|
Tengo
un Problema ¿Qué Hago?
Ensayo de tecnología humana
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
José Víctor Núñez
I N T R O D U C C I O N
No es posible, por un simple análisis
de las nociones ya utilizadas, encontrar en su interior nuevas concepciones.
Fichant y Pécheux:
Sur l´Histoire des Sciences
La búsqueda de la verdad
Si tenemos en cuenta que generalmente
tendemos a pensar que el mundo nos confronta con una enorme variedad
y cantidad de problemas diferentes (recordar aquello del "valle
de lágrimas"), legítimamente podríamos
proponernos una pregunta inicial: ¿es posible aprender a
resolver problemas?
Para responderla, tal vez podríamos
comenzar diciendo que las ideas relacionadas con el aprendizaje,
varían según la concepción que se tenga respecto
de lo que es conocer o, si se quiere, de lo que cada uno entienda
por buscar la verdad.
Hace no tanto tiempo atrás,
por conocer se entendía revelar la Verdad Divina. Desde esta
concepción no podría sorprendernos que fuera la contemplación
y la lectura de las sagradas escrituras la forma normal de aprender.
Tampoco debiera extrañarnos que no se desarrollaran mayormente
métodos e instrumentos de investigación.
Más tarde, después
de la Reforma, cambió esta manera de concebir el conocimiento
y los esfuerzos se dirigieron más bien a descubrir las verdades
naturales, que constituyen la esencia de los fenómenos, lo
cual se intenta formalizar en leyes universales y atemporales, formalizándose
también, con ello, la separación radical entre el
sujeto observador y el objeto observado.
Para esta concepción, aprender
consistía en someterse a un proceso de observación
dirigida de los fenómenos y sus leyes, lo cual hizo más
evidente la necesidad de contar con instrumentos y métodos
de investigación y de expansión de la capacidad de
observación del hombre.
"Este distanciamiento de
la mente del objeto de la percepción fue precisamente el
proyecto histórico de los judíos y los griegos.
La Revolución Científica fue la etapa final del
proceso, y por lo tanto, todas las representaciones en el sistema
de realidad occidental se convirtieron en lo que Barfield denomina
como 'mecanomórfico'".
-M. Berman: "El reencantamiento del mundo", 1987, p.
139
En general, todavía en nuestros
días, tendemos a asociar el aprendizaje con algún
tipo de proceso u operación que le permita al hombre reproducir
o representar la "realidad" en su mente y, a través
de ello, entender cómo funciona y cómo cambia.
Posteriormente, y como resultado
de la búsqueda de las verdades acerca de cómo funcionaban
las cosas en el mundo, fueron surgiendo nuevas preguntas que paulatinamente
condujeron a pensar que los fenómenos no son simplemente
formas que actualizan determinadas esencias o "principios últimos",
sino que responden a ciertas condiciones de ocurrencia, es decir
a ciertas causas. Desde este enfoque, conocer es encontrar y aislar
las verdaderas causas cuyo efecto es el fenómeno que se investiga.
Nace así lo que distinguimos
con el nombre de "explicación" y que marca una
ruptura espectacular con lo que hasta ese momento se entendía
por conocer. En efecto, en las concepciones anteriores la verdad
era buscada "dentro" del fenómeno mismo; en cambio,
lo constitutivo de la explicación causal es, precisamente,
que la "verdad" de un fenómeno se busca "fuera"
del fenómeno. Nadie podría aceptar hoy día,
que una esfera rueda mejor que un cubo porque posee un "rodatorio"
mayor; la verdad es buscada en la geometría o la física
del roce.
Si revisamos el período más
reciente de la historia del hombre, podemos distinguir la existencia
de dos tipos de explicación para aproximarse al conocimiento
y comprensión del mundo que lo rodea y de sí mismo.
La primera de ellas consiste en
separar o diferenciar los elementos y los fenómenos en unidades
simples, susceptibles de ser observadas y explicadas a partir de
sus propiedades.
"El comienzo de las ciencias,
es el momento en que dividimos la variedad de la naturaleza, para
estudiar separadamente sus 'riquezas'. La distinción de
las diferentes ciencias nace de nuestra incapacidad para considerar
inicialmente al universo en su conjunto."
-M. Fichant y M. Pécheux, "Sur l'histoire des sciences",
1969, p. 61
El profesor Heinz Von Foerster,
en un seminario realizado en Chile, presentó algunos ejemplos
de explicaciones:
| X |
f(X) |
Y |
| INPUT
VAR. INDEP.
CAUSA
ESTIMULO
MOTIVACION |
OPERACION
FUNCION
LEY NATUR.
SIST. NERVIOSO C.
CARACTER |
OUTPUT
VAR. DEPEND.
EFECTO
RESPUESTA
DESEMPEÑO |
Todas estas explicaciones funcionan
de la misma manera: Dado un "X" y aplicando un determinado
operador o función "F", el resultado debe ser siempre
"Y", tal como opera cualquier artefacto de uso corriente
(si presionamos el botón "X", lo que esperamos
es que la estructura del artefacto "F" se comporte siempre
de la manera "Y"; es decir, esperamos que el artefacto
se comporte como lo que es: una máquina trivial. Cuando no
sucede así reclamamos y llamamos a un "trivializador"
para que "trivialice" nuestro artefacto "descompuesto").
Desde esta perspectiva, aprender
es distinguir las causas exactas del fenómeno y entender
cómo lo producen. Acercándonos al tema de los problemas,
aprender a resolver problemas equivaldría a descubrir las
"verdaderas causas" que lo producen y entender cómo
lo producen, para eliminarlas o modificarlas. Más adelante
intentaremos cuestionar esta idea.
Esta concepción -vigente
aún en nuestros días- dominó prácticamente
sin contrapeso el ámbito de las ciencias y de la cultura
del mundo occidental por un período bastante largo cuya etapa
final podríamos situar más o menos arbitrariamente
en la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, ya a mediados del siglo
XIX, algunos autores comienzan a visualizar la posibilidad de aproximarse
al conocimiento, ya no de unidades simples y homogéneas,
sino también de fenómenos más complejos.
Así por ejemplo, Claude Bernard
escribía en el año 1878: "la fisiología
proporciona la clave de la totalización orgánica,
clave que la anatomía no podría entregar. Los órganos,
los sistemas de un organismo altamente diferenciado no existen por
ellos mismos, ni los unos sin los otros en tanto que órganos
o sistemas" (Leçons sur les phénomènes
de la vie communs aux animaux et aux végétaux, 9ª
leçon).
Pero recién en este siglo
y particularmente con los escritos del biólogo alemán
Ludwig von Bertalanffy sobre los Sistemas Abiertos (1925), comienza
a formalizarse de manera más clara, el intento de estudiar
fenómenos en su complejidad y en sus interacciones.
Pero parece que este nacimiento
fue prematuro, ya que el mismo autor reconoce que sus ideas no
tuvieron una acogida favorable en el mundo científico de
la época. Sólo en 1945, al término de la
Segunda Guerra Mundial, el concepto de la Teoría General
de Sistemas adquirió su derecho a vivir.
-Oscar Johansen, "Introducción a la teoría
general de sistemas", 1982, p. 13
Mediante esta nueva estrategia de
aproximarse al conocimiento, el hombre se propone el desafío
de estudiar y comprender totalidades o unidades complejas, cuyo
operar pueda ser descrito y explicado por sus relaciones o interacciones
entre el todo y las partes o entre las unidades y el medio.
Nacieron así lo que hoy se
conoce como los enfoques sistémicos, los cuales, con relativa
rapidez, fueron ganando posiciones en las ciencias y en la cultura.
Hoy día es posible encontrar, en todos los ámbitos
del conocimiento, elementos de la Teoría General de Sistemas,
lo cual no significa, necesariamente, un abandono de las otras formas
de pensamiento, acumuladas durante siglos.
Contemporáneamente con estos
enfoques, surgió un nuevo lenguaje que, de alguna manera,
refleja las dificultades para aprehender sistémicamente al
mundo que nos rodea; un ejemplo de esto son los múltiples
"multis" que suelen acompañar los proyec-tos de
investigación: multivarianza, multicausalidad, multidisciplina,
etc.
La evolución más notable
de este enfoque consistió en la afirmación de que
causa y efecto pueden intercambiarse o constituir momentos diferentes
de un mismo proceso.
Desde el punto de vista de aprender
a resolver problemas, esta concepción implicaría no
sólo distinguir las causas y la manera en que éstas
producen el problema, sino, además, comprender el proceso
que determina el momento y condiciones bajo las cuales las causas
son efectivamente tales.
No obstante sus diferencias, los
enfoques que hemos descrito tienen algo en común: la concepción
del cambio. En ambos casos, el cambio de las unidades es visualizado
como una consecuencia de variaciones, en un caso, de las propiedades
del sistema y, en otro, de las relaciones entre sus partes y con
el medio.
Aprender es, desde luego, una forma
de cambio y, por consiguiente, cualquiera sea la concepción
que se tenga de él, va a estar presente en la manera de entender
el proceso de aprendizaje. De hecho, en las conversaciones cotidianas
o doctas sobre el tema, es posible encontrar hoy día, elementos
de las dos concepciones: Para algunos, el aprender es una consecuencia
directa de la existencia y desarrollo de algunas propiedades tales
como coeficiente intelectual, capacidad neuro-motora, aptitud natural
o genética, etc. Para otros, en cambio, depende más
bien de la naturaleza y calidad de las relaciones, por ejemplo,
con los padres, los hermanos, los maestros, compañeros, etc.
El Cambio del Cambio
Sin embargo, desde hace unos cuantos
años, la humanidad comenzó a considerar de una manera
distinta el fenómeno del cambio. Ya no como un simple resultado
de, sino como un objeto de estudio en sí mismo. Para muchos,
el cambio es el fenómeno más importante de investigar
y de entender, no sólo porque está presente en todos
los dominios que abarca la mirada humana, sino por que parece ser
determinante en la vida moderna.
La humanidad se enfrenta a un
salto cuántico hacia adelante. Se enfrenta a la más
profunda conmoción social y reestructuración creativa
de todos los tiempos. Sin advertirlo claramente, estamos dedicados
a construir una civilización extraordinariamente nueva.
Este es el significado de la tercera ola... La historia avanza
ahora con mayor aceleración aún y es probable que
la tercera ola inunde la Historia y se complete en unas pocas
décadas.
-Alvin Toffler, "La Tercera Ola", 1980, p. 22
Desde distintas áreas de
la ciencia y la tecnología, aparecen nítidos esfuerzos
para comprender que son los fenómenos dinámicos y
con ello surge, de manera natural, una nueva pregunta: ¿qué
son y cómo se pueden estudiar los procesos?
Lo único que podemos afirmar,
por el momento, es que un proceso es algo que estructura de alguna
forma la mutua interdependencia entre las propiedades y las interacciones
de una unidad compleja.
Ha de observarse que han habido,
y aún hay, en el mundo muchas epistemologías, diferentes
y hasta contrastantes entre sí, que han subrayado por igual
la existencia de una unidad suprema (aunque esto es menos seguro)
la idea de que esa unidad suprema es estética. La similitud
de estas visiones permite confiar en que la gran autoridad de
la ciencia cuantitativa puede ser insuficiente para rechazar una
belleza unificadora suprema.
-G. Bateson, "Espíritu y Naturaleza", 1979, p.
17
Aparentemente estamos en el umbral
de una nueva estrategia del conocer, en la que, a diferencia de
las anteriores, el cambio ocupa un rol protagónico, dando
origen a una serie de nuevas preguntas acerca del conocimiento.
Desde esta perspectiva, es comprensible
el interés que tiene el mundo empresarial en respaldar investigaciones
sobre el hemisferio derecho del cerebro humano. Como se sabe, éste
tiene que ver con lo simultáneo, intuitivo, sintético,
metafórico, analógico, integrativo o espacial, "especialidades"
todas ellas que conforman el sustrato de nuestra estética
y de nuestra posibilidad de leer o entender procesos.
La envergadura del desafío
que implica el desarrollo de una nueva estrategia del conocimiento,
ha comenzado a dejar en evidencia la relativa fragilidad de algunos
de nuestros esquemas de pensamiento. En los enfoques sistémicos,
el principal criterio diferenciador de las unidades complejas es
la existencia o no de intercambios de energía o información
entre las unidades y el medio, dando origen así a la distinción
entre Sistemas Abiertos, cuando tal intercambio existe y Sistemas
Cerrados, cuando no.
Ahora, desde la perspectiva del
cambio, surge una nueva manera de distinguir las unidades complejas,
entre aquéllas cuyos cambios se explican por procesos externos
a ellas, denominadas unidades halopoiéticas y aquéllas
cuyos cambios son generados por su propio operar, llamadas unidades
autopoiéticas.
Un investigador chileno, el biólogo
Humberto Maturana, es tal vez uno de los que más decididamente
ha investigado en esta nueva perspectiva y, entre otros aportes,
demostró que el sistema nervioso central de los seres es
un sistema cerrado, sin "inputs" ni "outputs",
de tal suerte que el medio no determina los cambios que pueden ocurrir
en su estructura, sólo pueden "gatillarlos".
En consecuencia, las respuestas
de un ser vivo en el proceso de conservación de su adaptación
al medio, dependen muchísimo más de su estructura
que del estímulo o perturbación proveniente del medio.
Esto usted lo puede verificar muy fácilmente a través
de un sencillo experimento: Primero, déle un puntapié
a un perro faldero -ojalá un chihuahua- y, después,
haga lo mismo con un doberman adulto. (¡el orden es sumamente
importante para completar con éxito el experimento!).
Desde esta perspectiva, el aprendizaje
puede ser definido como un cambio de nuestra estructura interna
y, por consiguiente, de nuestra manera de operar, de hacer algo.
Pero, lo que no resulta necesariamente evidente es el tipo de cambio
que implica aprender algo.
Las cosas pueden ser "tan
diferentes como el día y la noche" y el cambio de
una y otra puede aparecer como extremo y último y sin embargo,
paradójicamente, dentro de un contexto más amplio
nada puede haber cambiado en absoluto... Una de las falacias más
corrientes acerca del cambio es la que si algo es malo, lo contrario
de ser necesariamente bueno.
-P. Wtzlawick, J. H. Weakland y R. Fisch, "Cambio",
1986, p. 39
A lo que apuntan estos autores es
a reconocer que existen distintos tipos o niveles de cambio, unos
que pueden tener lugar dentro de un sistema sin modificarlo y, otros,
que cambian al sistema mismo. El aprendizaje puede ocurrir con cual-
quiera de estos dos tipos de cambio, pero, en el caso de los problemas,
intentaremos mostrar que se trata más bien de un cambio de
segundo nivel o "cambio II".
Precisamente, cuando cambia nuestra
manera de actuar, es decir, cuando nuestra estructura opera de otra
manera, un observador (que puede ser uno mismo) puede concluir que
"hemos aprendido".
Desde mi punto de vista
Operamos como observadores cada
vez que decimos algo de "algo", es decir, cuando lo diferenciamos
o lo distinguimos de otros "algos".
Esta operación humana de
hacer distinciones o, simplemente, de distinguir, la hacemos todos
lo días y a cada rato. Es parte de lo que llamamos "ver",
"oír", "oler", etc. Es algo tan natural
y obvio, que casi nunca le prestamos atención.
Lo obvio puede ser muy difícil
de ver para la gente... y si lo obvio no es de una clase que puedan
asimilar fácilmente sin perturbación interna, sus
mecanismos correctivos operan para desviarlo por una senda lateral,
para ocultarlo, aún hasta el punto de cerrar los ojos,
si es necesario, o de excluir distintas partes del proceso de
percepción.
-G. Bateson, "Pasos Hacia una Ecología de la Mente",
1972, p. 360
Los órganos sensoriales humanos
únicamente pueden recibir noticias sobre diferencias. Lo
que no tiene fronteras, lo que permanece indiferenciado no puede
ser percibido. (Bateson, 1979)
Conviene preguntarnos qué
es una diferencia, "eso" de lo cual nuestros órganos
sensoriales reciben noticias.
Sabemos que una manzana es diferente
de una pera. ¿Dónde está la diferencia? ¿está
en la pera... o en la manzana?, ¿si retiro de mi vista a
la manzana y a la pera, desaparece la diferencia? Obviamente la
diferencia no está ni en la pera ni en la manzana; igualmente
no es necesario que estén presentes la pera y la manzana
para "saber" de esta diferencia.
La diferencia es algo que no está
en el espacio ni en el tiempo de la percepción. Es algo que
está en nosotros, en nuestra estructura, en lo que somos...
no en la pera o en la manzana. Por lo tanto, si no "conociéramos"
previamente la diferencia entre una pera y una manzana, simplemente
no "veríamos" diferencia alguna entre esas dos
frutas.
En el colegio en que yo estudiaba,
había un profesor de historia que era famoso por sus preguntas
sorpresivas en medio de una clase. En una ocasión, dándose
cuenta que uno de mis compañeros no prestaba mucha atención
a sus explicaciones, se detuvo frente a él y le preguntó:
"A ver, tú que pareces tan interesado en lo que digo...
¿qué diferencia hay entre un aniversario y una efemérides?".
A pesar de su sobresalto, el muchacho contestó sin vacilar
"el sexo, señor".
Lo interesante es que ninguno de
nosotros sonrió siquiera; no teníamos la menor idea
del significado de la palabra "efemérides" y, por
lo tanto, la única distinción que podíamos
hacer estaba relacionada con el sonido de la palabra y, por eso,
la respuesta nos "sonó posible".
Lo que intento mostrarle es que
sólo podemos distinguir lo que hemos aprendido a distinguir,
y nada más.
Veamos otro ejemplo. Supongamos
que tres amigos suben a la montaña: para uno de ellos es
su primer contacto con la nieve; otro es un esquiador experto y
el tercero es un esquimal. Si usted les preguntara qué ven,
se daría cuenta que le responden cosas distintas. El primero,
sólo distinguirá nieve y rocas; el esquiador podrá
distinguir nieve polvo, nieve hielo, nieve "sopa", en
fin, todo lo que es relevante para esquiar y el esquimal podrá
distinguir algo así como sesenta y cinco tipos diferentes
de nieve y hielo.
Por otra parte, todo sistema perceptual
opera a través de patrones o pautas que seleccionan, ordenan
y completan lo percibido.
Lo que hemos descubierto es que
gente distinta, en realidad, piensa distinto, y que estas diferencias
corresponden a las modalidades principales de los sentidos: visión,
audición y lo que nosotros llamamos kinestesia (sensación
cutánea, muscular, visceral, emocional).
-J. Grinder y R. Bandler, "De sapos a príncipes",
1982, p. 24-25
Por ejemplo, si para usted el que
una persona se ruborice al dirigirle la palabra significa timidez,
muy probablemente verá, oirá o sentirá tímida
a cualquier persona que le suceda esto y, en ese momento, no tendrá
dudas sobre lo que está viendo, oyendo o sintiendo. Sin embargo,
es posible que el cambio en la coloración del rostro pueda
tener otras explicaciones, distintas a la timidez, pero, en el instante
de la percepción no nos hacemos preguntas; sólo vivimos
la percepción.
Por eso es que la distinción
entre "percepción" e "interpretación"
(asignación de significado), que puede ser muy útil
en una conversación sobre el tema, en la experiencia es irrelevante:
para nuestro sistema nervioso percepción e interpretación
es una sola operación, que ocurre automáticamente,
de acuerdo a ciertos patrones o pautas pre-existentes en él.
Estos patrones o pautas que conectan
lo percibido de una cierta manera es lo que constituye nuestra estética.
Y aunque solamente aceptemos la existencia de distintas estéticas
cuando estamos admirando una obra de arte o un bonito paisaje y
demos por supuesto de que en la vida "real" hay una sola
realidad, el hecho es que cada uno de nosotros la percibe de acuerdo
a su propia estética.
Desde el momento que el niño
no tiene participación en la selección de sus "otros"
significantes, su identificación con ellos es cuasi-automática.
El niño no internaliza el mundo de los otros significantes
como uno de los muchos posibles mundos. Lo internaliza como el
mundo, el único mundo existente y concebible, el mundo
simplemente.
-P. L. Berger y Th. Luckmann, "The social construction of
reality" 1967, p. 134
Permítame contarle una experiencia
que muestra lo que le digo. Hace algún tiempo, asistí
a una conferencia con un amigo. A la salida me preguntó qué
me había parecido y yo le contesté que me había
gustado mucho, recordando lo interesante del tema y la calidad del
expositor. "No estoy de acuerdo contigo" me respondió
de inmediato. Cuando le pedí que me explicara su comentario
me dijo algo así como "Hacía un calor espantoso,
no se escuchaba bien, las sillas eran incómodas y no se entendió
lo que quería decir el conferencista". Obviamente percibimos
conferencias distintas, es decir, teníamos distintas estéticas
de lo que es una conferencia.
Estos patrones o pautas perceptuales
están siempre relacionadas con el universo o dominio de acción,
que es el que está viviendo el observador.
nuestra experiencia está
amarrada a nuestra estructura de forma indisoluble. No vemos el
"espacio" del mundo, vivimos nuestro campo visual; no
vemos los "colores" del mundo, vivimos nuestro espacio
cromático... no podemos separar nuestra historia de acciones
-biológicas y sociales- de cómo nos aparece ese
mundo. Es tan obvio y cercano que es lo más difícil
de ver.
-H. Maturana y F. Varela, "El Arbol del Conocimiento",
1984, p. 10
En algunos de mis primeros Talleres
sobre Resolución de Problemas, cuando ya habíamos
avanzado más de la mitad del temario, uno de los participantes
expresó su preocupación por la demora en llegar al
tratamiento de las "técnicas" (léase recetas).
Entonces le pregunté si podía resumir lo que habíamos
visto hasta ese momento y su respuesta fue: "una teoría
del ser humano" (¡casi nada!). Lo más sorprendente
es que él había sido uno de los más entusiastas
participantes de los ejercicios prácticos del Taller. Era
evidente, entonces, que su obsesión por detectar lo que entendía
por "técnicas" le hacía ver y escuchar "teorías"
en todo lo que no correspondía a su búsqueda, incluyendo
los ejercicios de aplicación de conceptos.
De hecho, todo nuestro operar puede
ser descrito como una respuesta a una pregunta (generalmente implícita)
que define el dominio de existencia o universo de acciones que estamos
viviendo. En el ejemplo que acabo de describir, la pregunta de nuestro
amigo seguramente era algo parecido a "¿es esto una
técnica?"...si su respuesta era negativa, entonces escuchaba
"teorías".
De esta manera, el aparentemente
simple acto de distinguir, es toda una operación en la que
aún las distinciones más elementales contienen, a
lo menos, la historia de cómo fueron aprendidas. (Le sugiero
que haga la prueba de preguntar a diferentes personas, qué
niño "ven" cuando usted les habla de un niño,
sin especificar quién es; observará que su relato
está siendo "vivido" de forma distinta por los
demás).
En consecuencia, cuando decimos
algo de "algo", lo que decimos habla más de lo
que somos que de ese "algo" de lo cual hablamos:
si soy parte de una observación,
cualquier cosa que diga de algo en el fondo es también
un comentario acerca de mí mismo. Esta comprensión
del conocimiento está ya subyacente en la física
moderna, en la epistemología biológica, en algunas
escuelas sicoterapéuticas, pero no es parte del pensamiento
en que se apoya nuestra educación "oficial",
y por lo tanto no se expresa en nuestra realidad cotidiana, ni
en la organización de nuestra vida en la sociedad. Tal
vez algún día...
-Francisco Huneeus, "Lenguaje, enfermedad y pensamiento",
1986, p. 13.
Aprender a resolver problemas
A la luz de lo que hemos visto,
podemos afirmar que nuestra manera de "saber" que tenemos
un problema tiene que ver con lo que una cultura, una sociedad,
una organización o una persona entienden por "problema".
Y esto no es tan obvio como pudiera
parecer a primera vista. La verdad es que cuando hablamos de problemas,
normalmente damos por supuesto que todos piensan lo mismo respecto
de lo que es un problema.
Sin embargo no es así: cada
vez que, en algún Taller, pregunto "qué es un
problema", recibo una gran variedad de respuestas y, en no
pocas ocasiones, se suscita una apasionada controversia entre dos
o más posiciones.
En la transmisión de la
cultura humana la gente siempre trata de repetir o replicar, de
pasar a la próxima generación las habilidades y
valores de los progenitores, pero este intento falla inevitablemente,
porque la transmisión cultural está conectada con
el aprendizaje, no con el ácido desoxirribonucleico (ADN).
-G. Bateson, "Espíritu y Naturaleza", 1979, p.
43.
En el caso de los problemas, las
representaciones personales del mundo, la vida y las "soluciones"
juegan un rol preponderante, pero no siempre nos damos cuenta de
ello. Esto tiene que ver con la confusión entre "mapa"
y "realidad", es decir, con actuar bajo el supuesto de
que lo que pensamos de las cosas es una réplica mental exacta
de las cosas y de lo que sucede con ellas.
Si su representación de
un evento o experiencia varía grandemente de la de otra
persona, entonces usted considera que uno u otro está "alucinando"
o a lo mejor "mintiendo". Por otro lado, si ambas representaciones
son muy similares, entonces usted considera que están en
un "estado de empatía".
-David Gordon, "Therapeutic Metaphors", 1978, p. 89.
¡Cuántas veces no hemos
acusado a alguien de no "empatizar" con nuestros problemas,
simplemente porque no los ve de la misma manera! Incluso, es relativamente
frecuente que los adolescentes (o los subordinados) suelan reclamar
porque sus padres (o jefes) no le dan la importancia debida a sus
problemas y no les enseñan a resolverlos.
A la inversa, muchas veces los padres
(o los jefes) ven problemas, que para sus hijos (o subordinados)
no existen siquiera, situación que se hace aún más
patética cuando los primeros intentan "enseñar"
cómo se resuelven.
Lo que hemos visto ya nos permite
visualizar que para aprender a resolver problemas debemos experimentar
ciertos cambios, cuya naturaleza podremos comprender mejor si entendemos,
primero, qué es ese "algo" a lo que cada uno de
nosotros le llama "problema".
|