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Colección Temas de
psicoterapia |
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La Locura
Lo Cura
Un manifiesto psicoterapéutico
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Claudio Naranjo
PROLOGO
Ya he tenido ocasión de escribir
sobre Guillermo Borja en el libro Gestalt sin Fronteras1, donde
hablo de él como un perlsiano2 que no conoció a Perls, y como un
digno representante del espíritu de la Gestalt, a pesar de servirse
apenas de sus técnicas y de no interesarse en sus ideas: uno que
es gestaltista principalmente por encontrar que se puede hacer terapia
a través de una fe en la verdad vivida y del coraje de ser uno mismo.
Nuevamente me toca escribir de él, y la ocasión es altamente oportuna,
ya que no sólo he sido testigo del contexto en el cual este libro
se ha gestado, sino que he tenido que ver con su gestación. Aunque
el libro sea de interés y validez para la psicoterapia en general
y expresa la manera de hacer terapia que le conocimos a Borja en
Europa y Latinoamérica años atrás, es especialmente atingente lo
que escribe a una situación que le ha tocado vivir durante los últimos
cuatro años. Pero explicarla requiere que previamente cuente que,
cuando lo conocí, su especialidad era la terapia con alucinógenos
--habiéndole tocado la oportunidad de una formación con el Dr. Salvador
Roquet, con la famosa María Sabina3 y con un misterioso chamán huichol
adoptivo llamado Oswaldo. Tuvo lugar su aprendizaje durante tiempos
en que los alucinógenos eran permitidos. Sabemos que hoy la Organización
Mundial de la Salud, fuertemente influida por la política estadounidense,
ha vetado su uso médico, y a duras penas conservan su libertad religiosa
los indígenas. Descendiente remoto de los Borgia y una especie de
Robin Hood que no se detiene mucho ante las reglas y convenciones
cuando se trata de ayudar a sus semejantes, Borja continuó durante
muchos años celebrando durante el Día de los Muertos --en el desierto
mexicano y en compañía de un indio huichol-- una ceremonia de peyote
a la que acudían no sólo mexicanos sino europeos. Hasta que en noviembre
de 1990 fue detenido y condenado a cuatro años de prisión. Es irónico
que alguien dotado de tan sobresaliente capacidad de sanar fuese
tan duramente castigado por violación de una ley de "atentado contra
la salud". Desde mi primera visita a Borja en la cárcel mexicana,
le he instado a documentar su experiencia en ella, pero él es de
ésos que son más dados a actuar que a hablar acerca de lo que hacen.
Ni siquiera el incentivo de colegas italianos que viajaron con ocasión
de un congreso de Gestalt, o de un editor que le ofrecía publicación,
pareció tener claro eco, hasta que el Dr. José Aznar me pidió que
le conectara con un grupo de Carlos Castaneda, y le sugerí que aprovechase
su estancia en México ayudando a Borja en su trabajo. Resultado
de su disponibilidad fue la grabación del borrador de este libro,
transcrito por un psicótico, sin puntuación ni ortografía, y luego
corregido por Felipe Agudelo. Aunque inspirado en la experiencia
del penal, es más bien un manifiesto sobre el quehacer psicoterapéutico,
que a la vez refleja la vivencia de una vida y la experiencia más
inmediata de atender a los enfermos mentales del penal. Sólo me
parece que falta en esta introducción una visión panorámica de lo
que hizo Borja durante sus cuatro años de cárcel, y mejor que yo,
lo pueden decir sus propias palabras, grabadas días atrás en sucesivos
mediodías, mientras Borja --ahora en libertad-- me visitaba en un
albergue benedictino (entre Tepoztlán y Cuernavaca) en que yo dirigía
un retiro: "Fui invitado por la subdirectora a que le ayudara a
trabajar con los enfermos psiquiátricos, ya que ella tiene mucho
contacto con la medicina. Es abogada, pero tiene una relación muy
estrecha con los enfermos. Me invitó y dijo que iba a ser muy difícil.
Era un edificio abandonado con 72 psicóticos, desnudos, con infecciones
en el cuerpo, sin tratamiento psiquiátrico, y los pocos medicamentos
que tenían los vendían a los otros presos (lo que me parecía muy
sano, que no se tomaran esas porquerías). Y andaban deambulando
desnudos por todo el penal. La población los violaba, los usaba,
los ponía a lavar la ropa, no tenían protección de los custodios.
Los médicos no iban, el área de psicología tenía miedo, y ese edificio
era el que tenía más alto índice de violencia, de suicidios y muertes.
En cada celda --que es para una persona-- vivían cuatro. No había
agua. Todo el edificio estaba pintado con excrementos. Entonces,
cuando yo vi eso, dije: ¡Madre mía purísima! ¿Qué es esto? . Era
un manicomio del siglo XVI, lo único que no se aplicaba ahí eran
los electroshocks, porque no los había. "Cuando llegué no había
vidrios, era una cosa horrorosa. Cuando vi cómo estaba eso, me senté
en la puerta en una situación de desconcierto: ¿Y qué voy a hacer
yo aquí? ¿Qué se hace? . Y me senté un mes en la puerta y dije:
No entro hasta que se me quite el miedo. A trabajar el miedo . Y
un mes me tardé. Cuando entré, yo tenía al principio mucho miedo
de que me asesinaran. Los locos no tienen este tipo de inhibiciones.
Desde que empecé a trabajar allí, no conocía a nadie, no sabía sus
nombres. Pensé: Lo único que puedo hacer, y no sé si es psicoterapia,
es bañarlos, pelarlos . Mandé comprar una máquina para cortar el
pelo. La primera cosa para cualquier ser humano es limpiarlo. Rompí
las navajas al cortarles el pelo, no sé qué tenían. Mandé traer
una para perros, y ésa funcionó. Quería quitarles los piojos. Los
locos estaban locos, y pelones parecían más locos; declarados, de
manicomio. Después, vestirlos, bañarlos, cortarles las uñas de los
pies, de las manos, y empezar a promocionar ropitas para ellos:
calzoncillos, zapatos... "Era muy apoyado por la licenciada. Esta
señora me apoyó muchísimo. El trabajo comenzó a crecer y yo no podía
con tanta gente. Se me ocurrió un equipo de apoyo. Era muy bonito
pensar que me iban a apoyar, pero no se me apareció ninguno. Pensé
que la patología canalizada se podría tornar pedagogía. Aquí fue
donde más usé el Eneagrama. El rasgo, teniendo un buen empleo, iba
a producir, y así lo hice. A cada rasgo iba condicionando actividades.
Los emocionales en unas actividades artísticas, expresión corporal,
música, baile, teatro, creatividad, poesía. Los intelectuales eran
los maestros de la escuela, de disciplina, de gimnasia, de Tai Chi.
Los que entrenaban eran de la población general, para ayudar a los
psicóticos. Tenía un equipo de 18 de ellos. A diario tenía clases.
Les llamé los maestros . Empezaron a dar clases académicas. Era
un programa de 14 horas al día, muy intenso. Después fuimos creciendo
y empezamos una hortaliza, que era parte de lo que comían. Ellos
mismos sembraban, cosechaban. Después hicimos una granja de gallinas,
de patos. Luego tuve animales como coterapeutas, eran mis perros,
una media docena de gatos y otros. Era muy interesante cómo los
gatos y los perros por sí solos iban acercándose a un psicótico
determinado y se adoptaban mutuamente, tanto el gato o el perro
como el psicótico. Y yo veía cosas impresionantes en muchos de ellos.
Me acuerdo de uno que era catatónico, con una violencia impresionante,
nos pegó a todos; llegaba a fracturarnos. Lo curó un gato. Al principio,
el psicótico sacaba a patadas al pobre gato y después se fue metiendo,
metiendo, y el gato pasó a ser su hijo. Lo socializó, se encariñó
con él, y desapareció la violencia. ¡Impresionante! Después yo tenía
un perro. Eran el gato y el perro. E hicieron milagros el gatito
y el perrito. Mucho más que el psiquiatra y yo. Ese psicótico pasó
de antisocial y totalmente catatónico a ser el jefe de ventas de
ciertos productos el día de visitas, y se manejaba muy bien. El
jefe de custodios tenía miedo de que él golpeara a alguien allí,
y yo creía que no, el peligro eran los otros, los normales, y era
cierto. Cada sábado había golpes. "Unos vendían una cosa, otros
hacían otra, cosas sencillas. Pero con esas sencilleces logramos
que la comunidad se tornara autosuficiente. Claro, pedía ropa entre
los amigos, pero la gran mayoría de los locos ya se compraban muchas
cosas: zapatos, etc. Era una comunidad, funcionaba como tal, ellos
mismos ya se cuidaban. Cuando llegaba la comida, nadie entraba a
dárselas. Al comienzo, el loco más fuerte se llevaba la mejor carne,
no había mucho. Todo eso se fue trabajando hasta que ellos tenían
que hacer un rol de servir, de recoger. Muy bonito, muy buen avance.
Teníamos taller de reparación de ropa, algunos cosían, otros ayudaban.
Teníamos el departamento de secretarios que escribían a máquina.
Era muy bonito. "Lo que a mí más me importaba eran dos cosas: la
primera, poder integrar mis enfermos a la población general. Eso
era algo que me parecía imposible, porque iban a estar afuera y
habría violaciones, etc., y por otra parte, había los enemigos hacia
mí, las envidias, las diferencias que se veían con los más enfermos.
No pasó ni lo uno ni lo otro. Los internos, la población de presos
me fue teniendo cariño, respeto: yo era el Doc ". CN: "Yo veía,
cuando venía a verte, que al mencionarse tu nombre, los guardias
ponían cara de mucho respeto". Borja: "Ellos sabían perfectamente
que les quité de encima un trabajo que ninguno de ellos quería:
ser custodio de los locos. Era un área con muchos conflictos. Tardaron
mucho, el área de psicología, la social y el psiquiatra, en estar
en su clínica, en estar en la comunidad, ver que allí era su trabajo.
Yo los invitaba, pero el psiquiatra tenía una actitud de menosprecio
hacia mí, por ser delincuente . ¿Cómo iba yo a enseñarle a él? Y
le dije: Yo no quiero enseñar a nadie, simplemente quiero mostrarte
lo que hago . Y la psicóloga igual. Pero tenían miedo, terror de
estar allí. El estaba asustadísimo, no entendía qué hacía yo, pero
que funcionaba. Eso es lo primero que me dijo. Lo segundo es que
nunca, en todos los hospitales psiquiátricos, privados, caros o
no caros, estaba así de funcional y bonito, con un jardín hermosísimo
y locos meditando. Los profesionales no sabían ni lo que era la
meditación. Entonces, el psiquiatra se fue metiendo; estaba entre
asustado y curioso. "Claro, cuando empecé a trabajar allí, ponía
cara de idiota. ¡Yo trabajando bioenergética! Se asustaba, no entendía
nada. ¡Tanto odio que se expresa! No le decía nada. Y así fuimos,
hasta que me dijo: ¿Me puedes enseñar? . Y yo le dije: No . El replicó:
Pero ya veo que sabes muchas cosas . "Entonces empecé a prestarle
libros tuyos. El decía: No entiendo nada . Yo: Es que esas cosas
no entran por allí . El: Entonces, ¿por dónde entran? . Yo: Por
el culo . El: ¿Qué hago? . Yo: La única forma de enseñarte es que
seas mi paciente , un garrotazo al ego. Y le dije: Te voy a dar
clases . "Y durante dos meses llegaba a las cuatro de la tarde a
sentarse con su cuaderno, y yo nunca le dije nada. Lo que hacíamos
era tomar café y Coca-Cola; ésas eran las clases. Me hace gracia
que él todavía no les tenía cariño a mis locos; y eran también los
locos de él --nada más que a él le pagaban y a mí no. Miedo. La
distancia profesional del psiquiatra: ¿cómo se iba a relacionar
con un loco? Todos esos prejuicios horrorosos. Y así fuimos. El
hacía terapia de grupo, después lo mandé a más entrenamiento afuera,
y los logros son buenos, sorprendentes ". Solamente me queda hacer
votos para que este libro no sólo tenga repercusión en las cárceles
y manicomios, sino en la formación e inspiración de psicoterapeutas
y lectores en general, pues "de médico, poeta y loco, todos tenemos
un poco"... y en estos tiempos de deshumanización y violencia, nos
es vital la conciencia terapéutica.
Claudio Naranjo Berkeley, abril de 1995 |