Defensa humanista de Don Quijote de La Mancha
Por Simon Leys

 

...................En algunas discusiones, el término “quijotesco” tiene la connotación de insulto, cosa que me intriga ya que difícilmente puedo imaginar un cumplido mayor. La manera en que la mayoría de las personas se refiere a Don Quijote hace que uno se pregunte si realmente han leído la obra. De hecho, sería interesante averiguar si todavía la lectura de Don Quijote es tan universal como la popularidad del personaje. Sin embargo, es probable que no valga la pensa hacer tal averiguación, especialmente entre personas educadas, ya que existe la curiosa idea de que hay ciertas obras que uno tiene la obligación de haber leído y sería bastante vergonzoso reconocer que no se ha cumplido con una de estas obligaciones culturales.

Personalmente, no estoy de acuerdo con esta idea y debo confesar que solo leo por placer. Obviamente, mi comentario anterior se aplica a la literatura creativa (ficción y poesía) y no a la literatura teórica (información, documentos), que todo académico o profesional debe manejar para desenvolverse de manera competente en su disciplina. Por ejemplo, es natural que uno espere que un médico haya leído ciertos tratados de anatomía y patología, pero no se le puede pedir que, además, sea versado en los cuentos de Chejov (aunque pensándolo bien, entre dos médicos con iguales calificaciones, yo confiaría más en el que ha leído a Chejov).

Es indiscutible que los críticos literarios cumplen una función muy importante, como trataré de demostrar a continuación, pero parece haber un problema con gran parte de la crítica de hoy, especialmente con la crítica literaria formal: da la sensación que a estos profesionales no les gusta la literatura, que no les gusta leer. Peor aún, da la impresión de que si un libro los llegara a entretener, lo más probable es que piensen que es trivial; para ellos, algo que entretiene no puede ser importante o serio al mismo tiempo. Esta actitud está invadiendo inconscientemente nuestra visión general de la literatura; nos olvidamos que, hasta hace poco, la mayor parte de las grandes obras fueron creadas para entretener al público. Rabelais, Shakespeare y Moliere en el período clásico, los gigantes de la literatura del siglo XIX, como Balzac, Dumas, Víctor Hugo, Dickens, Tackeray... todos ellos tenían como preocupación fundamental en su producción literaria, no tanto ganarse la aprobación de conocedores sofisticados (lo cual, después de todo, todavía resulta relativamente fácil), sino causar un impacto en el hombre de la calle, hacerlo reír, hacerlo llorar, cosa que resulta bastante más difícil.

La noción de “clásico de la literatura” está rodeada de un halo de solemnidad. Pero Don Quijote, que es el clásico por excelencia, fue escrito con un propósito simplemente práctico: entretener a la mayor cantidad de personas para que su autor pudiese obtener una buena suma de dinero, ya que lo necesitaba con desesperación. Además, el mismo Cervantes difícilmente encaja en la imagen idealizada que existe cuando se piensa en escritores llenos de inspiración que producen obras inmortales: Primero fue soldado a sueldo y resultó herido en el campo de batalla, lo que lo dejó lisiado de por vida; fue capturado por piratas y vendido como esclavo en el norte de Africa. Cuando después de mucho tiempo, pudo volver a España, se encontró sumido en la pobreza. También fue encarcelado en diversas ocasiones. Su vida hasta ese momento era una lucha desesperada por subsistir. Intentó en vano ganarse la vida con su pluma. Escribió obras de teatro y novelas pastoriles (la mayoría desaparecidas), lo poco que queda no llama particularmente la atención.

No fue hasta 1605, casi el final de su carrera, que Cervantes, con 58 años, por fin dio en el blanco con Don Quijote: el libro se convirtió de inmediato en un éxito de taquilla. Cervantes murió en 1615, justo un año después de que se publicara la segunda parte y final de su libro.

Ya que Don Quijote ha sido con justa razón aclamada como una de las más grandes obras de ficción de todos los tiempos, y en todos los idiomas, es interesante hacer notar que alguna vez fue literatura barata, creada por un escritor viejo y desesperanzado en las postrimerías de su vida. Ahora, si se considera lo que despertaba la imaginación de Cervantes, nuestra intriga aumenta: Él estructuró todo su libro como una machine de guerre contra un blanco muy especial, la novela de caballería, género que había estado de moda por un tiempo.
Hoy, esta cruzada literaria puede parecer terriblemente irrelevante, pero para Cervantes era un motivo poderoso que gatillaba lo mejor de su energía intelectual; de hecho, la lucha incansable que subyacía a este conflicto, se transformó en la médula de toda su narrativa. Como todos sabemos, la estructura general de Don Quijote es bastante simple: la premisa básica de la historia se establece en las primeras páginas del Capítulo Uno, y los cientos de páginas que siguen no hacen más que aplicarla a situaciones diversas, es decir, cientos de variaciones de un mismo tema. Tal vez sea necesario recordar esta premisa. Don Quijote, un caballero terrateniente amable, inteligente y educado, con poca plata y mucho tiempo libre (combinación que resulta peligrosa en una persona con imaginación), desarrolla una extraordinaria adicción a las novelas de caballería. Según las propias palabras de Cervantes: “Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los meses que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas anegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos (...)”

Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches y los días leyendo y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Como resultado de esto, decidió convertirse en caballero andante, y salió al vasto mundo con la esperanza de inmortalizar su nombre con obras nobles y valientes. Pero el problema, como es obvio, era que los caballeros andantes pertenecían a una época que había desaparecido hacía tiempo.

En el despiadado mundo moderno, su obstinada búsqueda de honor y gloria resultaba un anacronismo grotesco. El conflicto entre lo idealizado de su visión y la simpleza de la realidad sólo podía conducir a una serie interminable de absurdos contratiempos: por lo general terminaba siendo víctima de bromas crueles y elaboradas. Al final, sin embargo, despierta de este sueño, y se da cuenta de que lo que había perseguido todo ese tiempo con tan absurdo heroísmo era una ridícula ilusión.

Descubrir esto constituye su última derrota y muere, literalmente, porque se le destroza el corazón. La muerte de Don Quijote en el último capítulo es el clímax de toda la obra. Yo emplazo a cualquier lector, por más rudo e insensible que sea, a que lea esas páginas sin derramar una lágrima.

A pesar de todo, incluso en ese momento tan sublime, Cervantes continúa tras su vieja obsesión, y no pierde la oportunidad de anotar unos puntos más a expensas de algunas novelas de caballería poco conocidas. La introducción de esta polémica inútil en ese momento atenta contra su clímax, pero una vez más Cervantes despliega ese hábito pernicioso de echar a perder sus mejores logros, práctica que ha molestado a muchos lectores y críticos (retomaré este punto más adelante). Lo que deseo recalcar aquí es simplemente esto: es raro observar como una obra literaria que logra ejercer tal atracción universal, trascendiendo todas las barreras de idiomas, culturas y tiempo, pudo, desde el primer momento, haber sido completamente articulada en torno a una disputa literaria tan estrecha, tediosa y sin sentido.

Para comprender plenamente la estupidez de esta situación, uno debiera tratar de ejemplificarla en términos modernos: es como si, por ejemplo, Marcel Proust hubiese escrito En busca del Tiempo Perdido con la obstinada determinación de atacar el tipo de literatura popular que aparecía semanalmente en Lâ Illustration o en cualquier otra revista popular de esa época. Pero esto, a su vez, origina una interesante pregunta.

Hace poco tiempo, en Australia, fui bastante criticado por aventurarme a sugerir en una conferencia que se transmitía a nivel nacional (entre otras herejías) la noción (muy banal por lo demás) de que la literatura creativa, en la medida que tenga un valor artístico, puede no portar ningún mensaje. Esta visión no es nueva, por lo demás, y debiera ser bastante obvia. Hemingway, a quien cité en esa oportunidad, había expresado esto de manera brillante a un periodista que insistía en preguntarle sobre el mensaje de sus novelas; él respondió, de manera muy sentida, que sus novelas no tenían ningún mensaje y que cuando quería enviar uno, iba a la oficina de correos. Algunos críticos totalmente contrarios a mi apreciación reaccionaron de manera indignada: ¿Cómo es posible que no hubiese ningún mensaje en las grandes obras de la literatura universal? ¿En la Divina Comedia de Dante, o el Paraíso Perdido de Milton? Incluso, para ir más al punto, pudieron haber agregado que qué pasaba con El Quijote de Cervantes. Sin duda muchos poetas y novelistas piensan que tienen un mensaje que comunicar, y creen apasionadamente en la importancia trascendental de lo que tienen que decir. Pero con bastante frecuencia estos mensajes son mucho menos importantes que lo que sus autores originalmente supusieron. A veces encierran errores o son absurdos, incluso perjudiciales. Por lo general, después de un tiempo, estos autores se transforman en unos impertinentes, mientras que la obra misma, si es que realmente tiene valor literario, adquiere vida propia, revelando su verdadero y eterno significado a las generaciones posteriores; pero de este significado más profundo, el propio autor tuvo pocas veces conciencia.

A la mayoría de los más fervientes lectores de Dante de hoy les preocupa muy poco la teología medieval, y casi ninguno de los admiradores actuales de Don Quijote ha leído, o conoce los nombres siquiera, de muchos de las novelas de caballería que Cervantes atacó con tan fiera pasión. De hecho, es en esta brecha entre la intención consciente del autor, que bien puede ser incidental, y el significado más profundo de su obra, donde el crítico puede encontrar el único territorio legítimo sobre el cual ejercer su oficio. Tal como lo expresara Chesterton en su introducción a una novela de Dickens: “La función de la crítica, si es que tiene una, puede ser sólo la de comentar el aspecto subconsciente del autor, del cual sólo un crítico puede hablar, y no tratar su lado consciente, del cual sólo el autor puede hablar.”

O la crítica no tiene nada positivo (una posición bastante defendible), o bien implica decir sobre un autor exactamente las cosas que lo harían palidecer de susto. Mientras más cerca está una obra de convertirse en clásico, es decir, en una creación única, llena de vida propia, menos probabilidades hay de que el autor haya tenido un completo control sobre ella y de que haya tenido una comprensión cabal de lo que estaba escribiendo. D.H. Lawrence, que era un crítico extraordinariamente perceptivo, resumió esto en una afirmación que he citado muchas veces, pero a la que no me canso de recurrir: “Jamás confíe en el artista. Confíe en la historia. La verdadera función de un crítico es salvar la historia del artista que la creó”.

Este llamado a “salvar la historia del artista” parece haber tenido especial resultado en los críticos de Don Quijote. Tanto así que algunos han desarrollado una actitud muy particular: Pareciera que mientras más se enamoran del Quijote, más se resienten con Cervantes. En un primer momento, esta paradoja puede parecer difícil de aceptar, pero tiene cierta lógica. El siglo pasado, cuando los grupos de teatro viajaban por el país presentando románticos melodramas a un público pueblerino y poco sofisticado, generalmente el actor que encarnaba el papel de villano, tenía que pedir protección después de la presentación de la obra porque los matones del pueblo lo esperaban para pegarle por los males que había cometido sobre el escenario de manera tan convincente. Esto mismo se puede aplicar al Quijote: se ha vuelto tan intensamente vívido y real para algunos lectores, que no le pueden perdonar a Cervantes el someter a su héroe a un tratamiento tan vejatorio y salvaje. Este mismo fenómeno lo ilustra en la actualidad la novela de misterio Misery, de Stephen King (no la he leído, sólo vi la película que es horrorosamente divertida): Un autor de best sellers es retenido a la fuerza por una admiradora del personaje principal de una de sus novelas. Perturbada y molesta por la muerte ficticia de su heroína, esta lectora psicópata comienza a torturar al indefenso autor y lo obliga a reescribir el final.

Ahora, los cuatro críticos modernos de Cervantes cuyos puntos de vista me gustaría revisar brevemente, se encuentran entre los mejores talentos en materia de crítica literaria de nuestro tiempo, por lo que, demás está decir, tienen poco en común con el engendro sicótico de la novela de King, o con los matones pueblerinos que esperaban al malo de la obra al término de la función. Y así, como veremos, tanto la sofisticación del primero, como la burda ingenuidad de los últimos responden a la virtud operativa de una misma magia: la realidad de la ficción. El primero de los críticos a los que voy a referirme es Vladimir Nabokov.

Nabokov dio seis conferencias sobre Don Quijote mientras fue profesor visitante en Harvard, a comienzos de la década del 50. La primera vez, cuando preparaba su presentación, confió en lo que recordaba de aquella novela que tanto le había gustado en su juventud. A poco andar, sin embargo, sintió la necesidad de releer el texto, pero esta vez se sintió abismado con la crudeza y el salvajismo de la narrativa de Cervantes. Según expresa Brian Boyd, biógrafo de Nabokov, éste se había enfurecido con la risa que Cervantes pretendía provocar en sus lectores a costa de su héroe, y en varias ocasiones había comparado la “perniciosa” diversión que causaba el libro con la humillación y la crucifixión de Cristo, con la inquisición española y con las corridas de toros de hoy.

Nabokov disfrutaba tanto el arremeter contra Don Quijote frente grandes audiencias de estudiantes, que llegó a molestar a varios de sus colegas hasta el punto en que se le advirtió seriamente que “Harvard pensaba de otra manera”. Cuando algunos años después, postuló a un cargo en Harvard, su postulación fue rechazada, lo que resultó un trago amargo para él. Otros factores fueron más importantes probablemente, pero las conferencias sobre Don Quijote bien pueden haber tenido algo que ver en este fiasco. Nabokov siempre encontró particular diversión en desafiar las opiniones que recibía. Sobre el tema de Don Quijote, su gusto por lo no convencional le ayudó a formular por lo menos una observación importante y original: al contrario de lo que piensa la mayoría de los lectores, la narrativa de Don Quijote no está compuesta por una serie de percances aburridos. Después de un cuidadoso estudio capítulo por capítulo, Nabokov pudo demostrar que el núcleo de cada aventura era realmente bastante poco predecible, e incluso registró el número de victorias y derrotas de Don Quijote como se hace en el tenis, que fueron motivo de suspenso hasta el mismo final: 6-3. 3-6, 6-4, 5-7. Pero el quinto set no se pudo jugar. Se canceló por muerte. Su disgusto por el trato sádico que Cervantes le daba a Don Quijote llegó a tal punto que con el tiempo eliminó la obra de sus conferencias regulares sobre literatura extranjera en Cornell: no soportaba seguir profundizando en el tema.

Pero el corolario de su virulenta hostilidad hacia el escritor fue una cariñosa admiración por su criatura, la que expresó en un conmovedor tributo: “(Don Quijote) ha cabalgado por trescientos cincuenta años a través de las selvas y las tundras del pensamiento humano, y ganó en vitalidad y estatura. Ya no nos reímos de él. Su blasón es lamentable, su cartel es la belleza. El representa todo lo que es caballeresco, triste y melancólico, puro, desinteresado y galante".

El segundo crítico que deseo recordar aquí es Henry de Montherlant. Montherlant, uno de los más connotados novelistas franceses de nuestro siglo (también un importante guionista y ensayista), estaba profundamente imbuido de la cultura española. Pasó mucho tiempo en España (de hecho incluso aprendió y practicó la corrida de toros); su fluido conocimiento del español le permitió leer a Don Quijote en el original. Durante su vida leyó cuatro veces la obra, y también experimentó un creciente enojo por el duro tratamiento que Cervantes le daba a tan sublime personaje. Además, pensaba que el libro era muy largo y que contenía demasiados chistes crueles y sin gracia. Pero esta misma objeción podría volverse contra él ¿no constituye acaso una definición precisa de la vida misma? Pensemos sobre ello: una historia que se arrastra por mucho tiempo, y está llena de bromas insulsas y crueles. Es importante hacer notar que la peor acusación que se puede dirigir contra Cervantes a la larga siempre termina apuntando hacia el poder único e inquietante de su obra de conjurar la realidad. Finalmente, lo que más irritaba a Montherlant, lo que no le pudo perdonar a Cervantes fue que, a través de todo el libro, ni una sola vez el autor expresara una sola palabra de compasión por su héroe, ni una sola palabra de culpa por los matones vulgares que se burlaban de él y lo perseguían sin tregua.

Esta reacción, muy similar a la de Nabokov, nuevamente refleja una paradoja que ahora nos resulta familiar. Lo que enfurece a los críticos de Cervantes es, precisamente, la principal fortaleza de su arte: el secreto de su parecido con la vida real.

Flaubert (quien, a propósito, adoraba a don Quijote) señaló que un gran escritor debe pararse ante su novela como Dios frente a su creación. El, a pesar de haberlo creado todo, no está donde pueda ser visto u oído. Está en todas partes, pero es invisible, silencioso, aparentemente ausente e indiferente. Lo maldecimos por su silencio y su indiferencia y tomamos eso como evidencia de su crueldad. Pero si el autor fuese a intervenir en su relato, si, en lugar de dejar que los hechos y las acciones hablen por sí solos, opta por hablar con su propia voz, el conjuro se rompe de inmediato, y nos va a recordar abruptamente que esa no es la vida, que no es la realidad, que es simplemente una historia. Cuando le reprochamos a Cervantes su falta de compasión, su indiferencia, su crueldad, la brutalidad de sus bromas, nos olvidamos de que mientras más odiemos al autor, más creemos en la realidad de su mundo y sus criaturas.

Esta realidad absoluta de Don Quijote se transformó en un artículo de fe para el más poderoso y el más original de todos sus comentadores modernos, mi tercer crítico, Miguel de Unamuno. Unamuno (1864-1936) fue un genio multifacético: académico, filósofo, novelista, ensayista, humanista de origen vasco, español, europeo, universal. Escribió un libro, “La Vida del Quijote y Sancho Panza”, en el cual comentó toda la novela de Cervantes, capítulo por capítulo. Su paráfrasis de Cervantes es imaginativa, paradójica, profunda, y también extremadamente divertida. Su argumento principal, el cual sostiene de manera irónica por más de cuatrocientas páginas, es que Don Quijote tenía que ser urgentemente rescatado de las torpes manos de Cervantes. Don Quijote, insiste, es nuestro guía, es inspirador, sublime, verdadero.

En cuanto a Cervantes, es una simple sombra: sin el respaldo de Don Quijote, prácticamente deja de existir; cuando tiene que recurrir a su propia moral y recursos intelectuales mediocres no es capaz de producir ninguna obra que valiera la pena. ¿Cómo iba a poder apreciar el genio de su propio héroe? El miraba a Don Quijote desde la perspectiva del mundo, se puso de parte del enemigo. Así, la tarea que Unamuno se asignó fue equilibrar las cosas, reivindicar por lo menos la validez de la visión de Don Quijote en comparación con la falsa sabiduría de los genios inteligentes, la vulgaridad de los matones, las mentes estrechas de los bufones y el pobre discernimiento de Cervantes. Para comprender a cabalidad el ensayo de Unamuno, hay que ubicarlo en el contexto de su propia vida espiritual, que fue apasionada y trágica. Unamuno fue un católico para quien, durante toda su vida, el problema de la fe fue el problema central: no creer era inconcebible, y creer era imposible. Esta contradicción fundamental se expresa muy bien en uno de sus poemas: “...Sufro yo a tu costa, Dios no existente, pues si Tú existieras Existiría yo también de veras (Rosario de Sonetos Líricos). En otras palabras: Dios no existe, y la evidencia más clara de esto es que, como todos pueden ver, yo tampoco existo.”, con Unamuno, cada afirmación de incredulidad se transforma en una profesión de fe paradójica.

En la filosofía de Unamuno, la fe en última instancia crea el objeto que contempla, no como una autosugestión subjetiva y efímera, sino como realidad objetiva y permanente que puede ser transmitida a otros. Al final es Sancho Panza, todos los Sanchos de este mundo, quien da testimonio de esta realidad. El terrenal Sancho, quien sigue a Don Quijote por tanto tiempo con escepticismo, con perplejidad, con temor, y también con fidelidad. Sancho no creía en lo que Su Merced creía, pero sí creía en Su Merced. Al comienzo lo motivaba la ambición, al final lo motivaba el amor. Y aún en las tribulaciones más grandes, continuó tras él porque comenzó a gustarle la idea.
Cuando Don Quijote yace a punto de morir, tristemente sanado de su espléndida ilusión, cuando finalmente ha desistido de su sueño, Sancho descubre que él había heredado la fe de Su Merced; la había adquirido tal como uno adquiere una enfermedad, a través del contagio que produce la fidelidad y el amor. Porque convirtió a Sancho, Don Quijote no va a morir jamás.

Así, en la locura de Don Quijote, Unamuno lee una ilustración perfecta del poder y la sabiduría de la fe. Don Quijote buscaba la fama y la gloria eterna, imperecedera. Para lograrlo opta por seguir el que aparentemente era el camino más absurdo e impracticable: siguió la ruta de caballero andante en un mundo donde los caballeros andantes habían desaparecido hacia tiempo. A pesar de lo ingenioso de su decisión, todos reían de su extravagancia.
Pero en esta larga batalla, donde el triste caballero y su fiel mozo se enfrentaban al mundo como adversario ¿cuál fue el bando que resultó víctima de una borrosa ilusión? El mundo que se burlaba de ellos se hizo polvo, mientras que Don Quijote y Sancho van a vivir para siempre. El hecho de que Don Quijote haya demostrado ser un sabio, es un punto que fue desarrollado de manera muy persuasiva por el último de mis críticos, Mark Van Doren, en su ensayo “La Profesión de Don Quijote.”

Este escrito, desgraciadamente descontinuado en la actualidad, merece urgentemente ser redescubierto por todos los amantes de la literatura. Van Doren caracteriza de manera acertadísima a Don Quijote como un libro de “misteriosa simpleza”: La señal de su simpleza es que la trama se puede resumir en unas cuantas oraciones. Su misterio lo encierra el hecho de que se puede hablar eternamente de él. De hecho, se ha hablado de esta como de ninguna otra historia. Esto, porque algo extraño le ocurre a sus lectores. No leen el mismo libro... Nunca ha habido tantas teorías sobre algo, como las ha habido de Don Quijote. Sin embargo las sobrevive a todas, como debe hacerlo una obra de arte. El ensayo comienza con un párrafo que merece citarse completo, porque, con su clara elegancia, es un perfecto ejemplo del estilo que caracteriza a Van Doren: “Una vez, un caballero de cincuenta años, que no tenía nada que hacer, se inventó una ocupación. Las personas que lo rodeaban, en su casa y en su pueblo, eran de la opinión que no se necesitaba dar este paso tan desesperado. El tenía una propiedad, y le gustaba cazar; esto, decían, era ocupación suficiente, y que debía estar contento con las fáciles rutinas que esta imponía. Pero el caballero no estaba conforme. Y cuando seriamente decidió partir para llevar una vida completamente distinta, todas las personas, primero en su casa y luego en otras tierras, lo tildaron de raro o de loco. Dejó su casa tres veces, y regresó la primera vez por su propia voluntad; sin embargo, la segunda y la tercera fue traído de vuelta por personas del pueblo que lo habían salido a buscar. Cada vez que volvía, lo hacía exhausto, porque la ocupación que había abrazado era agotadora; cuando lo hizo por tercera vez, se fue a la cama, hizo su testamento, confesó sus pecados, admitió que toda su empresa había sido un error, y murió.”

El argumento central del ensayo de Van Doren es que, independientemente de lo que él mismo Cervantes pudiera pensar, Don Quijote no estaba loco. Comenzó a delirar solo cuando trató de evaluar el progreso de su cometido. Y aquí, los engaños de los cuales cayó víctima jugaron un papel fatal: le dieron la falsa seguridad de que su cometido era realmente factible, le confirmaron la esperanza errónea de que, con el tiempo, podía tener éxito. Así, estas malas jugadas prolongaron su carrera de manera artificial. A pesar de ello, él pudo haber desistido de su búsqueda en cualquier momento y haber vuelto a su hogar, si no hubiese tenido la impresión de que estaba a punto de lograr su objetivo. Sólo la ilusión, que se nutría de todas los engaños de que era víctima, le dieron valor para seguir el camino que se había trazado. Pero siempre fue libre de elegir si continuaba su búsqueda o si desistía.

Una persona que de verdad está loca no tiene posibilidad de hacer tal elección: es prisionero de su locura; cuando se le hace insoportable, no puede escapar a ella y volver a su casa a retomar su antiguo modo de vida. La ocupación que Don Quijote elige es la de caballero andante. No es que sea presa del delirio y se crea caballero andante, no, él se propone convertirse en uno. No juega a ser otra persona, como lo hacen los niños cuando juegan; no finge ser otro, como lo hace un impostor, no representa un personaje, como lo hace un actor sobre un escenario. Además, adopta la profesión de caballero luego de realizar una seria reflexión: su decisión es resultado de una opción consciente. Luego de considerar otras alternativas, finalmente decide que la ocupación de caballero andante era la que le guardaba mayores recompensas en lo intelectual y en lo moral. Pero ¿cómo es que se convierte en caballero andante?, se pregunta Van Doren.

La respuesta es, actuando como caballero andante, lo que es exactamente lo opuesto a fingir, a hacer que los demás creen. Y actuar de la manera en que lo hace Don Quijote es más que una simple imitación. Imitar, del modo en que él lo hace, es realizar un tipo de aprendizaje muy profundo, la verdadera forma de aprender y la clave para llegar a comprender. ¿Cuál es la diferencia entre actuar como un gran hombre y ser uno? se pregunta Van Doren, ¿Actuar como poeta es escribir poemas; actuar como estadista es ponderar la naturaleza de la bondad y la justicia; actuar como estudiante es estudiar; actuar como caballero andante es pensar y sentirse un caballero andante? Si Don Quijote hubiese estado lisa y llanamente loco, o si hubiese sido parte de un largo juego de autoengaño y de actuación, no estaríamos hablando de él ahora, observa Van Doren: hablamos de él porque sospechamos que, a la larga, se convirtió en caballero andante. ¿El hombre es una creatura que hace retratos de sí mismo, y luego comienza a parecerse a esos retratos?

Iris Murdoch hizo esta observación en un contexto distinto pero que revela de manera muy precisa un rasgo distintivo de la naturaleza humana. Este rasgo fue memorablemente ejemplificado por Don Quijote, lo que le dio a la novela de Cervantes su carácter universal. Sin embargo, a diferencia de Don Quijote, la mayoría de nosotros no tenemos la oportunidad de decidir por nosotros mismos en que personaje vamos a tratar de convertirnos. Las circunstancias de la vida se encargan de repartir los roles; nuestros papeles nos son impuestos, otras personas nos elaboran el guión y nos avisan cuando entrar en escena. Un inquietante ejemplo de este hecho aparece en uno de los últimos filmes de Rosellini, El General della Rovere (1959). En Italia, a fines de la Segunda Guerra Mundial, la Gestapo arresta a un delincuente de poca monta y lo obliga a hacerse pasar por una famosa figura de la Resistencia, el general della Rovere, con el propósito de sacarles información a los prisioneros políticos. Sin embargo, el hombre representa su papel de manera tan convincente, que los otros prisioneros lo comienzan a venerar y a elevarlo a la calidad de líder moral; de esta manera, poco a poco, el hombre se ve obligado a vivir por sobre sí mismo y a actuar de acuerdo a la imagen y a las expectativas que los otros prisioneros habían creado.

Al final, el hombre se niega a traicionar la confianza de sus camaradas, lo llevan al paredón y muere como un héroe. El delincuente de poca monta se había convertido en el General della Rovere. En cuanto a nosotros, la vida rara vez ofrece guiones tan poderosos. Por lo general, los roles que tenemos que representar son más humildes y banales, aunque no por ello, menos heroicos. Nosotros también tenemos compañeros de cautiverio con expectativas fuera de lo común, que nos pueden obligar a asumir papeles que van mucho más allá de nuestras habilidades naturales. Nuestros padres esperan que seamos hijos o hijas, nuestros hijos esperan que seamos padres y madres, nuestras parejas esperan que seamos maridos o esposas; y ninguno de estos papeles es superfluo o fácil de interpretar.
Todos conllevan riesgos y desafíos, juicios, angustias, humillaciones, victorias y derrotas. A la interrogante básica del ser humano, que es por qué Dios no nos habla directamente con voz clara, por qué no se nos permite ver su rostro, C.S. Lewis ofrece una respuesta que estremece: ¿Cómo puede Dios encontrarse cara a cara con nosotros, antes de que poseamos una? Cuando recién subimos al escenario de la vida, es como si sólo nos dieran la máscara del papel que tenemos que desempeñar. Si lo hacemos bien, con el tiempo, la máscara se vuelve nuestro rostro de verdad. Así, Don Quijote se transforma en caballero andante, el delincuente de poca monta de Rosellini se transforma en el General della Rovere, y cada uno de nosotros podemos, a la larga, transformarnos en quien originalmente teníamos que ser.

El famoso multimillonario Ted Turner hizo una declaración memorable algunos años atrás. Dijo que no le gustaba el cristianismo porque sentía que era “una religión de perdedores”. ¡Cuánta razón tenía! ¡Qué definición más precisa, por cierto! El término “quijotesco”, como lo indiqué al comienzo, ha pasado a ser parte del lenguaje común con el significado de “ingenuo e idealista”, “ridículamente impráctico”, o “condenado al fracaso”. Que este epíteto se use hoy sólo con un sentido peyorativo, no sólo revela que hemos dejado de leer a Cervantes y de comprender su personaje sino que, y más importante todavía, demuestra que nuestra cultura se ha desviado aun más de sus raíces espirituales.

No nos equivoquemos: a pesar de todo lo pedestre que es, de su cínica bufonería, y de su realismo barato y escatológico, la obra de Cervantes está arraigada en la cristiandad, más específicamente, en el catolicismo español, con su fuerte componente místico. En estrecha relación con lo anterior, Unamuno ha hecho notar que Juan de la Cruz, Teresa de Avila e Ignacio de Loyola no rechazaron la racionalidad ni desconfiaron del conocimiento científico; lo que los llevó a desarrollar su misticismo fue simplemente la percepción de “una intolerable disparidad entre la inmensidad de su deseo y la pequeñez de la realidad”. En su búsqueda de fama inmortal, Don Quijote sufrió innumerables derrotas. Porque se negó rotundamente a adaptar “la inmensidad de su deseo” a “la pequeñez de la realidad”, estuvo siempre condenado al fracaso. Sólo una cultura basada en “una religión de perdedores” podría producir un héroe de esa naturaleza. Lo que deberíamos recordar, sin embargo, es esto (parafraseando a Bernard Shaw): “El hombre de éxito se adapta al mundo. El perdedor insiste en tratar de adaptar el mundo a él. Por lo tanto todo progreso depende del perdedor.”

(Traducción del Depto. de Traducciones de la Universidad de la Serena)

 

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