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Colección Narrativa |
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Volando
Pasaron los Años (Tomo I)
Aventuras de un piloto
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Max Astorga
SAINT EX
Queridos pasajeros de la literatura: Durante este siglo, nuestra
historia se ha caracterizado por las alas que nos prestó
Dios para volar. Por ello, pasajeros y pilotos hemos podido observar
los desiertos, océanos y cordilleras desde la altura. El
ser humano se diferencia de los otros arrendatarios de este mundo
por su inagotable imaginación. Cuando tuvo la ocurrencia
de erguirse y se cayó, lo intentó nuevamente con el
apoyo de un palo. Cuando se tiró al agua y comenzó
a ahogarse, se aferró a un tronco y comprobó que flotaba.
Finalmente, cuando miró hacia el cielo y vio cómo
volaban los pájaros, inventó el ala y el avión.
En la historia de la aviación se destaca un joven francés,
no sólo por su actividad como aviador, sino también
por su legado literario: Antoine de Saint Exupéry. Antoine
miró siempre al peligro y a la aventura con los ojos de un
poeta. En los años finales de la Primera Guerra Mundial,
la aviación se perfilaba como un promisorio sistema de transporte
civil. En aquella época, el magnate industrial francés,
Pierre Latécoére, dueño de fábricas
de armamentos y aviones, soñó con una línea
aérea que partiera de Toulouse, cruzara España y Marruecos
hasta Dakar, y de allí, sobre el Atlántico llegar
Natal, Río de Janeiro, Buenos Aires y Santiago de Chile.
Así fue como, en 1919, nacieron las líneas aéreas
Latécoére de Tolouse, las cuales estaban integradas
por pilotos que habían volado durante la guerra: personajes
corajudos, soñadores y aventureros, como Jean Mermoz, Henri
Guillaumet y Didier Daurat. Muchos de estos primeros pilotos murieron
al cruzar los Pirineos, el Marruecos español y el Desierto
del Sahara. Con el tiempo y la experiencia y mejores aviones y sistemas
de comunicación, esta cadena aérea, conocida simplemente
como "la línea", se extendió hacia América
del sur. A "la línea" llegó un joven alto y aristocrático
buscando trabajo. Era el año 1926 y su nombre, Antoine de
Saint Exupéry. A pesar de ser conde, su curriculum no era
muy impresionante: estudiante mediocre, no pudo ingresar a la escuela
naval francesa; a los 22 años, durante su servicio militar,
se enamoró de los aviones y obtuvo su brevét de piloto.
El primer trabajo de Saint Exupéry en "la línea" fue
limpiar aviones. En su novela Viento, arena y estrellas, "Saint
Ex" (como lo llamaban sus amigos y sus compañeros) contó
la historia de su vida como piloto y la de sus compañeros
de "la línea" y cómo, en la víspera de su primer
vuelo: "Busquó al experimentado Guillaumet para que me enseñara
los signos de la ruta que no estaban en los manuales... y allí
agachado bajo una lámpara, hombro con hombro con mi amigo
veterano, encontró la paz del estudiante". Es difícil
hacer un perfil humano de Antoine de Saint Exupéry debido
a la complejidad de su carácter. En los primeros años,
aparentemente, fue un piloto de condiciones aventajadas, pero sus
biografías indican que, a pesar de su audacia y habilidad,
era distraído e impredecible. Tenía una personalidad
que podía encantar a los pájaros en los árboles
y, al instante siguiente, tener un arranque de mal genio y herir
a los que lo rodeaban. A veces taciturno hasta el pesimismo; otras,
risueño y locuaz. De lo que no tenemos duda es de su talento
literario. ¡Volvamos a la literatura! En 1931 abandonó
"la línea". Ese año se casó con Consuelo Suncín,
salvadoreña y viuda de un periodista argentino, pequeña
y morena, de ojos expresivos y un rostro angelical, pero con un
temperamento volcánico. En 1931 también publicó
su segunda novela, Vol de nuit, que dedicó a los primeros
pilotos de líneas aéreas y su exacerbación
mística cuando enfrentaban a la muerte en el rigor del cumplimiento
de su deber. Cuando escribía, normalmente lo hacía
de noche, con una letra indescifrable, un cigarrillo entre los labios,
un tazón de té cargado en algœn café o en los
vagones de los trenes durante sus viajes. Publicó sus aventuras
aéreas, poéticas, nobles y llenas de sentimiento por
sus semejantes y la naturaleza que le rodea, en su novela Terre
des hommes, en 1939. En él, "Saint Ex" usó al avión
como un instrumento para explorar el mundo y para descubrir la solidaridad
humana en el esfuerzo fraternal de los hombres para cumplir sus
tareas. Ese año, cuando se inició el conflicto bélico
en Europa, "Saint Ex" ingresó a la Fuerza Aérea. Sin
ser guerrero por naturaleza y detestando las guerras, sostuvo que
su deber era estar en el frente de batalla junto a sus camaradas.
Su base estaba en el pueblo de Orconte en el Distrito de Champagne.
Voló los Potez 63 y los Block 174, aviones lentos a los cuales
se les congelaban los controles de vuelo y las ametralladoras con
la altura, en los reconocimientos aéreos en la frontera franco-alemana.
En sus escritos poéticos y desoladores, pero llenos de heroísmo
y galantería, "Saint Ex" expresa la futilidadde una guerra
perdida: el poderío nazi era abrumador, quedaban muy pocos
aviones y sólo sobrevivían unos cuantos pilotos. En
1942 editó Pilote de guerre, en el cual narraba sus reminiscencias
personales de vuelos de reconocimiento que abarcaban ese total espíritu
de sacrificio comprensible solamente por los hombres que aman a
su patria. La ocupación alemana lo había desesperado
y llenado de melancolía. Por ello escribió: "Francia
ha sido ocupada por el enemigo. El país entero ha ingresado
a un mundo de silencio". En 1943 publicó Lettre áun
otage, dedicado a su gran amigo León Werth, intelectual judío
refugiado durante la Resistencia. En este libro hizo un llamado
a la unidad de los franceses frente al invasor. Ese año también
escribió su obra más conocida, Le petit prince, una
fábula de niños para adultos, en la cual le recuerda
a la humanidad que las mejores cosas en la vida son las más
simples. El 31 de Julio de 1944, el sol resplandeciente del verano
alumbró desde el amanecer los cielos despejados. Saint Ex
llegó temprano al aeródromo porque tenía una
misión de reconocimiento en el área de Annecy y Grenoble.
Se veía flaco y desgarbado en su uniforme militar, con la
blusa mal abrochada y los bolsillos abiertos de los cuales sobresalían
algunos lápices, papeles y cigarrillos. Había perdido
peso y sujetaba sus pantalones, que le quedaban grandes, con un
grueso cinturón antirreglamentario. El no sabía que
ése sería su último vuelo. Horas después
de espiar desde lo alto a su patria invadida, cansado de obturar
su cámara fotográfica y con la vista agotada de tanto
escudriñar su territorio, decidió volver. No se percató
de los dos puntos metálicos que brillaban en el oeste. A
15 mil pies de altura fue detectado por una pareja de aviones de
la Luftwaffe, un caza Messerschmitt 109 y un Focke Wulf 190. El
piloto de éste último hizo los disparos finales, sin
saber (en ese momento) que estaba matando a uno de los más
grandes escritores y hombres de su época. El Lightning de
"Saint Ex" inició un vertiginoso descenso dejando una estela
de humo y llamas. El avión cayó hacia el mar azul
y sus profundidades, mientras tanto, el alma de "Saint Ex" ascendía
hacia la luz que tan ardientemente buscó durante toda su
vida. Santiago, 24 abril 1998
(Extracto de la charla de Max Astorga con ocasión a su ingreso
a la Sociedad de Escritores de Chile) |