| 
volver al libro
comente
este libro
Colección Narrativa |
|
Arenas
del Mapocho
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Prólogo Roberto Merino
Todo lo que hoy sabemos de Ricardo Puelma lo sabemos por él
mismo. Fuera de las páginas de sus memorias no tenemos registros
conocidos de su paso por el mundo. Con toda seguridad, sus nietos
tendrán de él un recuerdo nítido, pero el círculo
de sus lectores es escaso, casi inexistente. En una revista Zig-Zag
de 1906 aparece en la fotografía de un grupo de pioneros
del ciclismo, pero no se nos indica cuál de todos los personajes
corresponde a su persona. Esta desaparición parcial no deja
de causar curiosidad, teniendo en cuenta que la primera edición
de Arenas del Mapocho (1941) fue bastante bien recibida por los
hombres de letras ilustres del momento (Alone, Ricardo Latchman,
Luis Alberto Sánchez) y, además, por Arturo Alessandri,
que en carta al autor le señala: "Usted reúne la primera
condición para ser escritor: atraer y conmover". Estas informaciones,
de cualquier modo, aparecen en las solapas de la segunda edición
del libro de Puelma, publicada por Nascimento. Medio siglo es tiempo
suficiente para que el olvido haga su agosto sobre la existencia
de un hombre. En Chile, este plazo suele ser menor: basta un par
de semanas de retiro. Aquí la fama es tan fácil como
el anonimato, y ninguna de ambas categorías tiene valor en
sí misma. Quien se sienta torturado por las exigencias de
la celebridad, tiene el remedio a la mano: esconderse un momento,
rechazar las invitaciones, no atender los llamados. Los demás
harán el resto. No estoy con esto acusando ninguna injusticia,
como no sea la de la indiferencia por un hermoso libro, donde la
memoria está entretejida con el tramado de la ciudad. Este
es un valor estructural de Arenas del Mapocho, y que -hasta donde
sabemos- no se halla en ninguna de las obras con las que se nos
ocurre compararlo, es decir, con las que incurren en el ejercicio
de las memorias personales.* Pérez Rosales nos deja la imagen
final de una sensibilidad proclive a la aventura; Balmaceda Valdés
nos informa sobre las fiestas de buen tono y los misterios del moblaje;
Ramón Subercaseaux pasa un poco aceleradamente por las cosas
y por las personas, a fuerza de un estilo invariable y casi administrativo;
doña Martina Barros privilegia el perfil amable y el chascarro;
Pedro Subercaseaux, al ilustrarnos sobre su vida y la de los suyos,
nos interesa pero no nos sorprende; Ossandón Guzmán
es inteligente siempre, pero demasiado deportivo. Estos escritores
de la pequeña historia nos han legado obras encomiables;
sin ellos no tendríamos hoy profundidad para vislumbrar un
mundo extinguido en sus dimensiones visibles. Pero sus relatos corresponden
a la experiencia comœn, lentamente diferida, de un núcleo
social con las fronteras muy marcadas. Esto, si bien intensifica
su visión respecto a una porción del mundo urbano,
las difumina en relación a otras zonas más sombrías
de una capital que a fines del siglo pasado excedía -física
y espiritualmente- los límites de la "ciudad ilustrada".
Puelma se nos antoja distinto. La diferencia podría radicar
en una cuestión de estilos, pero también tiene una
causa existencial. De todos estos memorialistas, es el único
que está realmente solo, o el que se muestra más sensible
a una soledad que se le adhiere como una sombra. No pertenece a
una clase social, sino a una zona fronteriza, oscura y deleznable.
Es vástago de uno de los numerosos intersticios de una clase
media chilena incipiente, clase media, en su caso, "con relaciones".
La vida (y por lo tanto la ciudad) no se le ha dado a él
como un prospecto habitable de por sí, con sus códigos
claros y sus itinerarios despejados. Por el contrario, su tarea
en el mundo es la de encontrar un lugar y a la vez procurarse la
subsistencia. Si fuera un pícaro, éste sería
un asunto de fácil solución. Bastaría aplicar
un repertorio de pequeños delitos contra un fondo de resentimiento.
Pero se trata, inconvenientemente, de una persona decente, no de
un pájaro de cuentas. Tiende en todo momento a ser un caballero,
pero el entorno social no es el espejo adecuado para una pose semejante.
En esto tiene algœn parentezco lejano con el De Quincey que vagaba
-pobre y erudito de solemnidad- por las barriadas nocturnas de Londres.
"Todo escrito testimonial -piensa Martín Cerda- es, en verdad,
una respuesta, acto o gesto solitario destinado a preservar, de
un modo u otro, la 'individualidad' o, como hubiese escrito Kafka,
la singularidad de un hombre en un mundo que le recusa, tacha o
invalida. Todo texto testimonial está, pues, anclado en una
situación de incertidumbre, de indefensión o de peligro".
No es raro que quien experimenta una forma prolongada de soledad
-personal o social- encuentre solaz en las alternativas de su paisaje
inmediato. Esto se nos evidencia en la lectura de las páginas
de Ricardo Puelma: las plazas, las calles o los rincones campestres
de Santiago aparecen en ellas personalizados, "dotados de alma".
El escritor los conoce bien, y los va identificando progresivamente
con su propia historia. Un viaje de Tobalaba al Centro, a medias
en tranvía y a medias a pie, es el pretexto inicial para
la consecución de sus recuerdos. Puelma no pretende comprobar,
ante los ojos del lector, nada que no necesite comprobar ante sus
propios ojos: en definitiva, todas las zonas de la experiencia que,
superpuestas, van revelando el rastro de la vida de un individuo.
Arenas del Mapocho está cruzado por aciertos literarios:
momentos en que se nos ilumina el paisaje o se nos participa de
un poco de emoción estoica. Algunos de sus personajes bordean
la caricatura y la crueldad, y ciertos episodios -como el del duelo
con el noble español- resultan creíbles de puro inverosímiles.
El mismo título del libro es de por sí un hallazgo.
Nada nos cuesta reconocer en él algo inestimablemente propio,
aunque nuestro destino difiera de el del autor. No pocas veces hemos
tenido la impresión de estar hechos de ese material a la
vez pétreo y fugaz. Nuestra medida no es otra que la del
tiempo mapochino. Santiago, mayo de 1998. * Hay que hacer la excepción
de las memorias recientes de Miguel Serrano, donde la linterna esotérica
de la mirada restrospectiva ilumina algunos sectores de la afantasmada
ciudad autobiográfica. Entre los lugares áuricos de
esta obra cuentan las calles de todos nuestros días y noches:
Matta, Lira, Apoquindo y las que circundan al Cerro Santa Lucía. |