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Colección Temas de
psicoterapia |
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Juicio
a la Psicoterapia
La tiranía emocional y el mito de la sanación
psicológica
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Jeffrey M. Masson
P R O L O G O
Anticipo que los lectores del libro
de Masson pueden corresponder a dos categorías básicas.
Por una parte, aquellas personas que sin tener enseñanza
formal en temas sicológicos, se sienten atraídas por
ellos. Por otra, el grupo de los profesionales en sicología,
siquiatría y otras disciplinas vinculadas a la salud mental,
en el que naturalmente incluyo a los estudiantes. Como los estudiantes
de sicología no parecen tener otro modelo profesional que
el de sicoterapeuta, pienso que la lectura de este libro será
para ellos de singular interés.
El punto central del autor no es
que tal o cual escuela de sicoterapia esté errada. No es,
tampoco, que haya habido progreso o retroceso en la consideración
de la sicoterapia como práctica profesional aceptada. Es,
sencillamente, que todo el asunto de la sicoterapia es falso y viciado,
desde su misma raíz. Que el negocio multibillonario de la
sicoterapia está básicamente -o es- corrupto, pues
en todas sus formas implica manipulación, asimetría
y ejercicio indebido de poder.
Tal vez el hecho más significativo
del proceso de modernización de las sociedades sea el de
la profesionalización. Por ésta debe entenderse la
apropiación, por parte de un grupo de personas, de ciertas
tareas cuyo ejercicio trae aparejado el goce de ciertas satisfacciones
tales como prestigio, dinero o poder. Un grupo profesional es un
grupo que ha logrado una identificación "hacia adentro"
(quienes somos) y "hacia afuera" (quienes no somos), que
impone normas de conducta y formas de socialización a sus
integrantes. La solidaridad entre éstos pertenece en realidad
a sus principios éticos.
El oficio de la sicoterapia, si
algo, ha empezado hoy día la etapa final de su profesionalización.
Todavía sigue siendo el sicoanálisis la orientación
modélica en lo que a formación de adeptos respecta,
con criterios de aceptación o rechazo, que no por arbitrarios
dejan de ser criterios. Pero ya se avizora que otros grupos, al
amparo de definidas intenciones de "bien público",
logran cautelar el ejercicio de ciertas formas de intervención
a las que suele darse, copiando la terminología médica,
el nombre de "terapia". Ya existen, por ejemplo, manuales
y libros de texto sobre muchas formas sicodinámicas breves
y no breves, y eso es señal inequívoca de madurez
profesional.
El libro de Masson empieza por recordar
de qué modo el diagnóstico de "insania moral"
era usado, en el siglo XIX, como recurso para tiranizar personas
y cómo la mayoría de éstas eran mujeres. Las
historias de Hersilie Rouy en diferentes asilos franceses y de Julie
La Roche en la famosa clínica Bellevue del doctor Binswanger
son su demostración. Hay una mezcla de argumentos a lo Thomas
Szasz acerca de la siquiatría en general, de feminismo reivindicatorio
y de derechos humanos de los pacientes, sin que la amalgama sea
demasiado convincente. Se presenta, por una parte, un retrato del
sistema asilar del siglo pasado y de la valiente defensa de una
mujer que logró, si se quiere, derrotarlo. Por otra parte,
la clínica suiza, la típica clínica para enfermos
nerviosos, aparece con los mismos rasgos oscuros que en una serie
de televisión. Si bien relevantes al tema, cualquier defensor
de la sicoterapia podría indicar que se refieren a la perversa
siquiatría de raigambre médica, que más de
algún sicoanalista ya ha denunciado y tratado de modificar.
Más centrado en el tema explícito
del libro es el Capítulo 2. Aquí, el clásico
caso Dora es sometido a análisis. Buena parte de éste
consiste en mostrar cómo un sano sentido común y una
credulidad mayor en las personas -en este caso, la paciente- podrían
haber sido ayudas valiosas. Dora, como paciente, desertó
del análisis y decenas de estudiosos han especulado, despechados,
sobre su suerte. Masson reconoce que la narrativa freudiana es superior
a la habitual en su época, mas no por eso deja de objetar
el abandono de la teoría de la seducción real por
el concepto de la fantasía, que este caso inaugura. De ahí
para adelante, los pacientes no son creíbles. No puede haberles
sucedido en su infancia un acontecimiento real de incesto, violación
o ataque sexual. Son fantasías. Como principio metódico,
éste fue un descubrimiento capital: la interioridad hecha
objeto de estudio sicológico. Como regla inmutable, dice
Masson, está lejos de corresponder a la realidad. Los casos
de trauma real son numerosos. Por otro lado, reemplazar una buen
historia real por un "illustrated guess" -así sea
el de Freud- no parece una práctica recomendable.
Las revelaciones se multiplican.
Aprendemos que Ferenczi, poco antes de morir, escribió un
diario en el cual confió sus dudas fundamentales sobre el
edificio freudiano y reconoció la posibilidad del "análisis
mutuo", intercambiando papeles (y suertes) con sus pacientes.
Damos un rodeo en torno a Carl Gustav Jung y su aparente nazifilia
para descubrir que también podría ser acusado de poco
ortodoxas prácticas con sus pacientes. En realidad, fuera
de contexto, muchas de sus pretensiones de guruísmo son interesantes
anécdotas.
El punto culminante del libro lo
constituye el relato de las prácticas de John Rosen y su
"sicoanálisis directo". Esta terapia terminó
de manera relativamente escandalosa, con demandas judiciales y sanciones
éticas. Las cuales, obviamente, no provinieron de la "profesión",
sino de afuera, de pacientes vejadas y decididas a la intervención
legal. Rosen gozó de apreciable popularidad, incluso en los
círculos más exigentes de la siquiatría norteamericana.
De sus sucesores, el caso de Albert Honig es también utilizado
para demostrar las tesis de Masson, con resultados y revelaciones
más o menos semejantes.
Cuando le toca el turno a Carl Rogers,
la atención del lector no deja de ser estimulada. Rogers
emerge del recuerdo como una figura dulzona y pontifical, que predica
las buenas maneras, la aceptación irrestricta, el dejar de
lado las caretas, la autenticidad. Es como un discurso filosófico
adaptado a los magazines de moda, con un hálito de sanidad
mental, de buenaventuranza muscular y deportiva, apta para muchachotes
límpidos y bienintencionados. Error, dice Masson. Obsérvese
en primer término, lo artificial de la demanda: sea empático
con todo el mundo. ¿Quién puede preciarse de serlo?
¿Sería uno empático con un mentiroso recalcitrante,
con un criminal, con un violador? El toque humanista va quedando
menos bien parado cuando se piensa que esto de ser auténtico
por parte del terapeuta es una exigencia que trivializa una larga
cadena de tradiciones, desde el cristianismo hasta todo tipo de
orientalismos. Y que, obviamente, no será materia de "formación
profesional" el despertar esta capacidad en personas comunes
y corrientes.
En una confusa última parte
se agrupan diversas sectas, escuelas y movimientos que constituyen
algunas floraciones recientes en la jungla sicoterápica.
Se dejan fuera los seguidores del "grito primario" y del
"renacimiento" por pertenecer directamente al bajo mundo
del "psychobabble" (traducible como sico-blá-blá),
que promete charla fácil y "cura" rápida
en esta era del sentimiento desatado. En este capítulo, la
referencia es a la terapia familiar, la gestáltica, la feminista,
la terapia de sobrevivientes del incesto, la hipnoterapia ericksoniana
y el grupo amplio de los eclécticos de diverso pelaje. No
se hace ninguna referencia a los conductuales, cognitivos y otros
más cientifizantes, por razones de espacio y porque, soterradamente,
lo que afirma el autor sobre la asimetría, el control y lo
abusivo se encuentra en estas orientaciones explícitamente
reconocido. No se puede reproducir toda la argumentación,
porque ello restaría interés al libro, que en esta
parte tiene buen humor y, aunque superficiales, interesantes observaciones.
Está sin duda destinada a servir de material de discusión
en muchas horas por venir.
Confieso que el libro de Masson
me parece lectura recomendable, aunque no comparto algunos de sus
juicios. En especial, creo que confunde la siquiatría asilar
con la sicoterapia actual, y si bien puede demostrar que la prehistoria
de la insania moral es relevante al actual estado de ésta,
el espacio que le dedica hubiera sido mejor invertirlo en, por ejemplo,
el problema de la clase social. Es cierto que escribiendo en la
costa oeste de Estados Unidos, después de haber ejercido
la profesión de sicoanalista, no se es la persona más
sensible a la relación entre sicoterapia y clase social.
Sin embargo, para los lectores de otras latitudes éste es,
sin lugar a dudas, un tema sobre el que debe reflexionarse. Cómo
compatibilizar la ideología sicoterapéutica más
habitual con las exigencias de un sistema de cuidado de la salud
que considere las grandes masas, se mueva en el terreno de las macroplanificaciones
y tenga, al fin de cuentas, algún impacto numérico
en las labores de tratamiento y prevención en el seno de
la comunidad. Tal vez este problema esté realmente conectado
con la misma esencia ideológica de la sicoterapia según
es mayoritariamente practicada, y según seguirá practicándose.
Esto es, la asimetría entre alguien que se define como "experto"
y alguien que, por definición, no lo es. La medicina académica
ha podido, en este terreno, intimidar con la compleja tecnología
y el refinamiento de un lenguaje abstruso, mas no todas las escuelas
sicoterapéuticas pueden decir lo mismo. De allí la
necesidad de la "seudotecnología" -escondida bajo
el muy obvio término de técnica, aunque aluda a cosas
tan triviales como el comentario o la confrontación- y del
esoterismo, rayano a veces en el obscurantismo, con que se presentan,
a los iniciados, los fundamentos de aquellas "técnicas".
Pero más allá de esta
simplificación entre experto-profano, que la medicina ha
implantado como profesión más antigua que es, el punto
crucial es la geométrica -y hoy día insuficiente-
conceptualización del intercambio como una díada.
El encuentro bipersonal es, sin duda, un tema de fructíferas
reflexiones, en el que se han ejercitado los mejores ingenios, no
sólo de la medicina (en donde es tema clásico) sino
de la filosofía. Sucede, no obstante, que hoy día
es una segregación artificial de un sistema de interrelaciones
que propasa con mucho ese límite claustral del terapeuta
(experto) y del paciente (inexperto). Digamos simplemente que no
es un tema trivial el de la intrusión de los agentes económicos
en esa relación. El Estado, las compañías de
seguros, los empleadores de todo orden, son terceros silentes en
la relación terapeuta-paciente. Terceros no excluídos
ni excluíbles, puesto que cada vez más gravitan sobre
lo que se dice y lo que se calla, y aún sobre la forma en
que se habla o se calla. La díada (así esté
uno de sus miembros conformado por un grupo o una familia) no es,
por otro lado, tan asimétrica como el guruísmo de
algunas sico-escuelas quisiera. Hoy día la información
fluye a las personas a través de centenares de canales. Aunque
en ocasiones es seudoinformación desfigurada por una prensa
ávida de sensacionalismos (y los "expertos" destacan
repetidamente sus limitaciones) no puede ya decirse que los clientes,
pacientes o dolientes sean pasivos receptores de cualquier "preparado".
La autoridad sólo puede sostenerse en la deliberada mantención
de un clima iniciático, un lenguaje retorcido, una cierta
pomposidad seria, un "ejemplo" de sabiduría a veces
con tufillos orientales, eremíticos o exóticos, entre
otros ingredientes. Reducidas a sano sentido común, muchas
sentencias y jerigonzas trascendentales son trivialidades dichas
pedantemente. Puede explicarse el éxito de algunos, a la
luz de estas realidades, en base a una afición a las vaciedades
que cultivan las sociedades opulentas y que constituyen una comodidad
más. O bien, como temo que sea el caso muchas veces, como
una suspensión del juicio crítico debida a la desesperación.
El punto de Masson es, precisamente, el aprovechamiento del miedo,
la angustia y el desvalimiento por personas que muchas veces saben,
en su fuero interno, que no podrán ayudar. También
Ferenczi sabía esto, como sabía también de
las ventajas materiales que reporta tener un grupo de personas en
estado de dependencia. La institucionalización de las dependencias
colectivas, y las verdaderas "cadenas de alimento" basadas
en controles y supervisiones que terminan, infaliblemente, en el
"paciente" como base que es de la pirámide. La
necesidad de creer inducida por la minoración, la desesperación
o las pérdidas puede explicar la mantención del sistema
que Masson describe.
El libro de Masson probablemente
no da una respuesta positiva a nuestros dilemas. Plantea otros,
tal vez si no privativos de la sicoterapia -con sus más de
doscientas variedades- sino propios de todo sistema de ayuda, profesional
o no. No existe una solución al problema aquí planteado,
como no sea la abolición de la sicoterapia como institución
profesional. No sé si la implantación de sistemas
de selección y control cumplirían un propósito
semejante. Las corrientes y sectas sicoterapéuticas han dado
a entender, cada vez con mayor nitidez, que de lo que se trata es
de profesionalizar la "humanidad" y la "bondad".
El poder comprar un oído privado, que es como un estetoscopio
a la propia entraña síquica, es parte del juego de
tener un confidente, un amigo, calor humano. Como Masson, muchos
creemos que es difícil un sistema de formación que
asegure tales resultados y nos permita un control de calidad. Así
como la creatividad y la inventiva, la humanidad sólo difícilmente
puede profesionalizarse, por lo menos en los términos economicistas
que hoy connota la voz profesión. Tampoco es claro que la
limitación del poder de decisión de los agentes sicoterapéuticos
-así como proponía Freidson en su clásico sobre
la profesión médica- sea una solución recomendable
o llevadera. Nadie objetaría si una persona afirmase, escribe
Masson, que piensa o cree haber sido ayudada por tal o cual proceso
de sicoterapia. No es ése el punto en discusión. También
hay muchos que gozan gastando sus ahorros en las salas de juego.
Masson quiere hacernos reflexionar sobre si la institución
de la sicoterapia, con su profesionalismo y su intervención,
además de su teorización no siempre sometible a prueba,
es o no conveniente en su forma actual. Si decidimos que no, hay
mucho por hacer.
Fernando Lolas S.
Santiago de Chile, 1991
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