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Extractos de ME Orellana
Benado, "Allende. Alma en pena" (segunda edición, corregida
y aumentada) en MEOB y JG-HC, Allende Allende (Cuatro
Vientos : Santiago de Chile, 2002).
Golpes en la puerta
Los recuerdos de dos experiencias
vividas en la década anterior, una en Santiago y la otra
en Buenos Aires, pasaron una y otra vez por mi mente aquella noche
insomne en la cárcel del aeropuerto de Heathrow. Veía
a Aníbal Pinto Santa Cruz, amigo de juventud de mi papá,
llegando a nuestra casa en Santiago con un grupo de economistas
que habían escapado del Brasil después del golpe de
Estado que derrocó al presidente Joao Goulart en 1964. Aunque
mis padres estaban ofreciendo una fiesta en honor de los ilustres
exiliados (uno de los cuales alcanzó la presidencia de su
país treinta años más tarde), a pesar de los
aperitivos, la música, la comida y los vinos, las visitas
estaban tristes. Pedí explicaciones respecto qué era
un golpe de Estado y por qué personas tan simpáticas
como los invitados de la noche anterior no podían vivir en
su país. Se me dijo que los golpes ocurrían cuando
los militares de un país se tomaban el poder y sometían
a los civiles, matando a los dirigentes políticos, torturando
a sus partidarios y aterrorizando a la población. Que eso
ocurría porque "el imperialismo" no toleraba la autodeterminación
de los pueblos en su "patio trasero". Porque para los yanquis nuestro
continente no era más que eso, un lugar donde tender la ropa
y guardar la basura.
La segunda experiencia
que recordé aquella noche es de la misma época, pero
tuvo lugar en Buenos Aires, durante una visita a esa maravillosa
ciudad en 1966. Durante el mes que pasé viviendo con José
Trilnick, primo hermano de mi mamá, y su familia. Una mañana,
el tío José me despertó diciéndome que
había golpe de estado que "lo habían derrocado" al
pobre presidente Arturo Illia, que no podríamos salir a la
calle ese día, pero que al día siguiente todo seguiría
igual. La Argentina era un país muy distinto a Chile. En
Buenos Aires, el sol salía del mar para ponerse en la tierra.
Y, además, un golpe de Estado no parecía tener más
consecuencias que impedir la salida a la calle por un día.
En mi camastro de la cárcel del aeropuerto de Heathrow, recordaba
con rabia mi ingenuidad en ambas ocasiones... haberme alegrado de
ser chileno, haber creído que en mi país nunca tendríamos
un golpe de Estado. (...)
Valentina Tereshkova en
Ñuñoa
Estoy en clases en el penúltimo
año de la educación secundaria. Se abre la puerta.
Un mozo entra, después de golpear cortés pero firmemente.
Avanza hacia la profesora y, luego de saludarla, habla con ella.
Mi profesora se pone de pie y ordena en voz alta: "Orellana, a la
Dirección". La Dirección inspira respeto. Intimida
a los alumnos. Probablemente, también, a los profesores.
Es un espacio fresco y sombrío, incluso en pleno verano,
al cual se ingresa por una terraza rectangular con balaustrada.
Fue diseñado para despacho ("escritorio" se decía
en el castellano del Chile Antiguo) del dueño de casa, don
Manuel, millonario salitrero y constructor del Palacio Torres, espléndida
mansión estilo Tudor, rodeada por dos hectáreas de
parques en Ñuñoa, sobre la avenida Irarrázabal,
cuya entrada aún está en el 105 de la calle Brown
Norte. Ahí, en el corazón de lo que nosotros llamábamos
el Edificio Viejo, estaba la Dirección el Liceo Experimental
"Manuel de Salas" de la Universidad de Chile, la joya del sistema
educacional público (véase Florencia Barrios Tirado,
El Liceo Experimental Manuel de Salas: un aporte de la Universidad
de Chile a la educación nacional [publicado con ocasión
de celebrarse el primer cincuentenario del Liceo], Editorial Universitaria:
Santiago de Chile, 1983). El despacho de don Manuel Torres se había
convertido en la oficina de la formidable educadora, señorita
Florencia Barros Tirado. Es ella quien me ha hecho llamar. Los ojos
de mis compañeros se clavan en mí.
Salgo a la galería
en el tercer piso. Por sus arcos veo los enormes patios de baldosas
rojas relucientes y, al fondo, el Edificio Viejo. Más allá,
las copas de los árboles en el parque del Liceo. Un momento
después estoy sentado frente a la señorita Florencia,
quien sonríe detrás del magnífico escritorio.
Es un mueble alto, enorme, de madera noble y finamente tallada.
El despacho entero es un espacio elegante, silencioso y proporcionado
que ha conservado sus muebles originales y los muros cubiertos por
paneles de madera obscura. Ella comienza a hablar diciendo que hay
tres alumnos del Liceo que están estudiando el idioma ruso
en el Instituto Chileno-Soviético de Cultura: Arturo Budnik
Oberhauser, Marcelo Maturana Montañez y yo. Está muy
bien informada la señorita Florencia. Hasta sabe qué
hacemos fuera de su establecimiento.
Como toda vestal de la
Universidad de Chile, por cuyas venas solo corre sangre azul, la
señorita Florencia era todo eficiencia y poco amiga de perder
el tiempo en disquisiciones que no terminaran en la acción.
En rápidas palabras expuso el siguiente antecedente. La cosmonauta
soviética coronel Valentina Tereshkova, la primera mujer
en orbitar la Tierra, quien visitaba Chile en esos días,
quería conocer un establecimiento educacional y, por sugerencia
nada menos que de la Primera Dama, había elegido acudir al
nuestro. Nos honraría con su presencia en pocos días
más. Sin expresión de causa, solo dijo que no eran
"apropiados", la señorita Florencia descartó a mis
amigos Budnik y Maturana. La misión sería mía.
Debía dar la bienvenida
a la ilustre visitante y su séquito, una delegación
de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética,
en nombre de la comunidad. El solemne acto tendría lugar
en el Aula Magna del Liceo, delante de alumnos y profesores. "Prepare
un discurso en ruso", terminó diciendo la señorita
Florencia. Sorprendido, intenté protestar. Mencioné
que recién cursaba el segundo semestre, que de ningún
modo podría ni escribir ni leer un discurso en ruso. Ella,
impaciente, arrugó un poco los ojos color celeste témpano.
Repitió sin levantar la voz el día y la hora en la
cual se realizaría la ceremonia. E insistió: "En ruso".
Salí de la Dirección
agobiado con el encargo. Durante el recreo conté a mis compañeros
el motivo de mi llamada de la Dirección. Comenzaron a hacerme
bromas. Que las rusas saludaban todas con beso Peor aún,
que el beso con el cual saludaban las rusas era en la boca. Que
me besaría en la boca. Ahí, en el escenario del Aula
Magna. Y que todos me verían. En el Chile Antiguo, el beso
en público era una forma de saludo reservada para los padres
y las personas más cercanas. Jamás se besaba a personas
ni del mismo sexo ni del sexo opuesto con ocasión de ser
presentados. Solo más tarde, con el general Pinochet Ugarte
en la presidencia, la costumbre se vulgarizó.
Mi profesora de ruso, la
señorita Violeta Rojo, a quien en broma llamábamos
Violeta Krasnaia haciendo un patronímico de la traducción
de su apellido al idioma que nos enseñaba, me proporcionó
una cita apropiada para incluir en el discurso. Aprendí de
memoria esas palabras, las que supuestamente dijo Tzander, el pionero
de la cohetería soviética, en su lecho de muerte en
1932: "Fpiriod tovarishii, fsiegdá fpiriod, delaití
shtobui nashi rakieti letali fsiegdá bolshie o buishie..."
(adelante camaradas, siempre adelante, haced que nuestros cohetes
vuelen siempre mejor y más rápido...).
Ese fue todo el ruso que
hubo en mi discurso, excepto, claro está, el haberme dirigido
a las ilustres visitantes como "Tavarishii" (camaradas). El discurso
"en ruso" estaba demás. El séquito de la Tereshkova
incluía, desde luego, una traductora. Estuve tan nervioso
durante la ceremonia que empecé leyendo demasiado rápido,
hasta reparar en ella, la pobre traductora que, con rostro desesperado,
agitaba sus brazos en mi dirección pidiendo que hablara más
lentamente. Con todo, la Tereshkova entendió el discurso.
Se emocionó con la cita de Tzander y, según me contaron,
hasta enjuagó una lágrima cuando la traductora vertió
al ruso mi cita de sus palabras durante la hazaña, cuando
se comparó con una gaviota en vuelo. Cuando terminé,
como anunciaran mis compañeros, me besó en medio del
escenario. Pero solo en una mejilla. Su rostro de brillantes ojos
azules y párpados rasgados, la mandíbula ancha y la
tez tan blanca me recordaron a mi Bobe Scheine, mi abuela linda.
Al finalizar la ceremonia, la Tereshkova y algunas de las descomunales
doctoras de la Academia de Ciencias que la acompañaban, firmaron
sonrientes el papel con mi discurso. Hacía solo una generación
esas mujeres hubieran sido simples campesinas, ahora eran investigadoras
y astronautas.
La Guerra Fría y
sus batallas de propaganda por el prestigio en el mundo polar, habían
alcanzado a un establecimiento educacional secundario en la comuna
de Ñuñoa, en Santiago, la capital de un país
lejano. Ahí estaba ella, Valentina Tereshkova, la primera
mujer en orbitar la Tierra, delante nuestro, en el Aula Magna del
Liceo. La Unión Soviética le había permitido
elevarse a ella en el Ejercito Rojo. Y así una persona de
humilde origen, había escalado posiciones con su esfuerzo
hasta llegar al grado de coronel. Y a viajar por lo que entonces
llamábamos el "espacio exterior". El futuro parecía
brillar en manos soviéticas. (...)
Despedida de los Bronfman
Cuando las personas a quienes
mis padres ofrecieron refugio después del golpe de Estado
fueron acogidas en lugares más seguros, a fines de octubre
de 1973, mi padre partió a Madrid, en un exilio del cual
ya nunca regresó. Los Bronfman, que se habían ido
a vivir a Buenos Aires varios meses antes del colapso final de la
Unidad Popular, volvieron a Santiago poco después de su partida.
El father nunca los volvió a ver. En noviembre, Jorge, mi
hermano menor, partió a España para reunirse con él.
En enero de 1974 mi mamá me pidió que la acompañara
a despedirse de los "tíos" Samuel y Margot. Como en tantas
ocasiones anteriores, nos recibieron en el acogedor despacho de
la casa en la calle Amundsen 2238. Por el ventanal que daba al jardín
se veía el inmaculado césped y, al fondo, los bancos
de flores. En las estanterías, como siempre, el centenar
de volúmenes de la Enciclopedia Espasa-Calpe y múltiples
volúmenes en alemán, castellano y ruso.
Sorpresivamente entró el
entonces secretario del "tío" Samuel, un lechuguino neurótico
que antes había enseñado inglés en mi Liceo.
Con gran desparpajo intervino en la conversación de mi
mamá con los "tíos" que versaba sobre temas políticos.
Y dijo a mi madre: "Tú no opines nada ahora. Tú
estás caída. Ustedes son los derrotados…" Encendió
en mí la rabia. Que se permitiera tutear a mi mamá,
era inaudito. Por primera vez en la vida, tuve ganas de golpear
a alguien. Me contuve por respeto a los Bronfman. La señora
Margot ya no sonreía. Don Samuel no dijo nada. Permaneció
hundido en su sillón, más ojeroso que nunca, silencioso
y cabizbajo hasta que nos despedimos de ellos. Me dije a mi mismo
que le daría un buen golpe al secretario la siguiente vez
que me encontrara con él, sin decir siquiera "Agua va".
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