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Género, Relación y Sexualidad |
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Placer
Sagrado Vol.1
Sexo, mitos y la política del cuerpo
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Riane Eisler
P R E F A C I O
Este libro surge en una encrucijada
histórica, es decir, aparece en un momento en el que, por
una parte, se expande la conciencia de que los seres humanos pertenecemos
a un presente cultural que nos lleva a la negación de lo
humano en la destrucción de la biosfera, y por otra, en un
momento en que nos parece fascinar la expansión tecnológica
con la promesa de que todo es posible con ella si la sabemos usar.
¿Será verdad lo que digo?
En mi opinión, lo humano
surge con el vivir en el lenguaje como el modo cotidiano de coexistencia
de nuestros ancestros no menos de unos tres millones de años
atrás. Cuando surge lo humano, nuestros ancestros no eran
como nosotros somos ahora. A juzgar por los restos fósiles,
tienen que haber sido más pequeños de talla, con un
rostro más simiesco y con un cerebro más o menos un
tercio del nuestro actual. Ya eran bípedos y sin duda vivían
en grupos pequeños de unos cinco a ocho individuos de distintas
edades. ¿Cómo pudo originarse en ellos el vivir en
el lenguaje?
El lenguaje es un modo de convivir
haciendo cosas juntos en una dinámica recursiva de coordinaciones
conductuales que se han establecido en la misma convivencia. Es
decir, vivir en el lenguaje es un modo de convivir en coordinaciones
de coordinaciones de conductas y haceres propios del convivir compartiendo
el espacio, la comida y el placer, de una manera conservada de generación
en generación en el aprendizaje de los niños. Ciertamente,
éstas son afirmaciones difíciles de fundamentar, pero
hay argumentos de distinta naturaleza para apoyarlas, y quiero enumerar
algunos de ellos.
Veamos una argumentación
de carácter sistémico general:
· Cada vez que en la historia de un conjunto de elementos
se conservan ciertas relaciones, se abre espacio para que todo lo
demás cambie en torno a lo que se conserva. Así surgen
los linajes, ya sea como familias en la conservación generación
tras generación de un apellido, o como clases de seres vivos
en la conservación generación tras generación
de un modo de vivir a través del vivir de los hijos. Así,
los seres humanos actuales somos el presente de la historia de conservación
del vivir en el lenguajear que nos hizo humanos gracias a los niños
de nuestros ancestros. Esta no es una afirmación banal. Nosotros
los adultos hacemos el presente, pero nuestros niños hacen
la historia.
Veamos ahora una argumentación
de carácter biológico:
· Los seres humanos actuales existimos tan plenamente en
el lenguajear que desaparecemos sin él. Nuestro rostro, nuestro
sistema nervioso, nuestra dinámica respiratoria, nuestro
modo de vivir y convivir tienen características que deben
haber surgido en el curso de muchas generaciones de cambios en torno
a la conservación del vivir en el lenguaje. Es decir, la
mayor parte de nuestras características como seres humanos
son el resultado de una historia de transformaciones anatómicas,
fisiológicas y conductuales que han surgido en torno a la
conservación generación tras generación del
vivir en el lenguaje. Los seres humanos somos biológicamente
humanos, y podríamos decir que lo somos literalmente en cuerpo
y alma.
Veamos una argumentación
de carácter evolutivo:
· Nada ocurre en el devenir de los seres vivos que su constitución
genética no permita. Pero también sucede que la constitución
genética no determina desde sí el curso que sigue
el vivir de un organismo, sino que el curso que sigue el vivir de
cada ser vivo surge momento a momento en el entrelazamiento recursivo
de su constitución genética y las circunstancias que
le toca vivir desde su concepción. Ese entrelazamiento no
ocurre como un juego de modulaciones recíprocas en el que
la constitución genética y las circunstancias del
medio determinan diferentes aspectos del vivir, sino que surge como
algo nuevo en un proceso epigenético de carácter sistémico.
Lo que hace de la epigénesis un proceso sistémico
es que no hay determinación previa de lo que sucede a lo
largo de ella, sino que todo surge en el fluir del vivir de un organismo
de novo, en un proceso de entrelazamiento de dos dinámicas
deterministas independientes: la del organismo con su constitución
genética y la del medio con su dinámica estructural
autónoma. De modo que, en sentido estricto, no podemos hablar
propiamente de determinación genética, ya que incluso
aquellos rasgos que un observador ve como heredables porque él
o ella los ve, reaparecen asociados a la constitución genética
del ser vivo en la sucesión de generaciones. Surgen en un
proceso de epigénesis que se repite de manera sistémica
generación tras generación en una dinámica
que involucra tanto a los seres vivos como al medio que los contiene.
De esto resulta que los linajes surgen, se conservan o cambian en
el proceso evolutivo sólo si se da la conservación
sistémica de las distintas dinámicas epigénicas
que permiten la repetición de los distintos modos de vida
que las caracterizan.
Veamos una argumentación
de carácter relacional:
· En la conservación sistémica generación
tras generación de la dinámica epigénica que
asegura que se repita un modo de vida, la conducta juega un papel
central porque determina momento a momento el encuentro del organismo
y el medio. Y en el ámbito de la conducta, las emociones
tienen un carácter fundamental, porque definen momento a
momento el espacio relacional en que un organismo se mueve. Esto
es, la conducta en general y las emociones en particular determinan
cómo vive un animal y dónde está en cada momento.
Al mismo tiempo, el fluir de la conducta y las emociones es esencialmente
dependiente de los hábitos que los animales adquieren en
su vivir individual, y en los mamíferos como nosotros, esos
hábitos se configuran en la convivencia de las crías
con la madre y otros adultos. En la sucesión de generaciones,
esto convierte al devenir de estos animales en un proceso conservador
de los modos de vida adquiridos en la infancia. Por lo tanto, la
conservación o la no conservación de una generación
a otra de hábitos conductuales y emocionales en el aprendizaje
de las crías es básicamente lo que determina el curso
que sigue el devenir de un linaje al asegurar o no de una generación
a otra la repetición de la dinámica epigénica
que lo define.
Veamos una argumentación
de carácter conductual y emocional:
· Los seres humanos existimos en el lenguajear, pero vivimos
y actuamos en redes de conversaciones. El conversar ocurre en el
convivir en el entrelazamiento del emocionar y el lenguajear. Al
distinguir distintas emociones en otros animales o en nosotros mismos,
lo que distinguimos son modos de relacionarse, clases de conductas
relacionales que definen distintos modos de ser que dan a las distintas
conductas su carácter como acciones de una clase u otra.
Así, un movimiento, un gesto, es una invitación o
una agresión según la emoción desde donde se
realiza o se recibe. Antes del origen del vivir en el lenguaje,
nuestros ancestros tienen que haber vivido en el emocionar coordinando
su conducta en el fluir de sus emociones en la convivencia. Cuando
se origina el convivir en el lenguaje en nuestros ancestros, hace
no menos de tres millones de años, tiene que haberse originado
entrelazado con el emocionar del convivir cotidiano, de modo que
lo que debe haberse originado en el origen de lo humano es el convivir
en conversaciones en la coordinación de los haceres y emociones
de la vida cotidiana.
En estas circunstancias, ¿qué
podemos decir con respecto al origen de nuestro linaje en el contexto
que nos ocupa, que es "El Placer Sagrado"? El placer sagrado
es la sexualidad, ¿pero qué hace al sexo sagrado?
Este libro muestra muchos aspectos de la historia de desacralización
del sexo en la violencia contra la mujer y las emociones desde la
ceguera de una cultura que destruye los fundamentos de la comprensión
de la biosfera y el cosmos en su dinámica sistémica.
A continuación propondré respuestas a estas preguntas
usando de manera implícita los antecedentes que he presentado
más arriba. Veamos.
¿Cómo se origina lo
humano? Los seres humanos somos seres amorosos, y nos enfermamos
a cualquier edad cuando desaparece el amor en nuestro vivir. ¿Y
qué es lo amoroso? Yo he dicho, y lo he escrito en muchas
partes, que el amor ocurre cuando nuestra conducta es tal que el
otro, la otra o lo otro surge a través de ella en su plena
legitimidad en convivencia con nosotros. Es decir, el amor ocurre
en las conductas relacionales cuando el otro, la otra o lo otro
no tiene que disculparse por ser, cualquiera sea la relación
en que nos encontremos con él, ella o ello. Así, el
amor funda la existencia social. ¿Pero cómo surge?
Aunque parezca extraño, el amor no tiene fundamento, es una
condición de existencia; si no ocurre, no hay convivencia
social, esto es, no hay convivencia, y hay otra cosa como agresión,
parasitismo o indiferencia. Así de simple: el amor hace la
convivencia social y ésta dura en tanto dura el espacio relacional
amoroso.
Los seres humanos pertenecemos evolutivamente
a la biología del amor. Somos mamíferos, y al menos
en la infancia, los mamíferos existen en la biología
del amor. Pero lo peculiar de nosotros como seres humanos es que
pertenecemos a una historia evolutiva centrada en la biología
del amor como algo que llega a abarcar toda la vida, y no sólo
la relación materno-infantil. Veamos cómo ocurre esto.
Los primates somos animales neoténicos en distinto grado.
La neotenia ocurre en la conservación evolutiva de la expansión
de la infancia a lo largo del vivir. La neotenia no es un fenómeno
biológico extraño o infrecuente. Lo peculiar que nos
ocurre es que lo que más se ha expandido a lo largo de toda
nuestra vida individual como resultado de nuestro ser neoténicos,
ha sido la amorosidad materno-infantil como un modo de convivir
en la biología del amor. La relación amorosa materno-infantil
propia de los mamíferos es una relación de aceptación
y disfrute de la cercanía y contacto corporal en la plena
confianza y placer del juego. Pero la neotenia no sólo expande
el ser amoroso básico de nuestro ser mamífero, extendiendo
la aceptación y el disfrute de la cercanía y contacto
corporal del otro a toda la vida y a todo momento como algo natural
del convivir, sino que también expande a toda la vida y a
todo momento el disfrute de las relaciones de sensualidad y ternura
propias de la intimidad de la relación materno-infantil.
La neotenia, empero, no basta para
explicar el origen de lo humano como un convivir en conversaciones
que crean un espacio recursivo de convivencia. Los seres humanos
existimos en el conversar como un modo de convivir que entrelaza
y coordina el hacer y el emocionar, y para que ese convivir haya
podido surgir donde antes no se vivía así, y haya
podido conservarse en el convivir, tuvieron que haber ocurrido primero
dos transformaciones biológicas más: el bipedalismo
en la sabana y la expansión de la sexualidad de la hembra.
Hará unos seis millones de
años atrás se produce en Africa, que es donde esta
historia ocurre, la retracción de la selva como resultado
de cambios climáticos, y con ello, la expansión de
la sabana. Algunos de los primates arbóreos se hicieron terrestres
pasando a vivir en la sabana, y allí, tal vez en la conservación
del hábito de mirar sobre los pastos y mantenerse interconectados
sonoramente en un grupo al moverse entre ellos, dieron origen a
un linaje bípedo que se alimentaba de semillas, insectos,
huevos, vertebrados pequeños y restos de algunos animales
cazados por carnívoros. Pero el bipedalismo tiene otras consecuencias,
y podemos decir que con el bipedalismo al liberarse la mano del
caminar, también se libera la mano para la manipulación
y la caricia. En conjunto podemos decir que como resultado histórico
de la vida en la sabana, el bipedalismo, la coordinación
sonora y los hábitos de alimentación de animal recolector,
en un linaje neoténico, deben haber tenido como consecuencia
la adquisición de un modo de convivir cercano y manipulativo
en la expansión de la capacidad de hacer y acariciar. Según
restos fósiles hasta ahora conocidos, cuatro millones de
años atrás, nuestros ancestros ya eran bípedos.
En mi opinión, la expansión
de la sexualidad de la hembra también tiene que haber ocurrido
en esa época. Para afirmar esto no hay argumentos paleontológicos.
Pero yo pienso que tiene que haber ocurrido en ese entorno temporal
por las implicaciones que tal suceso biológico habría
tenido en relación con la creación del ámbito
de intimidad en la convivencia en que habría surgido y se
habría conservado el vivir en el lenguajear y el conversar.
Pienso que lo que debe haber ocurrido es lo siguiente.
El sexo no sólo tiene que
ver con lo genital, sino con la total aceptación y disfrute
de la cercanía y el contacto corporal de otro, en una dinámica
relacional en la que lo genital adquiere una presencia fundamental
cuando el interés y el disfrute del placer que conlleva deja
de ser periódico anual y se hace continuo en la hembra. En
el inicio del linaje que eventualmente nos da origen hace seis millones
de años, las hembras de nuestros ancestros primates, que
también dieron origen a los chimpancés, deben haberse
interesado por el sexo genital como las hembras de estos últimos
una vez al año, o con una periodicidad baja comparable. Cuando
pasa eso, la sexualidad se asocia a la reproducción, y el
disfrute de la convivencia sexual genital también es periódico.
Al expandirse la sexualidad de la hembra de nuestros ancestros,
la consecuencia más fundamental tiene que haber sido la expansión
del disfrute de la intimidad sexual genital al separarse ésta
de la procreación. Y el resultado histórico más
trascendente de esta separación tiene que haber sido la aparición
de la familia como un grupo pequeño de convivencia en torno
a una hembra, y cuya estabilidad y conservación se fundaban
en el disfrute y placer de la sexualidad, la sensualidad y la ternura.
Como conjunto armónico, la
sexualidad, la sensualidad y la ternura son los elementos o pilares
relacionales que dan consistencia, estabilidad y duración
a la pareja y la familia. Esto se evidencia en el hecho de que las
familias y las parejas se destruyen si alguna de estas dimensiones
desaparece, y la terapia familiar y de pareja son efectivas en la
recuperación de la familia o la pareja sólo si ellas
se restituyen en la convivencia. Sexualidad sin ternura es violencia,
sexualidad sin sensualidad no es tierna, y ternura sin sexualidad
no es posible o es transitoria. Con la neotenia se expanden tanto
la sexualidad como la sensualidad y la ternura, en la expansión
de la amorosidad materno-infantil. Pero la sexualidad sin su expansión
a la aceptación y disfrute de la intimidad genital, no tiene
duración como para estabilizar la permanencia de una convivencia
familiar centrada en el compartir alimentos y el disfrute constante
de la compañía a cualquier edad en torno a los quehaceres
del convivir.
El lenguajear, como un modo de convivir
en coordinaciones de coordinaciones conductuales cuya forma se establece
en la misma convivencia (consensuales), para surgir requiere de
un espacio de intimidad pequeño y estable en el placer de
hacer cosas juntos. En general, no nos damos cuenta de esto porque
vivimos inmersos en el lenguajear como la condición de nuestra
existencia como seres humanos. Pero si atendemos a las condiciones
en que los niños pequeños aprenden a vivir y convivir
en el lenguaje, veremos que el vivir en el lenguaje, tanto como
el vivir humano en general, surge en la intimidad de la convivencia
familiar y en torno a la relación amorosa materno-infantil.
Al separar de la procreación el placer, la ternura y la sensualidad
que el bienestar de la intimidad sexual trae consigo, la expansión
de la sexualidad de la hembra de nuestros ancestros constituye de
hecho un espacio de convivencia amorosa estable en un grupo pequeño,
que se abre a la colaboración en los quehaceres de una convivencia
en la que se disfruta el convivir. Pienso que la expansión
de la sexualidad de la hembra de nuestros ancestros, lo que tiene
que haber ocurrido entre tres y cuatro millones de años atrás,
creó el espacio de cercanía e intimidad cotidianas
en que pudo surgir y surgió el vivir en el lenguaje como
un modo de vivir y convivir conservado de una generación
a otra en el aprendizaje de los niños. En fin, desde este
pensar, propongo que los seres humanos existimos como el presente
de una historia evolutiva de conservación del vivir en el
amor como emoción básica que constituye el espacio
relacional de cercanía e intimidad en la convivencia que
nos hace posibles. Y también propongo que la neotenia y la
expansión de la sexualidad de la hembra, como procesos evolutivos
entrelazados, tuvieron un papel fundamental en la creación
de las condiciones del convivir en las que fueron posibles el vivir
en el lenguajear y su conservación de generación en
generación en el conversar. Se podría decir que en
la historia evolutiva humana, la neotenia, con la expansión
de la sexualidad de la hembra, constituyen el fundamento biológico
de la sexualidad como el placer sagrado del que habla Riane
Eisler en este libro.
Pero en nuestro presente, la sexualidad
ya no es un placer sagrado, y este libro muestra la historia de
su desacralización en la cultura patriarcal a la que aún
pertenecemos. Yo no hablaré de esta parte de nuestra historia,
pues está en este libro. Lo que quiero hacer ahora es otra
cosa. Quiero expandir lo que digo al afirmar al comienzo de este
prefacio que este libro aparece en una encrucijada histórica.
Usualmente se habla de la historia
de lo humano y de los períodos de esta historia atendiendo
a los cambios tecnológicos en ella. Yo quiero hacer algo
diferente, pues pienso que el curso que sigue el devenir humano
es el curso de su emocionar. Por eso lo que quiero hacer ahora es
una periodificación de la historia humana atendiendo al curso
que ha seguido en ella el emocionar. Según lo que yo pienso,
una cultura es una red cerrada de coordinaciones de coordinaciones
de conductas y emociones que, bajo la forma de un entrelazamiento
recursivo del lenguajear y el emocionar, constituyen todo lo que
hacemos como seres humanos en ella. Al mismo tiempo, sostengo que
lo que distinguimos al distinguir las distintas culturas que distinguimos,
y destacar lo que nos parece propio de cada una de ellas, son las
distintas configuraciones del emocionar que definen a cada cultura
como un modo particular de convivir. En otras palabras, sostengo
que al distinguir distintas culturas, distinguimos distintas redes
cerradas de conversaciones que de hecho realizan distintos modos
de convivir como distintos modos de ver, oír, hacer, pensar,
razonar, desear, relacionarse y emocionar. En fin, reconociendo
que lo que define a las distintas culturas como distintos modos
de vivir y convivir es la configuración del emocionar que
las caracteriza, propongo la siguiente periodificación del
devenir de lo humano en edades según la historia del emocionar.
Edad I
Edad de la colaboración y la honestidad: edad matrística
Esta edad se extiende desde el origen
de lo humano en el convivir en el conversar, esto es, desde hace
tres o más millones de años hasta el origen de la
cultura patriarcal occidental, unos diez o doce mil años
en el origen de la vida pastora. El emocionar básico espontáneo
de esta edad es el amor, y de allí lo es también la
honestidad como componente emocional propio de cuando se vive implícitamente
confiando en la coherencia natural de la biosfera y el cosmos. Esta
edad corresponde a un período del devenir humano que se establece
en la conservación sistémica del vivir y convivir
en el emocionar que la define, al aprender los niños a convivir
en ese emocionar al crecer y convivir en él. Más aún,
esta edad duró en tanto se conservó ese emocionar
en el aprendizaje de los niños como el trasfondo relacional
en el que ocurrían todos los cambios de las particularidades
del vivir, fueran éstos de la técnica, la conducta
o las relaciones interpersonales.
La colaboración sólo
ocurre en el amor, y es posible sólo en la apertura relacional
que surge de la aceptación de la legitimidad de todo, propia
de la confianza en las coherencias operacionales de la biosfera
y el cosmos que éste implica. En esta edad no hay ni bien
ni mal, sólo participación o no en las coherencias
operacionales de la biosfera y el cosmos. Cuando se rompen tales
coherencias, se producen desarmonías en el vivir, y con ello,
infelicidad. Como en esta edad no hay ni bien ni mal, no hay culpa,
sólo se es consciente o no de las rupturas de las coherencias
de la biosfera y el cosmos, y se actúa o no de acuerdo a
esa conciencia. En esta edad, actuar en conciencia de la ruptura
de las coherencias naturales de la biosfera o el cosmos, era realizar
alguna acción (ritual o mágica) que recuperase esa
coherencia.
Edad II
Edad de la apropiación, la desconfianza y el control, la
dominación y el sometimiento: edad patriarcal
Esta edad se extiende desde el origen
de la cultura patriarcal occidental diez a doce mil años
atrás con el comienzo del pastoreo hasta el presente. El
emocionar de esta edad se centra en la desconfianza como el núcleo
eje de una configuración dinámica de emociones que
se mueven entrelazando el control, la apropiación, la dominación,
el sometimiento, la codicia, la arrogancia, el miedo, la enemistad,
la guerra, la devaluación de las emociones y de la mujer,
la valoración de la procreación, la desacralización
del sexo,... la discriminación y el abuso en el ámbito
del bien y el mal con sentimientos de culpa cuando la biología
del amor activamente suprimida desde la razón recupera su
presencia por unos momentos. Esta edad, al igual que la anterior,
se conserva de manera sistémica en el vivir y el aprender
a vivir el emocionar que la define por los niños que crecen
en ella, y dura como tal en tanto se conserva ese emocionar como
el trasfondo operacional en torno al cual ocurren todos los cambios
que surgen (en la técnica, la conducta y las relaciones)
en su devenir histórico.
Los cambios culturales ocurren como
cambios en el emocionar, y en general pasan de manera espontánea
no intencional. Si no hay cambio en el emocionar, no hay cambio
cultural, cualesquiera sean los cambios tecnológicos o de
las prácticas del hacer cotidiano que por otras circunstancias
ocurran en el devenir de una comunidad humana. Por eso pienso que
esta segunda edad tiene que haber surgido en un cambio fundamental
sobre el emocionar de la edad anterior que ocurrió de manera
espontánea, no intencional, como consecuencia de alguna variación
conductual que pudo haber sido intrascendente. Y pienso que esto
tiene que haber ocurrido con el comienzo de la vida pastora por
el cambio en el emocionar que de hecho implica el restringir la
libertad de movimiento de otro ser, como ocurre en el pastoreo.
Todo hacer o acto humano ocurre
desde una emoción que lo hace posible, y toda emoción
ocurre en un hacer o acto. ¿Cómo se pasa desde el
emocionar de la primera edad, que se centra en el amor, al emocionar
de la segunda edad, que se centra en la desconfianza? Yo propongo
que esto pasa con el origen de la vida pastora, y que el emocionar
en que ésta surge constituye el origen del patriarcado. A
continuación veamos lo que propongo. En mi opinión,
esta segunda edad se inicia con el origen del pastoreo al comenzar
los niños, y luego los niños de esos niños,
como resultado de una pérdida ocasional de la confianza de
sus padres en las coherencias naturales de la biosfera y el cosmos,
a impedir a los lobos (que se alimentaban como ellos de las mismas
manadas migratorias que ambos seguían), en forma sistemática
y como si hacer eso fuese algo legítimo, su acceso a los
animales que eran su comida natural. Lo que pienso que debe haber
pasado es que los adultos que impidieron al lobo su normal acceso
a los animales de la manada, de la cual tanto ellos como el lobo
eran comensales, tal vez porque sentían que había
pocos animales después de un crudo invierno, si sabían
que ese acto rompía las coherencias normales de la existencia.
Al mismo tiempo, pienso que ellos también sabían que
debían hacer algún rito o acto mágico para
restituir esas coherencias, pero lo olvidaron o no lo enseñaron
de manera adecuada en ese momento a sus niños, los que al
no aprender el rito, aprendieron a excluir al lobo de su comida
como algo legítimo, en un acto que abrió el camino
para un cambio total del emocionar en su vivir y convivir.
En resumen, lo que propongo es que
el pastoreo aparece en el momento en que una familia comienza a
controlar la movilidad de un grupo de animales silvestres migratorios,
y que el cambio en el emocionar cotidiano que ello implica da origen
al patriarcado como modo de convivencia e instala esta segunda edad.
Es decir, lo que propongo es que por su modo de origen, el pastoreo
surge como un modo de vida centrado en la desconfianza implícita
en el impedir al lobo el acceso a su comida natural en un acto que
constituye el emocionar de la apropiación, y que lleva de
modo inevitable a la búsqueda del control de todo en la manipulación
de la existencia. Y con la manipulación de la existencia
también surge de manera inevitable toda la configuración
del emocionar que constituye a esta edad en la apropiación,
el control de la procreación, la codicia, la dominación
y el sometimiento, la discriminación, la enemistad, el bien
y el mal, la lucha, la guerra, la esclavitud, la deshonestidad,
el uso político del sexo y el sometimiento de la mujer al
patriarca como autoridad total, en fin, el presente patriarcal en
que aún nos encontramos.
Al mismo tiempo, pienso que hay
una tercera edad posible en cuyas puertas nos encontramos, pero
que el pasar a ella requiere de un acto intencional. Entraremos
a esta tercera edad sólo si lo queremos.
Edad III
Edad de la honestidad y la colaboración: edad neomatrística
El emocionar fundamental de esta
edad es la honestidad que abre espacio a la biología del
amor, y con ello, al emocionar de la colaboración y el respeto
mutuo. Esta edad sólo puede surgir en el presente desde un
acto intencional que haga de la honestidad el eje del emocionar
que la define en sus comienzos. Sólo después de vivirse
en ella algunas generaciones de modo que nuestros niños crezcan
en ella como algo natural, podrían la honestidad y la colaboración
ser nuevamente aspectos de la convivencia que los niños adquieren
en la espontaneidad de su convivir familiar.
Esta edad tercera podría
comenzar ahora, pero no ocurrirá por sí sola de manera
espontánea. En esta edad se invierten las relaciones de colaboración
y honestidad de la primera, pues en general ya no ocurre entre nosotros
la colaboración como algo que aprendemos en la infancia y
conservamos durante toda la vida como un aspecto natural y espontáneo
de la convivencia. En la edad en que aún estamos (la segunda),
la deshonestidad es vista como habilidad para el vivir cotidiano
en la competencia, y la cultivamos viviendo en ceguera sobre nuestro
emocionar al usar la razón para oscurecer motivos y deseos
inconscientes, motivos y deseos que no queremos reconocer públicamente.
Aún podríamos cambiar si lo quisiésemos, pero
este cambio requiere de un acto intencional de orientación
hacia la honestidad total que nos abre a la biología del
amor como un hacer consciente en el deseo de vivir en el respeto
mutuo y la colaboración.
Vivimos una encrucijada histórica
en la que el cambio de edad emocional hacia la edad de la honestidad
y colaboración en el devenir humano es posible, si lo queremos.
Digo esto porque me parece que el cambio de conciencia que hace
posible el paso a la edad tercera se está produciendo ahora,
y hay que apoyarlo si se quiere que de hecho ocurra y que no sea
al fin aplastado por el peso de los argumentos racionales de la
cultura patriarcal que conservan la cultura patriarcal.
Riane Eisler no habla de cultura
matrística, cultura patriarcal y cultura neomatrística,
como yo lo hago. Ella habla de cultura dominadora y de cultura de
coexistencia participativa en el ámbito de lo masculino y
lo femenino, porque su atención está puesta en la
relación de los sexos considerándola en una medida
importante desde una perspectiva tanto económica como política.
Mi mirada en esto es diferente. Para mí, los aspectos relacionales
que en el presente llamamos lo político o lo económico,
corresponden a los resultados del emocionar que guía las
relaciones interpersonales en nuestra cultura patriarcal, y considero
que la discriminación sexual en ella es secundaria tanto
con respecto a las relaciones de dominación y sometimiento
como con respecto a la valoración de la procreación.
Por eso considero que debe ser primaria la mirada a las emociones
como lo que guía y define lo que pasa en las conductas relacionales.
En la periodificación de la historia de lo humano que propongo,
la emoción central de la primera edad (edad de la colaboración
y la honestidad) es el amor, y en ella, el amor constituye el eje
de todas las relaciones, de modo que en esta edad no se da lo que
desde la cultura patriarcal llamamos lo económico o lo político.
En la edad segunda (edad de la codicia, la apropiación, la
desconfianza y el control), el eje emocional es la desconfianza
y el control, y en ella, este emocionar define todo lo que desde
ella misma llamamos lo económico y lo político. Por
último, si pasásemos a la edad tercera (edad de la
honestidad y la colaboración), la emoción que constituiría
su eje relacional sería precisamente la honestidad como un
acto intencional que nos abre nuevamente a la presencia de la biología
del amor, y no ocurriría en ella lo que desde la cultura
patriarcal en que aún estamos llamamos lo económico
o lo político.
Pienso que mientras no nos hagamos
cargo del carácter básico de las emociones como fundamento
de nuestro quehacer y nuestro razonar, no podremos comprender el
vivir humano y animal, y no podremos vivir el cambio de conciencia
que nos permitirá entrar desde nuestra comprensión
como un acto intencional a la edad de la honestidad y la colaboración
en la recuperación de la biología del amor como el
eje emocional de nuestro convivir. Es verdad que nos encontramos
en la cultura patriarcal que nos ciega y limita en el emocionar
que queremos recuperar. Pero la cultura patriarcal también
nos entrega la posibilidad de salir de ella con el único
don no engañoso que nos ofrece, y que es el entrelazamiento
siempre honesto, si se da, de la emoción y la razón
que es la reflexión. La reflexión es un acto que suelta
las certidumbres y permite mirar a la propia circunstancia desde
la biología del amor sin autoengaño, para luego construir
lo que se desea mediante un razonar que se funda en premisas aceptadas
con conciencia de ellas, desde el amor que es la emoción
que hace posible el ver reflexivo en el ámbito relacional
porque acepta el ver. La reflexión, como acto que entrelaza
la emoción y la razón, nos permite salir de cualquier
trampa.
Este magnífico libro es parte
de ese cambio de conciencia al hacer una develación de la
historia de lo humano en la edad segunda, edad patriarcal, y llevarnos
a verla en su continua violación de la biología del
amor. Leámoslo y dejémonos inspirar por él
para ser partícipes del cambio en el emocionar de la convivencia
en que participa, y atrevámonos a la honestidad total, sin
pretender que el error quede complemente alejado de nosotros. La
búsqueda de la perfección lleva a la tiranía.
El error lo podemos corregir si lo respetamos, la deshonestidad
hacia nosotros y hacia los demás, no.
Humberto Maturana Romesín
Peñalolén, septiembre 1997
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