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Extractos de Joaquín García-Huidobro Correa, "Allende. Desde el otro exilio" en MEOB y JG-HC, Allende Allende (Cuatro Vientos : Santiago de Chile, 2002).
 
Retiro (Linares), 5.9.70
De mis primeros 11 años de vida, no recuerdo ninguna despertada antes de la del 5 de septiembre de 1970. Llega mi padre a la pieza, nos despierta y nos dice: "ganó Allende". No quedaba ninguna duda, se había quedado hasta tarde, hasta los últimos cómputos. La mirada se me fue a la puerta del closet, a los papelitos pegables con una A y una V unidas, que decían, "Alessandri volverá", "No más chivas. Alessandri" y otras frases más, que coleccionábamos como objetos de triunfo. De repente, todos esos cartelitos de colores se habían quedado sin sentido. Eran un pedazo de papel que ensuciaba el closet.
Un rato más tarde llega gente de los campos vecinos. Me acuerdo de un señor Orrego, un huaso muy derecho que se echaba en parte la culpa de su victoria. Se recriminaba no haber votado por usted, ya que tenía tan mala suerte que hasta ahora nunca había ganado en una elección: ni Durán el 64, ni Frei el 58 ni otras elecciones que en ese momento yo no conocía. Era tan importante la elección, que había decidido votar por Alessandri, y con esa decisión le había pegado su eterna mala suerte. La conversación era serena. Se había hecho lo posible; al menos la gente de la provincia, porque con los santiaguinos nunca se sabe. El dueño de casa había salido a los caminos a implorarle a Juan Carlos, un vecino, que no votara por Tomic, que estaba perdido. Pero no había caso, ese vecino, como toda la DC, estaba demasiado seguro de su triunfo. Todos estaban seguros de su triunfo, salvo mi padre, que había mostrado escepticismo cuando en el clásico universitario último, en las barras, habían aparecido las figuras de los tres candidatos. Y los mayores aplausos se los había llevado Allende, o sea usted, seguido de cerca por Alessandri. Pero la derecha es ciega. Esta es una de las primeras cosas que había aprendido en mi casa: gran parte de la derecha en el siglo XX había sido ciega, egoísta, caprichosa. Por eso el papá había rechazado terminantemente ser candidato a diputado del Partido Nacional, en las últimas elecciones parlamentarias, a pesar de que el triunfo del candidato de la derecha era seguro, como se demostró. No podía ser candidato porque estaba metido en cosas gremiales, y no estaba bien mezclarlas con cosas de partidos. Con cosas de esa derecha. Yo también había hecho todo lo que estaba de mi parte para que usted no ganara. Había hablado con don Juan, el profesor de guitarra, que había dicho que le iba a dar una oportunidad a usted, para ver si cambiaban las cosas. Hasta logré convencerlo que lo tirara al cara y sello. Pero la moneda cayó implacable: también la suerte estaba con Allende.
Pasan unos días, y llega otra mañana. Nos llaman a los 4 hermanos al living, porque había que conversar una cosa. No dura mucho. Con voz tranquila, los papás nos dicen que, a pesar de nuestra edad (11, 10, 8, 6), sabemos lo que es el marxismo y lo que significa que Chile vaya a ser un país comunista. Existen dos posibilidades. La primera es quedarse aquí y dar la pelea. La misma pelea que venimos dando en el campo durante los últimos años, con las tomas, las expropiaciones y los demás desbarajustes que desde hace tiempo componen nuestra existencia. Además, el marxismo no tiene vuelta. Una vez que llega a una parte, no se va nunca más. La otra posibilidad es irse a Argentina, pero eso significa abandonar lo que más queremos y no dar la pelea aquí. Sin embargo, aunque la probabilidad es escasa, cabe que algún día el marxismo pase. Entonces se necesitará gente preparada, para reconstruir el país. Gente que haya estudiado bien, con libertad, y que además no ande con odio. Quieren saber lo que pensamos, para poder tomar una decisión. No hubo dudas.
El paso siguiente, a Santiago. La ciudad estaba llena de unos carteles negros que decían simplemente "Vencimos". También en las calles aparecía escrito: "Vencimos, mierda". Daba susto. De repente el mundo se había vuelto extraño, hostil. Semanas atrás, todos cantábamos: "Cuando Alessandri sea, Cielito lindo, ya Presidente/ qué suspiro más grande, Cielito lindo, dará la gente". Ahora no estábamos para suspiros: teníamos la guata apretada. En el Registro Civil se hallaba toda la parentela, sacando carné. También había que ponerse una vacuna, pero por suerte no dolía. Conocí a unos primos segundos que nunca había visto. Uno de ellos estaba preocupado porque no sabía hablar argentino y pensaba que le iba a costar darse a entender. Lo único que sabía, aparte de su castellano, era un poco de inglés. Quizá en Buenos Aires hablaran inglés y la cosa no fuese tan difícil. Los carnés no se gestionaban directamente, sino a través de un hombrecito, como se decía. Él hacía que las cosas salieran más rápido, pero igual había que esperar mucho rato, instalados en unos bancos de madera, sin tema de conversación, mirando las paredes como de hospital y a la otra gente, que estaba desde hacía mucho más rato que nosotros. De vez en cuando, llamaban a una familia entera por micrófono. Y como los otros parientes también habían reclutado a su hombrecito, resulta que primero llamaron a una familia Correa, y luego a otra y a otra. Cuando nombraron a los García-Huidobro se oyó una voz del público, de esa gente que parecía pertenecer al Servicio en calidad de permanentes: "¡por fin la cortaron con los Correa!". Menos mal que no sabían cuál era nuestro segundo apellido, porque no sé lo que habrían hecho. Seguramente varios de ellos eran upé. Al menos tenían cara. (...)
Vacas
En Chile se luchaba en el campo y la ciudad. Los empresarios santiaguinos empezaban a entender lo que habían vivido los agricultores a fines del gobierno de Frei. Estos, por su parte, hacían lo que podían. Recuerdo un relato de Domingo Durán. Me imagino que se lo habré oído a él mismo, una las veces en que nos reuníamos alrededor de él, para escuchar mil historias. Su casa de campo estaba en una colina, en la costa de Temuco. Un día fue rodeada por extremistas, dispuestos a tomarla. Domingo, con pocos recursos defensivos salvo su ingenio infinito, se arrima con cuidado a las vacas que pastaban allí cerca (de ese campo salía un quesillo incomparable: en eso habríamos estado de acuerdo usted y yo). Toma una por la cola y le amarra una carga de dinamita. Después, le pega un chicotazo con toda la chilenidad de que es capaz, y la vaca va trotando a explotar junto a los extremistas, que huyen llenos de sangre, tripas y confusión. Nunca he entendido por qué los escritores se esfuerzan por inventar cuentos y novelas. Bastaría el relato de los dichos y hechos de Domingo Durán para llenar capítulos enteros. Es cierto que los lectores europeos arrugarían la frente y dirían que hay un exceso de fantasía, pero ese es un problema de ellos, no nuestro. Nosotros tenemos nuestros Domingos, Leones, Gabitos, Clotarios, don Jorges y Violetas, que son una fábrica de anécdotas que no deberíamos olvidar.
En mi casa habíamos aprendido desde chicos que no había que alabar a la gente cuando el interesado estaba presente. Domingo, por el contrario, no ahorraba palabras para celebrar a mis padres, que muchas veces no sabían cómo responder a ese cariño manifestado de manera tan directa, con palabras que no estaban en nuestro vocabulario escueto y parco. Pero Domingo era así. Además, aunque probablemente no era masón, no cabía duda de que era amasonado y había que respetar que fuese distinto. Pobre Domingo, otro agricultor que pasó de la Reforma Agraria a una economía de mercado, repleta de sutilezas y variables que no pertenecían a su mundo, que era un mundo en vivo y en directo. De dinamitar a las vacas para salvar el campo a tener que comérselas, si el precio no era el que señalaban los parámetros internacionales. Pobres vacas. (...)
Dureza
Los enfrentamientos fuertes entre los Montoneros o el ERP y la policía, empezaron en Argentina bastante antes del gobierno militar que derrocó a Estelita. Era frecuente que detuvieran a los autos en las carreteras para hacerles un control. Algunas veces pescaban una ráfaga de metralleta, otras a algún extremista. Como ese día, en que pillaron a dos, muy jóvenes: él con su barba, ella con una guagua en brazos. Después del tiroteo se descubrió que la guagua estaba muerta por anticipado. Y que llevaba una bomba dentro del estómago.
La cosa era dura y muchas veces no se sabía quién estaba metido y quién no. En una ciudad del interior, un conocido de mi padre notaba que su hijo mostraba una conducta poco habitual. Se lo veía nervioso, llegaba tarde en la noche, salía a horas extrañas, y cada día se distanciaba más de la familia. Una noche lo encaró a solas. Reconoció que se había metido en la guerrilla y no sabía cómo zafarse.
-No te preocupés, vamos a ver a uno de los jefes de la policía, que es conocido mío.
No más entraron a la oficina, el joven comenzó a hablar una serie de vaguedades acerca de la falta de libertad en la universidad, la represión policial y otras cosas que nada tenían que ver con la visita. El viejo, curtido por la vida, se dio cuenta de que pasaba algo y no dijo nada. A la salida, ya en el auto, lo interrogó:
-¿Por qué no le dijiste que estabas en la guerrilla y querías salirte?
-Porque ese señor es el que nos hace entrenamiento en las noches.
Se fueron directo a Ezeiza y lo mandó al extranjero. (...)
Ministros
"Mira la batea, cómo se menea/Cómo se menea, el agua en la batea". Paros, inflación, Patria y Libertad que pasa a la clandestinidad. La batea se menea demasiado. Para salvar la poca lavaza que va quedando, usted llama a los militares al gobierno. Un golpecito de Estado, pero la única solución si se quiere poner orden. Además, los militares son gente obediente, porque a esa altura cada uno tiene una teoría distinta de cómo hay que hacer las cosas y la banda presidencial significa bien poco. La soledad del mando. En Chile, los finales de gobierno nos presentan a los presidentes abandonados por partidos indómitos. Y aunque en el papel a usted le queden muchos años en la Moneda, la sensación de la gente es muy distinta. La batea se mueve sin control. Los uniformados en el gobierno le dan un poco de oxígeno. A esas alturas nadie puede esperar otra cosa. Que esto no armonice del todo con la tradición no deliberante de los uniformados es una sutileza. Por lo demás, tampoco es la primera vez que un Presidente hace una "invitación" semejante.
La invitación al Gabinete no fue dirigida sólo a los uniformados. Un día, ya cerca del final, usted estaba en el sastre, probándose un traje. Genio y figura, usted no iba a andar mal trajeado por el solo hecho de que el país se haya transformado en una bolsa de gatos. En la sastrería se encontró con el Dr. Federico Crempien, que estaba en las mismas. Muchos recuerdos le deben haber pasado entonces por la cabeza, al ver a ese vecino de Iquique y compañero de Medicina en la Chile: el negocio que les permitía financiarse vendiendo los apuntes de clases, que su amigo tomaba taquigráficamente; el momento en que su compañero llegó a la conclusión de que la izquierda no era el mejor camino para realizar los ideales que todos tenían por entonces; el distanciamiento que se produjo por la obstinada negativa de su joven colega a firmar los registros del Partido. En fin, un hombre distinto, pero de confianza, alguien ante quien usted sabía a qué atenerse. Evidentemente usted no tenía nada preparado, no sabía que se iba a producir ese encuentro, pero no dudó en ofrecerle nada menos que el Ministerio de Salud y pedirle que lo ayudara a poner un poco de orden. "Demasiado tarde, Salvador", fue la respuesta, "demasiado tarde". No sé lo que habrá pasado entonces por su cabeza, Sr. Presidente. Quizá se dio cuenta con sorpresa de que no se trataba de una negativa absoluta, sino de la simple constatación de que el enfermo ya no podía resistir esa medicina. Me imagino que usted habrá seguido probándose. Tal vez fue su último traje.
Pero el país no está tan pulcro y tranquilo como esa sastrería elegante. Afuera, Santiago ya no tiene paredes sin rayar. Todo el mundo se siente obligado a poner algo por escrito en los muros y fachadas, para la posteridad. Aunque la posteridad sea efímera y las capas de pintura se sucedan con rapidez en las murallas. "La guerra civil viene", dicen los termocéfalos. En todo caso, las pintadas son muy distintas. Las de la izquierda, cuando quieren, son una obra de arte. Son un digno decorado para el final de esa obra: "este Gobierno es una mierda, pero es el mío", decía un cartel. Toda nuestra historia se resume en esos murales. Allí están los mineros y los campesinos. Rostros iguales a los que el 72 se estaban rebelando contra su gobierno, contra el gobierno popular. Los hombres de mar y los conscriptos; mapuches y oficinistas. También están las mujeres, pero sin cacerolas, silenciosas.
 
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