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Colección Narrativa

   

OJOS QUE VEN; El camino de las misiones a la guerrilla
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Arthur Melville

 

Prólogo a la Versión en Español

"Caballero en busca de su nombre"


Este texto no pretende ser una argumentación acabada que desemboque en unas conclusiones; más bien intenta ser un estímulo para desencadenar la tarea de nombrar una experiencia colectiva que marcó una época y que es el contexto donde se mueve el escrito del autor: los años 60. Por eso, podríamos decir, por medio de una analogía, que, al igual que en cierta moda de vestir, a este prólogo se le notan las costuras y puntadas. Las "razones" para preferir este tipo de escritura se explican en parte en las siguientes vivencias oníricas. Soñé alguna vez que me salía del escenario donde ocurría una gran catástrofe deslizándome por su orilla y bajando por las maderas que sostenían el entarimado de la escena. Soñé otra vez con carros de tren cargados de los paisajes en que nos movemos cotidianamente: todos ellos venían ya con la perspectiva incorporada; entendía yo entonces cómo era que nuestro complejo mundo podía haber sido hecho.


Además, he vivido con gente de largos discursos bien armados, que no pierden ninguna batalla, aunque a la larga puedan perder la guerra. Tal vez por eso, he optado por las pequeñas intervenciones para alentar el diálogo entre personas con una vida y una experiencia detrás de sus palabras. Las palabras son aparentemente las mismas, pero ellas traen la perspectiva incluida y un ligero sabor a vida. En mi caso, detrás de mis palabras están los intensos recuerdos y contradicciones despertados por el libro que prologo y son ellos los que me guían hasta el destino final de estas palabras. Sin mayor advertencia, entro en materia.


Cuando el editor me pidió hacer el prólogo del libro de un "ex cura" Melville, "quien llega a Guatemala por ahí de los 60, lleno de buenos sentimientos", sentí que en esta petición había un fuerte desafío implícito. Las frases del editor resonaron como palabras clave que iban abriendo recuerdos enterrados, contextos y compromisos de una época que indudablemente no es la de hoy. "Cura", "misiones", "familia de catolicismo irlandés", "Guatemala", "CIDOC", "descubrimiento del pueblo", "justicia social", "dignidad", "cambio estructural de la sociedad", "compromiso temporal", todas estas palabras y, si lo pienso, también "heroísmo", estaban llenas de un contenido marcado por esos años que entonces se vivían.


En particular, el libro de Melville, que alude a esta época como contexto de un camino hacia la espiritualidad, podría ser enmarcado dentro del tema medieval del "caballero en busca de su nombre" y tiene que ver con un recorrido vital que lleva por estancias o castillos donde toca aprender algo para poder pasar al siguiente nivel. El caballero no sabe cuál es la prueba que le toca vencer; lo que sí sabe es que el nombre que le pusieron lo anda trayendo gratuitamente: es la vida con sus desafíos la que dirá que ése es su nombre genuino, una vez que se lo haya ganado. Los años 60 aportaron algunas modalidades a este antiguo tema.


Es muy largo traer todos los elementos que constituyeron la época de los 60 y el despertar de los 70; baste decir que éramos muchos los que vivíamos en un compromiso de entrega a la vida, el cual pasaba por asumir el momento histórico y la situación concreta que nos tocaba vivir. La opción podía darse de muchas maneras, por ejemplo, en el sacerdocio —caso de Arthur Melville— o en el trabajo directamente político, cerca del pueblo latinoamericano (como fue el caso más señalado, el de Ernesto Che Guevara), o luchando por dar un sentido de justicia a la vida cotidiana, teniendo la esperanza de que el enfrentamiento institucional iba a producir cambios drásticos en las estructuras sociales y económicas que parecían impedir el advenimiento de una sociedad más justa que acogiera en su interior al hombre nuevo.


Se cuestionaba la institución universitaria, las iglesias, el modelo burgués de la familia volcada hacia adentro, el Estado injusto y opresor, las formas y maneras de las vidas egoístas sin conciencia de pertenecer a una sociedad donde todos debíamos caber y aportar nuestra parte. Las vidas individuales tenían una dimensión social y política. Se alcanzaba a vislumbrar la importancia de las culturas y lo que se podía aprender de las formas de vida ancestrales de los pueblos a través del contacto con los hombres y mujeres inmersos en dichas culturas. El compromiso era directo, difícil pero claro, y era hacia fuera, hacia la sociedad.


De esta experiencia sumada y de su llevar a un callejón sin salida, nació, posteriormente, como de un semillero contrapuntístico, el volcarse masivo hacia formas de conocerse interiores y de trabajo centrado en uno mismo. Todo esto se va haciendo presente en el trayecto de lectura de este libro. Antes de leerlo, pensé que el desafío estaba solamente en señalar las contradicciones entre un lenguaje general y hierático, como es, entre otros, el lenguaje desaprobatorio de la Iglesia Católica, y la forma como se presentan estos casos en nuestra vida, sumiéndonos en el agua correntosa del gran caudal donde peligramos naufragar, inmersos en los desafíos de la vida y donde nos toca decidir un camino en lugar de otro y donde la aplicación del dogma puede sentirse como un acto de inhumanidad. Porque, en términos generales, ¿quién podría decir que está por el aborto, la violencia, por la separación de los amantes, por la disolución de la familia, por la lucha entre hermanos, por la guerra? A ese nivel general, el lenguaje de la Iglesia es justo y hasta casi innecesario, porque es como un resumen de algo que los seres humanos sabemos, aunque podamos olvidar, y entonces, si se tratara de eso, de un recordatorio, ¡pues, qué bien!


Fuimos muchos los que compartimos estos ideales humanistas que también predica la Iglesia, ya sea dentro de ella o en partidos políticos que apuntaban a una sociedad solidaria y equitativa, pero los tiempos y la vida nos presentan los desafíos en formas complejas, difíciles de nombrar, de muchas aristas y, generalmente, en el momento menos esperado y ¡muchas veces disfrazados! ¿Cómo entender la penalidad del aborto cuando se trata, por ejemplo, de una niña de 13 años que empieza a vivir y a experimentar, y que lo hace unida a otro ser a quien otorga su confianza y que tal vez para ella sea una autoridad más vigente que la de sus padres? Sin embargo, de pronto el escenario cambia y lo que le cae encima es una realidad muy diferente.


¿Qué vida proteger, entonces, la de esta niña o la de ese posible ser que también puja por vivir? Por lo menos, en este presente, así se presenta el problema. Puede ser que más adelante, nuestro amor y respeto por la vida crezcan, no ya individualmente, si no en todo el ser social, y no se nos plantee ya el dilema vital de una vida por otra. Si llegara a ser así, todo cambiaría: las significaciones, las pariciones del acto entre justos y pecadores, las estructuras sociales que prestarían un regazo amoroso a las víctimas directas de esta experiencia. Pero ese momento no es el nuestro. O, cuando asumimos un compromiso concreto con aquellos seres humanos que nos rodean o con quienes optamos por compartir nuestra vida y ellos sufren persecución o una injusticia detrás de otra, ¿cuál es la decisión correcta, decir "ésta no es mi vida, es la de ellos" o buscar defenderlos abriendo una vía que no sabes dónde terminará? ¿O cuando empujas dentro de la institución del matrimonio, buscando lograr espacios de más humanidad y esta lucha te lleva a perder y quedarte fuera?


En general, la forma de dar la lucha llevaba entonces a ganarla o quedarnos fuera, desprotegidos, castigados. Es que entendíamos la honestidad de una manera que casi siempre se volvía contra nosotros. Juan XXIII interpretó las curiosas palabras del evangelio que dicen que hay que ser mansos como palomas y astutos como serpientes, de la siguiente manera: para ser mansos como palomas hay que ser astutos como serpientes. Pero a muchos de nosotros nos costaba tomar contacto con la astucia.


El premio Nobel Ilya Prigogine sostiene que la vida nació en sistemas alejados del equilibrio. Al parecer, cada nueva etapa de desarrollo de los sistemas vivos marcaría más esta condición: mientras más distinciones somos capaces de hacer, más fuertes son los desafíos para una ordenación armónica, cuidadosa y amorosa de los lazos que nos unen a los otros seres humanos y a la vida del planeta tierra. La lectura del libro de Melville me recordó en varias partes esta afirmación que le escuché a Prigogine en una conferencia que dio en la Universidad de Chile.


Algunos ejemplos: en el Capítulo 14, titulado "Derechos", el autor nos relata que, si bien las cooperativas realizadas con los campesinos del lugar habían servido para mejorar las condiciones de vida de las personas que poseían una tierrita, no servían para solucionar el problema de los más pobres, de los sin tierra. Entonces, descubrieron que en Guatemala existían tierras comunales y que el requisito para acceder a ellas era que había que organizarse. La gente se reunió, formó una cooperativa, consiguió la necesaria entrevista con el Gobernador, sólo para enterarse que nuestro mundo está lleno de contradicciones y que una de ellas era que, si ellos persistían en apoyarse en la ley, ¡iban a ser tildados de comunistas! Las tierras seguirán perteneciendo, ilegalmente, a los más ricos, al 2% de la población de Guatemala.


O, en el Capítulo 13, "Celibato", donde Melville describe su propia búsqueda y encuentro con su sexualidad. Hay culturas donde el conocimiento de la propia sexualidad se ha dado en formas más fluidas. Podríamos imaginar que nuestra cultura occidental hubiera desarrollado un acercamiento a la sexualidad más paulatino y continuo, en que hubiéramos ido conociéndonos, hombres y mujeres, a través de los juegos de la niñez, de los roces y sensaciones inocentes, para ir creciendo y experimentando a través de ellos, sin el ominoso tabú que pesó sobre nosotros. Concediéndole algún tipo de racionalidad a nuestro sistema, se podría decir que tal vez era necesario un período más largo de preparación sin que se desencadenaran muy rápido las consecuencias (una de ellas podría haber sido que las mujeres hubiéramos sido madres más tempranamente).


Es curioso pensar que todo el desarrollo de los mecanismos anticonceptivos se ha volcado hacia la mujer, quien está naturalmente dotada de un sistema anticonceptivo: antes de su adolescencia no puede procrear, tampoco después de la ovulación mensual ni después de la menopausia; no es fértil cuando está embarazada y, en muchos casos, mientras amamanta. No es el caso del hombre, al cual la naturaleza no dotó de semejante sistema; en su caso, cada vez que tiene una relación sexual, deja una semilla que puede germinar. Entonces, llama la atención que el núcleo de interés de los programas anticonceptivos se centre en la mujer. Se podría intentar desentrañar con qué otras concepciones de la mujer se ha contaminado esta objetiva aplicación científica. ¿Será nuevamente que el cumplimiento cabal de las mujeres de sus funciones asignadas socialmente, ya sea de madre o seductora, de santa o pecadora, ha proyectado una imagen de mujer peligrosa a la que hay que controlar para que no se dispare quién sabe en qué dirección rupturista?


Al parecer, como en los mapas bidimensionales, es imposible establecer una sucesión acordada de continuidad lógica sin que se produzcan rupturas y contradicciones en otros sectores del tejido vital, lo que me hace pensar nuevamente en la aseveración de Prigogine de que la vida surgió en sistemas alejados del equilibrio. Parecería que a los seres humanos nos toca seguir desarrollando la vida mediante la permanente experimentación de contradicciones y que nos toca descubrir cómo disolverlas y superarlas. El camino de Arthur Melville es en cierto modo ejemplar en ello, porque su energía es convergente. En otros casos, la energía se disipa en sensaciones y sentimientos encontrados y el aprendizaje no llegar a ser por lo tanto tan profundo.


Por mi parte, estaría dispuesta a decir lo expresado en este prólogo de manera más larga y sustentada, pero lo creo inútil; son mejores los pensamientos en proceso y sobre todo avalados por mucha vida. Además, una dificultad del texto es que, hablando de los años 60, en realidad habla del encuentro y apertura a la espiritualidad y, en esto, el prólogo se retira discretamente para dejar paso al autor, como en cualquier obrita de Shakespeare.


Sin embargo, y esto a manera de conclusión, me quedan dando vueltas dos hombres que he admirado y que supieron surgir y servir a la vida sin romper con sus instituciones. Me refiero a dos obispos mexicanos de la Iglesia Católica. El primero, don Sergio Méndez Arceo, hace algunos febreros que ya murió. El segundo, don Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, se mantiene actualmente en la cresta de la ola, deslizándose en la tempestad sin sucumbir. Si tengo oportunidad de encontrarme nuevamente con él, voy a preguntarle "cómo lo hace".


Verónica Petrowitsch Sanfuentes *

México, agosto de 1998

*Humanista clásica chilena, investigadora social, antropóloga, autora y traductora de Iván Illich y humanistas italianos. Exiliada en México, colaboró muchos años en CIDOC de Cuernavaca, centros de investigación social y antropológica en Puerto Rico, Chile, México. Perteneció a la generación chilena de estudiantes de Filosofía y Lenguas Clásicas que en los años 50 se reunieron alrededor de Ernesto Grassi, Silvestre Stenger, Alberto Wagner de Reyna y otros notables maestros. Participó en esa época en la comunidad educadora mentora del desaparecido Colegio de Santiago en Peñalolén. Falleció en México en el año 2002.

 

 

 

 

   

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