
(1994)
Filosofía Moderna no es un
texto neutral
En Filosofía Moderna estamos
ante Roger Scruton, profesor de filosofía. Esta veta se encontraba
ya en Desde Descartes a Wittgenstein (1981); A Dictionary of Political
Thought (1982) y Kant (1982), pero aquí se despliega en pleno.
Se trata de un libro general, de una visión sinóptica.
La edición chilena de Editorial Cuatro Vientos es cuidada
y señala en las páginas de la derecha el número
del capítulo, lo que es muy útil. La edición
inglesa de Sinclair-Stevenson (1994) no da esta facilidad al lector.
Se agradece el índice de nombres, lo que no siempre tienen
nuestras ediciones. La traducción, tarea difícil tratándose
de un autor que combina precisión analítica y estilo
propio, me ha parecido en líneas generales adecuada. El prólogo
del profesor M. E. Orellana, que en Oxford fue alumno de Scruton,
es lo que se debe ser y rara vez es un prólogo: sólo
una invitación breve y tentadora.
Un texto introductorio como este,
está lleno de peligros. Decir demasiado poco o, al contrario,
demasiado. Resultar difícil o desfigurar la filosofía
por hacerla asequible. Su visión tal vez parezca injusta,
arbitraria. Más de alguien estimará que Scruton es
excesivamente opinante y categórico dada la naturaleza del
libro. Pero si la obra es impasible e imparcial puede terminar aburriendo.
Suele pasar con las enciclopedias.
Filosofía Moderna salva,
en gran parte, estos escollos. El lector alcanza en cada uno de
los temas a oír la melodía. A veces, incluso, habrá
ocasión de seguir sus variaciones sutiles y de ser testigo
de momentos de virtuosismo. Scruton pone al lector en contacto con
los argumentos mismos. Y los plantea con una lucidez y brevedad
casi desconcertantes. Vibra con ellos con esa juventud de espíritu
que caracteriza a los grandes profesores, que nunca dejan del todo
de ser alumnos. Por ejemplo, cuando se entusiasma exponiendo la
teoría de los nombres como designadores rígidos de
Kripke que contrasta con el nombre entendido como descripción
en Russell, en Searle, y su teoría de lo necesario a posteriori.
O cuando plantea la naturaleza de religión de Durkheim. O
en general cuando analiza a Wittgenstein, a Hegel, a Kant.
Sus rechazos son claros y sus polémicas,
apasionadas. Ocurre con Foucault, con Derrida. Este no es un libro
neutral. Todo lo contrario. Está lleno de juicios tajantes.
No siempre. Así, el capítulo sobre filosofía
de las matemáticas es expositivo, claro, sereno. El autor
termina, a su pesar, admitiendo que "todavía hay cierta
vida en el platonismo". Qué sean los números
sigue siendo una pregunta inquietante.
El lector se encontrará muchas
veces en completo desacuerdo con el autor. Pero sus argumentos nunca
dejarán de ser desafiantes y entretenidos. Al final hay toda
una sección de lecturas comentadas y apuntes de estudio.
Una guía valiosísima para quien quiera adentrarse
más en estos asuntos.
El logicismo y la teoría
del lenguaje de Frege, la prueba de la existencia de Dios de Plantinga
que recurre a la lógica modal, la visión del derecho
de Hart y de Dworkin, el construccionismo en la matemáticas
según Dummett, la ling¸ística de Saussure y
la semiótica estructuralista, la discusión acerca
de la justicia distributiva en Rawls y en Nozick, la cuestión
de los universales, el ser hacia la muerte de Heidegger, el demonio
de la duda escéptica que tentó a Descartes, la mano
invisible de Adam Smith, el espacio en las geometrías no
euclidianas, el mercado en Hayek, el significado de Peano en la
filosofía de las matemáticas, la libertad de Sartre,
el problema del determinismo, el contrato social en Hobbes, en Locke,
en Rousseau, en las teorías de la elección colectiva,
las paradojas de Zenón, del mentiroso, del infinito, el dilema
del prisionero, la intencionalidad en la sexualidad humana, el realismo
interno de Hilary Putnam, lo necesario, el "yo" en Fichte,
el concepto de persona a partir de Kant, el positivismo lógico
de Carnap, el utilitarismo y el consecuencialismo, la genealogía
de la moral en Nietzche y en Marx, el poder según Foucault,
el sentido diferido de Derrida, la ciencia en la filosofía
de Popper, de Hempel, las teorías de Quine, de Strawson...
Scruton es un pensador al que nada
humano le es ajeno. Consigue vincular, contrastar, discutir y entrelazar
pensadores de tradiciones, épocas y estilos disímiles.
La filosofía en virtud de su propia diversidad, aparece como
una misma, larga y absorbente conversación que se mantiene
viva a través de las generaciones.
Contra Rawls
De los muchos temas que aborda este
libro multifacético quisiera comentar uno: el papel de las
instituciones.
¿Contra qué escribe
Scruton? ¿A qué se opone?
Los adversarios son dos escuelas:
el liberalismo individualista fundacional y el liberacionismo.
El liberalismo individualista se
propone fundar las instituciones más básicas de la
sociedad desde cero a partir de individuos racionales, aislados,
sin historia, sin cultura, sin pertenencias ni tradiciones. Sería
el caso de Rawls en su Teoría de la justicia, y de los teóricos
de la decisión racional colectiva, por ejemplo. Para un liberal
de este tipo "todas las instituciones son el producto de decisiones
humanas, y estas opciones en sí mismas son la fuente de su
legitimidad." La objeción arranca de Hegel: "la
legitimidad surge precisamente del respeto que tiene el ser racional
hacia sí mismo y hacia sus semejantes como seres formados,
nutridos y amplificados por las instituciones." Es un error
"intentar fundamentar una visión de la sociedad basándose
en la sola idea de la elección racional," afirma Scruton.
Nuestra concepción de los
derechos y libertades constituye un conjunto de reglas que no se
pueden entender sino al interior de una tradición. Es un
espejismo imaginar la posibilidad de una fundamentación abstracta
de principios cuyo sentido sólo se capta sobre la base del
entramado de prácticas de una cultura. ¿Se ve cómo
Scruton compone un contrapunto con argumentos de Wittgenstein y
de Hegel? Esto es característico de su modo de pensar. Sin
embargo, ¿hasta dónde vale esta crítica contra
Rawls después de su último libro, Liberalismo Político?
Su crítica a John Rawls,
más que a los principios que deriva, se centra en el método
a través del cual los deriva. Y esto rige para toda la tradición
contractualista. Ese es el liberalismo que repudia Scruton. No cree
que sea posible fundar la legitimidad de las intituciones. Se inclina
por la posición de pensadores como David Humee, como Adam
Smith a los cuales nosotros llamaríamos, por cierto, liberales.
La legitimidad surge del consenso tácito que nutren "las
costumbres sancionadas por el tiempo, donde los ciudadanos escogen
libremente actuar de acuerdo a la tradición. Por supuesto
que esto huele a mano invisible,", afirma "y no es un
accidente que los defensores del libre mercado en el siglo XVIII
estuvieran también dispuestos a aceptar la idea de la legitimidad
basada en las costumbres".
Contra Foucault-Derrida
El "liberacionismo" según
Scruton ve a las instituciones establecidas sólo como máscaras
del poder. "Para Sartre y Foucault, las instituciones son intrínsecamente
sospechosas: son la fuente del poder social, constituyen los medios
a través de los cuales se reclutan los individuos libres
para objetivos que no son los propios". Se propone corroerlas
o destruirlas o al menos deslegitimarlas denunciando su naturaleza
espúrea. "El atractivo de la filosofía de Foucault
se debe en gran parte a su capacidad para redescribir como siniestra
estructura de poder lo que antes se consideraba una inofensiva reunión
de ciudadanos de pensamiento similar"... "Para el partidario
de la liberación, la experiencia de pertenecer (a una institución)
es inherentemente degradante: significa obedecer las reglas, jerarquías
y uniformes, dar valor a la obediencia y a la conformidad, alinea
a la gente entre sí y les da legitimidad a Ellos".
Esta liberación de los controles
y frenos del poder dará como resultado el florecimiento del
hombre nuevo: libre, pacífico, fraterno. Sería el
caso de Rousseau, de Marx, de Marcuse, de Foucault, de Derrida.
"La Voluntad General de Rousseau, el Pueblo de Robespierre,
la comuna de Marx, el fascio de los anarquistas italianos, el groupe
en fusion de Sartre: todos expresan la misma idea contradictoria
de una sociedad libre sin leyes ni instituciones, en la cual la
gente se agrupa espontáneamente en glóbulos afirmadores-de-la-vida,
a pesar de que hay siglos que prueban que los seres humanos no son
capaces de lograrlo." La meta es una sociedad "sin obediencia,
una "unidad en desobediencia", donde no se conocen "el
conflicto, la competencia y la subordinación."
Lo que tienen en común ambas
escuelas es la creencia en un "yo" separable de las instituciones.
Y Scruton piensa -y yo creo que con mucha razón- que Wittgenstein
proporcionó argumentos sólidos en contra de esa posibilidad.
Hay una veta conservadora en Wittgenstein que Scruton, un wittgensteniano
conservador, conoce bien. Wittgenstein en la interpretación
de Scruton apunta a considerar que los hechos últimos se
refieren a "contingencias de la condición humana",
es decir, a "costumbres, prácticas y formas de vida.
Estas deben ser tomadas como dadas. Y es a ellas a las que debiéramos
volver para contestar las preguntas últimas."
Pero ¿cómo puede decirse
que Derrida se basa en el sujeto cuando, justamente, afirma lo contrario?
Según Scruton el deconstruccionismo al poner en el mismo
plano cualquier interpretación de un texto lleva a la consecuencia
de que "ningún texto realmente dice nada, incluyendo
el texto que lo dice. La deconstrucción se deconstruye a
sí misma, y desaparece en su propio trasero, dejando sólo
unas sonrisa sin cuerpo y un leve olor a azufre." Y, continúa
Scruton, "nada de lo dicho resiste el menor escrutinio, pero
eso al deconstruccionista "no le no importa para nada. El partidario
de la deconstrucción acepta con satisfacción la refutación
de su propia filosofía, porque lo que a él le importa
no es la verdad de un enunciado, sino el interés que esta
promueve".
Más aún, al anular
cualquier diferencia jerárquica entre interpretaciones, el
deconstruccionista borra al otro y deja, malgré soi, a un
sujeto arbitrario y omnímodo como amo y señor. "La
destrucción del sentido es en realidad la destrucción
del otro". Este punto me parece clave. ¿Cómo
es posible desde enfoques como éste oponerse a los abusos
del poder? Por ejemplo, no parece posible leer el Informe Rettig
sin llegar a la conclusión de que en Chile hubo graves violaciones
a los derechos fundamentales que se extendieron sistemáticamente
por un largo período de tiempo, y fueron el resultado de
instituciones y procedimientos establecidos. Así, había
prisiones secretas en las que la tortura era una práctica
habitual y que variaban periódicamente de lugar para no ser
detectadas.
Pese a la indignación moral
que este texto nos produce a los lectores comunes, lo que presumiblemente
ha sido buscado por sus autores, un deconstruccionista podría,
sin embargo, deconstruir los testimonios en los que se basa y redescribir
los hechos de modo que resulten excusables. Es, simplemente, otra
interpretación. (El que esto no suceda se debe a que los
deconstruccionistas prefieren interpretaciones "políticamente
correctas"). En tal caso debiera surgir una discusión.
Es propio de un juicio ético el que intente valer también
para el otro. Si ello no ocurre hay que tratar de convencerlo. Pero
al cruzar nuestros argumentos, el deconstruccionista sabe que no
hay interpretaciones más válidas que otras. El intérprete
es el amo. La única regla es que no hay ninguna regla. Es
el reino del "libre juego de los significados" en el que
"toda interpretación es malinterpretación".
La idea de que el texto es expresión de otra persona, se
deja de lado por ingenua. Tu texto es mi pretexto. Nada más.
Y esto se hace patente en la práctica de gran parte de la
crítica literaria de esta escuela.
Pero además, como discípulo de Foucault, de Nietzche,
y un poco de Marx, el deconstructivista sabe que el juego de espadas
de nuestros discursos no es más que una lucha de intereses,
un choque de estrategias destinadas a conseguir poder.
El intento de tocar la realidad
con el lenguaje es una trampa. Aspirar a acercarse a la verdad es
como creer en el Viejo Pascuero. Salvo que lenguaje se refiera al
lenguaje, que el texto se ponga así mismo "en abismo",
en cuyo caso, inexplicablemente adquiere, parece, capacidad de referirse
a ello.
¿Qué sentido puede
tener la indignación moral ante la violación de un
derecho básico como el habeas corpus, por ejemplo, si las
instituciones no son sino disfraces de la voluntad de poder de los
poderosos? ¿Desde dónde, en virtud de qué principio,
puede condenarse un abuso de poder si toda norma y principio por
hipótesis es sólo una máscara del propio poder?
¿Qué sugiere Scruton
como alternativa a la visión de las instituciones como puro
poder?
De la alienación a las instituciones
y al significado de la vida
El drama de la vida comienza cuando
se desmorona el mundo "primitivo, inmediato unificado, sin
auto conciencia, inherentemente inestable, pero sin embargo en paz
consigo mismo". Después de esa pérdida quedamos
separados del hogar en un espacio que se ha vuelto ajeno. La alienación
para Hegel es un momento inevitable de la condición humana.
Esta situación de extrañamiento y escisión
radical es nuestro valle de lágrimas, dice Scruton. "La
conciencia se separa de sí misma y también de su objeto".
Superarla es una tarea. Sólo es posible si el espíritu
"inviste al mundo con la idea del otro". El "yo"
sólo se cae a su propio abismo.
Un camino para salir de la alienación
y alcanzar una "unidad restaurada" es el sentido de pertenencia
que otorgan las instituciones. El razonamiento de raíz hegeliana
ensambla con el de Durkheim. La sensación de alienación
brota de la pérdida de las pertenencias ancestrales, las
de la tribu, por ejemplo. El culto religioso equivale a una forma
de restauración del hogar perdido. "La religión",
dice Scruton, "es la afirmación de la primera persona
plural".
La experiencia de ser miembros de
una familia, de una sociedad, de un estado es central. De ella surge
nuestra visión de nosotros mismos como personas, es decir,
como capaces de actuar por razones o intenciones, como seres con
derechos que debemos respetar. Las asociaciones voluntarias y las
pertenencias juegan un papel insustituible. Sin ellas "no se
puede establecer la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo".
(Echo de menos en esta justificación de las instituciones
una discusión de las ideas de Gehlen, cuya visión
parece cercana a la de Scruton).
"Nacemos, nos reproducimos
y morimos", sostiene Scruton, "y sólo a través
de nuestra pertenencia a comunidades es que pueden aceptarse estos
episodios cruciales, en los que se revela nuestra condición.
Y de este acto de aceptación brota nuestra sensación
del significado de la vida".
Es una ilusión creer que
el acceso privilegiado a ciertos estados mentales que nos permite
la primera persona autoricen a imaginar el yo desconectado de lo
público. Efectivamente hay ciertas oraciones en primera persona
inmunes al error: el cogito de Descartes; "me duele" ,
de Wittgenstein. Pero esa inmunidad sólo es posible porque
hay un lenguaje común. Los argumentos de Wittgenstein apuntan
a mostrar, justamente, que no existe tal cosa como un lenguaje privado.
Un escritor intuye de cerca lo que
es esto. Su lucha es llegar a tocar la intimidad de un yo con la
lengua pública. El escritor no crea el lenguaje. Trata, más
bien, de darle un sello personal, de descubrir sus posibilidades
para aludir a lo subjetivo, a veces a lo más privado e idiosincrático,
de explorar sus límites y sugerir desde de allí, quizás,
un más allá. Pero no puede saltar fuera del lenguaje.
En tal sentido se puede hablar de
"la construcción social del yo". Escribe Scruton:
"El punto de vista subjetivo, que encontramos en la experiencia
estética o religiosa, no consiste en retirarse de los otros,
al contrario, sino en la búsqueda de una comunidad en la
que de verdad estemos en comunión".
Para Scruton la "tendencia
de la mente a extenderse sobre los objetos", para usar la expresión
de Hume, es una manera de "buscar el hogar. Y el hogar es donde
están los amigos. Es lo que ocurre con la risa, esa "gloria
súbita" como la llamó Hobbes. "Cuando estallo
de risa" dice Scruton, "no sólo yo cambio; el mundo
cambia conmigo".
* Arturo Fontaine |