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Terapia Gestalt |
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La
Voz del Síntoma
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Doctora Adriana (Nana) Schnake Silva
PRÓLOGO
Norma Osnajanski
Llegar a la bahía de Manao, en
la isla de Chiloé, requiere uno o más viajes en avión, otro trayecto
en bus, el cruce de un canal en ferry y un tramo más en automóvil,
a lo largo de un camino de ripio. El viajero que ansía llegar a
Anchimalén el campo donde Adriana Schnake, Nana, vive, cura y enseña
tiene tiempo de sobra para pensar qué lo está llevando hasta allí.
Pero generalmente no es necesario que piense mucho: se trata de
algún dolor del cuerpo, de algún desasosiego del alma, y de la esperanza
de sanación. En algún momento de ese último tramo de ripio, justo
después de una curva, aparece la bahía refulgente: ondulaciones
verdes salpicadas de vacas y ovejas, el calmo espejo del mar y allá
a lo lejos, la madre cordillera con sus volcanes. Todo está en orden
en ese paisaje, tal como sucede en la Naturaleza. Un orden que alberga
el caos generador y la tranquila diversidad, lo oscuro y lo luminoso,
lo simple y lo complejo, aquello que cambia y lo que permanece,
en un todo armónico que no intenta ser otra cosa que lo que es.
Allí, frente a la sólida, amable y contenedora bahía, el viajero
alerta puede tener un anticipo de lo que ha venido a encontrar en
sí mismo, y que seguramente Nana le ayudará a encontrar. Así como
en su primer libro Sonia, te envío los cuadernos café esta maestra
de vida nos llevó de la mano por los basamentos de la teoría y la
práctica gestáltica, y en el segundo Los diálogos del cuerpo nos
deslumbró con su enfoque holístico de la salud y la enfermedad,
en esta tercera obra logra un salto cualitativo en su tarea: hacernos
accesibles las claves de nuestra integridad como personas, en un
mundo que cada vez nos empuja a vivir más fragmentariamente, desconectados
de nosotros mismos, del prójimo y del entorno humano y planetario.
Nana afirma en las primeras páginas que su intención clara y precisa
es "mostrar lo positivo de nuestro encuentro vivencial con
el cuerpo, y quitar de éste la connotación negativa de que lo concreto
no tiene conexión con lo espiritual o trascendente". En suma,"devolverle
a nuestro cuerpo la calidad de sagrado, de templo". Efectivamente,
las expresiones "encuentro vivencial", "cuerpo"
y "espiritual" no suelen coexistir en las búsquedas de
algo trascendente para nuestras vidas. El condicionamiento de lo
dualístico es tal que seguimos inadvertidamente divididos. Por un
lado, "tenemos" un cuerpo que cada tanto se queja, duele
o se enferma, y entonces lo entregamos a una medicina cada día más
tecnificada para que se encargue de él. Por el otro, "tenemos"
un alma cuya sed intentamos calmar llevándola frente a algún maestro
espiritual que repetidamente nos hablará de la rendición del ego.
Pero ¿qué tal si descubrimos que hemos nacido con este maestro,
y que él nos habla todo el tiempo aun cuando pocas veces lo escuchemos?
¿Qué tal si nuestro ser cuerpo, con sus vísceras y con sus articulaciones,
con su carne y con sus huesos, con sus líquidos y sus redes neuronales,
es un guía pleno de sabiduría, cuyos mensajes también nos hablan
de cómo trascender el ego y conectarnos con la totalidad? Tal es
la síntesis magistral lograda por Nana, su aporte invalorable. Para
captarlo, basta leer con atención los casos descriptos, así como
los capítulos dedicados al cáncer y a la depresión, esas verdaderas
"plagas" con las que ya entramos en el tercer milenio.
Por medio del diálogo con los órganos y sistemas corporales, Nana
nos enseña cómo acceder a ese otro saber en el cual hay una voz
que clama por transformar la omnipotencia que controla y enferma,
la omnipotencia que nos lleva a negar lo que somos en aras de lo
que idealizadamente pretendemos ser. ¿Y transformarla en qué?, cabría
preguntarse. En verdadero reconocimiento y vivencia de nuestros
límites. En enriquecedora escucha del aquí y ahora. En gozoso descubrimiento
de nuestra inteligencia organísmica. Este libro está escrito con
la conmovedora honestidad que caracteriza a Nana. No sólo comparte
aspectos de su vida y el modo en que trabaja con sus propios sueños,
sino que advierte que en estas páginas se entrega a una "larga,
larguísima sesión de asociación libre con uno de los más geniales
psicoanalistas de nuestra época", el doctor Ignacio Matte.
Es seguramente la profunda conexión con quien fuera su analista
didáctico la que la inspira para traernos a Freud, por supuesto;
a Perls, ¿cómo no?; pero también a Lacan y a sus seguidores. Con
todos ellos y también con los cultores de la tautológica "medicina
psicosomática" ella dialoga, se interroga, los interpela...
y abre nuevos interrogantes. Finalmente, pero no por último, hay
otro gran invitado: Fedor Dostoievsky. Nana se apoya en las distintas
lecturas que hiciera de Crimen y Castigo en dos distintos momentos
de su vida, para ejemplificar un tema medular: cómo el estado emocional
puede alterar la percepción. Su pasión dotada de reflexión alcanza
picos muy altos estremecedores en las conclusiones a las que arriba.
Y resulta natural que recurra a un artista y su arte; más allá de
la médica y la psicoterapeuta, no es difícil ver en Nana misma a
la genial artista que innova en su campo y practica exquisitamente
el difícil arte de estar plenamente presente con la persona que
tiene delante y que ha venido a consultarla: presente con generosidad
y coraje, sin manipulaciones, sin pre-conceptos dogmáticos, con
infinito amor a la sombra que el otro rechaza en sí mismo y que
ella ayuda a iluminar atravesando el dolor narcisista. Alguna vez
Pablo Neruda escribió su Oda al hígado, y allí nos habló del filtro
y la balanza, de la delicada química, las íntimas esencias, la bodega
de los cambios sutiles que al amor agrega fuego o melancolía. También
se quejó de que "nadie lo ve o lo canta". A mí me gusta
imaginar cómo se hubiera regocijado el poeta con las bellas analogías
que Nana puede encontrar para describir forma y funciones no sólo
del hígado sino de cada parte del cuerpo humano. Descubrir esa "poesía
corporal" es otro de los modos en que Nana transmite aquello
que nunca podremos terminar de agradecerle: su inclaudicable compromiso
con lo que está vivo... y quiere vivir.
Norma Osnajanski
Buenos Aires, abril, 2001.
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