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Colección Narrativa

   

ALLENDE ALLENDE
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Epílogo de Lucía Santa Cruz al libro de ME Orellana Benado

Allende. Alma en pena:

Son las 2 p.m. Estoy sentada en un estupendo restaurante de Apoquindo, esperando a Miguel Orellana, Joaquín García-Huidobro, Jorge Edwards y Pancho Huneeus, de la editorial Cuatro Vientos. Vamos a conversar sobre los epílogos al libro Allende. Alma en pena, de Miguel, y al libro Allende. El otro exilio, de Joaquín. Las dos caras de la misma tragedia.

Pienso que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. O tal vez sí, al menos en parte: aunque sin ser simples títeres de aquellos tiempos, somos sus hijos y llevamos su memoria.

Acabo de terminar de leer a Miguel. Los que tanto nos odiamos y tanto nos temimos, hoy parecemos haber alcanzado una cierta distancia para mirar el pasado, y algún grado de coraje para enfrentar la verdad del otro. Siento que eso ha tratado de hacer Miguel Orellana con Allende. Alma en pena, pero siempre, como es inevitable, desde su historia personal, sus convicciones, afectos y lealtades.

Nuestras interpretaciones difieren y nuestros recuerdos de esa época tienen poco en común. Pero no hay duda que ahora hay mucho que nos une, más allá de nuestra común formación oxfordiana: cierta pasión por la verdad, la historia y la filosofía, que tiene que ver con una determinación, inconsciente o deliberada, de reducir brechas, tender puentes y comprender al otro.

Es que la Unidad Popular quizás se vivió no sólo en dos formas, sino con múltiples raciocinios, percepciones y sensibilidades. Desde dos bandos, pero entrecruzados éstos por infinitas relaciones, vínculos, historias personales, vivencias compartidas y familias divididas.

Yo la viví desde el otro exilio. En Londres, pero con el alma intensamente unida al acontecer. Tras quince años fuera de Chile sin mayores nostalgias, de pronto sentí que perdía mi país y me inundaron pesadillas con claro olor a madreselva, tierra húmeda, mar y eucaliptus.

Así me había parecido cuando me despedí de los seres que más quería aquel 3 de mayo de 1973, tras presenciar esa marcha del Día del Trabajo en que desfilaron miles de hombres con linchacos y cadenas, organizados en escuadrones paramilitares, muchos de ellos extranjeros, gritando "MIR, MIR, Pueblo y Fusil", "Si los momios quieren guerra, la guerra la tendrán" y otras consignas menos reproducibles. Ocurrió justo antes de partir de regreso a mi propio exilio.

El análisis intelectual para mí era claro. Como tuve ocasión de señalar en la Mesa de Diálogo: "El efecto del miedo, de la irracionalidad, del odio que genera la violencia, las conductas primarias que estimula, son temas que deben ser analizados con mayor profundidad. El miedo en esos tiempos se sentía, tenía presencia física y palpable; las personas se miraban con desconfianza, con suspicacia; yo tenía la sensación de que se olían como los perros para saber de qué bando era cada cual.

El miedo a los grupos armados que desfilan militarmente amenazando a la población, el miedo a la violencia, el miedo al golpe, el miedo a no tener alimentos, el miedo a perder la libertad, el miedo a la indoctrinación, el miedo a perder los frutos del trabajo y el esfuerzo, el miedo a ir avanzando paulatinamente hasta quedar en manos de los elementos más radicales, el miedo a estar divididos en bandos irreconciliables, el miedo a la división y a la hostilidad dentro de nuestras propias familias, el miedo a tener que odiar, el miedo a llegar a la convicción dramática de que la supervivencia de uno es a expensas de la supervivencia del otro, el miedo a los complejos dilemas morales de las situaciones límite, el miedo a la guerra civil, el miedo al millón de muertos, etc.

La violencia y el miedo es lo que permite transformar al otro en una abstracción genérica sin rastros de humanidad, porque sólo así pueden, la mayoría de las personas que no son perversas, conciliar el odio. El enemigo abstracto, escondido en categorías, deja de ser humano y así es más fácil odiarlo.

Me atrevería a decir que, producto de este miedo, la característica principal de ese período era la incertidumbre, la total falta de certezas respecto a los eventos que se iban a producir, desde los más cotidianos a los más trascendentes. La inestabilidad, la falta de seguridad jurídica en todos los niveles, la desintegración social y --aquí radica otro gran tema a ser explorado, por sus consecuencias posteriores-- la crisis brutal de la veracidad y la información".

El 11 de septiembre abría yo la puerta de mi departamento a eso de las 5 de la tarde, regresando de un viaje a Escocia, y mi teléfono sonaba. Con la angustia expectante que a esas alturas me ocasionaba cada llamado, corrí a contestar y una voz me dijo: "La llamo de parte del editor, el señor Douglas Home, que quiere que usted escriba 600 palabras sobre el golpe de Estado en Chile".

¿Qué había pasado? ¿De qué lado era el golpe? ¿Eran los militares que estaban dentro del gabinete, que se habían tomado el poder? ¿Era, como otros preveían, un golpe del tipo Velasco Alvarado o Nasser, o quizás uno al estilo brasilero? ¿O bien era, finalmente, la intervención militar que tantos habíamos llegado a considerar como la única salida viable al caos, la anarquía y la inminencia de la guerra civil? ¿Nos habíamos salvado de caer irremisiblemente, en el curso de esa Guerra Fría que aún dividía el mundo, dentro de la órbita soviética o, peor, de la cubana?

Traté de llamar a Chile para tener mayor información, pero fue imposible. De hecho, iban a transcurrir varios días hasta que pude hacerlo, pues al intentarlo poco después, una telefonista británica que era fanática seguidora de la Unidad Popular, me había preguntado: "¿Usted es del nuevo Chile o del Chile antiguo?", y al responder yo que "Del Chile de siempre", sencillamente había rehusado seguir con la comunicación.

¿Qué escribir para los ingleses? Lo último que había sabido de los hechos cada vez más violentos en Chile, era el Acuerdo de la Cámara de Diputados, del 24 de agosto, denunciando la inconstitucionalidad del gobierno de Allende, la violación de las instituciones y libertades fundamentales y llamando a los militares a tomar acciones para poner fin a la situación. El contenido de ese documento fue la médula de mi interpretación de lo que había sucedido. Me contaron después que el sindicato del Times decretó unas horas de paro, porque le habían entregado a una "fascista" la primera palabra sobre lo ocurrido; y me dijeron también que ese artículo había sido importante para el gobierno británico, al momento de reconocer al gobierno militar.

Mientras escribía, comenzaron a llegar distintas personas. Entre ellas, de súbito, veo aparecer a Alejandra Altamirano, hija de Carlos, pálida, desencajada de miedo por la suerte que correría su padre, ansiosa por ver si yo tenía alguna varita mágica para darle seguridad de que lo que venía no sería tan malo. Sólo pude abrazarla por largo rato y entregarle unas pobres palabras de consuelo.

Intuíamos que no era ése un momento para celebrar. Aquella noche, con mis amigos chilenos simplemente oímos la Canción Nacional en silencio y con solemnidad.

Pocos días más tarde me llegó una cassette de Juan Luis Ossa, entonces mi novio, hoy mi marido, quien había estado como pocos en la vanguardia de la lucha contra la Unidad Popular. En ese documento, para mí memorable, junto con expresar su alivio de que se hubiese puesto fin a los tres años que por siempre serán para nosotros los más amargos de la historia del país, me decía: "No celebres, no te alegres, no olvides que una parte de tu país está sufriendo, y mucho".

Cuatro meses después, ya casada, me tocó visitar la Isla Dawson como intérprete de un periodista inglés amigo. No puedo decir que haya visto algo explícito y concreto que representara una violación de los derechos humanos. En verdad, al regresar al continente, mi amigo comentó: "Ciertamente, esto no es de aquello sobre lo cual escribe Solzsenytsin en su Gulag".

Pero yo no necesitaba signos externos, más allá de ver a compatriotas encarcelados y sumidos en la incógnita respecto a su futuro, para experimentar la angustia que esa visita me provocó. Me sentí como una voyerista. No quería ofenderlos con la presencia de alguien que ellos podrían legítimamente calificar de "enemiga". Traté de pasar desapercibida, pero no lo conseguí. A los pocos minutos de llegar, Lucho Matte me miró fijamente y preguntó: "¿Tú eres la Lucía Santa Cruz?". Y caímos en un gran abrazo, mientras yo sólo atinaba a llorar. Hugo Miranda, con cara de felicidad y esperanza, interrogó: "¿La hija de Hernán?". "No, de Víctor", le respondí. "No importa", exclamó dándome también un fuerte abrazo.

De vuelta del aeropuerto paré en el departamento de Orlando Letelier, quien había sido amigo en Washington de uno de mis hermanos. Quería contarle a su familia que Orlando estaba bien. Me había admirado su reciedumbre en circunstancias tan adversas. Pensé que él era de los que sobreviviría...

Y mi entusiasmo por la transformación del país efectuada por el gobierno militar, fue para siempre temperado por la certeza de que no quería vivir en un país donde hubiera vencedores y vencidos, triunfadores y derrotados.

Fue por eso, quizás, que en mi familia hicimos un esfuerzo consciente para no transmitir odios ni prejuicios a nuestros hijos y evitarles las cadenas emocionales que imponen los pasados tan traumáticos. Sólo cuando detuvieron a Pinochet en Londres, y ya habían crecido, cuando de alguna forma nos preguntaron de nuestro apoyo al gobierno militar, llegaron a saber los detalles de los sufrimientos que su padre había experimentado en la Unidad Popular.

Por una u otra razón, estuvimos entre aquellos que no pudieron escapar a los profundos dilemas morales que afectaron a nuestra generación. No los ignoramos; tomamos decisiones complejas, que sabíamos tenían un costo; supimos de la dificultad de vivir en un mundo muy imperfecto, en que los bienes a que aspiramos suelen ser incompatibles entre sí y nos obligan a escoger. Y muchas veces supimos, también, que nuestra opción no era entre dos bienes, menos aún entre el bien y el mal, sino simplemente entre dos males.

No sé si es meramente una presunción, pero siento que en esta posibilidad de esquivar el maniqueísmo excesivo, Miguel y yo nos encontramos.

La lectura de su libro me devolvió a la intensa angustia del ayer, pero me trajo la esperanza que nace de la sabiduría de la reconciliación con el pasado propio y también con el de los demás.

Lucía Santa Cruz

 
 
   

 

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