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Manuales
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Presentación en Feria
del Libro Nov. 2004 de José Gengler
del libro Psicofarmacología para Todos. De Ronald J.
Diamond. Editorial Cuatro Vientos.
La invitación es a compartir con ustedes la experiencia crítica
que me ha tocado vivir en relación al tema del libro y a
hablar sobre unos fármacos que tienen la curiosa propiedad
de influir sobre la mente.
¿Es diferente un fármaco que trabaja sobre una enfermedad
somática de un fármaco que actúa sobre la mente?
Es una pregunta hermosa y en mi experiencia clínica al asistir
pacientes, se me han abierto varios temas que este libro toca y
que, a veces, son una especie tabú y este libro, muy bien
escrito, pone al alcance del lector información que habitualmente
en los libros de farmacología se aborda con un lenguaje demasiado
especializado para un lego.
Desde la experiencia, hay básicamente tres temas de la Farmacología
que a mí me parece importante compartir con ustedes: el tema
de cuándo indicar un fármaco y cuándo no y
cuándo se puede hablar de “empoderamiento” de
un tratamiento. En mi opinión, en numerosísimas ocasiones
un “empoderamiento” del tratamiento es un buen tratamiento
para el paciente y también para el psiquiatra que lo prescribe.
Existe algo que es muy impresionante y es que ciertos fármacos
actúan de una forma muy poderosa sobre la mente. Ante un
episodio sicótico grave, se le da tal medicamento y en un
tiempo más el episodio sicótico muchas veces revierte.
En la mayoría de las ocasiones. Entonces eso de alguna manera
refuerza la opinión que “yo psiquiatra le sané
el delirio al paciente”. En el caso de una intervención
de tipo farmacológica ni siquiera supe el contenido del delirio,
solamente me basta saber que ahora está delirante y al momento
siguiente no lo estará. Pero lo que la persona humana es
y lo que es la construcción del delirio no es necesariamente
relevante desde el punto de vista biológico y dentro de ese
paradigma una consulta de veinte minutos puede ser suficiente. Entonces,
yo pensaba cómo poder transmitir algunos temas de relevancia
en relación a lo que acabo de exponer y me nació comenzar
hablando de una planta que se llama el “acólito”.
El acólito es una planta que suele crecer junto con los berros.
Es una planta que se haya en muchos lugares donde hay bastante agua
y las condiciones necesarias, pero no es una planta excepcional,
está bastante difundida y la propiedad que tiene esta planta
es que basta una muy pequeña cantidad de ella para provocar
la muerte en una persona con algo así como 5ml. En la antigüedad
se usaba pintar las flechas en extracto de acólito y se producía
una herida con una muerte bastante segura. También por vía
oral se puede ingerir en la forma de un té o, a veces, mezclado
con los berros cosechados para consumo produce una intoxicación
bastante grave y una muy pequeña cantidad basta para matar
a un ser humano. En el herbolario en el que yo consulté sobre
el acólito, sale esta propiedad usada por la humanidad para
fines no muy médicos, pero también dice sobre su preparación
y uso y se refiere a ciertas propiedades del acólito, esta
vez ocupado en pequeñas dosis homeopáticas puede producir
ciertos efectos benéficos.
Me hizo sentido la historia del acólito porque dentro de
la farmacoterapia se da mucho esto. Yo diría que los psicofármacos
en su gran mayoría son sumamente delicados, existen combinaciones
tóxicas mortales y existen algunos psicofármacos capaces
de provocar la muerte en forma bastante segura y que no se venden
con receta retenida. Las benzodiazepinas que son las que se venden
con receta retenida producen adicción pero, normalmente,
en un intento suicida no producen la muerte. Entonces ahí
hay un contrasentido, pues con algunos fármacos si uno tomara
la misma dosis es bastante seguro morirse, a lo mejor en forma lenta
o a lo mejor en forma rápida, pero es bastante más
tóxica la situación que en el caso de las benzodiazepinas.
Por otro lado el tema de las combinaciones de los medicamentos también
es algo que muchas veces se toma a la ligera. Hay fármacos
que si se toman por un tiempo y luego se combinan con otros fármacos
triplican la dosis sanguínea del fármaco que uno agregó
y esa es una situación evidentemente tóxica. Es por
esto que en relación al tema de la automedicación
me nació contar la historia del acólito porque creo
que, de una vez por todas, necesitamos pacientes y médicos
responsables que se hagan cargo de su tratamiento psico y fármaco
terapéutico. En ese sentido a mí me ha tocado revisar
bastante literatura acerca de psicofármacos y normalmente
uno se encuentra con estrategias básicamente enfocadas a
lista de síntomas. Nosotros tenemos una biología capaz
de mantener el estado de alerta en su plenitud durante noventa minutos.
Eso es lo que nosotros biológicamente somos capaces de hacer
por “hardware”. Si ustedes meten a una persona a conducir
un tanque en una situación de combate simulado, a los noventa
minutos de alerta sostenida tiene fallas de concentración
graves, sea cual sea la situación en ese momento: esa es
nuestra biología.
Y posterior a eso, por muy omnipotente que sea el ser humano hay
un límite biológico con una determinada reserva funcional.
O sea por un tiempo podría yo mantener un rendimiento adecuado,
pero tarde o temprano, se agotan las reservas y esa es una manera
de enfermarse desde el punto de vista biológico. Pero ¿Qué
es lo que va a surgir en esa situación enferma? Un síntoma.
Entonces muchos libros de psicofarmacología apuntan a que
hay una persona que está en un problema laboral porque bajó
el rendimiento y ¿Cómo podemos apuntalar la biología
para que estos síntomas remitan? En ese enfoque sintomatológico
existe un criterio de sanación que está al servicio
de ciertas concepciones culturales de ser humano que exceden cierta
biología previamente existente y, diría yo, cierta
“alma” previamente existente. Hay libros de diagnóstico
psiquiátrico que ocupan una estrategia de diagnóstico
no basada en lo que a la persona le pasa en su alma sino que en
base a los síntomas que presenta y son libros de tipo estadístico
con el fin de poder discriminar de acuerdo al síntoma qué
fármaco es el más adecuado para el paciente. Dentro
de ese paradigma el paciente puede desempeñar un rol esencialmente
pasivo dentro de su proceso de sanación. Basta que se tome
los medicamentos a la hora que se le indique y que asista a los
controles con el psiquiatra en la periodicidad que también
se le indica, pero no es necesario mucho más que eso y, generalmente,
hay una actitud de desprecio desde ese paradigma biologicista hacia
cualquier otro tipo de intervención por lo que, al final
de cuentas, nosotros somos el resultado de una neurona que nos produce
la ilusión que nosotros existimos o que tenemos una identidad
y es simplemente un truco para poder propagar nuestros genes. Entonces,
si nosotros apartamos esas neuronas que aparentemente nos engañan
de ese modo, teóricamente todos los conflictos del ser humano
podrían desaparecer si damos con la combinación biológica
correcta.
Ese es el paradigma imperante en muchos sectores en la actualidad.
Y entonces, aparece este librito que se parece al libro mágico
de los druidas donde aparecen pócimas, tablas y datos escritos
en un lenguaje muy sencillo. Yo traje aquí un conjunto de
preguntas que son para hacerlas a cada uno de ustedes personalmente.
¿En este momento tengo una buena vida? ¿Me
parece que en este momento mi vida concuerda con lo que yo anhelo
para mí? ¿Qué concretamente necesito para que
mi vida sea plenamente feliz? ¿Qué me hace falta concretamente
para llegar a la plenitud de mi existencia, para dar cumplimiento
a mi existencia. ¿Que situaciones en mi vida vivencio como
ajenas? ¿Qué situaciones en mi vida vivencio como
concordantes o afines a mi persona?
Entonces, si nosotros tenemos predominantemente un conjunto de situaciones
que sentimos esencialmente ajenas a nosotros mismos, entonces estamos
invirtiendo energía en una serie de situaciones que en realidad
nos urgen desde nuestro ámbito más profundo y mantener
esas situaciones significa un gasto energético. Por lo tanto,
o me vuelvo afín a la situación que antes percibía
como ajena o me contacto con lo que verdaderamente siento propio
y dejo de estar en esa situación ajena.
En esta proposición estamos hablando que el centro del tratamiento
no es el síntoma, sino que el centro del tratamiento es una
vida auténtica, una vida al final de la cual yo puedo mirar
hacia atrás y decir “Esta vida valió la pena”
¿Puedo decir eso de mi vida hoy? ¿Puedo decir que
mi vida vale la pena?
Y si no vale la pena ¡qué bueno! pues si me hubiera
demorado más tiempo en descubrir eso, habría pasado
más tiempo dedicando mi vida a algo que siento que no va
conmigo y para forjar una vida que yo sienta que vale la pena vivirla
en términos de “humildad” y en términos
de “verdad” hay que ser muy valiente.
Ahí pueden usarse los psicofármacos de vez en cuando
porque para ejercer esa valentía puede ser necesario, de
vez en cuando, una ayudita. Pero la manera en que esa persona toma
los psicofármacos es haciéndose cargo de su propia
existencia. Y ahí está el cambio esencial que este
libro pretende.
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