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Cap. 1 Cocina Zen

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EL PRIMER PLATORECETAS PARA EL ESPÍRITU

1. LA PREPARACIÓN DE UN COCINERO ZEN
La primera vez que me crucé con el Budismo Zen fue en un curso de religión en la Universidad. Estábamos leyendo el libro de Huston Smith titulado The Religions of Man1. Había sólo una página sobre Budismo Zen, pero la sentí como mi hogar. En ese tiempo, no había instructores de Zen o centros Zen en Nueva York ni en otra parte del país hasta donde yo sabía. Pero leí todo lo que pude encontrar acerca del tema, que en esos días eran los libros escritos por Alan Watts y D.T. Suzuki. Me gradué del Polytechnic Institute of Brooklyn2 en 1960 con el título de ingeniero aeronáutico. Al poco tiempo de mi graduación estaba sentado con un compañero de clases en un quiosco de pizza, hablando acerca de lo que íbamos a hacer con nuestras vidas. Dije, sin pensar demasiado en ello, que tenía tres metas:Primero, dije, quería estudiar Zen en un monasterio. Segundo, quería experimentar la vida en comunidad de un kibutz. Y tercero, quería vivir como un vagabundo en Bowery3. Treinta años después he cumplido estos tres objetivos, aunque de formas que no podría haber imaginado en ese tiempo. Cerca de un año después de graduarme, pasé efectivamente un año en un kibutz en Israel. Y sí estudié Zen en un monasterio, aunque no fue en Japón, como probablemente lo imaginé en ese quiosco de pizza. Fue en el corazón del centro de Los Angeles y era más un centro Zen que un monasterio, aunque practicamos meditación tan duramente como la mayoría de los monjes en el común de los templos. Y ahora he alcanzado mi meta de vivir como un vagabundo en Bowery, aunque fue sólo por una semana. Lo hice como parte de mi entrenamiento para trabajar con las personas sin hogar. No lo sabía en ese entonces, claro está. Pero esos tres objetivos, esos tres deseos formulados al pasar hace más de treinta años atrás eran en realidad las semillas que eventualmente se transformarían en mi comida suprema. Vivir en un kibutz en Israel me dio un profundo aprecio e interés por el poder de la comunidad y la familia. En el barco a Israel conocí a mi primera esposa, Helen, hija de un rabino ortodoxo y hombre de negocios. Regresé a Estados Unidos para trabajar con McDonnell-Douglas en Los Angeles y lo hice como gerente de proyectos en la misión a Marte tripulada por humanos. Mi labor era apasionante y gratificante. Pero de alguna manera, mi curiosidad acerca del Zen continuó creciendo. Dado que no pude volar a Japón, después de todo, tenía un buen trabajo y una familia que mantener, leía libros y me quedaba hasta tarde en la noche, fumando cigarrillos y hablando de Zen y temas afines con amigos que compartían mis ideas. Entonces descubrí un pequeño templo Zen justo en el patio detrás de mi casa, en la Pequeña Tokio. El nombre del templo era Zenshu-ji y pertenecía a la escuela Soto Zen. Más tarde sabría que ésta era la escuela que Dogen había fundado luego de encontrar el cocinero en China. Ahora, mirando retrospectivamente, puedo ver que ya estaba siguiendo los principios del cocinero Zen comenzaba con los ingredientes que estaban justo en frente de mí. La instrucción Zen en Zenshu-ji en esos días era muy escueta. El director del templo ofrecía una pequeña zazenkai una meditación Zen en posición sentada una vez por semana, los domingos en la mañana. En contraste con las conversaciones nocturnas y los debates que mantenía con mis amigos, no había mucha charla allí. No “discutíamos” el Zen, no lo analizábamos ni tampoco teorizábamos acerca de él. Simplemente lo practicábamos. La mayor parte de la instrucción trataba de la postura física para sentarse. Lo hacíamos en pequeños almohadones negros y redondos, llamados zafus, enfrentando la pared. Cruzábamos nuestras piernas lo mejor que podíamos, manteníamos nuestras espaldas rectas, nuestras manos plegadas en nuestros regazos, los pulgares tocándose apenas y nuestros ojos entrecerrados. Se nos había instruido en focalizar nuestra respiración contando en silencio de uno a diez, una y otra vez. Si perdíamos la cuenta o si pasábamos de diez (una vez llegué a cien antes de darme cuenta de ello), debíamos volver a uno y comenzar de nuevo. Era bastante simple pero a la vez muy exigente. Entre períodos de quietud practicábamos meditación caminando. Nos visitaba un joven monje Zen de Japón, quien hablaba un poco de inglés. Su nombre era Taizan Maezumi y posteriormente llegaría a ser mi Roshi, o instructor de Zen. Un día, luego de una sesión de meditación sentada, le pregunté: qué debía hacer durante la meditación en movimiento. Me miró y dijo: “Cuando caminamos, simplemente caminamos”. Pocos meses después, asistí a un retiro de meditación por el fin de semana con Yasutani Roshi, un maestro Zen de Japón que estaba de visita. Yasutani Roshi dio a cada uno un koan para meditar en él. Tres veces por día, entrábamos en una pequeña habitación para darle nuestra respuesta. El joven monje traducía para él. Luego del retiro, le pregunté si podía estudiar bajo su tutela. Dijo que aún no había finalizado sus estudios, pero me aconsejó continuar meditando. Eventualmente, el joven monje inició un centro Zen en una pequeña casa en el centro de Los Angeles y comencé a meditar con él. En esos días, me levantaba temprano para practicar la meditación y luego compartía mi auto para ir a trabajar a McDonnell-Douglas. Posteriormente regresaba a casa, cerca del centro Zen y asistía a la sesión de la tarde. Cada vez que era posible, me tomaba un tiempo libre para meditar por períodos más largos.

FANTASMAS HAMBRIENTOS
Meditar era el corazón de nuestra práctica. Pero también practicábamos cantos y reverencias. Durante los retiros de meditación, comíamos en el zendo —la sala de meditación—, de modo que incluso comer pasó a formar parte de nuestra meditación. Antes de hacerlo, ofrecíamos algo de alimento al Buda, a su enseñanza y a la comunidad budista4. Luego de cada comida, ofrecíamos las sobras a los fantasmas hambrientos. En el Budismo, los fantasmas hambrientos son representados como criaturas miserables que tienen un enorme vientre hinchado y cuellos delgados como agujas. Aunque están rodeados de alimentos, nunca pueden satisfacer su hambre o su sed porque sólo pueden comer o beber una gota a la vez. Sus cuellos son delgados como una aguja porque están tan bloqueados por su condicionamiento que no pueden aceptar o apreciar la comida que tienen al frente. De hecho, todos somos fantasmas hambrientos. Es una metáfora que da cuenta de nuestra parte insatisfecha. Debido a nuestros apegos y a nuestro condicionamiento, perdemos la comida y la bebida que está justo delante de nosotros. A decir verdad, los ingredientes que necesitamos para preparar el sustento que nos satisfaga están todos aquí. Pero rechazamos el alimento que se nos ofrece. Nos dejamos poseer por el sentimiento de que no podemos hacer lo que se debe. Así, estamos siempre buscando algo que no tenemos. Por alguna extraña razón, somos incapaces de decir simplemente: “Tomemos esto y hagamos una fiesta fenomenal”. Todo se reduce a un hábito muy humano: siempre estamos buscando algo que está más allá de lo que tenemos en frente de nosotros. Los fantasmas hambrientos se manifiestan de diversas maneras. Yo mismo experimenté el inmenso hambre que todos tenemos, una mañana que manejaba mi auto compartido al trabajo. Había estado practicando la meditación intensivamente, temprano durante las mañanas, cuando repentinamente caí en cuenta de la universalidad del hambre. Sentí este gran hambre a mi alrededor. Vi que aunque hay suficiente sustento en nuestra sociedad para alimentar a todos, mucha, mucha gente ansía comida. Vi que aunque alguna gente tiene más que suficiente comida, apetece poder. Vi que algunos estamos sedientos por aprecio o fama. Otros están famélicos de amor. Y los buscadores espirituales, incluyendo a los estudiantes de Zen, suplican iluminarse. Tan pronto como sentí esta gran sed formulé un voto: dedicar mi vida a ofrecer a todos nosotros, los fantasmas hambrientos de las diez direcciones, la comida suprema. Este es el voto del cocinero Zen. En Zen, un voto no es algo que prometemos hacer y luego nos sentimos mal o culpables si no lo logramos. Más bien, un voto es la intención de hacer algo. Muchos creemos que debemos limitar nuestras comidas porque los elementos que tenemos a la mano —ya sea ingredientes, dinero, tiempo, talento, inteligencia o energía— son limitados. Pero un voto no está limitado ni por espacio ni por tiempo. Podemos hacerlos tan pequeños o tan grandes como queramos. Podemos formular el voto de alimentar a una persona, por ejemplo, o de hacerlo con cientos o miles de ellas. Podemos formular el voto de dar amparo a una persona sin hogar o hacerlo para cientos o miles de familias. Podríamos incluso formular votos para terminar en general con la hambruna y el desamparo. Lo único que limita nuestros votos es la imaginación. Pero aun cuando un voto no tiene límites, cumple una función muy práctica: es como una brújula que nos indica la dirección a seguir y que nos mantiene en rumbo. Pero un voto por sí mismo nunca es suficiente. Aisladamente, un voto es sólo potencial. Es como levadura, como un botón de arranque. Pero si queremos ver nuestro voto manifestado en el mundo, si deseamos hornear una hogaza de pan real (una que podamos comer y servir a otros), tenemos que agregar harina, agua y amasar todo junto. Debemos agregarle determinación. Cuando añadimos decisión, la idea cobra vida y fuerza propias. El pan que imaginamos sale del horno, listo para ser comido.

COCINANDO COCINEROS
A medida que el centro Zen creció, me sumergí en mi práctica Zen con más y más fuerza. Trabajé cien koans diferentes, tanto con mi instructor como con sus profesores, quienes venían ocasionalmente de Japón para guiar retiros de meditación. En tanto mi propia práctica progresaba, se me asignó más y más responsabilidad. Finalmente dejé mi trabajo y me convertí en un monje de tiempo completo. En 1976 llegué a ser el primer heredero de mi mentor. Todo se hizo de la manera tradicional. Incluso viajé a Japón. Allí oficié, por una noche, de abad en dos monasterios importantes de la escuela Soto5 del Zen. Esto significó que fui oficialmente registrado como instructor de Zen en Japón. Cuando regresé de Japón comencé a liderar retiros personalmente, bajo el ojo atento de mi tutor. Pero también ayudé a gestionar una variedad de otros programas. Abrimos una clínica de barrio, que prestaba funciones a diversos distritos urbanos. Iniciamos una editorial especializada en libros sobre la práctica del Zen. También dirigimos un negocio de diseño de jardines y carpintería. Además, compramos y rehabilitamos un departamento en un edificio adyacente. Toda esta actividad puede sorprender a la gente que piensa que el Zen o la espiritualidad representan un retiro pasivo de la vida. Pero el trabajo es en realidad una parte muy importante del Zen. La intuición penetrante y la ecuanimidad que puede venir de la práctica espiritual deberían abrirnos los ojos a los problemas de la gente a nuestro alrededor y hacernos más útiles. En 1979 regresé a Nueva York para comenzar una comunidad Zen con mi esposa, mi familia y unos pocos estudiantes. Casi no teníamos recursos, pero ya desde el inicio nuestra visión era amplia inmensa, de hecho. Supe desde un comienzo que tendríamos que formar una comunidad que incluyera e integrara todos los “platos principales” de la vida. Comenzamos con el de espiritualidad. La práctica del Zen era nuestra piedra de toque espiritual. Luego vino el segundo aspecto, el de los medios de subsistencia. Queríamos desarrollar una vida, una forma de ganarse la vida, que pudiera ayudar a otros y a nosotros mismos. Y queríamos vernos involucrados en nuestra comunidad en una forma que transformara las vidas de la gente que estábamos ayudando. De modo que no quería comenzar un negocio que diera trabajo sólo a unos pocos estudiantes de Zen y que ayudara a mantener exclusivamente nuestra comunidad. Deseaba iniciar una actividad que también pudiera ofrecer ocupación y capacitación laboral fuera de nuestra comunidad. Pero más que eso, estaba buscando una forma en que los negocios llegaran a ser por sí mismos una fuerza de cambio social y un camino de transformación espiritual. Nuestra visión del tercer plato, acción social, era asimismo muy extensa. No queríamos alimentar sólo a unas pocas personas. Queríamos terminar de raíz con el desamparo primero en Yonkers, donde vivíamos y trabajábamos, y luego en el resto del país. Pocos años después de mudarnos a Nueva York, la comunidad Zen formó el Greyston Family Inn y compró un edificio de departamentos abandonado en el número 68 de la Avenida Warburton. Dos años después, los Constructores Greyston una pequeña empresa constructora fundada para realizar los arreglos finalizó los trabajos en esa dirección. Dieciocho familias se trasladaron a sus nuevos departamentos y comenzaron el proceso de educación, consejo y capacitación laboral. Y ahora hemos comenzado a refaccionar dos edificios más. En todos estos proyectos, buscaba una manera de cumplir con mis votos de ofrecer la comida suprema a todos los seres sintientes. Desde cierto punto de vista, por supuesto, un voto tal es imposible de cumplir. Hay sencillamente demasiados fantasmas hambrientos en este mundo, con demasiadas necesidades. Nadie puede cocinar sólo una comida así. Pero el cocinero Zen no trata de cocinar esta comida por sí mismo. Él está siempre “cocinando a otros cocineros”6, que a su vez enseñan a terceros cocineros y así sucesivamente. De esta forma, una persona puede tener un efecto tremendo. Una simple comida puede llegar a ser una gran fiesta.

Notas
1 “Las Religiones del Hombre” (N. del T.).
2 Instituto Politécnico de Brooklyn.
3 Distrito de la ciudad (N. del T.).
4 Las tres “Joyas” del Budismo: el Buda, el Dharma y la Sangha (N. del T.).
5 En Japonés, “externo”. Soto alude a la manera en que los monjes se sientan en el zendo, mirando hacia el exterior (N. del T.).
6 (Las comillas son del traductor).

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