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Colección Educación, Filosofía y Mediación |
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Chaplin y Menos Platón;
Manejo de conflictos desde la sabiduría del cine y las
canciones
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Autor:
Luis Miguel Díaz
¿Por qué es necesario
leer un libro sobre manejo de conflictos desde la sabiduría
del cine y de las canciones?
Para poder responder a esta pregunta,
me veré obligado a recurrir al método de Platón
antes que al Chaplin y con asentimiento del autor del libro quisiera
seguir el conducto de la razón para comprobar si a través
de ésta puedo realmente resolver este primer problema.
Los filósofos como Platón
descubrieron que al responder sus preguntas, surgían nuevas
interrogantes. Por eso, no será fácil esta tarea y
mi primera dificultad será dilucidar:
¿Qué es un conflicto?
¿En qué consiste? ¿Cuándo una situación
es conflictiva y cuándo no lo es?
Al preguntarme ¿qué
es un conflicto? La primera idea que se me viene a la mente es que
se trata de algo malo. Un malestar, un ente negativo, una situación
que no nos gustaría experimentar en el futuro próximo,
y ahora que lo reflexiono en voz alta tampoco en el futuro lejano.
Ojalá que no llegue, que no tenga conflicto alguno que enfrentar.
Pero cuando medito un poco más sobre la noción de
conflicto surgen otros conceptos similares tales como aprieto, problema,
peligro, dificultad, apremio, contrariedad, pelea, pleito, altercado,
pelotera, contienda, batalla, guerra, destrucción, dolor.
Todos estos conceptos evocan emociones
desagradables que nos representan enfrentados a escenarios problemáticos.
Si bien no todos los problemas son conflictos, sí en cambio
podemos afirmar que todos los conflictos constituyen un problema,
por lo que entre uno y otro hay una relación de género
a especie.
Esto nos conduce en forma lógica
a responder, en forma espontánea, a la segunda pregunta:
¿Por qué hay que resolver
conflictos?
Deseamos resolver conflictos para
alcanzar un bien, esto es, un beneficio espiritual y material, que
tiene por nombre paz.
La paz es una idea gigante. Un concepto
con una connotación tremenda y por lo mismo de significación
esquiva.
La paz nos conduce a otros términos
más asibles tales como armonía, tranquilidad o acuerdo.
Vale decir, el conflicto genera una situación disarmónica,
destructiva para nuestra convivencia la cual estimamos que debe
desarrollarse de la mejor manera posible para poder vivir sin que
otros nos angustien nuestra vida. Surge entonces una nueva arista
al problema original de poder definir el conflicto.
Nuestra condición humana
consiste como diría Heidegger en “ser en el mundo”,
esto es, estar en el mundo, ser arrojados a este escenario como
si fuéramos actores que nos empujaran a actuar sin previo
aviso y sin preparar nuestros roles ni nuestros guiones. Y en palabra
de Ortega como este mundo nos oprime, comprime y reprime, lo sentimos
ajeno a nosotros mismos a nuestra propia naturaleza humana. Sin
embargo, al estar arrojados o yectos en el mundo, nos damos cuenta
de una primera realidad y ésta es que no estamos solos. Hay
otras personas en este mundo y estas otras personas nos pueden molestar,
perturbando e invadiendo nuestras vidas, obstruyendo cada uno de
nuestros proyectos vitales. Estos otros humanos como tú o
como yo, de carne y hueso, tienen deseos y expectativas no satisfechas.
Habitan el mundo junto a ti y junto a mí. También
participan del hecho de ser en el mundo y sus destinos concitan
un hacer y un acontecer. Aristóteles que fue discípulo
de Platón decía que para vivir solo en la sociedad
era menester ser un dios o una bestia. Ese fue el primer atisbo
de lo que pasó a considerarse el hombre como animal político,
vale decir, que debía convivir en la polis junto a otros
hombres. La cimiente misma del conflicto social humano.
El conflicto, entonces, supone una
situación o un conjunto de situaciones desagradables que
me ocurren a causa del comportamiento de otras personas. En realidad
queda fuera de esta conceptualización los conflictos internos,
las peleas que puedo tener yo conmigo mismo, mis propios desacuerdos
y desavenencias. Luego, volquémonos a este conflicto que
quisiera definir –en forma tentativa como cualquier definición—como
un desacuerdo de voluntades entre dos o más personas sobre
una materia o asunto determinado de interés relevante para
éstas.
Esta definición nos conduce
a infinitas posibilidades: podemos estar en desacuerdo en una idea,
por ejemplo, que yo crea que Dios existe y otro que piense lo contrario.
Aquí el conflicto puede que genere ciertas discusiones destempladas
y vehementes, pero puede ser motivo de una profunda y enriquecedora
conversación. Todo va a depender de un factor que trata muy
bien Luis Miguel Díaz en su libro y este es el contexto.
Veamos otro ejemplo que responda a esta definición de conflicto.
Un desacuerdo que podría generarse es que un padre golpee
violentamente a su hijo o a su propia mujer. Aquí la cosa
se complica más. Sobre todo si el padre es adicto o alcohólico.
En materia pecuniaria también se dan conflictos. Vendo un
objeto de mi propiedad y el comprador insiste en que se lo doné
y no me quiere pagar. En materia criminal se dan los peores conflictos.
El homicida está en profundo desacuerdo en respetar la vida
de su semejante. El violador no entiende el punto de vista de su
víctima quien se niega a satisfacerlo. El reincidente desconoce
la percepción subjetiva del juez en la aplicación
de su norma. Como vemos hay conflictos y conflictos. Desde meros
desacuerdos hasta exterminios masivos. Por eso cuando se habla de
resolución de conflictos, ¿de qué conflictos
se está hablando?
Llego entonces a otra pregunta fundamental
para poder resolver mi primera interrogante. ¿Cómo
se resuelven los conflictos?
El libro de Luis Miguel Díaz
“Más Chaplin y Menos Platón” mantiene
una idea constante que recorre la totalidad de sus capítulos
y ésta es, una suerte de premisa básica, casi metafísica,
una primera creencia para clasificarla en los términos que
usa su autor y es la de que los hombres somos seres únicos
e irrepetibles y que, por consiguiente, nuestros conflictos también
participan de dicha naturaleza. Asimismo, Díaz sostiene una
segunda creencia y ésta es que la visión particular
de las cosas no representa necesariamente la realidad objetiva:
no es la verdad, sino una perspectiva subjetiva construida en la
mente de cada uno. La tercera creencia de Díaz es que todos
nacemos con algunos conocimientos innatos para desarrollar ciertas
conductas, los que fueron adquiridos a través de ensayo y
error, e incorporados luego a la memoria de la especie en vista
de sus cualidades. Estos conocimientos generales se oponen a los
conocimientos especializados los que, no heredamos a nuestros descendientes
y serían de alguna manera perennes.
Quizás estas tres creencias
o proposiciones de Díaz sean –me imagino sin intención
manifiesta del autor—las más conflictivas de su libro
y darían espacio a un acalorado debate académico.
Pero en este afán de resolver
conflictos desde la sabiduría del cine y de las canciones
no resultó ser tan inocente y pacífico como un lector
inadvertido podría pensar. Díaz desarrolló
este manual de resolución de conflictos con un combustible
intelectual altamente inflamable. Esta proposición de que
los hombres sean únicos e irrepetibles y de que sus conflictos
acceden a esta peculiaridad no debe ser pasada por alto como si
se tratara de una frase elegante lanzada al vacío, ya que
acarrea una serie de consecuencias tanto epistemológicas
como metodológicas, que el autor desarrolla a lo largo de
su obra.
En primer lugar, para Luis Miguel
Díaz los conflictos en cuanto entes especiales e individuales
no pueden ser abordados, estudiados ni resueltos desde fórmulas
generales sino que deben dar lugar a un tratamiento tan único
e irrepetible como es su propia esencia. Por ello critica al Derecho
como disciplina cuya función corriente consiste en resolver
los conflictos de una sociedad desde una normativa de aplicación
general y, particularmente, lanza dardos en contra del derecho procesal
cuyo fin es poner término a un conflicto de relevancia jurídica
mediante el esquema ganar-perder.
Este cuestionamiento a las ciencias
jurídicas obedece al descreimiento de Díaz en pautas
generales de resolución de estos entes individuales llamados
conflictos, pero sobretodo su incomodidad –a mi entender—se
da en que el proceso obedezca al ejercicio de la jurisdicción,
vale decir, que el Estado resuelve el conflicto social a través
de una autoridad imparcial llamada a dirimir las contiendas entre
particulares y cuya resolución se plasma generalmente en
la sentencia, la cual pone término a la litis en formatos
de gananciosos y perdidosos.
Díaz se suma a quienes ven
en los métodos alternativos de resolución de conflictos,
tales como la negociación y la mediación, una forma
valiosa para poner fin a los desacuerdos. Sin embargo, a diferencia
del tratamiento de los teóricos de estas vías resolutivas,
el autor de Más Chaplin y menos Platón propone una
enseñanza mediante el cambio de creencias.
¿Por qué Díaz
enfoca su metodología de enseñanza en las creencias
y no sigue una línea argumentativa tradicional? Allí
justamente radica su título. Desea brindar más Chaplin
y menos Platón, es decir, más pasión y menos
cálculo, más hemisferio cerebral derecho y menos izquierdo,
más emoción y menos racionalidad.
Seguramente el cambio de creencias
obedece a una estrategia mayor del autor y ésta es, sin duda,
transformar las actitudes. Se dice en el ámbito de la comunicación
persuasiva que sólo se logran cambiar las conductas de los
seres humanos, cuando sus actitudes son modificadas.
La actitud presenta un cuerpo tripartita:
uno de sus aspectos es cognitivo y dice relación con las
ideas y creencias que tenemos sobre algún objeto determinado.
Por ejemplo, yo creo que la Coca Cola Light no tiene calorías
y no me engorda nada si la bebo. Además la actitud presenta
un aspecto emotivo, así pues, me alegro cuando veo una botella
bien helada de Coca Light y de hecho de me seca un poco la boca,
aumentándome más aún el placer gustativo de
su consumo. Finalmente, la actitud presenta un aspecto connativo
en virtud del cual, asumo una conducta frente a ese objeto llamado
Coca Cola la cual finalmente compro, consumo y vuelvo a repetir
este acto. Por eso es que los publicistas destinan enormes sumas
de dinero en intentar cambiar actitudes. Si una campaña pudiera
convencerme de la idea de que la Bilz o la Pap no contiene azúcar.
Que no voy a engordar con ella, incluso que me va a beneficiar la
salud, ya voy a mirar estas bebidas de una manera distinta de cómo
lo hago ahora. Pero tal dato no bastaría porque no siento
ninguna emoción particular consumiendo Bilz y Pap. Me parecen
más propias de niños que de adultos, me imagino estas
bebidas en un picnic, más que a la hora del aperitivo. De
ahí entonces que se requiere el elemento emotivo para convencerme
de sus bondades. Una música especial, un gingle pegajoso,
escenas cinematográficas placenteras donde me sienta identificado
con sus personajes como el comercial de Tapsin periodo, donde el
protagonista le ofrecía a su mujer sacarle la sal de la sopa,
luego que ella llorara desconsoladamente por su sensibilidad. De
esta manera, afectando mis creencias y mis emociones, puedo recién
pensar en la posibilidad de modificar mi conducta. En esto radica
la clave de la comunicación persuasiva y es por esto que
el método que incursiona Luis Miguel Díaz en su libro
“Más Chaplin y menos Platón” pretende
justamente persuadir a sus destinatarios en el manejo de conflictos.
Un manejo que se puede lograr descubriendo las potencialidades internas
de cada ser humano, mediante la concienciación de los conocimientos
propios que emanan de su propia naturaleza. Esta concepción
idealista de Díaz lo convierte en más platónico
y menos chaplinesco en su esfuerzo mayéutico de extraer ideas
del interior de las personas como una matrona que auxilia en un
parto, y de esta forma se acerca al viejo método socrático.
A modo de conclusión, volvamos a nuestra pregunta original
¿Por qué es necesario leer un libro sobre manejo de
conflictos desde la sabiduría del cine y de las canciones?
Desde el perspectivismo de Díaz no hay una sola respuesta.
Quizás haya tantas respuestas como sujetos perciban y comprendan
esta pregunta subjetiva. Y por lo tanto, una posible respuesta sea
que descubriremos en su lectura que aplicando el método sugerido
por su autor se pueden lograr cambios más profundos en las
personas que la mera instrucción cognitiva. Justamente porque
ataca tres frentes: las ideas, las emociones y las conductas. Sin
duda, este texto es una herramienta perfectamente útil no
sólo para instructores en mediación y manejo de conflictos,
sino para todos aquellos docentes que deseen optimizar sus técnicas
de enseñanza, brindando un aprendizaje más afectivo
a sus alumnos.
No me queda sino felicitar a Luis Miguel Díaz, pues aparte
de compartir su gusto por la música de los Beatles, que coincidentemente
es mi grupo musical preferido, gran parte de las películas
que recomienda en su libro también son coincidentemente de
mi preferencia. Como si fuera poco, el tema de la resolución
de conflictos es una de mis pasiones, por lo que sospechando tanta
coincidencia de gustos he optado por no traer a mi señora
a este encuentro, ya que podríamos tener un conflicto innecesario.
Mario Tomás
Schilling, 11 de noviembre de 2004
Autor de “Manual de Mediación”,
Editorial Cuatro Vientos.
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