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Educación, Filosofía y Mediación |
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Martin
Heidegger y el Camino hacia el Silencio:
Ensayo de Crítica Filosófica
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César Ojeda Figueroa
TROZO SELECCIONADO DE LA INTRODUCCIÓN
Para cualquier persona, las primeras lecturas en castellano de
las obras de Heidegger resultan imposibles: no creo exagerar si
digo que apenas se entiende la sintaxis, a pesar del esfuerzo desplegado
por numerosos traductores. Es posible que este hermetismo corresponda
en parte al estilo del pensador alemán, pero en gran medida
no es un problema del texto, ni tampoco de las traducciones, sino
del lector poco acostumbrado a aceptar cambios en su manera de "reconocer
sentido" en las palabras. Si entendemos por “existencia”
la determinación obvia de todas las cosas en su "estar
ahí"(esta taza, este paisaje, esta persona), nos resulta
difícil abrirnos a la idea de que Heidegger se refiere con
dicha expresión sólo al Da-sein (ser-ahí),
que es el ser, “en cada caso”, mío. Se trata
entonces de un proceso muy parecido al del aprendizaje de una lengua,
que desde la oscuridad inicial se nos va lentamente despejando hasta
alcanzar importantes grados de claridad, permitiéndonos,
ya avanzado el proceso, discriminaciones finas y matizadas. Si se
justifica o no el esfuerzo de aprender este lenguaje es algo que
no es posible establecer de antemano: justamente el universo que
Heidegger nos permite ver requiere primero disponer de los términos
y los conceptos adecuados. Tal vez si lo más sorprendente
es que este universo es el mismo de la experiencia corriente de
cualquier hombre, pero atravesado ahora por una luminosidad que
-por usar una expresión del propio Heidegger-,"lo pone
en libertad." A pesar de lo dicho, la obra de Martin Heidegger
no es psicología, antropología ni alguna otra disciplina
parecida. Todas ellas requieren previamente dilucidar el "ser"
de los "entes" de los que tratan, es decir, requieren
una ontología fundamental, ontología de la que inocentemente
carecen. Tal búsqueda del "ser" es el intento de
Heidegger.
El filósofo alemán, al iniciar su camino conducente
a esclarecer el sentido del ser en general, requirió hacer
explícita la estructura del ente preeminente que “existe”,
es decir, que está abierto al ser: el Dasein. Esta estructura
mostrará que se trata de un ente que es-en-el-mundo (en medio
de las cosas y con los otros Dasein), que se anticipa a sí
mismo arrojado en la existencia (disposición afectiva), que
discurre y se ocupa de los entes y preocupa por los otros Dasein
articuladamente (discurso) y que comprende hermenéuticamente
al ser. A este conjunto, que es el ser del Dasein, Heidegger lo
denominó “cuidado” (Sorge). Mostrará también
que el Dasein está destinado a su fin y que huye, en la caída
absorbida en los entes intramundanos, de la angustia que se lo anuncia
desde la nada, en la que está trascendentemente instalado
como la posibilidad más propia e irrenunciable de sí-mismo.
Esta huida lo hace estar regularmente en la impropiedad y en la
no-verdad. Veremos también que la apertura trascendente al
ser (nada) es la apertura al mundo y la que posibilita que el ente
quede al descubierto como “lo otro” que la nada. La
salida de la impropiedad y de la no-verdad es posible para el Dasein
mediante la resolución precursora que “oye” y
asume la llamada del sí mismo desde la nada y desoye los
ruidos cotidianos de la caída.
Por su parte, la temporeidad o tiempo originario, temporaliza las
distintas formas del tiempo expresado (como la databilidad, distención
y publicidad), y más radicalmente, a la “temporaneidad”,
que es el fundamento de la comprensión del ser y de la trascendencia,
y que por lo mismo, se constituye como el “sentido”
del ser.
De aquí en adelante, el pensamiento de Heidegger empieza
a utilizar conceptos que se escapan del idiolecto de Ser Tiempo
y otras obras cercanas. Algunos han querido ver en este “giro”
(Khere) un cambio radical de su filosofía. Desde nuestro
entender, este cambio de lenguaje refleja sólo un desarrollo
necesario para poder cumplir con su propósito original, cual
es, obtener una respuesta a la pregunta que interroga por el ser
y su sentido. Hasta el momento el protagonista indiscutido de su
pensamiento era el Dasein, siendo fácil olvidar que la analítica
del ser-ahí era sólo un paso preparatorio para acercarse
a la comprensión del ser en general. Intentando hablar del
ser, se hacen insuficientes conceptos como caída, cuidado,
significación, angustia, resolución, propiedad e impropiedad
y muchos otros que –por así decirlo- pertenecen a la
estructura del Dasein. Esta radicalización la apreciamos
en la emergencia de conceptos cada vez más alejados de la
experiencia cotidiana y en apariencia cada vez más abstractos
y abstrusos. A este tránsito lo hemos llamado “desdiferenciación”.
Heidegger intenta “decir” cada vez más directamente
el ser, haciendo distinciones que en definitiva apuntan siempre
a lo “mismo”. No podemos señalar con alguna precisión
en el marco de una introducción los pasos que este camino
sigue. Sí, podemos adelantar que se afirma en tópicos
como la “trascendencia”, la “nada”, el “fundamento”,
la “mismidad”, la “verdad”, la “libertad”,
hasta arribar al concepto de “claro” (Lichtung), es
decir, a la “apertura” en la cual tiene lugar el “acontecimiento”
(Ereignis) de encuentro entre ser y pensar (hombre), y entre tiempo
y ser. Se da el ser y se da el tiempo, dirá. No “son”,
como los entes, sino que “se dan”. El tiempo como “regalía”
y el ser como “presencia” y “destino”.
Si el lector tiene la paciencia de seguir hasta el final el texto
que ahora tiene en sus manos, espero poder mostrarle que, lo que
quiso decir Heidegger, no se puede decir en el lenguaje, por más
neologismos que se empleen para ese intento. La ontología
–al modo en que la concibe el pensador alemán- parece
entonces imposible: en su intento de pensar el ser como tal, Heidegger
se encontró en los márgenes del lenguaje, y con ello,
tan sólo en el camino hacia el silencio.
C. O.F.
Altos de San Alfonso
Ocubre de 2005
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