| Conversaciones
con el Demonio
Psicología del mal
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Carl Goldberg
S O B R E L A H
U M I L L A C I O N I N F I N I T A
La crueldad revisitada
"Yo digo que, para interesar,
hace falta, en algunas ocasiones, que el vicio ofenda a la virtud...",
decía el Marqués de Sade en su carta a Villeterque,
en defensa de sus "Los crímenes de amor". Y en
otras ocasiones, agregó, que la virtud ofenda al vicio.
Un acto violento puede durar un
segundo, pero su gestación puede ser muy larga. Esta es la
idea que vertebra el decimoprimer libro de Carl Goldberg, un destacado
psicoanalista neoyorquino que hunde su mirada en el desarrollo de
la crueldad en el ser humano.
La preocupación que pulsa
las páginas desde un comienzo es la intelección de
la malevolencia, con sus derivaciones hirientes y dilatadas. El
autor combina la elaboración teórica con una variada
exposición de sus experiencias clínicas y personales
en torno a este tema, dentro y fuera del campo terapéutico.
¿Qué distingue a la
víctima del victimario? ¿Hasta qué punto los
actos de crueldad espejean experiencias padecidas? ¿Es posible
encontrar algún sentido a la malevolencia? ¿Cómo
articular la cuestión del doble con la tragedia del mal?
¿Cómo zafar de los planteos simplistas que homologan
el mal con la insumisión al poder?
Conversaciones con el demonio,
Psicología del mal pone en foco el malestar moral de
quienes han hecho un proceso fallido de reconocimiento de la alteridad.
Se ubica en una posición crítica de ciertos dispositivos
que si bien se pretenden analíticos, no pasan de cómodos
albergues encubridores de las oscuridades y debilidades humanas.
Su autor destaca seis conceptos
cruciales para la comprensión de los sujetos violentos: la
vergüenza, el desprecio, la racionalización, la justificación,
la incapacidad o indisposición para autoexaminarse y el pensamiento
mágico. El escrito refleja un esfuerzo continuo por capturar
las mitologías y singularidades de aquellos seres heridos
e hirientes que viven el mundo como ajeno. Se trata de personas
sumergidas en el desprecio que se buscan a sí mismas en los
límites de vida; individuos que obran con una desaprensión
siniestra y vislumbran como destino único vengar su humillación
original. Sucumben fácilmente al goce de producir miedo y
buscan posicionarse de ese modo en un lugar de poder. El autodesdén,
la incapacidad de expresar dolor, el desasosiego permanente, la
excitación ante la identificación de víctimas
sobre las cuales vierten su desprecio, la minimización o
ausencia de toda deliberación anterior a la brutalidad, el
sentimiento de serenidad, insensibilidad y superioridad frente a
las víctimas configuran su estrecho horizonte. Nos preguntamos
qué lugar le asigna el autor a la envidia, ¿acaso
Satanás no era apellidado "El Envidioso"?
Goldberg nos invita a mirar la crueldad
a la cara. Su perspectiva ilumina el rostro más amenazador
de la locura y nos muestra cómo el germen de la barbarie
brota entre el miedo a la vida y el miedo a la muerte, en la encrucijada
entre la mismidad y la alteridad. El libro sale a luz en plena tensión
de fin de milenio, mientras participamos de amplios fenómenos
de exclusión que ponen en evidencia profundas grietas del
tejido social por donde se escurren ciertos valores básicos
de justicia y dignidad.
La exaltación posmoderna
de la violencia denotada y sus estrategias sutiles de legitimación
nos recuerda que habitamos un mundo en el que la crueldad se prodiga
sin descanso. Las partes malditas, las zonas demoniacas de la vida
anímica, conforman un juego sinuoso de opuestos irreconciliables,
con metamorfosis infinitas que se encarnan y proliferan con mayor
fuerza en la medida que pretendemos negarlas.
La mirada de Goldberg se vuelca
pues sobre el vértice maligno del deseo y su proliferación
turbadora, hurgando en los comienzos intersubjetivos del mal. Los
relatos clínicos toman distintos ángulos de individuos
con "personalidades narcisistas malévolas". El
libro nos devuelve aquello que resulta insoportable y sacude nuestra
inquietante comodidad de conciencia. Así como la maldad no
se ajusta a ningún molde físico, resulta equívoco
adscribirla al modelo médico.
Al profundizar en los efectos psíquicos
de las experiencias infantiles de humillación y maltrato,
el libro ubica las raíces de la malevolencia no sólo
en situaciones de abandono o abuso, sino también en demandas
parentales desmedidas, imposibles de satisfacer.
"Cualquier ser humano es pasible
de ejercer violencia", dice Goldberg, "pero la forma de
involucrarse en actos violentos es diferente en aquellas personas
ya iniciadas en la violencia". Según su punto de vista,
cada decisión tendiente a la violencia tomada en el pasado
reduce el espectro de opciones, de tal suerte que el filtro moral
se va desvaneciendo ante cada nueva opción y el avance hacia
el horror se acelera.
El Mal es desplegado como categoría
huidiza, como enigma, incluso como pesadilla de la que es posible
despertar. El libro recoge las inclinaciones malignas y los juegos
complejos de oposiciones entre el bien y el mal presentes en cada
ser humano. No hay aquí una intención redentora o
compasiva del Mal, sino, por el contrario, un reconocimiento de
la extrañeza y la vecindad de lo maldito, aquella "zona
gris" que describió Primo Levi para referirse a la identificación
de las víctimas con los victimarios.
Desde el punto de vista psicoterapéutico,
la idea más fértil del libro es, quizás, la
de tomar la vergüenza y la humillación como condición
de la malevolencia, ya que a partir de ella surgen claves para detectar
los indicios del terror y eventualmente revertir ciertos destinos
trágicos. La lectura brinda además el placer adicional
de la riqueza en referencias literarias e históricas.
Al final de cuentas, si la psicoterapia
no permitiera revertir ciertos procesos, ¿cuál sería
el sentido de ejercerla? En detrimento de una visión de la
maldad como un fenómeno imprevisible, inexorable y extremo
y a favor del diálogo, Goldberg logra infundirnos una esperanza
de analizabilidad y cambio que fácilmente se nos escurre
cuando pretendemos inteligir lo abyecto. Aquí se juega el
ensañamiento creador de un escritor sensible contra la seducción
de las ideologías para la muerte. En suma, se trata de un
libro muy recomendable para todos los que abrazamos el psicoanálisis
y la escritura como una afirmación de optimismo y confianza
en el poder de la palabra.
Rasia Friedler
artículo aparecido en la Revista de Libros, diario El Mercurio,
22 de mayo
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