.................................


volver al libro

comente este libro

Colección Psicología
jungiana

   

¿Quién Soy Yo Realmente?
Personalidad, alma e individuacion
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Daryl Sharp

P R E F A C I O

Uno
Asuntos de Manitoulin
"En mi vida, muchas personas, tanto hombres como mujeres, no me han querido. Y no me extraña. Yo era egoísta, obstinado y mezquino. Me atrevería a decir que sigo siéndolo. Quizás la única diferencia es que ahora lo sé".

El profesor Adam Brillig, inventor, explorador, analista jungiano retirado, artesano múltiple y alguna vez montañista distinguido, detuvo su remo y miró hacia el este. Tenía 86 años y no los disimulaba. Profundas arrugas, mechones de pelo plateado, manchas marrones, ojos llorosos, lentes gruesos y mucho más. Su cabeza casi calva estaba tostada, y lucía una muy cuidada barbita gris. Su estatura, con zapatos con elevadores, era poco más de un metro cincuenta. De pie, parecía un hobbit; tendido, un lagarto. Para mí tenía una presencia autoritaria en cualquier posición. Me era difícil considerarlo otra cosa que un viejo sabio.

"Es cierto", dijo. "También fui libidinoso. Perseguía cualquier cosa en dos pies, y más de una vez tenté suerte con alguna de cuatro".

Mi perra Sunny, tendida junto a la borda, lo miró y meneó su frondosa cola. Ella es grande y se parece a un lobo. La Sociedad Humanitaria pensó que podía ser una cruza entre un collie y un pastor alemán. Le froté las orejas y me pregunté por qué Adam estaba diciéndome estas cosas. El era una reciente adición a mi pequeño círculo de amigos, y yo tenía una proyección sobre él perfectamente trabajable. No me interesaba arruinarla.

Se levantó una ligera brisa y Adam aseguró el barbiquejo de su gorra, ese tipo de sombreros que uno ve en las revistas donde aparecen personas junto a un Land Rover, ilustrando artículos que describen intrépidas aventuras en los Himalayas o el Sahara. Adam había estado en expediciones de ese tipo, pero jamás, que yo sepa, apareció en una revista.

"Desde hace mucho tiempo tengo la costumbre", continuó, "de conocer las ciudades desde el fondo. Tal vez conocer sea una exageración. Mejor sería... sentirme cómodo. Recorro los bares y observo. A veces hablo a las personas, y ellas a mí, pero en general absorbo la atmósfera de manera introvertida. Esto no agrada a muchos, ¿pero qué importa? A mí me encanta.

"Una vez en Copenhague me pasé una tarde amistándome con la cerveza gigante local. Sus 7,6 grados de alcohol te dan un buen golpe. Más o menos durante una hora observé cómo interactuaba una hermosa y joven pareja. Ella sonreía mucho y no despegaba los ojos de su rostro. El no estaba demasiado atento. Cuando se retiraban, toqué al hombre en el brazo.

"'Disculpe, ¿usted entiende inglés?'.
"'Un poquito, quizás'.
"'Bien, hace mucho tiempo que no veía tanto amor en los ojos de una mujer. Permítame felicitarlo'.
"'Tak, ella no sabe su idioma, se lo diré'.
"Los observé alejarse, y cuando llegaron afuera, para no creerlo, él le dio tal bofetón que la lanzó volando a la calle...
"¿Ves?, odiamos lo que somos, rechazamos lo que necesitamos. En nuestra frustración, golpeamos a quienes queremos. Detrás de eso, la raíz misma de todo eso, es que no sabemos manejar los opuestos". No pude contradecirlo.
"No siempre fui tan perspicaz", dijo Adam. "En mi juventud llevé una vida más bien convencional y miope, es decir, la eludía; la mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha. Abrí los ojos cuando me sometí a un análisis en Zurich. Cómo llegué ahí es cuento aparte; bien, tú ya sabes que las circunstancias me llevaron a un impasse.
"En Zurich vivía como un monje en dos cuartos pequeños. Estaba acostumbrado a estar solo y sabía el idioma, pero de todos modos fueron tiempos difíciles. Me había desarraigado y no tenía amigos íntimos. Llevaba un diario de mis pensamientos y empapelé las paredes con imágenes de mis sueños. No veía casi a nadie, excepto a mi analista, un bondadoso viejo unos veinte años mayor que yo. El era mi cable de conexión con el mundo exterior. Una o dos veces a la semana descargaba en él mi alma. Salía de su oficina renovado, un hombre libre, aunque, curiosamente, él parecía marchitarse. Sólo en retrospectiva, cuando tuve mi propia consulta, me di cuenta que él estaba obligado a cargar con lo que yo no sabía de mí mismo.

"Mi analista era un hombre de pocas palabras y nunca daba consejos directos, pero después de un tiempo le extrañó que yo no saliera más. "
'Nuestro tiempo en la tierra es sólo un suspiro en la faz del tiempo', dijo. 'Piensa en tu vida no vivida. ¿Recuerdas a Iván Ilyich?'.
"Bueno, no lo recordaba, pero pronto lo averigüé. Aludía a un cuento de Tolstoi, 'La Muerte de Iván Ilyich', donde el viejo Ilyich, un insignificante empleadillo fiscal, lamenta su pasado en su lecho de muerte. El pobre tipo murió en un abyecto dolor, con la penosa certidumbre de haber vivido su vida según los valores de otras personas. Pese a todas sus buenas intenciones -o, y qué difícil admitirlo, posiblemente incluso a causa de ellas-, él mismo nunca había vivido.

"Yo tomé a pecho esta historia y empecé a frecuentar la zona llamada Niederdorf, los arrabales, donde los bares y restaurantes están abiertos a toda hora y las damas de la noche se paran en las esquinas con sus paraguas. Al principio me refrenaba; sólo miraba a las personas y hacía bocetos de ellas. Los retratos eran bastante buenos, aunque nunca me sentí un artista; lo hacía sólo para divertirme. A veces atraía a pequeños grupos. Personas de toda condición: médicos, abogados, secretarias, banqueros, obreros de alcantarillas, plomeros. Cualquier persona con el entusiasmo para pasar una noche de juerga. Me ofrecían tragos y cantábamos juntos: ¡Dios nos ama!

"Los suizos tienen fama de aburridos, pero ésa no es mi experiencia. En verdad, les encanta el trabajo duro, pero también saben pasarlo bien. Especialmente cuando llegan las barcazas de degustación de vinos y durante las festividades, como el Fasching en primavera y el solsticio de otoño, Dionisio reina. Entonces hay fuegos artificiales, disfraces, globos y música, y se baila en las calles. Yo participaba y gozaba con todo.

"Típicamente volvía a casa dando tumbos, registraba la noche en mi diario y me echaba a la cama. A veces estaba tan excitado con la bebida y las gratas sensaciones, que yo -o mejor dicho nosotros, pues para entonces mi relajada sombra se había convertido en parte integral de mi vida- resolvía vivir en la calle y dejar de luchar por permanecer despierto. Tales decisiones jamás sobrevivían a una noche de buen dormir. Pero en muchas ocasiones sucumbí a la invitación a una fiesta, como dicen ellos, y una vez terminé en el suelo con una mujer que me mordió la mejilla. Todavía tengo la cicatriz, ¿ves?

"Desde entonces mi vida no ha estado exenta de ricos acontecimientos externos, pero todavía puedo decir, como Jung, que sólo me comprendo a mí mismo a la luz de lo que sucede por dentro. No es que quiera insinuar que de alguna manera sea igual a Jung, o siquiera un poco parecido a él. Yo soy mucho más bajo y, aunque he visto retratos de él con bigote, que yo sepa, él jamás usó barba".

Era una mañana a fines de la primavera, la segunda semana de mayo. Estaba muy caluroso para esa época y lugar donde estábamos, unos 965 kilómetros al norte de Detroit y alrededor de 563 de mi ciudad, Toronto. Adam Brillig, Sunny y yo estábamos a la deriva en una canoa amarilla en el lago Kagawong en la isla Manitoulin, donde hace doscientos años sólo existían indios aborígenes. Ellos todavía tienen derecho a gran parte de las tierras, que conservan sus nombres originales. En el dialecto ojibway, Manitoulin significa "Isla del Espíritu"; se cree que es el hogar del Gran Espíritu, Kitche Manitou. La palabra Kagawong significa "donde la niebla surge del agua".

Manitoulin, la isla de agua dulce más grande del mundo, está en Ontario, al norte del lago Hurón. Se llega en automóvil desde Toronto en dos formas. Puedes conducir al norte hasta Sudbury por unas cuatro horas, al oeste por otra hora hacia Winnipeg por la carretera Trans-Canada, luego desviarte al ramal sur en Espanola (6.000 habitantes). Otros 48 kilómetros por un camino cortado a través de los irisados acantilados Canadian Shield (granito y cuarzo) te llevan a Little Current (1.550 habitantes), el rincón noreste de la isla, donde, si tienes suerte, te pierdes la apertura del puente, quince minutos cada hora, para dejar pasar el tráfico marítimo. O puedes tomar el ferry de dos horas, el Chi-Cheemaun ("Canoa Grande"), a South Baymouth desde Tobermory, en la punta de la península Bruce, unos 322 kilómetros al norte de Toronto.

También se puede volar a Manitoulin con paradas en Sudbury y el lago Kirkland, pero es caro y no se permiten perros. Yo había hecho el largo viaje con Sunny en mi pequeño Suzuki rojo. Siete horas, incluyendo un descanso de media hora para almorzar y dos paradas de diez minutos para descansar. Después de Little Current y hasta la casa de Adam fueron cuarenta minutos de hermosos paisajes. A nuestra derecha podíamos ver las aguas libres del Canal del Norte. A la izquierda, los densos bosques en las laderas de los cerros. Periódicamente veíamos esos letreros que advierten: "Atención. Cruce de venados". Había poco tráfico y nadie parecía tener prisa. El camino estaba bien pavimentado, pero no era de cuatro pistas. Cada cierto trecho se veían granjas y aldeas, pero no había carteles ni centros comerciales. El aire olía a trébol dulce y guano recién esparcido.

Siguiendo las instrucciones de Adam, llegué a un camino sin salida a la orilla de un lago. Abrí la escotilla y Sunny salió de un salto. Corrió hacia el agua y se bebió un galón. Con sus patas en el agua, me miraba como diciendo: "Ven, el agua está deliciosa". ¿Proyección? Tal vez el poder de constelar. Si no, ¿por qué me desvestí y también salté al agua?

Estuvimos chapoteando por algunos minutos. Sunny fingía rescatarme y yo le lanzaba agua. Estornudó y volvió a la orilla. Yo me tendí de espaldas y me concentré en las ondulantes nubes. Estaba seguro de haber visto un rostro allá arriba. Me froté los ojos y desapareció.

Vadeé hasta la diminuta playa mientras Sunny correteaba alrededor del cerco, meando en algunos puntos cruciales. Probablemente meaba al azar; yo no podría probarlo. Pero la naturaleza de nuestra relación me convence de que Sunny sabe lo que hace aunque yo no lo entienda.

Mientras tanto, Adam Brillig había aparecido en la veranda que rodeaba la sencilla casa A que él llamaba su hogar lejos de su hogar. Le hice señas y él me ayudó a descargar el auto.

Aquella tarde no intercambiamos más que algunas cortesías. Yo estaba exhausto por el largo viaje y tenía la mente embotada. Dormité en el diván mientras Adam trajinaba en la cocina. Me llamó a la mesa para saborear un plato de fideos chinos acompañados de dientes de dragón fritos. Adam hablaba con entusiasmo de la flora y fauna locales. Se explayaba sobre las espectaculares puestas de sol y se excusaba profusamente por la intempestiva lluvia torrencial que nos impedía gozar una ese día. A las 9:30 de la noche, Sunny y yo estábamos acurrucados bajo un cobertor de pluma sobre un colchón en la buhardilla.

Desperté a medianoche con el aleteo de un murciélago, lo cual no me preocupó; ellos comen mosquitos. Adam tenía varias casetas para murciélagos en los árboles cercanos a la cabaña.

"Gentiles criaturas de la noche, navegan por sonar", dijo en la mañana, "y a veces alguno se pierde. Bueno, ¿a quién no le ocurre? ¿Quién puede hallar su camino en la oscuridad, ah? Contéstame eso. Yo podría tapar los hoyos del techo, pero jamás me lo he propuesto".

Ahora, al cabo de tres días y poco después de las 6 de la mañana, la niebla se estaba levantando, como el telón de un teatro, sólo que mucho más lento. Podríamos haber estado en cualquier parte; yo sólo sabía que estábamos a flote en una canoa. Adam y yo somos madrugadores. Nos habíamos levantado a las cinco y desayunado tostadas de pan integral y porridge endulzado con azúcar rubia y frutillas frescas. Eso es mucho más de lo que suelo comer a esa hora. Me recordó los inviernos bajo cero en Saskatchewan, cuando mi madre me fortificaba con cereales y crema antes de enviarme a la escuela con una lonchera Walt Disney repleta de rebanadas de queso, sandwiches de carne y galletas de avena. A veces cambiaba el queso -por un bolón multicolor que demolería a todos sus contrincantes-, pero ésa es otra historia. Adam había dado su acostumbrado paseo de cinco kilómetros mientras yo miraba fijamente la muralla. Yo prefiero mirar la muralla que caminar, porque, cuando se me ocurre algo, me resulta más fácil escribir si estoy sentado. Afuera estás a merced de los elementos, un helado viento del norte o un repentino chubasco, y tú estás en camiseta y sin paraguas.

A decir verdad, me alegraba ver salir a Adam. Desde mi llegada, sus caminatas regulares -volvía a hacerlas a media tarde, después de la siesta- eran casi las únicas ocasiones en que yo estaba solo. Bueno, descontando a Sunny. Por supuesto que ella cuenta, aunque no literalmente, pues, que yo sepa, no ha tenido educación formal. Sólo puedo decir que cuando levanta una pata significa que te va a dar un revolcón si no la alimentas.

En todo caso, aunque siento enorme simpatía por Adam Brillig, estar con él es bastante agotador. Como la mayoría de los acólitos, supongo, respeto al maestro y estoy pendiente de cada una de sus palabras. Además, ansío su aprobación y haría cualquier cosa por conseguirla. Pero, pese a todo, respiro más libremente sin él. Además, me gusta estar solo, pues me suceden cosas interesantes. O mejor dicho, suceden dentro de mí; yo me limito a escucharlas. También me ocurren cosas cuando estoy con otra gente, sólo que no las oigo bien debido al ruido. Inclinado sobre mi porridge, observé cómo el viejo chambón se puso un cortaviento y su gorra. Se miró en el espejo que colgaba junto a la puerta y le dio al sombrero un ángulo más coquetón. Después salió cojeando con su bastón de paseo, una nudosa vara de olmo con una empuñadura tallada que terminaba en una cabeza de serpiente con ojos de vidrio.

Dentro de todo, los días en casa de Brillig habían sido de descanso. No habíamos hablado una sola palabra sobre ningún tema serio. Yo me mantenía ocupado escribiendo notas y curioseando en el librero de Adam -la mayoría folletones, aunque entre Angeles en el Cielo de David M. Pierce y Sangriento Juego de Damas, encontré Cartas a un Joven Poeta de Rilke y varios volúmenes sobre leyendas ojibway-chippewa- mientras él correteaba juntando astillas para la chimenea, leyendo libros de cocina y haciendo cualquier cosa.

Yo envidiaba a Adam, pues nunca parecía estar ocioso. Cuando terminaba las tareas domésticas, encontraba algo para leer. Si no tenía ganas de leer, se sentaba. Cuando se cansaba de estar sentado, daba algunas vueltas o simplemente se paraba, algunas veces de cabeza.

En mi casa, yo florezco trabajando. Cuando termino lo que debía hacer, ideo nuevos proyectos. Nada se apila sobre mi escritorio. Cumplo todos los plazos con bastante anticipación, y nunca dejo para hoy lo que pude hacer ayer. Es muy satisfactorio no sentirse abrumado por tareas inconclusas. Por otra parte, se necesita bastante energía para despejar cada día el escritorio. Y tampoco es posible. Siempre hay cosas que quedan inconclusas. Las personas a quienes llamas están de vacaciones o ya no trabajan allí; están en otra línea o escuchas su contestadora; están almorzando o sólo van a la oficina el miércoles en la mañana y el jueves entre las 13:30 y las 15:00; te devolverán el llamado mañana. O te dejan en espera y ahí termina todo. Bueno, hago lo que se puede y después me ocupo de las sobras.

Cuando no estoy trabajando, mi idea del éxtasis es estar en un lugar agradable donde me alimentan si tengo hambre y no me exigen nada. ¡Ahí tienes un complejo materno! Esa temporada donde Adam, al igual que los pocos cruceros marítimos que he tomado, se acercaba mucho a mi ideal. Pero en un barco no puedes bajarte en cualquier momento. En casa de Adam, si tenías ganas, podías salir a la puerta y te encontrabas en un gran espacio abierto. Indudablemente, ésa era una ventaja. Había estado lloviendo en forma intermitente. Pero cuando salía el sol, me sentaba en la pequeña playa; en una ocasión nadé hasta la isla Bass, a 1 kilómetro de distancia. Sunny desistió a mitad de camino y se devolvió. Yo persistí. La isla no tenía nada especial: unas cuantas chozas en ruinas y un seto de siempreverdes; se podía recorrer en quince minutos. Regresé nadando de costado, preguntándome qué sucedería si me ahogaba: qué sentiría, quién me extrañaría, ese tipo de cosas. Tal vez estaba afligiéndome por mí mismo.

En la noche, tras una cena liviana, Adam y yo jugábamos a los naipes o al ludo -tenía un armario repleto de juegos- mientras escuchábamos algún concierto por la radio. Encendíamos la vieja salamandra de fierro para quitarnos el frío. Pescábamos las noticias de Londres de las seis en onda corta; una noche oímos una comedia. La televisión sólo se captaba si se tenía una antena parabólica. Adam decía que le bastaba con la radio. Podíamos conseguir un diario en la gasolinera de Dave en Kagawong (210 habitantes), que quedaba a 10 minutos en auto, pero no lo hacíamos.

Estaba claro que Adam se sentía en casa. Yo lo estaba intentando.

Adam estiró los brazos y sus cortas piernas. La canoa se balanceó y Sunny gimió.

"¿Saldrá el sol?", dijo Adam, con los ojos cerrados y las palmas abiertas.

No le respondí. Era un ritual matutino que yo honraba en silencio. La cabaña de Adam estaba en el lado este del lago, enfrentando el oeste. El sol aparecería pronto sobre los árboles, si no estaba oculto por las nubes.

Adam seguramente lo sabía, ya que venía a este lugar desde hace muchos años. Pero ahí estaba, listo para ofrecer su saliva, tal como lo hacían algunas tribus africanas para dar la bienvenida al sol.

"Manitoulin es importante", dijo con suavidad. Sí, y yo podía ver por qué. Era apacible. Ningún telefonazo importuno, ni camiones basureros, ni lectores de medidores, ni vendedores puerta a puerta, ni correo, ni fax. Había mucho tiempo para meditar. Las noches eran verdaderamente oscuras, y, según Adam, en otoño todavía se podía ver la legendaria aurora borealis, las Luces del Norte.

"Este es un mundo diferente", dijo Adam.

Sí, con moscas negras grandes como un puño y un piso helado en la mañana, y no olvides estar alerta con las instalaciones sanitarias. Trata de deshacerte de algo un poco más grande que un mojón y verás lo que pasa. Ese es el lado oscuro de estar en el campo. Son cosas que no te ocurren en la Gran Ciudad.

Muy bien, yo estaba medianamente fastidiado. A pesar del entorno y de mi respeto por Adam, estaba aburrido. No es que no aprecie la naturaleza, es sólo que no me basta. Aun cuando pudiera distinguir un canto de ave de otro o un trillium de un tulipán, seguiría inquieto. Con gran esfuerzo había extraído un poco de tiempo libre de mi agitada vida. Yo apreciaba este descanso y la falta de estrés, pero ahora ansiaba hacer algo productivo.

"Adam", dije, "por favor, conversemos". El sabía a lo que me refería. Desde nuestra colaboración en el lanzamiento de Empresas Chicken Little, que seguían prosperando muy bien, me moría por crear algo nuevo. Oh, había saboreado el aplauso del público -entrevistas en diarios, críticas favorables, etc.-, pero dormirme en los laureles no era mi estilo. Ni, creo, estaba interesado en acumular más. Pura y simplemente, algo dentro de mí me impulsaba. De seguro estaba en las garras de un complejo, que, para bien o para mal, se me escapaba.

¿Qué podía escribir ahora para ayudar a comprender la obra de Jung? ¿Cómo podía llegar a más gente? ¿Qué nuevo formato podía inventar? Estas eran importantes preguntas para mí. En busca de respuestas, siempre estaba más o menos distraído, por no decir obsesionado. Podía olvidarlo todo mientras hacía el amor, pero eso no bastaba.

Adam condescendió conmigo.

"¿El Chanchito Porky?", sugirió.
"El Capitán Maravilla", repliqué.
"Caperucita Roja". "Pulgarcito".
"El Avispón Verde".
"Abbot y Costello".
"Amos y Andy".
"La Pequeña Vendedora de Fósforos".
"Rumpelstiltskin".
"La Guerra de las Galaxias".

Mi mente zumbaba con posibilidades, pero no había nada nuevo. En los últimos meses me había aferrado a una serie de ideas por uno o dos días, pero ninguna prosperó. Algunos amigos me pedían que inventara un detective jungiano que resuelve misterios a partir de claves psicológicas. Le di una oportunidad, pero no lo hice con entusiasmo. Quizás mi vida ya es suficiente misterio para mí.
Pensándolo bien, ¿qué era Chicken Little si no una novela en clave? ¿Quién podría haber sabido que Ms. Little personificaba un motivo arquetípico, o de su cercano vínculo psicológico con la diosa sumeria Inanna, si yo no hubiera reunido hábilmente las evidencias, revelándolas en un asombroso final, tal como la Srta. Marples o Hércules Poirot de Agatha Christie? Es cierto que yo quedé tan sorprendido como cualquier otro, pero yo lo escribí.

No pienso en la psicología jungiana como en una religión, pero sé que le debo mi vida. Hubo un tiempo en que andaba de rodillas. Tras algunos años de análisis pude pararme en mis dos pies, más o menos erguido. Esa experiencia ha coloreado mi vida. Si alguien me preguntara, me costaría diferenciar mi obsesivo celo por Jung del fervor religioso que caracteriza a un cristiano converso o a cualquier otro evangélico. Esta comparación no me agrada, pero qué le vamos a hacer. Vacié café del termo y seguimos derivando en silencio. De vez en cuando, Adam o yo remábamos un poco para no alejarnos demasiado de la casa. ¿A dónde quiere llevarme mi energía?, me preguntaba. Eso era precisamente lo que debía descubrir aquí.

Tal vez ya había agotado lo que tenía que decir sobre Jung. Quizás debería cerrar mi consulta y vender el negocio de los libros, también dejar de escribir -hacer algo completamente diferente. Podía aprender swahili o meterme en política. Podía viajar alrededor del mundo, ver nuevos lugares, conocer a otra gente. Podía abrir la caja de Pandora de mi vida no vivida. ¿No sería divertido? Sunny me lamió los pies. Yo acaricié su largo hocico y palmoteé su noble cabeza lo bastante fuerte como para calentar su pelaje como dicen los libros que hay que hacer para que se sientan queridos. Se me arrimó aún más para captar el mensaje.

"Buena perra, eres una perra muy, muy buena". Al mirar sus tristes ojos, sentí que hiciera lo que yo hiciera, ella estaría conmigo, en cada tramo del camino.

Sí, en un mundo incierto, yo tengo a Sunny. Me sigue de una pieza a otra; aúlla cuando la dejo sola, y corre a mi alrededor cuando regreso. Yo soy su amo y ella se pone patas arriba para demostrármelo. Incluso me cepillaría los dientes si yo le enseñara. Sunny es verdaderamente noble, una amiga como hay pocas. Sin embargo, al mismo tiempo, sospecho que se iría con cualquiera que le ofreciera una galleta. No lo sé con certeza, pero prefiero no ponerla a prueba.

Estos pensamientos son una pequeña medida de los opuestos con los que he aprendido a vivir, y explican en parte por qué dejé de dar conferencias. Solía ser entretenido decir mi cuento frente a un público. Yo era una autoridad; la gente buscaba respuestas y yo se las daba. Pero un día me di cuenta de que cualquier cosa que dijera, era probable que lo opuesto fuera igualmente verdadero. El antiguo Acertijo del Mentiroso de Creta, una de las parábolas morales de Adam, me botó de mi pedestal. "Nada de lo que digo es verdad", declaraba el Mentiroso de Creta. Si eso era cierto, entonces esta afirmación también era una mentira, lo que significaba que todo lo que él decía era verdad. ¿O significaba que sólo decía la verdad cuando mentía? Quizás estaba mintiendo sólo cuando decía la verdad. En todo caso, ¿cuál es la diferencia? ¿Y quién lo sabe?

Claro que escribir libros también es problemático, pero al menos puedes hacerlo en privado.
Adam esperaba que apareciera su ayudante ocasional, Norman, un fotógrafo profesional independiente. Había estado viajando por Australia durante los últimos dos meses, cortesía de National Geographic, filmando koalas pariendo. Tal vez no podía incorporarse a Mensa, pero es muy bueno en lo que hace. Su ayuda fue crucial en el desarrollo del drama de Chicken Little, porque sin él jamás podríamos haber pensado en hacer un holograma de la tablilla de Kraznac robada por Adam, y mucho menos haber sabido cómo hacerlo. A sugerencia mía, Adam también había invitado a mis dos compinches, Arnold y Rachel.

"Aunque no debes contar con eso", me advirtió, "ellos tienen su propia vida". Rachel y yo hemos sido íntimos por unos quince años. Tenemos una hija, pero no estamos casados ni vivimos juntos. Ella es más extrovertida que yo, pero compartimos un aprecio terrenal por la vida. Tenemos lo que yo llamo una intimidad con distancia. Sin embargo, últimamente habíamos estado más distantes que íntimos. Después de nuestro experimento holográfico en su sótano, Rachel se había ido con Adam para ayudarlo en su investigación. Después desapareció en su arte. Habíamos hablado recientemente por teléfono.
"No rezongues", dijo. "Volveré cuando pueda. Estoy trabajando en algo completamente nuevo".

Yo respetaba la pasión de Rachel por la pintura -tan fuerte como la mía por Jung-, pero mi mundo se reducía sin ella. Me las arreglaba bastante bien y sólo yo notaba que algo faltaba.

"Ten paciencia", me aconsejó Adam. "Ella volverá o no". Mi amigo y colega Arnold era otro cuento. Yo estaba seguro que vendría porque siempre andaba rondando. Justo cuando creo que la vida es un plato de cerezas, él me lanza un trozo de carbón. Nos conocimos en Zurich y vivimos juntos mientras estudiábamos. Somos más que íntimos -en el fondo, hermanos-, aunque tan diferentes como el agua y el aceite. Yo soy Capricornio y él Leo, si es que eso significa algo. Yo soy flaco y él un oso. Arnold es un intuitivo rabioso: vive para lo que viene después. Yo soy más bien del tipo sensorial; camino sobre la tierra. A menos que alguien como Arnold me descarríe, se puede contar conmigo.

"Mi querido amigo, ¿todo esto no te basta?", dijo Arnold, abarcando con un brazo el cielo, el lago, los árboles. Bueno, ojalá hubiera sido así. Este calvo y cojo octogenario, este enano arrugado con un pie en la tumba, parecía verdaderamente contento con esperar el sol; mientras que yo, sano y ocasionalmente vigoroso, aún sin cumplir los sesenta, todavía estaba tratando de hacerlo alumbrar.

"Encontrar algo que hacer es juego de niños", observó Adam. "La historia de la humanidad es la historia de lo que el hombre ha hecho -sólo por hacer algo. Mirándolo todo, no es un cuadro hermoso. En mi opinión, la tarea del héroe es descubrir quién eres cuando no estás haciendo nada".

La niebla casi había desaparecido. Vimos varios pescadores en sus botes a remo, esperando pacientemente que picaran los peces. El sol naciente tocó las copas de los pinos en la isla Bass. Una familia de patos flotaba cerca: mamá, papá y cinco pequeñuelos. Los somorgujos se llamaban desde lejos. Todo estaba muy tranquilo. Era realmente hermoso. Me recordó mi adolescencia en Nova Scotia, cuando lo más excitante en la vida -bueno, junto al último número de Historias Asombrosas o una nueva novela de ciencia ficción de Theodore Sturgeon- era salir a pescar truchas el fin de semana, subiendo y bajando por los arroyos de la montaña con botas de goma. Mi madre limpiaba mi magra pesca de truchas de veinte centímetros y las comíamos. Después de cenar, yo hacía mis tareas escolares y luego iba al salón de billar para jugar una o dos partidas con mis amigos. Fue una época maravillosa; la vida era numinosa.

Tal vez Adam tenía algunos aperos de pesca guardados en su cobertizo. El me había contado acerca de la carrera del salmón durante el otoño en Manitoulin. Ejemplares de doce kilos subían contra la corriente por ríos poco profundos, para desovar y después morir. Uno podía meterse al agua y atraparlos con la mano. La gente venía a verlos desde Michigan, Ohio e incluso Florida. Quizás algún día yo lo haría.

"Adam", me escuché diciendo, "¿qué piensas del actual interés en el desorden de personalidad múltiple? Dicen que es un síndrome muy común entre quienes han sido objeto de abusos a temprana edad. Para sobrevivir, el ego traumatizado se divide en partes diferentes. Luego, más adelante en la vida, las partes fragmentadas crean un caos como personalidades diferentes".

"El DPM", asintió Adam distraídamente, agitando su remo.
Se quedó en silencio.
Yo escuchaba a los somorgujos y observaba los patos. Pensaba por qué estaba aquí y qué había sucedido hasta ahora: quizás lo suficiente como para meterse en el vaivén de las cosas, pero, por otra parte, no mucho.
Escuchaba y esperaba. Y esperaba.
Después de un rato empecé a preguntarme si todo esto no estaría sucediendo en mi cabeza. Yo estaba solo en una canoa, hablando conmigo mismo. ¿Sería eso? ¿Qué pasaría si yo fuera otra persona? ¿Y si no estuviera aquí? Ansiaba que viniera Rachel; ella lo sabría. Sunny se encontraba conmigo, pero de todos modos, yo estaba cerca del pánico.

"El DPM", dijo Adam por fin, "es demostrablemente real". Me relajé y di un mordisco a mi sandwich de plátano y mantequilla de maní que había llevado como refrigerio.

"La gran interrogante", dijo Adam, "es cómo interpretarlo. En mi opinión, sólo es un nuevo término para lo que siempre hemos llamado disociación. Si las ideas de Jung se conocieran más, no habría necesidad de hacer tanto escándalo.

"En todo caso, los cultores del DPM no están tan seguros. No es que el ego se divida; aunque sus características pueden cambiar, siempre es un complejo identificable por derecho propio. En respuesta a un trauma doloroso, la función autorreguladora de la psiquis se activa y crea un complejo que des-recuerda el suceso -queda sepultado entre los detritos de la vida en curso. Como cualquier otro complejo, yace acurrucado en el inconsciente hasta que algo lo activa. Entonces, ¡explota!". Hundió su remo con fuerza. Para ser un vejestorio, Adam estaba notablemente en forma. No era ningún Charles Atlas, pero tenía un aire que haría pensar dos veces a un matón antes de tirarle tierra a la cara. Eso me gustaba; yo, como un chiquillo raquítico con músculos invisibles, siempre me había sentido vulnerable. Emparejé mi remo con el suyo y nos dirigimos a tierra.

"La psiquis se parece mucho a una rosquilla", dijo Adam, "se enrolla sobre sí misma. Eso se ha sospechado desde los tiempos de Erasmo, y M.C. Escher hizo creaciones artísticas con ella. Jung le dio credibilidad y la mitología la apoya. A su debido tiempo, Deo concedente, será generalmente aceptado como un hecho verdadero". Dicho lo cual se puso a cantar, y nada menos que en latín.

 

   
    Editorial Cuatro Vientos
Maturana 19, Santiago Centro, Chile teléfonos: (56 2) 672 9226 - 695 4477 fax: (56 2) 673 2153
correo-e:
  editorial@cuatrovientos.cl