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Manuales
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La
Música en la Mente
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Eloise Ristad
prólogo de Francisco Huneeus
Prólogo
Este es un libro
que trata de cómo una genial profesora de música resuelve
con sus alumnos, los problemas de lectura, de memoria, de interpretación,
de nerviosismo, de sonido y de improvisación, además
de otros tantos escollos que suelen surgir en el estudio musical.
Y es también
un relato de las diversas historias que la gente tiene con la música,
y que al igual que todas las verdaderas historias de amor, están
llenas de momentos de deleite y de momentos de frustración
y sufrimiento. Lo interesante acá es que las dificultades
se resuelven con alegría, agilidad y creatividad, al igual
que en el difícil arte de vivir la propia vida.
Y tal vez sea obvio
decirlo, pero la música para la humanidad, es algo así
como su respirar mismo. No hay pueblos ni nadie que no tenga alguna
relación con ella, se dé cuenta o no de esto. Creo
también que no hay nadie que en algún momento de su
vida no haya deseado cantar o tocar un instrumento musical. Y como
bien sabemos, son relativamente pocos los que realizan este deseo.
Cada uno de los afortunados que hace música, ya sea profesionalmente
o como "amateur" (es decir, amador), ha de tener una historia
muy especial que contar. Mi amiga Ema Walton, quien me entusiasmó
con la idea de traducir y publicar este libro en español,
además de pianista es no vidente (o "ciega legal",
como le gusta llamarse a sí misma), y comprenderán
que tiene una historia muy particular que relatar. Yo también
soy uno de los afortunados, porque logré salir adelante y
hago música, no en forma excepcional, ni me gano la vida
con ello (¿será que nos salvamos la vida con ello?...), pero
sí de una manera que me satisface. Y verán que los
ingredientes más importantes de mi historia musical no fueron
ni excepcionales ni tan difíciles, y es por esto que voy
a permitirme relatar lo que me condujo a no perder mi entusiasmo
por esta magnífica actividad. Es posible que parezca un tanto
ingenuo y optimista al creer sinceramente que si nosotros pudimos,
usted también puede. Creo que todas las historias sirven
para aprender algo.
Estando interno
a los siete años de edad en un colegio de monjas con instrucción
militar, en las cercanías de Filadelfia, tuve la primera
reacción "visceral" que recuerdo con la música.
Fue cuando vi la banda de música del colegio, con su fila
de trompetas, clarinetes, trombones, tubas y tambores. Pero eran
las trompetas las que me producían una fascinación
indescriptible. No sé si era su forma convoluta, su brillo
impecable o su sonido estridente y claro, pero lo cierto es que
cada vez que las veía y escuchaba, sentía cosquillitas
en la boca del estómago, parecidas a las "mariposas"
que sentiría más adelante ante otros enamoramientos.
Mi padre, melómano empedernido, no perdía las esperanzas
de que por lo menos uno de sus hijos fuera músico, y me incluyó
en unas clases de piano que había en ese mismo colegio. Estas
transcurrían dos o tres veces por semana en unas salitas
blancas con muchos vidrios, en que apenas cabían el piano
vertical y el banquillo. Había una monja que recorría
las diversas salitas y comprobaba que cada uno de sus alumnos estuviera
efectivamente ensayando sus escalas y demases.
A poco andar se
me ocurrió, en una de estas salitas, algo que me marcó
para el resto de mi vida. Y no fue nada traumático, más
bien todo lo contrario: un antitrauma. Un día que me aventuré
a mirar qué había encima de ese enorme y solemne (para
mí) piano negro de estudio, para mi sorpresa y regocijo,
descubrí una trompeta brillante, dorada y con sus tres pistones,
dejada ahí seguramente por uno de los de la banda. La tomé,
la manoseé y la soplé, y desde entonces no me he desprendido
de los bronces.
Una vez alejado
del internado, y gracias a la tozudez propia de esa edad, conseguí
que para una navidad me regalaran mi primer instrumento: un clarín
de bronce. Esto me sirvió para aprender por mi cuenta todo
tipo de dianas y toques de queda, que era lo único que se
podía tocar en mi clarín. Llegué a ser bastante
eficaz y experto en esto a costa de despertar a todo el vecindario,
lo cual no me hizo muy popular. Se optó entonces por canalizar
mis ínfulas hacia algo más armonioso y menos estridente,
y así es como con una trompeta prestada, ingresé a
la banda "de los chicos" de mi nuevo colegio.
De vuelta a Chile,
matriculado en un colegio sin banda, mi padre, que veía en
mí cierta aptitud musical, no perdía las esperanzas
de que yo abrazara seriamente el piano o el violoncelo, o en todo
caso, algún instrumento serio y digno. Por aquel entonces,
él había fundado el Conservatorio Musical de Providencia
con una serie de excelentes músicos europeos que él
mismo había ayudado a reubicar después de la guerra.
Naturalmente, yo no me escapé de ser uno de los alumnos de
ese conservatorio. Estudié piano, solfeo e incluso violoncelo,
que, en total, sumarían unos cuatro o cinco años de
estudios musicales.
Durante toda esa
época, yo seguía con la trompeta, si bien nadie sabía
a ciencia cierta qué es lo que hacía con ella (y en
esa época, hay que admitirlo, era una afición considerada
un tanto estrambótica). Mi padre no me descalificaba por
ello, aunque tampoco le daba mucha importancia. En la adolescencia,
mis únicos logros musicales fueron el haber sido el trompetista
más joven del Club de Jazz en la calle Merced, y luego integrante
y director de un conjunto de mariachis en la Escuela de Medicina.
Recuerdo la sorpresa, un tanto escandalizada, cuando a la celebración
de las Bodas de Oro de mis abuelos, irrumpimos vestidos de mejicanos
tocando rancheras. ¡Cómo me hubiera gustado llegar con un
cuarteto de cuerdas o un quinteto de vientos!
Y sin embargo, pese
a todos los esfuerzos de mis profesores, de mi padre y de los míos
propios, conmigo la música clásica no funcionaba.
¿Sería cuestión de edad?, ¿de método?, ¿de
instrumento?, ¿de profesores?...
Creo que me fue
pasando lo que a muchos: se necesitaba una paciencia y una disciplina
que yo no tenía, o al menos así lo creía. Mi
padre hizo lo que pudo con cada uno de nosotros en este sentido,
y posiblemente lo más significativo para todos los hermanos
fue el que en casa siempre sonaba buena música, ya fuera
grabada o interpretada ahí mismo por él y sus amistades,
nos gustase o no.
Muchos años
más tarde tuve otro trauma anastrófico (es decir,
el opuesto a la acepción habitual de trauma como algo "malo".
¿El trauma de San Pablo, por ejemplo, al caer de su cabalgadura,
podría calificarse como un evento "malo"?). Este
me ocurrió en un concierto de música de cámara
ofrecido por tres investigadores en biología que como yo
trabajaban durante el verano en Woods Hole, Massachussets. Ahí
me di cuenta de golpe que eso era precisamente lo que yo quería:
hacer música de cámara, así como esos colegas,
sin sufrimiento, pasándolo muy bien y sin esfuerzo, como
me pareció que ellos lo hacían.
A estas alturas
cabría preguntarse por qué no contentarse con el mero
escuchar. Hay que admitirlo, existe una tremenda diferencia entre
el hacer música y el escuchar música. En el primer
caso, uno está comprometido con todo el cuerpo: músculos,
respiración, atención, ojos y oídos. En el
segundo caso también puede haber gran compromiso, si bien,
de alguna manera, uno no se está jugando esa larga e íntima
relación con el instrumento del que emana el sonido. Falta
la acción. Falta el goce del hacer, que, cuando es en grupo,
es casi una experiencia mística.
Pues bien, conocedor
de esto, me di cuenta que ya me había decidido. Hice un rápido
estudio de mercado y llegué a la conclusión que tendría
que tocar un instrumento poco común y que a la vez fuera
utilizado en música de cámara. También pensé
que tendría que aprovechar todo mi largo entrenamiento previo
con mi amorcito clandestino: la trompeta. Así, por inexperto
que fuera, sería invitado a tocar en conjuntos, sencillamente
porque la demanda supera por mucho a la oferta. De esta manera supe
que tendría que tocar corno o trompa (el mal llamado corno
francés), e inmediatamente inicié las acciones que,
desde el punto de vista de la formación musical habitual,
constituirían un crimen ignominioso. Era tal vez mi última
oportunidad antes que definitivamente "me dejara el tren"
para poder hacer música de cámara. Era ahora o nunca.
Y así fue como, armado de una buena dosis de intrepidez proveniente
de quién sabe dónde, me fui directo a una casa de
música y me compré un corno, un método y un
longplay con una grabación del Trío de Brahms para
violín, corno y piano, y la partitura de esta misma obra.
Me sumergí
con tocadiscos y todo en el sótano de mi casa en el área
de Boston e inicié una fascinante época de descubrimientos,
sorpresas y frustraciones. Estas últimas fueron en realidad
bastante moderadas y soportables, ya que como no tenía a
nadie a quien rendirle cuentas y a nadie le importaba si me equivocaba
o no, esquivaba las dificultades. Lo importante era que cuando sonaba
esa grabación y yo me "metía" entre esos
músicos con mi corno, era tanto mi deleite que podía
soportarme y perdonarme toda clase de errores. Curiosamente, y tal
vez por esto mismo, éstos desaparecían con gran rapidez.
Lo cierto es que esto me parecía demasiado bueno y fácil
para ser verdad. Debía estar aquejado de algún tipo
de delirio.
Al poco tiempo decidí
tomar una lección con un cornista afamado de la Sinfónica
de Boston. Luego de escucharme unos minutos tocando lo único
que sabía, me dijo un tanto sorprendido. "Mire, creo
que usted va muy bien y tal vez ha descubierto un modo instantáneo
para tocar --el método del deleite y del no sufrimiento.
Y mal que mal, de eso se trata la música, ¿verdad? Así
es que no hay nada que yo pueda enseñarle. Le sugiero, eso
sí, que haga de vez en cuando algunos estudios de técnica
y que vaya donde este fabricante de cornos que le voy a indicar,
para que le haga una boquilla que le acomode". Y eso sería
todo. Adopté sus consejos e incluí en mis sesiones
solitarias algunos estudios clásicos para cornistas, e inventé
otros que tenían que ver exactamente con las dificultades
que se me iban presentando. Y lo que es muy importante, descubrí
que mis sesiones de estudio jamás debían sobrepasar
los veinte minutos, tanto por los reclamos de los demás habitantes
de la casa como por el hecho de que con facilidad se empezaba a
apoderar de mí un sentido guerrero de querer "vencer"
la dificultad, y con esto no hacía más que empeorar
las cosas. Como es natural, muy pronto me asaltaron terribles dudas.
Tal vez este amable señor había percibido que en realidad
yo no tenía remedio, y todo lo que me dijo no fue más
que una manera caritativa de decirme que no me tomaba como alumno
por tener la seguridad que pronto abandonaría el instrumento.
O tal vez no.
Unos meses más
tarde hubo una audición para cornistas en la orquesta de
estudiantes del M.I.T., donde yo trabajaba. Ante mi sorpresa, fui
seleccionado de entre ocho para ocupar la última silla de
las cuatro vacantes. Y así fue como sintiéndome un
anciano de 28 años sumido entre todos estos superdotados
que tocaban y leían música con una facilidad asombrosa,
pude vivenciar y apreciar el goce indescriptible de tocar en un
conjunto grande y disciplinado. Y lo que es más, tocar desde
"adentro" y conocer la música en el crisol mismo
de su producción. Pude participar y cooperar con otros en
la re-creación (porque de eso se trata en realidad, un re-inventar,
un re-hacer) de obras conocidas: sinfonías de Schubert, de
Brahms, de Beethoven, donde los cornos hacen sus apariciones esporádicas
y fundamentales; y otras sonoridades que me eran totalmente desconocidas:
Janacek, Ginastera, Gevert.
Me preguntaba, y
aún me pregunto, por qué esta experiencia tan magnífica
y trascendental ha de ser el privilegio de unos pocos. ¿Será
cuestión de suerte? ¿Será cuestión de oportunidades?
¿Será cuestión de talento? En todo caso, aquí
estaba este vago de la música que se había farreado
todas las oportunidades para estudiar un instrumento "como
Dios manda", o mejor dicho, casi todas. ¿Cómo se las
arreglan algunas personas para efectivamente estudiar a conciencia
un instrumento desde temprano en la vida y luego seguir tocándolo
y disfrutando de él cuando adultos? ¿Cómo y cuándo
se decide alguien a abandonar su instrumento? ¿A qué edad
hay que comenzar? Y confieso que no tengo ni la más remota
idea de cuáles pudieran ser las respuestas correctas a estas
preguntas.
Para la gran mayoría,
hay momentos en el curso de su estudio musical que ponen en duros
aprietos todo su proceso. Son en realidad momentos cruciales, ya
que en ese preciso instante estará en juego el futuro de
lo que esa persona hará internamente con su afición.
Y esto vale para todo estudio. Es cuando uno se enfrenta con la
duda, cuando la autoestima, ya sea por un exceso de exigencias o
por críticas provenientes del medio (una mala nota, ser mal
alumno), hace flaquear la constancia necesaria para adquirir una
destreza. Puede ser que se consigan superar las dificultades y la
sensación de ineptitud, y se siga adelante. Y también
es muy posible que se decida que esto es muy difícil y que
no se tienen bastantes aptitudes, y se comience a preparar el terreno
para renunciar ante la primera oportunidad. Todo esto con el agravante
de que muy dentro de sí se llevará para siempre la
fatídica noción del "no sirvo": "No
sirvo para el corno", "No tengo dedos para el piano",
"No sirvo para leer a primera vista", etc., etc.
Yo soy un convencido
de que todos los "no sirvo para..." no son más
que una exteriorización de una decisión interna y
dolorosa que indica únicamente que, en alguna etapa de la
vida de esa persona, ha habido un aprendizaje humillante, doloroso
y desagradable.
Afortunadamente
hay optimistas y entusiastas que, como Eloise Ristad, rescatan a
las personas antes que se sumen para siempre entre los que frustraron
sus deseos más íntimos, declarándose incompetentes
para algo que les hubiera gustado muchísimo hacer.
Francisco Huneeus
Ñuñoa
1989
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