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Colección Narrativa

   

ALLENDE ALLENDE
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Epílogo de Jorge Edwards al libro de Joaquín García-Huidobro

Allende. Desde el otro exilio:


Joaquín García-Huidobro Correa nos hace recordar que hubo otro exilio. Nos dice, en otras palabras, que el dolor, la separación, la sensación de derrota, de pérdida de un mundo, no fueron unilaterales. Y no lo fueron, por lo menos en forma absoluta. Hubo un antes y un después, una derrota inicial y una supuesta y celebrada victoria, ¿victoria parcial, pírrica? Con todo el tiempo que ha pasado, todavía nos cuesta ver estas cosas con algo de serenidad. El país estuvo gravemente enfermo y todavía no está completamente sano. Se encuentra en un proceso de larga, pesada, lenta convalecencia. A veces parece que la convalecencia no va a terminar nunca. Nos olvidamos de esto casi siempre y de repente lo recordamos. Este libro sirve para eso. Es un interesante ayuda memoria, un recordatorio, una evocación de sucesos cercanos y en algún aspecto curiosamente lejanos, y en muchas páginas resulta refrescante.


El autor confiesa que la caída y muerte de Allende, sucesos ocurridos cuando él sólo tenía catorce años de edad, le produjo una reacción de espontánea y gran alegría. Después, como hombre de principios religiosos, reflexionó sobre la moralidad de alegrarse de la muerte de una persona. De aquí que el texto se plantee como una carta abierta y más allá de la tumba a Salvador Allende, algo así como una meditación póstuma. Este aspecto del libro, esta estrategia narrativa, me convence sólo a medias. El diálogo con Allende sale a la superficie en algunas páginas, pero en la mayoría desaparece. Me parece, más bien, que hay poco diálogo y mucho reproche, más de algún alfilerazo. Es una meditación que roza la reconciliación, pero que luego se desdice. No es un texto de guerra, pero tampoco alcanza a ser un texto de paz definitiva. Podría definirlo como un escrito de reconciliación tímida, si se puede hablar de esta manera.


Lo que ocurre es que Joaquín García-Huidobro Correa tiene pluma, consigue párrafos de cierta gracia literaria, de buen ritmo. Procede por acumulación de episodios, de retratos de personajes, como si trabajara con las piezas de un mosaico, y consigue hacerlo con variedad, con sentido de los contrastes, con elementos de sorpresa. A mí me ha recordado la escritura de Carlos Ruiz-Tagle, del buen Carlos Ruiz-Tagle en sus Memorias de pantalón corto. Aquí hay memorias de pantalón largo recién estrenado y de aprendizaje de un fenómeno nuevo e insólito, ya que el exilio había sido poco frecuente en la historia chilena, aun cuando no tan escaso como nos gustaba creer.


Este libro, Desde el Otro Exilio, confirma para mí una idea que he tenido hace años y que he comentado por escrito más de una vez. El nudo de la crisis chilena estuvo en el campo. El conflicto comenzó antes que el triunfo electoral de Salvador Allende y tuvo una relación directa con el problema agrario. En Francia, cuando fui miembro de la embajada chilena en tiempos de la Unidad Popular, me tocó hablar con un personaje político importante, ex ministro de Agricultura del general de Gaulle y presidente en aquellos días de la Asamblea Nacional, el señor Edgar Faure. A Faure le gustaba mandarle recados a Salvador Allende. "Dígale al presidente Allende", me pidió en una ocasión, como si yo conversara con él todos los días, "que no es demasiado difícil expropiar la industria, pero que con el campo hay que tener mucho cuidado. La expropiación de la tierra, que siempre toca fibras tradicionales y emocionales profundas, es infinitamente más complicada y peligrosa". Yo, después de mi pasada por Cuba como diplomático, había quedado en un estado que podría llamarse de relativa incomunicación, pero de todas maneras calculo que el recado de Monsieur Faure habría caído en el más perfecto vacío. El texto de García-Huidobro es un elocuente testimonio de la irracionalidad y de las fuerzas emocionales que dominaban en todo y en todos lados, en ambos extremos. Por ahí, con metáfora campesina, nos habla de la siembra de vientos que culminó en una feroz cosecha de tempestades. No nos dice lo suficiente sobre la desproporción de los medios y la aplastante brutalidad final, pero debemos reconocer que siembra de vientos, provocación desatinada, irresponsable, sí hubo: desatinada, reiterada, estridente. La lucha armada, la que preconizaban muchos de los actores de la Unidad Popular, se hace con armas, con balas y con cuchillos, instrumentos mortíferos, y tiene que contar con las armas del otro lado, nos dice Desde el Otro Exilio. Notamos más de algún alfilerazo fácil, argumentos que parecen caer por su propio peso, a primera vista impresionantes, pero que tienen su reverso, su réplica. A pesar de esto, en el libro se perfilan unas cuantas verdades gruesas y que habría que haber tenido en cuenta.


García-Huidobro cuenta que los hombres nuevos, linchaco en mano, desfilaban por la Alameda y gritaban: "El momio al paredón, la momia al colchón". Eran otros tiempos, tiempos terribles, de odio desatado, y estaba claro que las cosas tenían que terminar mal. Yo calculo que la crisis había comenzado a incubarse hacía mucho tiempo y que el mal fin era previsible y quizás inevitable. Era un cambio de la historia, un paso desde una sociedad con aspectos feudales, anticuada, sin duda injusta, a formas de vida más modernas: un paso que implicaba una serie de cataclismos, verdaderos reajustes geológicos. Mi experiencia personal me indicó desde la adolescencia que vivíamos en una sociedad atrasada, llena de violencia subterránea. Aprendí esto en la calle, en los patios del fondo de los caserones de la Alameda, en las aulas del colegio San Ignacio, en las clases del Padre Hurtado, en las visitas que hacíamos con él en mañanas de domingos a la población Buzeta. Ya ven ustedes. Las antiguas historias de fundos, de inquilinos, de afuerinos, tenían a menudo una coloración sombría. Existían las cuecas, los guitarreos, los panes de campo y las bebidas con "harina tostá", pero había un reverso de la medalla. No sé si a Joaquín García-Huidobro le gusta mucho esta idea, pero estamos obligados a admitirla. Yo recuerdo historias de niños de fines del siglo XIX que le pedían al papá, al patriarca y dueño de la hacienda, que liberara a un par de inquilinos a quienes había ordenado colocar en el cepo. Eran como la historia del loco encerrado en una jaula en el fondo del huerto, en la novela de Alberto Blest Gana. Por otra parte, esa momia no condenada al paredón, pero sí al colchón, era la madre, la hermana, el universo femenino. Ese grito, que muchos escucharon, era una venganza de un resentimiento siniestro. De ahí no podía salir nada bueno.


Para mi gusto, la historia mejor, la que tiene más carga simbólica, es la de la redondela de encinas. Las Caracolito cantaban y bailaban debajo. Era la alegría de tiempos más felices. Desaparecieron las Caracolito y los de la Cooperativa, ¿los de qué Cooperativa?, cortaron los árboles gigantes. García-Huidobro cree que todas las revoluciones, sin excepción, son destructoras y malignas. El libro tiene muchas generalizaciones fáciles. No pretendo entrar en una crítica o en una defensa de algunas de las revoluciones de la Edad Moderna, pero no tengo el menor interés en regresar al Ancien Régime o a la Edad Media. Ni en calidad de barón ni en la de siervo de la gleba. En todo caso, la desaparición de aquellas encinas venerables, puestas en círculo y debajo de las cuales había posibilidades de fiesta, de sombra, de encuentro entre gentes diversas, me impresionó. Podríamos suponer que este libro se escribió bajo esa sombra, aunque sólo fuera imaginaria, y este detalle lo justificaría de sobra.


Jorge Edwards

 

 

 

 

 

 

   

 

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