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Colección Educación, Filosofía y Mediación |
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Filosofía
Moderna
Una introducción sinóptica
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Roger Scruton
prólogo a la edición en español de ME Orellana
Benado
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I D E N T I D A D, F
I L O S O F I A Y T R A D I C I O N E S
In memoriam
Ezequiel de Olaso,
príncipe de la amistad.
1. ¿Identidad o identidades?
Desde lo que corrientemente se considera
su principio, esto es, desde la Grecia clásica de Parménides,
Heráclito, Platón y Aristóteles, hasta Gottlob
Frege, W.V. Quine, P.F. Strawson, David Wiggins, Saul Kripke y Derek
Parfit en la tradición analítica del siglo XX, la
identidad ha sido tema de reflexión para la filosofía.
La identidad de los distintos tipos de cosas acerca de las cuales
hablamos presenta múltiples dilemas. Unas consideraciones
son aducidas a favor y otras en contra de tal o cual posición
respecto de cuándo tenemos derecho a afirmar que una cosa
es la misma cosa que otra, esto es, que es idéntica a ella.
Y, por lo menos en apariencia, ¡hay tantos tipos distintos
de cosas! Entre ellos, para aclarar nuestras ideas, puede destacarse
a los objetos materiales (digamos, un barco o un cuchillo); los
objetos abstractos (por ejemplo, el número 5); los objetos
de ficción (Dulcinea del Toboso o Hamlet, príncipe
de Dinamarca); amén de los objetos que son también
sujetos (como las personas), o los que son sociales (como las instituciones)
o, por terminar alguna vez con la enumeración, los que son
o fueron históricos (como el pueblo judío y el mapuche
o los "pelucones" de la independencia chilena y la masonería
iberoamericana decimonónica). De suerte que los dilemas se
multiplican y aseguran que, al menos en ese sentido, en la irónica
frase de Donald Davidson, "los filósofos no se quedarán
sin trabajo".
Ya los griegos se preguntaron hasta
cuándo puede afirmarse que un barco en el cual, durante siglos,
unas tablas van reemplazando a otras, sigue siendo el mismo barco.
Pocos serán tan estrictos como para sostener que apenas una
sola madera ha sido cambiada, ya no se trata del mismo barco. Bajo
la inspiración de esta línea de raciocinio, pudiera
parecer razonable concluir que tendremos un barco idéntico
al original sin importar cuántas tablas se hayan cambiado,
siempre y cuando, digamos, el cambio haya sido lento y gradual.
Sin embargo, ¿en qué sentido podríamos seguir
hablando de el mismo barco si hasta la última tabla original
ha sido reemplazada y dicho reemplazo ocurrió hace siglos?
De sostener eso, ¿no quedaremos tan expuestos al ridículo
como quien dice "Este cuchillo ha estado en uso durante 10
generaciones en mi familia; unas veces, cuando se ha gastado, se
ha reemplazado la hoja y otras, cuando ha cambiado la moda, el mango"?
Artefactos como los barcos y los
cuchillos son productos del esfuerzo humano que carecen de la capacidad
de modificarse a sí mismos. Pero hay otras clases de cosas
y algunas de ellas poseen una naturaleza tal que pueden cambiar,
incluso cambiar bastante, y seguir siendo los mismos individuos.
Tal es el caso, según Aristóteles, con los animales
que, entre su nacimiento y su muerte, sobreviven profundas modificaciones
que, muchas veces, incluyen el reemplazo de toda o casi toda la
materia de la cual están compuestos sus cuerpos (como ocurre,
sin ir más lejos, con incontables seres humanos). Pero también
aquí hay límites a los cambios que, en rigor, son
imaginables. Cuando alguien le manifestó a Leibniz que él
hubiera preferido, en vez de ser el que era, ser el emperador de
la China, el filósofo le dijo que eso era equivalente a desear
que él nunca hubiera existido y que sí existiera un
emperador en la China.
Con la identidad de las instituciones,
como una universidad o una corte de justicia, también emergen
dudas y dilemas, como ilustra gráficamente el siguiente caso.
Poco después del golpe de Estado del 11 de septiembre de
1973 en Chile, la prensa sobreviviente informó que el pleno
de la Corte Suprema había recibido a la Junta de Gobierno
formada aquel día por cuatro uniformados de alta graduación.
Pero, en una concepción formal de lo jurídico, en
sentido estricto, ¿era eso posible? La Constitución
chilena de 1925 prohibía a las Fuerzas Armadas rebelarse
en contra del poder ejecutivo, lo cual manifiestamente había
ocurrido y con singular éxito. El jefe del ejecutivo se había
suicidado; sus ministros estaban prófugos o prisioneros;
y la Junta de Gobierno había declarado al poder legislativo
"en receso". ¿Acaso los jueces, que hasta el 11
de septiembre de 1973 legítimamente integraban la Corte Suprema,
no repararon en que al desaparecer el estado de derecho fundado
en la Constitución de 1925, la Corte Suprema misma también
había desaparecido? ¿Cómo hubieran podido justificar
sus señorías su creencia que el poder judicial había
sobrevivido incólume a la desaparición de los otros
dos poderes del Estado, que era idéntico con (esto es, una
y la misma cosa que) la institución existente antes de dicha
rebelión?
Pues bien, con argumentaciones inspiradas
en cierta concepción histórica de las instituciones
republicanas chilenas. Porque, en una visión hispanófila
de tipo romántico, todas ellas no son sino las instituciones
del imperio español en América con nombres nuevos.
Así, en este caso, la Corte Suprema era la misma cosa que
(esto es, idéntica con) la Real Audiencia, el máximo
tribunal de Chile durante el período colonial. Y, visto de
esa manera, si creían que con el mero cambio de nombre a
"Corte Suprema", la Real Audiencia había sobrevivido
a la Independencia, al quiebre del 18 de septiembre de 1810 con
el régimen imperial español, sus señorías
bien hubieran podido creer también que su institución
había sobrevivido al 11 de septiembre de 1973. Constitucionalmente,
esta última fecha representa un cambio menor, tan solo una
ruptura más de la variante liberal y presidencialista del
régimen republicano.
2. La estrategia argumentativa
Los ejemplos anteriores ilustran
los dilemas acerca de la identidad que han ocupado a los filósofos
por siglos y la clase de deliberaciones a las que dan lugar. Son,
por así decirlo, los primeros trazos en un bosquejo de la
tradición analítica en la filosofía contemporánea,
a la cual pertenecen tanto el profesor Roger Scruton como su obra
Filosofía Moderna: Una Introducción Sinóptica.
Pero, además, estos ejemplos cumplen otras dos funciones.
En primer lugar, insinúan que, al contrario de lo que suponen
las incontables víctimas del analfabetismo filosófico,
muchas deliberaciones filosóficas están relacionadas
con la vida económica, legal y política de las sociedades,
aquello que con ingenuidad conmovedora tales personas llaman "el
mundo real". Y, en segundo lugar, estos ejemplos anticipan
cuán peliagudo dilema genera la pregunta por la identidad
cuando su foco lo ocupa la filosofía misma. Este es
un problema general respecto del cual algo se dice en las secciones
tercera y cuarta del presente prólogo. A continuación,
se evalúa la presentación que el profesor Scruton
hace de la identidad de la filosofía analítica en
términos de la filosofía "tal como se la enseña
en las universidades de habla inglesa". Finalmente, se bosqueja
una opción metafilosófica distinta, que la entiende
como una tradición filosófica, en un análisis
que distingue en dicho término teórico tres componentes:
la concepción, la institución y la política
de la filosofía. Pero esos asuntos más específicos
deberán esperar hasta la quinta y última parte de
este prólogo.
3. Religiones, "filosofías"
orientales y filosofía occidental
¿Hay solo una filosofía?
¿Es ella toda un solo gran río, un Amazonas, de cuyo
caudal las distintas filosofías son solo tributarias? O,
más bien, ¿se trata de distintos grandes ríos,
un Amazonas, un Ganges, un Mississippi, un Nilo y un Yangtze, que
nacen en lugares y tiempos distintos para desembocar en lugares
y tiempos distintos? Mínimamente, ¿son la filosofía
occidental y la filosofía oriental simples variantes de una
misma disciplina, dos brazos de un mismo río, la filosofía
o, por el contrario, son ellas dos cosas distintas que, la metáfora
es de Wittgenstein, ni siquiera comparten un parecido de familia?
La primera de estas opciones requiere, desde luego, explicitar cuál
es el denominador común para cuerpos, al menos en apariencia,
tan distintos como la filosofía oriental y la filosofía
occidental. A primera vista, pudiera parecer fácil encontrarlo.
¿Acaso no comparte la filosofía occidental con la
oriental la ambición de proveer una visión global
del mundo en el cual surge la experiencia humana y, en sus términos,
derivar recomendaciones que orienten nuestra conducta? Pero, aunque
tentadora, no debemos aceptar esta opción porque, en sus
términos, la filosofía se vuelve la misma cosa que
la religión. Porque la búsqueda de tales visiones
globales y de recomendaciones orientadoras de la conducta es una
meta que la filosofía comparte con las religiones. Quien
reconoce como "filosofías" a las visiones y las
recomendaciones de textos orientales clásicos, como la Bhagavad
Gita, tiene que hacer lo mismo con las visiones y recomendaciones
de la Ilíada y de la Odisea, para no decir nada de aquellas
contenidas en los cinco libros de la Tora mosaica, los libros de
los profetas y los de las escrituras (conjunto de textos más
conocido como Antiguo Testamento, el nombre que le dieron los cristianos),
en el Nuevo Testamento o en el Corán. Si la mencionada ambición
fuera el denominador común a las filosofías occidental
y oriental, entonces también la religión (incluida
la "mitología", denominación que algunos
prefieren para religiones distintas de la suya) sería filosofía.
Pagar ese precio por la unificación de la filosofía
occidental con la oriental es excesivo. Tradicionalmente, se ha
favorecido la opción opuesta. A saber, sostener que la filosofía
como tal comienza a existir solo cuando el mundo griego rompe con
lo que algunos llaman "el mito" (esto es, con la religión
helénica). Las mitologías, entonces, extraen visiones
globales de la tradición oral, de textos y de pronunciamientos
de agoreros, pitonisas y profetas cuya autoridad tiene carácter
sagrado. Pero la filosofía, por el contrario, típicamente,
pone en tela de juicio la autoridad misma de las distintas fuentes
(la religión, la experiencia sensorial, la ciencia o el sentido
común). Ella privilegia, en cambio, a la argumentación
racional, aquello que desde una metafilosofía pluralista
puede ser descrito como un espacio argumentativo de encuentro y
diálogo que procede absteniéndose de descalificar
y de sacralizar a quienes presentan, analizan y evalúan distintas
visiones globales así como las respuestas que cada una de
ellas ofrece a preguntas específicas.
La filosofía, entonces, comenzaría
allí donde la mitología termina o, en términos
más exactos y respetuosos, donde las religiones terminan.
Más tarde tendremos ocasión de mencionar la idea opuesta,
asociada con el Círculo de Viena, según la cual la
filosofía comienza allí donde termina la ciencia.
Así, al peso de las ambiciones y de sus productos, hay que
contraponer el peso de los métodos propios de la filosofía.
Procediendo de esta manera se evita el riesgo de identificar a la
filosofía con la religión. Pero tal estrategia tiene,
también, su costo argumentativo. Entendido de esta manera
el asunto, hablar de la "filosofía occidental"
sería, en el mejor de los casos, un pleonasmo. Porque la
única filosofía que hay, según esta manera
de ver el asunto, es la occidental, aquella que comienza en la Grecia
clásica. Tal posición, desde luego, no niega el potencial
filosófico de los distintos textos sagrados. Pero lo elabora
solo en términos del debate racional (ejemplo señero
de esta posibilidad es, desde luego, la tradición tomista).
Ahora bien, aun si se acepta un entendimiento argumentativo de qué
sea la filosofía así como la restricción adicional
de circunscribir la atención al campo occidental, reaparecen
las dificultades.
¿Qué tienen en común
que permita considerarlas la misma cosa, esto es, idénticas
en tanto filosofía occidental, el idealismo platónico
y el realismo aristotélico; el platonismo cristiano de Agustín
de Hipona, el aristotelianismo mosaico de Moshe ben Maimón
(más conocido como Maimónides, la versión helenizada
de su nombre) y aquel de Tomás de Aquino; los empirismos
de Maquiavelo, Bacon, Locke, Berkeley y Hume y los racionalismos
de Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz; el idealismo trascendental
de Kant y el dialéctico propuesto por Hegel; el existencialismo
voluntarista de Schopenhauer, nihilista de Nietzsche, vitalista
de Ortega, fenomenológico en Husserl, ontologista de Heidegger
y nauseabundo de Sartre; las filosofías de la ciencia de
raigambre materialista dialéctica de Marx, positivista reformista
en Comte, verificacionista del Círculo de Viena, falsacionista
de Popper, naturalizada en Quine, relativista con Kuhn y la anarquista
de Feyerabend; el pluralismo valorativo de Berlin; las filosofías
del lenguaje como acción en Austin y Searle o como deconstrucción
en Derrida; y, por terminar en alguna parte, la metafísica
descriptiva de Strawson? En la quinta sección se sugerirá
un marco metafilosófico que permite responder a esta pregunta.
4. Tres caricaturas inspiradas
en la historia de la filosofía
La historia de la filosofía
ha sido presentada de maneras distintas pero igualmente magistrales
en múltiples obras que son de fácil acceso. Para la
tarea del presente prólogo, por lo tanto, basta con distinguir
tres momentos en dicho desarrollo y hacer caricaturas de cada uno
de ellos que, sin ser retratos acabados con pretensiones de realismo,
permitan sí evocar y reconocer el modelo que inspira a cada
una. Estos tres momentos son los sucesivos encuentros de la filosofía
que nació en Grecia con el monoteísmo judeocristiano;
luego con culturas más allá de la Europa cristiana,
de los cuales el descubrimiento del Nuevo Mundo servirá aquí
de emblemático; y, finalmente, con la ciencia moderna y,
en particular, entre fines del siglo XIX y principios del siglo
XX, con la nueva lógica, circunstancia en la cual fue concebida
la filosofía analítica.
La caricatura del primer momento
contrasta dos visiones globales. Una de ellas, llevada a cabo por
Agustín de Hipona en su Ciudad de Dios, sintetiza el monoteísmo
judeocristiano y la filosofía de Platón; el mérito
del conocimiento está restringido al seguimiento de la ley
divina: conocer para obedecer. La otra, en clave mosaica y luego
en clave cristiana, hace lo propio con Aristóteles. La versión
mosaica se debe a Maimónides en su Guía de Perplejos,
mientras que la versión cristiana fue completada casi un
siglo más tarde, por el doctor angelical, Tomás de
Aquino, en su monumental Suma de Teología.
Aquí el conocimiento empírico
se justifica porque lleva a una admiración mayor por el autor
del mundo: conocer para entender. En esa visión global, el
mundo fue creado de la nada por un Único D"s, omnipotente,
omnisciente, justo y misericordioso. Él es, hablando ya en
el vocabulario aristotélico de la metafísica tomista,
una substancia y tres personas; la causa última de la existencia
del mundo; el motor inmóvil del cual surgen las leyes que
rigen tanto los movimientos de las substancias en el mundo físico
como aquellas que deben guiar a las substancias cuya forma es la
racionalidad, los seres humanos, en la configuración libre
del mundo moral. Tal es, por lo menos, parte del sentido de la plegaria
del padrenuestro, "Hágase tu voluntad así en
la Tierra como en el cielo".
En la caricatura del segundo momento
en el desarrollo de la filosofía occidental, el encuentro
con el Nuevo Mundo tiene un carácter emblemático.
Este descubrimiento geográfico, un hallazgo de la experiencia,
termina erosionando la autoridad del texto sagrado, quitándole
entre otras cosas, efectividad política, de manera tan drástica,
rápida y, en apariencia al menos, tan definitiva como difícil
de reconstituir, medio milenio más tarde. Ahí había
estado siempre un mundo entero, el Nuevo Mundo, poblado por millones
de seres; un imperio cuya capital, Tenochtitlán, como informa
un alucinado Hernán Cortés al rey de España,
era más grande que Sevilla, entonces la principal ciudad
española. Y la Biblia en lugar alguno menciona ni al mundo
nuevo ni a sus habitantes. ¿Cómo explicar esto?
El aristocrático escepticismo
del medio-judío Michel Eyquem Lopes, cuyo padre comprara
el título de señor de Montaigne, refleja el impacto
de ese encuentro. Al desnudo queda la inhumanidad de las guerras
justificadas por divergencias teológicas y filosóficas
en la interpretación bíblica. Cambia la evaluación
de las matanzas de los indefensos seguidores de Moisés que,
en su camino de ida y de regreso a Tierra Santa, perpetraron los
cruzados; de sus batallas contra los seguidores de Muhamad; y de
los feroces conflictos entre católicos y protestantes en
Alemania, Escocia, España, Francia, Holanda, Inglaterra y
Suiza, en los cuales, con entusiasmo, los seguidores de Jesús
se asesinan unos a otros invocando su nombre. De ser consideradas
santas, ellas pasan a ser descritas como sangrientas.
Al socavamiento de la visión
global tomista causado por el cisma de la Cristiandad europea, la
Reforma encabezada por Lutero contra la Iglesia Romana, se suma
la creciente aceptación entre los eclesiásticos especializados
en asuntos astronómicos (encabezados por el canónigo
de Frauenburgo, Nicolás Copérnico) de la hipótesis
heliocéntrica. Dicha hipótesis contradecía
a la cosmología cristiana, la cual siguiendo a Aristóteles,
ubicaba a la Tierra en la región que, en sus términos,
era la más deleznable (y la más alejada del Único
D"s): un resumidero de pesada materia, en torno al cual giran,
con mayor velocidad, esferas más sutiles, más espirituales.
He aquí una ironía en la historia de las ideas religiosas
y políticas: las investigaciones astronómicas que
avalaron la hipótesis heliocéntrica surgieron de la
exigencia papal por un calendario exacto que permitiera la correcta
celebración de las fiestas cristianas. La ciencia mordió
la mano que la alimentaba.
A pesar de oponerse a la visión
global tomista entonces hegemónica, la hipótesis heliocéntrica
se impuso entre quienes buscaban la mejor explicación de
las observaciones astronómicas recolectadas durante la alta
edad media. Hacia fines del segundo momento en el desarrollo de
la filosofía occidental, la conjunción de éstos
y otros factores hace que, para el amplio rango de fenómenos
que van de la política a la física, la experiencia
y la observación comiencen a presentarse como las verdaderas
fuentes del conocimiento. Obras tan disímiles en otros sentidos,
pero tan parecidas en su inspiración empirista, como lo son
El Príncipe de Maquiavelo y La Gran Restauración de
Bacon, ilustran este cambio. Conocer es poder, esto es, dominar.
El impacto con la ciencia moderna
caracteriza al tercer momento de la filosofía occidental.
Ya en el siglo XVII, éste ha afectado profundamente la manera
cómo los filósofos conciben su disciplina. En su Ensayo
sobre el Entendimiento Humano de 1690, John Locke describe su tarea,
la tarea del filósofo, en términos de aquella de un
mero peón, al cual solo corresponde limpiar el camino por
el cual pasan, en su marcha triunfal, los grandes del conocimiento,
los científicos modernos, encabezados por el "incomparable
Mr. Newton". En el siglo XVIII, David Hume describe el
propósito de su Tratado de Naturaleza Humana como la "introducción
del método experimental en las ciencias morales". En
las primeras décadas del siglo XIX, Comte articula esta visión
global en un sistema según el cual la ciencia es la fuente
última de todo el conocimiento que genuinamente merece ese
nombre: el positivismo.
Las ciencias todas, según
una ley de Comte, pasarán por tres estadios sucesivos: teológico,
metafísico y positivo. En el estadio teológico, dado
un fenómeno, el conocimiento consiste en el intento de responder
a la pregunta "¿Quién?". Se busca quién
es responsable del fenómeno, quién lo gobierna: si
acaso, las ánimas (en la etapa animista), los dioses (en
la etapa politeísta) o, finalmente, el Único D"s
(en la etapa monoteísta). En el estadio metafísico,
dado un fenómeno, se pregunta "¿Por qué?".
Como respuesta se busca ahora, no un Único D"s, sino
una causa. En el estadio positivo, el definitivo, la ciencia adquiere
por vez primera su carácter de tal. Dado un fenómeno,
solo pregunta "¿Cómo?"; a saber, cómo
se relacionan las cantidades positivas, observables y medibles en
dicho fenómeno (de ahí "positivismo", el
nombre de la doctrina de Comte), esto es, bajo qué leyes.
En la fórmula positivista, repetida aún en tantas
partes, "La ciencia no pregunta por qué; solo pregunta
cómo".
Según Comte, la física
ha sido la primera ciencia en alcanzar el estadio positivo, pero,
a su debido tiempo, lo harán también las demás,
química, biología, psicología, cada una con
sus leyes propias, hasta llegar a la "física social",
la ciencia que él bautizó con el nombre de "sociología".
Para la élite intelectual laica, asociada con la Ilustración
y la Encyclopédie, que floreció mientras caían
decapitadas las testas coronadas del absolutismo, la ciencia moderna
se ha convertido en la fuente última de su visión
global, aquella del positivismo. Pero la ciencia moderna no es nada
sin la matemática, sin la capacidad de contar y medir lo
que se observa. Por lo tanto, faltaba para completar la bóveda
positivista una última piedra: la validación filosófica
de la matemática. Así se terminaría el templo
en el cual se veneraría a la Religión de la Humanidad
propuesta por Comte y todo sería, en el lema del positivismo
que recoge la bandera del Brasil, "Orden y Progreso".
En la segunda mitad del siglo XIX,
los matemáticos habían logrado reconstruir, a partir
de los números naturales y las operaciones aritméticas
elementales, el cálculo y el álgebra. Pero la base
del edificio, los números, estaba rodeada aún de un
aire de misterio. Dos preguntas básicas requerían
respuesta: "¿Qué son los números?"
y, por otra parte, "¿Qué es la verdad aritmética?".
Este es el escenario en el cual hace su aparición Gottlob
Frege (1848-1925), lógico y filósofo, quien es corrientemente
considerado, en la metáfora estadounidense, el primer padre
fundador de la tradición analítica. Buscando un sistema
que permitiera garantizar la validez de las pruebas matemáticas
en términos de las cuales formularía sus respuestas
a esas dos preguntas, Frege inventó una nueva lógica,
basada en cuantificadores y variables, que presentó en su
Begriffsschrift (1879). Este logro de Frege es de tal envergadura
que solo cabe compararlo al de Aristóteles cuando inventó
el silogismo, el sistema con el cual comienza el estudio formal
del razonamiento humano, tres siglos antes de la era cristiana.
Entre otras consecuencias, su impacto causó la "revolución"
filosófica con la cual, en el siglo XX, comienza la tradición
analítica.
5. La tradición analítica
en la filosofía del siglo XX
El profesor Scruton dice que el
propósito de su notable, oportuno y documentado libro es
familiarizar al lector con la disciplina "tal como se la enseña
en las universidades de habla inglesa". Si bien él reconoce
que, a veces, adjetivos como "analítica" son usados
para describir ese tipo de filosofía, su preferencia es no
hablar de "filosofía analítica" porque dicha
etiqueta, erróneamente, sugeriría que existe "un
grado mayor de unidad de método" entre quienes practican
ese tipo de filosofía que aquel que se da en la realidad.
En un momento volveremos sobre esta justificación. Porque
corresponde primero destacar cuán desafortunada es la manera
en la cual el profesor Scruton presenta el tipo de filosofía
tratada en Filosofía Moderna: Una Introducción Sinóptica.
Veremos tres razones que respaldan
este juicio, para luego sugerir otra opción que permite completar
adecuadamente el presente bosquejo de la filosofía analítica
y el contexto en el cual ella surge. Antes de hacerlo, sin embargo,
corresponde precisar y destacar que la objeción de marras
no afecta el contenido de la obra de Scruton, sino solo la manera
en la cual él lo presenta. Si bien este asunto es menor,
corresponde al prólogo aclararlo para así proteger
a la obra de Scruton de malentendidos y objeciones que pudieran
levantarse sobre tal base. Para una traducción al castellano
de América, contexto en el cual la tradición analítica
está, la metáfora es de Goodman, menos atrincherada
que en otras regiones del mundo, tal peligro es real.
La primera razón para calificar
de desafortunada la descripción del profesor Scruton es su
excesivo insularismo. Fuera de Gran Bretaña, en muchas universidades
"de habla inglesa" se enseña la disciplina de otras
maneras, que son distintas a la que cultiva Scruton; por dar algunos
ejemplos, a la manera existencialista, fenomenológica, hermenéutica,
pragmática, marxiana y tomista. El segundo reparo es el anacronismo
de su descripción. Aun si, pasando por alto a las universidades
de Viena (donde enseñó Schlick) y de Berlín
(donde enseñó Reichenbach), se concediera que alguna
vez la filosofía con la cual trata su libro se enseñó
y se practicó exclusivamente en "universidades de habla
inglesa" (digamos, en Cambridge, Harvard y Oxford), no es menos
cierto que en el último tercio del siglo XX, esa manera de
hacer filosofía fue cultivada con creciente vigor en universidades
que no eran "de habla inglesa" sino de habla alemana,
castellana, catalana, finlandesa, hebrea, holandesa, portuguesa
y, por interrumpir un listado que podría seguir, sueca y
vasca.
Tal vez, como el profesor Scruton
teme, hablar de "filosofía analítica" a
secas pudiera sugerir que entre quienes la practicaron en, digamos,
el último tercio del siglo XX, existió "un grado
mayor de unidad de método" que aquel que se dio en la
realidad. Y eso, como correctamente él sostiene, es falso.
Pero la restricción temporal de la tesis es indispensable.
Ciertamente Russell, el autor de la expresión "análisis
filosófico", sí cree que la nueva lógica
de cuantificadores y variables es el método definitivo para
resolver los dilemas filosóficos. Y no pocos de sus seguidores
durante, digamos, el primer tercio del siglo XX, también
lo creyeron. Ahora bien, una cosa es que los primeros filósofos
analíticos hayan creído tener "unidad de método".
Y otra cosa, muy distinta, es que los filósofos analíticos
posteriores hayan rechazado esa creencia.
En todo caso, hay maneras de evitar
el peligro que le preocupa a Scruton sin describir su manera de
hacer filosofía por referencia al "habla inglesa".
Una de ellas consiste, en los términos que a continuación
se explicitan, en usar "filosofía analítica"
como una abreviatura de la tradición analítica en
filosofía o, si se prefiere, la tradición de la filosofía
analítica. Irónicamente, un filósofo como Scruton,
cuya reputación se asocia con un talante conservador, ha
pasado por alto, precisamente, el potencial del concepto de tradición
para resolver este problema. Es en este sentido que el tercer y
último reparo a su decisión de no hablar de "filosofía
analítica" es su insuficiente conservadurismo.
Ahora bien, ¿qué debemos
entender por una tradición filosófica? Esta es una
pregunta compleja, que no corresponde a este prólogo responder
de manera acabada. Para los propósitos presentes, es suficiente
con dar solo el primer paso. Se trata de un marco teórico
que distingue entre la concepción de la filosofía,
la institución de la filosofía y, finalmente, la política
de la filosofía, tres componentes del término tradición
filosófica. El primer componente, entonces, dice relación
con cuáles se considera que son las ambiciones, preguntas,
métodos, respuestas y divisiones temáticas de la filosofía.
El segundo componente recoge, por lo menos, los autores y textos
considerados canónicos por grupos de filósofos que,
más allá de sus diferencias respecto de la concepción
de la filosofía a la cual suscriben, integran una y la misma
red de formación, producción y difusión. El
tercer componente identifica las relaciones que una institución
de la filosofía dada tiene con otros dominios de práctica
tales como el arte, la ciencia, la literatura, la economía
y la política, contextos en los cuales los seres humanos
también luchan por el poder en una disputa que, según
el lapidario juicio de Hobbes, cesa solo con la muerte.
Mientras el primer componente apunta
a la dimensión conceptual o ideal de la disciplina (aquello
que, corrientemente, acapara la atención cuando se habla
de filosofía: sus esperanzas y sus productos), el segundo
apunta a su dimensión concreta, como dirían tradiciones
filosóficas distintas de la analítica, a su manera
de estar-en-el-mundo o a su encarnación en "el mundo
real". Este segundo componente del término tradición
filosófica individualiza a quienes practican una determinada
filosofía, los seres humanos reales y concretos que son los
filósofos, como certeramente insistía Unamuno; individualiza
los textos que los inspiran; identifica concatenaciones formativas
de maestros y discípulos: sus centros de estudio, las revistas
en las cuales publican sus resultados y las jornadas, seminarios
y congresos en que los debaten. La condición mínima
para hablar de una tradición filosófica, entonces,
es que a lo largo del tiempo resulte explicativamente provechoso
asociar con ella más de una concepción de la filosofía
(ya sea por diferencias respecto de las ambiciones o las preguntas
o los métodos), pero a lo más una institución
de la filosofía "real y concreta".
Antes de abandonar estas consideraciones
abstractas, vale la pena destacar una consecuencia de ellas. La
"condición mínima" para hablar de una tradición
filosófica impone la restricción según la cual
solo podemos hacerlo de manera retrospectiva. Frege, Russell, Moore
y Wittgenstein, por ejemplo, nunca supieron que eran "filósofos
analíticos". Una reflexión completa sobre esta
consecuencia cae más allá del presente prólogo
porque nos llevaría a temas metafilosóficos cuya relevancia
al asunto en cuestión es tangencial. En todo caso, esta consecuencia
es menos sorprendente de lo que pudiera pensarse inicialmente. Tampoco
Aristóteles supo nunca que era un filósofo "clásico";
ni Tomás de Aquino que era un "medieval"; ni Descartes
que era un "moderno". El entendimiento histórico,
incluido aquel de la filosofía, es retrospectivo; en la seductora
imagen de Hegel: el búho de Minerva emprende el vuelo al
atardecer.
Apliquemos ahora este marco teórico
al caso de la "filosofía analítica". Hablar
de una tradición analítica, entonces, requiere que
pueda asociarse con dicho término más de una concepción
de la filosofía. Y la tradición analítica satisface
esta condición. Ya durante su período fundacional,
contrastan en ella una concepción impresionada por el positivismo
y el lenguaje científico y otra, inspirada en el sentido
común y el lenguaje ordinario. La ambición de la primera,
la concepción cientificista, puede ser descrita en términos
de mostrar la continuidad de la filosofía con la visión
global que promueve la ciencia moderna; en la metáfora de
Goodman, el científico maneja el negocio mientras el filósofo
lleva la contabilidad. Sus preguntas dicen relación con la
evaluación filosófica del desarrollo de la ciencia
moderna y los modelos con los cuales éste puede ser entendido.
El método asociado a la concepción cientificista es
un análisis conceptual que imita las definiciones, construcciones
y axiomatizaciones de la matemática y la lógica de
cuantificadores y variables, el supuesto lenguaje perfecto para
la ciencia desarrollado por Frege.
Frege articuló su respuesta
a las preguntas acerca de la naturaleza de los números y
de la verdad aritmética en una versión para el gran
público, Los Fundamentos de la Aritmética (1884),
y en otra dirigida a especialistas, Las Leyes Básicas de
la Aritmética (1893). Su doctrina, que se ha dado en llamar
logicismo, es la tesis según la cual la aritmética
se reduce a la lógica, de suerte que los números naturales
y las relaciones entre ellos pueden ser deducidos o, si se prefiere,
construidos a partir de nociones lógicas. Poco después,
entre 1910 y 1913, Bertrand Russell (1872-1970), corrientemente
considerado el segundo padre fundador (o, si se prefiere, la partera)
de la tradición analítica, publica con A.N. Whitehead
los tres volúmenes de su Principia Mathematica presentando
un enfoque similar. Armado con esta nueva lógica y el resuelto
ánimo del aristócrata victoriano, Russell sale a conquistar
la jungla filosófica.
Su más admirado trofeo, la
llamada teoría de las descripciones definidas, la solución
putativa de un problema acerca del lenguaje científico, fue
presentada en 1905 en su artículo "Sobre el denotar",
que fuera saludado por F.P. Ramsey como "un paradigma de la
filosofía". Este ejemplo de cómo procede el filosofar
genuino constituye, aún hoy, lectura obligada para aprendices,
maestros y doctores en filosofía analítica. Begriffsschrift
y Principia Mathematica ofrecen ejemplos de lenguajes perfectos,
en los cuales la vaguedad, la ambiguedad y la impresición
del lenguaje ordinario se muestran como lo que la concepción
cientificista respaldada por Frege y Russell considera que son,
defectos que el análisis filosófico tiene por misión
erradicar.
En el siglo XX, la filosofía
occidental tiene su encuentro definitivo, su Armagedón, con
la ciencia moderna, una ciencia que en la Teoría de la Relatividad
de Einstein, ofrece una visión unificada del tiempo, el espacio,
la luz, la energía y la materia, la vieja ambición
de la Grecia clásica y del pensamiento medioeval judeocristiano,
surgido del cruce de Aristóteles con la Biblia. Las profecías
sobre la ciencia empírica de Bacon en el siglo XVI, de Locke
en el siglo XVII, de Hume en el siglo XVIII y de Comte en el siglo
XIX parecían confirmarse. La esperanza en una Ciencia Unificada
(ya sea por comunidad de método, como proponía el
positivismo de Comte o bien por reducción a una construcción
lógica del mundo, como en el positivismo lógico de
Carnap y el Círculo de Viena) comienza a desplazar definitivamente
aquella basada en el Único D"s como fuente de las visiones
globales del mundo en el cual surge la experiencia humana. Para
los filósofos analíticos que respaldaban a la concepción
cientificista, los lenguajes perfectos de la lógica, la matemática
y la física, por así decirlo, han desplazado al hebreo,
el griego y el latín.
Por el otro lado, la concepción
del sentido común y el lenguaje ordinario, a veces llamada,
también, terapéutica, busca poner la filosofía
al servicio de la visión global del sentido común,
aquella que se expresa en el lenguaje ordinario. Su ambición
es clarificarla, curarla de distorsiones causadas, precisamente,
por teorías filosóficas, de las cuales la concepción
cientificista misma es un ejemplo. La ciencia constituye una entre
varias fuentes que alimentan la visión del sentido común.
Y, según la concepción terapéutica, se trata
de una fuente que carece de autoridad normativa sobre las demás.
Las preguntas que se asocian con la concepción terapéutica
dicen relación con cómo entender la diversidad de
creencias y prácticas humanas, incluidas por cierto las prácticas
lingüísticas. Su método está basado en
el análisis del lenguaje ordinario tal como éste se
da y no en intentos de reformarlo para que se adecue a los estándares
del supuesto lenguaje perfecto de la lógica y la matemática.
Busca disolver las confusiones ocasionadas por el empleo del lenguaje
ordinario en tareas para las cuales no es apropiado. Su inspiración
está en el trabajo de los otros dos padres fundadores de
la tradición analítica: G.E. Moore (1873-1958) y Ludwig
Wittgenstein (1889-1950).
A Moore le preocupan el origen,
carácter y fundamentación de certezas que provienen
no de una abstracta ciencia axiomatizada, sino del sentido común
y que son expresadas no por el preciso lenguaje perfecto de la ciencia
sino por el lenguaje ordinario, del cual aquél constituye,
en último término, apenas una provincia entre muchas
otras. En Wittgenstein, incluso en su Tractatus Logico-Philosophicus,
hay una preocupación por lo indecible (que, por cierto, sus
lectores en el Círculo de Viena pasan por alto); por aquello
que, en el mejor de los casos, la filosofía puede mostrar,
pero no decir; por una esfera mística, más allá
de lo que se puede decir con claridad, en la cual se encontraría
lo que más importa para la vida de los seres humanos.
Aquí tenemos, entonces, al
interior de la tradición analítica, dos evaluaciones
contrapuestas del encuentro de la filosofía con la ciencia
moderna, el tercer momento en su desarrollo histórico. Una
de ellas, encarnada en la concepción cientificista, aconseja
el sometimiento. La otra, encarnada en la concepción terapéutica,
recomienda la rebelión. La pugna entre ellas continuó
con sutiles e interesantes variantes y desacuerdos, en el desenvolvimiento
de la tradición analítica en filosofía. En
la segunda mitad del siglo XX, las filosofías de Carnap,
A.J. Ayer y W.V. Quine, entre otras, heredan, modifican y elaboran
distintas versiones de la concepción cientificista, mientras
las de Austin, Ryle y Strawson (la a veces llamada escuela de Oxford)
hacen lo propio con la concepción del sentido común
y el lenguaje ordinario que culmina, desde un punto de vista metafilosófico,
con la concepción de la "metafísica descriptiva"
propuesta por el último de ellos.
Dejando de lado los detalles, este
ejemplo ilustra cuán distintas eran las concepciones de la
filosofía (con ambiciones, preguntas y métodos distintos)
que debatieron durante los dos primeros períodos de la tradición
analítica en filosofía. Así, el peligro de
sugerir que en la filosofía analítica haya un grado
de "unidad de método" no existe. Una ventaja adicional
de hablar de tradiciones filosóficas es que permite tratar
con el mismo respeto a las distintas maneras contemporáneas
de enseñar y practicar la filosofía, evitando clasificaciones
como aquella basada en el contraste entre una filosofía "anglo-americana"
y otra "continental", un reflejo imperfecto de los bandos
que se enfrentaron entre 1939 y 1945 en la serie de conflictos más
tarde bautizados como Segunda Guerra Mundial.
Vista de esta manera, en el siglo
XX, la filosofía constituye una familia de tradiciones filosóficas
formada, en orden alfabético, por la tradición analítica
y las tradiciones existencialista, fenomenológica, marxiana,
pragmatista y tomista. Los parecidos de familia entre ellas surgen,
entonces, de su origen común (la ruptura con "el mito"
en la Grecia clásica); de una metodología compartida
(la argumentación racional); y de poseer una estructura con
un grado de complejidad análogo (que, desde el punto de vista
metafilosófico, contempla, por lo menos, una distinción
entre las concepciones, las instituciones y las políticas
de la filosofía). Las separan diferencias que dicen relación
con la rivalidad entre las distintas instituciones de la filosofía
que cada tradición encarna "en el mundo real" así
como entre las distintas políticas de la filosofía
asociadas con cada tradición filosófica. Es en estos
términos que es posible responder a la pregunta que quedara
pendiente al final de la tercera sección.
Antes de concluir con un gesto en
la dirección del desarrollo ulterior de la tradición
analítica, vale la pena mencionar un aspecto de su "auge",
la expresión es de Glock, que ejemplifica el componente política
de la filosofía. Porque el auge de la tradición analítica
en el siglo XX se debió también, en parte, a su atrincheramiento
en las universidades de los países occidentales que vencieron
en la Segunda Guerra Mundial. Entre la segunda y la tercera décadas
de dicho siglo, cuando en los grandes países del continente
europeo el fascismo (en sus versiones corporativista, existencial
y racista) desplazó al positivismo que imperara durante el
siglo XIX, las élites filosóficas que representaban
a este último se vieron obligadas a huir al exilio. Y
fueron acogidas, precisamente, en las universidades de "habla
inglesa".
Fueron estos exiliados quienes llevaron
la tradición analítica, mayoritariamente en la variante
ofrecida por la concepción cientificista, al otro lado del
Canal de la Mancha, a las de Gran Bretaña; del otro lado
del Atlántico, a las de Estados Unidos de América;
y, allende los mares, a las universidades de Australia y Nueva Zelanda.
Así, en lo que de manera retrospectiva podemos llamar sus
dos primeras generaciones, la tradición analítica
se ocupó principal aunque no exclusivamente de los problemas
filosóficos generados por la nueva lógica, la nueva
matemática y la ciencia natural, llegando algunos autores
a hablar, en un eco kantiano, de una "filosofía científica".
Para algunos de sus críticos, el interés de la tradición
analítica en la nueva lógica, la matemática
y la ciencia moderna merece ser descrito como obsesivo (por así
decirlo, más bien que un positivismo lógico, una suerte
de terrorismo lógico).
Sin embargo, en primer lugar, resulta
implausible creer que, de todas las manifestaciones de lo humano,
solo la lógica, la matemática y la ciencia, al contrario
del arte, el comercio, la política, el derecho y la religión,
por nombrar otras, pudieran carecer de potencial filosófico.
Ciertamente, filósofos entre sí tan diferentes como
Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes
y Kant rechazan esa posición. Y, en segundo lugar, si la
argumentación racional es, como se ha sostenido aquí,
un rasgo distintivo de la filosofía, está fuera de
lugar descalificar a la nueva lógica. Finalmente, el interés
de la tradición analítica por la ciencia, como se
sugirió en la cuarta sección de este prólogo,
recoge una preocupación cuya historia ocupa, cada vez con
mayor intensidad, la segunda mitad del segundo milenio de la era
cristiana.
En la segunda mitad del siglo XX,
la tradición analítica se extendió provechosamente
a múltiples otras áreas, tales como la ética
y la estética, así como a la filosofía del
derecho, la economía, la historia, la política, la
psicología e, incluso, al humor. Lo hizo preservando
el énfasis en el rigor argumentativo, la duradera herencia
para la tradición analítica de su íntima relación
con la nueva lógica, y tomándose en serio la valoración
de la diversidad que caracterizó a la concepción terapéutica.
Hablar de "filosofía analítica", entendiendo
por ello la tradición analítica en filosofía,
tiene la ventaja final de no suponer que exista en ella unidad temática
alguna, como documentadamente demuestra Filosofía Moderna:
Una Introducción Sinóptica. Aficionados, profesores
y alumnos podrán comprobar que, en esta obra, Roger Scruton
ha diseñado una docta, estructurada y amena posibilidad de
familiarizarse con la disciplina en el vasto rango de los autores,
concepciones, problemas y métodos que encarnan el estilo
de la tradición analítica en la filosofía contemporánea.
Para concluir, vale la pena destacar
unas recomendaciones de Donald Davidson, P.F. Strawson y John Searle
acerca de cómo responder a estudiantes de filosofía
en América Latina cuando preguntan por qué deben estudiar
la tradición analítica. Davidson aconseja revelarles
que los miembros del Círculo de Viena eran socialistas. Strawson
recomienda insistir en que la práctica de la filosofía
analítica agudiza las capacidades críticas de los
ciudadanos, una condición necesaria para que una sociedad
democrática pueda aspirar al título de libre. Searle
sugiere relatarles la siguiente anécdota: blandiendo su bastón,
una anciana encaró a un joven profesor que, durante la Primera
Guerra Mundial, cruzaba el prado de su college cargado de libros
y le dijo: "Jovencito, ¿acaso usted no sabe que, en
este mismo instante, jóvenes como usted mueren en el frente,
defendiendo a nuestra civilización?". Ante lo cual,
impertérrito, el joven profesor respondió: "Pero,
mi querida señora, ¡si yo soy la civilización
que ellos defienden!".
ME Orellana Benado
Universidad de Valparaíso y Universidad de Chile
Marzo de 1999 |